miércoles, 31 de octubre de 2007

Somewhere



Otra vez llueve y tal parece que la primavera viene y se va, pero no nos abandona del todo.
Inspiro con fuerza hasta llenar los pulmones de este aire húmedo y un poco denso. Me invade el aroma dulce de unos jazmines recién cortados. "¡Dos por cinco pesos!" Oculto mi sonrisa bajo el paraguas y logro avanzar sorteando pozos y baldosas flojas. Retazos de conversaciones se escapan por la ventana de un bar en penumbras pero no registro una palabra, mi cabeza está en otro lado… Dos tipos se dan vuelta para mirarme, tal vez porque voy cantando en voz alta melodías de otros tiempos que jamás han escuchado, o porque cataratas de endorfinas me desbordan y se me nota en la cara, en el cuerpo, en el pelo, en la forma de caminar y de mirar.
Venus atraviesa la constelación de Leo y aunque llueva, el sol brilla para mí… somewhere.

lunes, 29 de octubre de 2007

Nos

Es temprano y el calor agobia.
La dentista dijo que “está todo muy bien”. Nos sacamos el puntito que tanto molesta, caminamos, tomamos café en un coqueto bistró de Recoleta mientras esperamos en vano un encuentro que no se producirá. Trepamos al colectivo que está que revienta, nos empujan y estrujan y bajamos corriendo a tomar el de atrás que ¡está vacío! Nos miran con envidia y recelo.
Hablar en primera del plural y atravesar el centro de la ciudad un lunes a la hora pico en un colectivo vacío nos hace sentir muy Reina de Tréboles. Lástima que nuestro Rey se ha quedado dormido… y hoy no lo salvan sus imprevistos ni su nutrido arsenal de frases bonitas.

domingo, 28 de octubre de 2007

Elecciones y reencuentros

Cómo son las cosas…
Tienen que haber elecciones presidenciales para que uno se reencuentre con los vecinos del barrio que no ve desde hace décadas, los que se fueron y los que permanecen tan aferrados a sus raíces que ya son parte inseparable del ecosistema local.
Como esa chica con zapatillas naranjas que esperaba su turno a escasos dos metros… ¡pero si es Mariana A…! Increíble pero real. La más bonita del colegio, la que todas envidiábamos por su figura escultural y porque todos, absolutamente todos los chicos querían salir con ella. Claro que con veinte kilos de más, el pelo hecho un horror y vestida de bailantera está prácticamente irreconocible.
De Silvia y Andrea no se puede decir lo mismo. Excepto por las arrugas… ¡están igual! Igual de parlanchinas, igual de chusmas e igual de solteras. Solteronas… Pensar que en este barrio en el que todos saben todo de todos, nadie le conoció un novio a Silvita en veinte años. Y a esta altura no da preguntar. El hermano menor de Silvia y Andrea era el galán más cotizado en varios kilómetros a la redonda. A más de una se le caían las medias cuando se corría la voz anunciando la presencia de Pablito que, como los vinos, con los años se fue poniendo cada vez mejor. Y ahora que se divorció tiene un atractivo extra que desata suspiros cada vez más apasionados y menos discretos.
“¿Quién es esa señora que grita desaforada y gesticula como una loca?" Ay, qué raro... Pobre Nelly, la vejez no viene sola. No conforme con pelearse con los integrantes del consorcio por el simple hecho de llevar la contraria, se desquita con el gendarme de turno reclamando se impugne la mesa porque “hay una cámara en el cuarto oscuro”. Era cierto, había una cámara de seguridad porque se trataba de la oficina administrativa del colegio, y estaba apagada. Pero no había forma de hacérselo entender a Nelly que a toda costa pedía a gritos ¡que venga la policía! Afortunadamente a alguien se le ocurrió la feliz idea de envolver la camarita en una bolsa de residuos y asunto terminado. Nelly emitió su voto como corresponde y salió del cuarto oscuro con una sonrisa de oreja a oreja.
Cuánta gente… Parece que el barrio en pleno se puso de acuerdo para votar a la misma hora.

-¿Meri…? ¿Sos vos? ¡Querida! ¿Cómo estás, tanto tiempo?
-Norita… ¡Estás iguaaaaaal!

Y hubo besos y un abrazo que casi me parte al medio. Pero no es que Nora me quiera mucho. Se auto proclamaba amiga íntima de mamá pero mamá no la podía ver ni dibujada. Decía que era una engreída, vanidosa y chismosa, mejor perderla que encontrarla. Y es verdad. Nora vivía preguntando todo, su única ambición en la vida era enterarse de las intimidades ajenas. Y fue a votar con sus dos hijas ya bastante grandecitas, que todavía cuelgan del cordón. (Por algún motivo, este trío siempre me trae a la memoria a la madrastra y las hermanastras de Cenicienta…) Me preguntó vida y obra: ¿te casaste? ¿tenés hijos? ¿dónde estás viviendo? ¿en qué trabajás?... Si no le pongo el freno termina indagando cuánto pago de expensas y qué alimento le doy al perro.
Me despedí lo más amablemente que pude y me escapé para saludar a Gabriela V que ya tiene más hijos que Maru Botana, Marisa R, Claudia P y un par de señoras que dijeron, con lágrimas en los ojos, “yo te tuve en brazos…” pero no puedo recordar sus nombres.
Costó pero, después de cuarenta minutos de cola, entré al cuarto oscuro. Metí la boleta en el sobre sin titubear. Y que sea lo que Dios quiera.

viernes, 26 de octubre de 2007

¿Cuánto hay...?

Otra vez la frase célebre: "Las mujeres son todas iguales. Lo único que quieren es un boludo con plata que las mantenga."
Y sí, para muchas será ése el gran sueño. En cierto momento de la vida, después de laburar como perra para ganarte el pan viendo cómo la cara se te llena de arrugas y se te caen las tetas, que por más que te empeñes no lográs salir de la chatura de una vida aburrida y monótona y que en vez hacerte las uñas esculpidas andás boicoteando el precio de la papa… en fin, ¡no despegás! Entonces, claro… quién no ha soñado con el príncipe azul que ponga lo que hace falta y ¡living la vida loca!
Y muchas lo logran. A ésa que antes pasaba desapercibida y hasta era objeto de críticas y desprecio, ahora que el Millonario la puso en el pedestal, el resto de los mortales le rinde pleitesía y todos pelean por su "amistad". Y ella, que no ha ser ninguna estúpida, reirá a escondidas sabiendo quién es quién, recordando con ironía que hasta no hace mucho le servía café al que ahora se arrastra a sus pies pugnando por un minuto de su codiciada atención. Cómo son las vueltas de la vida… Los que antes murmuraban "Mirá esa turrita…", ahora dirán "Ahí va la Señora de…"
Que la plata soluciona muchas, pero muchas cosas, da tranquilidad, estabiliza, te permite gozar de la vida y hacer todo aquello que soñás sin tener que deslomarte para conseguirlo… por supuesto que sí, sin duda. Que las señoras bien, las mantenidas, las que encontraron al "boludo con plata" y tienen todo, absolutamente todo lo que soñaron y más aún, se aburren… también es cierto. No todas, claro. Algunas todavía disfrutan la novedad de la buena vida, lo que nunca pensaron que les iba a tocar. Y son felices… o lo parecen. Y está muy bien que lo aprovechen.
Claro que si me cruzara con el Millonario capaz de cambiar mi vida tengo una lista de cosas pendientes que, por falta de tiempo y dinero, no he podido hacer hasta ahora. Sería muy aburrido agotar mis días tomando sol, leyendo revistas de moda, jugando a las cartas con mis vecinitas de country, llevando a los chicos al colegio y operándome alguna cosa cuando no haya nada mejor que hacer. Podría estudiar violín, practicar alpinismo, visitar las pirámides o simplemente convertirme en maestra rural y dar clase a los chicos pobres.
Pero la verdad verdadera es que no me imagino viviendo a la sombra de la billetera de nadie. Aunque me digan que puedo ser muuuuy pero muy feliz. Todavía tengo mis dudas, porque no alcanza sólo con los millones… el paquete entero me tiene que cerrar. Y ni en mis peores pesadillas me imagino en la cama con Bill Gates. Para eso, prefiero ganarme el Toto Bingo y decidir por mí misma, o seguir remándola como hasta ahora, superándome día a día sin deberle nada a nadie.
Con esto espero haber liquidado el asunto. Porque encontrar al Millonario no es mi objetivo en la vida. No, señor. Yo busco algo más, algo que no se compra con plata y que no es distinto de lo que busca la mayoría, aún las señoras mantenidas que parecen tenerlo "todo". Y apuesto a que cuando lo encuentre ¡seré la más feliz de todas!

jueves, 25 de octubre de 2007

El que duerme con niños…

El espectáculo fue deprimente. Un teatrito de morondanga lleno hasta la manija de mamás babosas proclamando a los cuatro vientos que su hija del alma adorada será estrella del musical más cotizado del momento. Lo que no dicen es que la insulsa y nada talentosa hija está arriba del escenario porque paga religiosamente la cuota de la academia y, si no le dan lugar, el año que viene es un cliente menos. Pensar que me comí una hora y media de cola para aplaudir a la hija de mi amiga en su debut y la pantomima duró tan sólo veinte minutos incluido el speech de la profesora que resulta ser una afamada actriz, ex vedette y no sé qué merda más y que al menos se dignó hacer acto de presencia para justificar la movida.
“Les pedimos que por favor abandonen la sala”, chillaba un mocoso insolente por el altavoz cuando todavía continuaban los aplausos y las fotos, y las nenas no querían bajarse de las tablas. Triste, decadente, desprolijo y mal organizado. Pero llenaron el teatro y recaudaron a lo bestia.
Una vez afuera, luchamos por escapar del ruido y la confusión. Único objetivo: una rica pizza para justificar la velada.

-¿Cuántos son?
-A ver… Cinco adultos… no, seis. Cuatro chicos… y un bebé.
-¿Sillita?
-No hace falta.


Ir y venir de mozos armando la gran mesa en el medio del local, los chicos peleando por el álbum de Patito Feo, “¿alguien vio la cámara de fotos?”, se olvidaron de avisar que el salón fumador es en el primer piso y la carta dice que una gaseosa cuesta ¡ocho pesos!

-¡Es un robo! Nos vamos a otro lado.
-¿Cómo que nos vamos? Ya armaron la mesa…
-A mí no me da vergüenza levantarme e irme. Que desplumen a otro.
-Ni siquiera hay pizza. Son “pizzetas” y la más barata cuesta ¡catorce pesos!
-No se habla más. ¡Chicos, agarren la campera que nos vamos!

Y de nuevo el tole-tole, que vamos y venimos, entramos y salimos, los chicos inmersos en su universo de figuritas y muñequitos para armar, y los mozos observando atónitos la huída del malón.
A las cansadas, tras caminar un corto trecho con los más chiquitos a upa lloriqueando por una Coca Cola, dimos con un restaurante bastante potable. Una ojeada a la carta y entramos. A la maitre se le borró la sonrisa de la cara cuando las adorables criaturitas se arrojaron sobre los sillones de cuero blanco exclamando a grito pelado “¡Nos quedamos acaaaaaa!” Y sí, hasta aquí llegamos…
Nos armaron una mesa grande en el fondo, con la intención evidente de resguardar a la clientela y el prestigio del lugar. Tal vez suponían que una abundante comida, algo de charla y lo avanzado de la hora calmarían los ánimos, especialmente tratándose de los más chicos.
Los menús infantiles eran intragables. Y ello motivó incomodidades varias… los chicos caminando entre las mesas con porciones de pizza que se doblaban por su propio peso, las manitos chorreando grasa y “como no hay servilleta me limpio con el mantel…” hasta que sucedió lo más temido. Uno de los angelitos resbaló al pisar un pedazo de muzzarella y en la caída arrastró a los otros tres en un espectacular efecto dominó, haciendo peligrar la estabilidad de decenas de copas y botellas de un costoso vino exclusivo en la mesa vecina. Levantarnos en masa y correr al rescate del vino fue cosa de segundos. Los chicos yacían desparramados en el piso, llorando a moco tendido no tanto por el dolor… más bien creo que lloran por las dudas. Y los adultos preguntándonos si alguna vez volveremos a disfrutar de una cena tranquila.

-Maaaa, ¿puedo pedir postre?
-¿Ahora? ¿A la una de la mañana? Dejate de joder. Vamos que es tarde y mañana tenés que ir al colegio.
-No tengo sueño. Quiero helado.
-Yo también…
-Y yo… de dulce de leche y frutilla.
-¿No hay panqueques…?

El cuento de nunca acabar. ¿Quién da más?

martes, 23 de octubre de 2007

Extracción

Ayer fue el día D.
Tres veces cambié el turno. Tres veces tuve miedo. Tres veces me negué. Número místico el tres… “La tercera es la vencida”, dicen. “No hay dos sin tres…” En fin, “cada cosa a su tiempo” y… se me ocurren tantas frases apropiadas que podría seguir divagando un largo rato.
Pero el hecho es que después de cargar tres décadas (otra vez tres… y esto recién lo noto) con esta dentadura sanísima y digna de envidia, de repente descubrí ¡una caries! La primera y única. Y no una caries cualquiera. Una caries en la muela de juicio, abajo al fondo, a la derecha. Bonito lugar te fuiste a buscar…
Tarde varios meses en decidir la consulta.

-¿Te duele?
-No.
-¿Pero no sentís nada?
-No.
-Entonces no vayas.

Este diálogo se volvió recurrente y reconozco que el consejo me convenía. Hasta que mi papá, con su sabiduría bien intencionada, sentenció: “Si no vas ahora, después va a ser peor”. Y la cagó. Me entró miedo y fui.
Yo creía que se podía arreglar o emparchar o limpiar o lo que fuera. Y hasta entonces todo venía bastante bien, hasta que el dentista me vio.

-Humm… ¡Qué bárbaro! Tenés una boca perfecta, lástima esa muela que no se puede arreglar y vamos a tener que sacarla…

“What???? De qué estás hablando, Willis??” Y encima dijo que él no podía, que me la tenía que sacar ¡un cirujano! Diossss, ¿qué hice para merecer esto? Aterrada, pedí más opiniones y sin rodeos escuché la misma respuesta: “Las muelas de juicio no se arreglan, se sacan”. A la marosca… Pero la manchita negra seguía igual, ninguna molestia, ningún dolor.
Me recomendaron una cirujana, según cuentan “muy experta”, que confirmó el diagnóstico sin vacilar. Y se la veía muy contenta con la idea de arrancar mi pobre muelita.
Tras muchas y extensas cavilaciones, tomé la decisión. Y ayer me senté temblando en la silla de torturas esperando que la anestesia me volviera insensible. Pero dolía y yo sentía como un hilito que me perforaba la mandíbula y entonces me pinchaba otra vez. “¡No grites! Si te duele, te pongo más anestesia. ¡Aguantá que ya sale!”. Horroroso. Pensar que me estaban arrancando un pedacito de esqueleto y yo, resignada e indefensa, esperando que todo pase lo más rápido posible, imaginando lo que vendrá después, más dolor, inflamación, antibióticos y la cara hinchada como pelota de básquet.
“Bueno, ya está”. Ahhh… qué alivio. Ese es sin dudas el mejor momento. Cuando uno adquiere la certeza de que nadie meterá más pinzas en su boca, ni habrá tirones, ni pinchazos ni “abrí más, la lengua floja... ¿duele? ¿duele?” Lo peor ya había pasado.
Y sí, estoy hinchada y dolorida y con un hueso menos. Pero ya está. Lo único que me consuela es que puedo tomar toneladas de helado sin culpa, aunque por ahora dejaré de lado mi adorado té de menta y los bombones de praliné que me regaló la vecina de enfrente.

domingo, 21 de octubre de 2007

Maternidad



Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,
Durante nueve lunas crecerá tu cintura;
Y en el mes de la siega tendrás color de espiga,
Vestirás simplemente y andarás con fatiga.

El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
Y a vino derramado nuestro mantel tendido.
Si mi mano te toca,
Tu voz, sin vergüenza, se romperá en tu boca
Lo mismo que una copa.
El cielo de tus ojos será un cielo nublado.
Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
Que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.

Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río…
Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta
Para el hombre de pala y la mujer de cesta;
El día que las madres y los recién casados
Vienen por los caminos a las misas cantadas;
El día que la moza luce su cara fresca,
Y el cargador no carga, y el pescador no pesca…
-Tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata
Tenga catorce noches y espolvoree plata
Sobre la paz del monte; tal vez en el villaje
Llueva calladamente; quizá yo esté de viaje…-
Un día, un dulce día con manso sufrimiento
Te romperás cargada como una rama al viento.
Y será el regocijo
De besarte las manos y de hallar en el hijo
Tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
Y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…


José Pedroni

jueves, 18 de octubre de 2007

Be afraid, be very afraid

“If you look in the mirror and say his name five times, He'll appear behind you breathing down your neck”



Me mudé un domingo por la tarde.
Llevó casi un mes equipar el departamento con lo mínimo indispensable, incluyendo los platos de porcelana con florcitas rosas que mi tía insistió en regalarme, la tostadora que gané en el bingo de la parroquia y un cenicero con forma de águila de las estepas que al día siguiente fue a parar a la basura sin más miramientos.
Mi primer departamento… El sueño de vivir sola por fin se hacía realidad. Costó pero valió la pena. Hasta ese momento pensaba tan sólo en la felicidad de estrenar mi nueva vida, dormir a pata suelta en el flamante sommier que a mi papá le pareció sospechosamente grande, tomar mate en el balcón rodeada de plantas mirando el horizonte y organizar noches de brujas con mis amigas del alma sin horarios ni estorbos.
Pero cuando llegó el momento de la despedida, la última noche en familia, mi placard vacío y las valijas a reventar… entonces supe que no sería fácil. No quería llorar pero tenía un nudo en el estómago tan pero tan fuerte que me partía en dos.
Hice todo para prolongar el momento. Papá dijo “El domingo es el día más difícil cuando uno está solo” y casi sentí arrepentimiento. Pero no era cuestión de echarme atrás. Ya no.

-¿Te quedás un rato más? Alquilé una peli de terror.
-Y… bueno. Pero no me gustan mucho las de terror. Después tengo pesadillas…
-Quedate. Está buena.
-¿Cómo se llama…?
-Candyman.

No sé si mi hermanito adorado lo hizo adrede, quiero creer que no. Pero si me faltaba un regalito de despedida, éste vino con moño y todo. Por qué no me fui antes, Diosss… El tipo ese que se lo comen las abejas y después se le aparece a la gente que repite su nombre cinco veces delante del espejo y les clava el garfio en la garganta y… y… de pronto supe que esa noche no podría dormir… ¡Y que me expliquen para qué carajo puse un espejo justo delante de la cama! Tortura mental, insomnio y la tentación de hacer lo que no debo: Candyman, Candyman, Candym… y no puedo seguir, no quiero. Pasé toda la noche sin moverme de la cama, tapada hasta la nariz, atisbando con ojos agrandados de espanto la puerta del dormitorio que cerré con llave por si las moscas (o las abejas...) Y las horas que no pasan…
Me aterra la oscuridad. Siempre dejo la tele prendida para que me haga compañía, aunque sea bajita. Pero como todavía no había contratado el cable, esa noche escuché atentamente a Luisa Delfino hasta que dijo “Chau” y después quedó el piiiiip del final de transmisión y entonces el silencio. Y no pude dormir, simplemente no pude. Y tampoco pude la noche siguiente, ni la otra. A esa altura las ojeras me llegaban a las rodillas y hasta mi jefe empezó a preocuparse.
Felizmente Candyman nunca apareció y el cansancio ganó la partida. Al cabo de una semana logré sentirme “como en casa”, empezando a disfrutar aquellas cosas que conformaban mi pequeño universo de soltera sin apuro. Como desayunar en la cama, café bien calentito y una montaña interminable de tostadas con manteca, escuchando a Celeste, Fito y tal ve
z Serú con el volumen bien fuerte sin importar qué digan los vecinos… O comprar esa original lámpara psicodélica que todos miraban con mohín de disgusto pero que fue mi primer capricho y aquí está todavía, iluminando mis noches de tertulia frente al televisor. Y armar mi primer arbolito de Navidad… mío, para mí sola. Ah… cuántas cosas.
Hoy mi papá, que tiene un almanaque esculpido en la frente y más memoria que una manada de elefantes africanos, llamó para recordarme que la próxima semana se cumplen once años del día en que me fui de casa para vivir mi sueño. Me llenó de nostalgia… y juntos recordamos cada momento como si fuera ayer.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Estado de coma

Tengo un día cruzado. Hace tiempo no me sentía así y ni yo me soporto.
Pensar que me ilusioné con vivir una vida distinta, empezar de nuevo sabiendo que no es fácil pero dispuesta a intentarlo… y todo quedó en la nada. Otra vez estoy en punto muerto. Y de la vorágine a esta calma chicha que no conduce a nada.
Dicen que el ejercicio físico libera tensiones, de modo que opté por ir al gimnasio todos los días. Pero si sigo así, dentro de poco tendré los brazos de Rubén Peuchele y un cansancio que acabará con todas mis fantasías. No sirve. Así no se arreglan las cosas.
Me siento sola y sin ganas.
Mamá decía que en estos casos no hay nada mejor que la terapia del agua. El agua calma, relaja, energiza… El agua es vida. Así que me puse a baldear el patio y la cosa venía de maravillas hasta que me enrosqué sin querer con la manguera, tropecé y caí de culo estrepitosamente, y allí quedé sentada sobre mis penas, llorando. De bronca lloré. De bronca y de impotencia y de lástima por mí misma.
Se ve que hasta doña Menstruación me tiene lástima y viene a visitarme. ¡Cartón lleno!
Y todo ayuda a fomentar mi mal humor.
Ni siquiera él puede conmigo. Él, que siempre me mima, me hace reír, me cambia el humor… esta vez no entiende qué me pasa y yo no sé explicarle.

lunes, 15 de octubre de 2007

Barrio de tango

Música: Aníbal Troilo
Letra: Homero Manzi



Un pedazo de barrio, allá en Pompeya,
durmiéndose al costado del terraplén.
Un farol balanceando en la barrera
y el misterio de adiós que siembra el tren.
Un ladrido de perros a la luna.
El amor escondido en un portón.
Los sapos redoblando en la laguna
y a lo lejos la voz del bandoneón.

Barrio de tango, luna y misterio,
calles lejanas, ¡cómo estarán!
Viejos amigos que hoy ni recuerdo,
¡qué se habrán hecho, dónde estarán!
Barrio de tango, qué fue de aquella,
Juana, la rubia, que tanto amé.
¡Sabrá que sufro, pensando en ella,
desde la tarde que la dejé!

Barrio de tango, luna y misterio,
¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!
Un coro de silbidos allá en la esquina.
El codillo llenando el almacén.
Y el dramón de la pálida vecina
que ya nunca salió a mirar el tren.
Así evoco tus noches, barrio 'e tango,
con las chatas entrando al corralón
y la luna chapaleando sobre el fango
y a lo lejos la voz del bandoneón.

domingo, 14 de octubre de 2007

Yo, tú, él

De nuevo en capilla… Y no puedo zafar.
Más de uno dirá que me lo merezco. Yo soy la primera en afirmar que hay que hacerse cargo de los actos y dar la cara siempre. No me gusta la mentira, mentir o que me mientan… pero pienso que a veces es la única manera de no hacer sufrir a las personas que tanto nos quieren. En especial cuando esas personas se niegan a ver la realidad apelando a una forma de auto protección, como si tal vez fuera mejor no enterarse…
Yo me angustio, tú te angustias, él se angustia… Todos nos angustiamos.
Ya no puedo dar marcha atrás (ni quiero). Me juré avanzar a cualquier precio y es lo que pienso hacer.
Mientras tanto podría ahogar las penas en un rico kilo de helado. Mmm… Nada mal.
¡Para mí, chocolate suizo!

sábado, 13 de octubre de 2007

¡Y se hizo la luz...!

Después de dar vueltas a la Filcar en todos los sentidos y sopesar los pro y los contra de mis escasos medios de locomoción, a punto de desistir de lo que me parecía la auténtica “excursión a los indios ranqueles” y quedarme encerrada en casa mirando por enésima vez alguna película pasada de moda mientras caía la tarde… decidí que bien podía hacer a un lado el mal humor, la tristeza y el aburrimiento y dar la vuelta al mundo para cantar, al menos por dos horas, con mi coro bienamado que esta vez decidió mudar el lugar de ensayo... ¡a una iglesia mormona!
Convengamos que el traslado resultó una gran molestia para todos, pero había una razón de peso: ¡no hay caso con el Dixit! No, señor. Y entonces el maestro S sugirió convocar a otro coro como forma de unir fuerzas ante la adversidad. El coro invitado resultó ser muy profesional pero están en el culo del mundo. Y nos tocó a nosotros encarar la gran travesía. Pero debo reconocer que valió la pena.
Al maestro S se lo veía entusiasmado, con la esperanza dibujada en el rostro. Y hubo abrazos y besos de bienvenida, aparte del café, tortas varias y sanguchitos que ya son ingredientes necesarios en los encuentros musicales de los sábados.
No del todo convencida, me senté al lado de una chica alta y grandota que ostentaba seguridad, o eso quise creer. Y no me equivoqué. Qué placer cantar al lado de alguien que tiene la partitura grabada a fuego en la garganta y canta hasta la última semicorchea con fuerza de huracán y sin pifiar la afinación… Glorious!
Y así fue que finalmente la luz del Spiritui Sancto brilló sobre mi cabeza y me injertó la fuga del Amén en el cerebro para que la recuerde por los siglos de los siglos
.


Dixit Dominus Domino meo:
Sede a dextris meis,
donec ponam inimicos tuos
scabellum pedum tuorum.

viernes, 12 de octubre de 2007

Como una grande de muzzarella

Leo Nucci as Figaro "Largo al factotum"

Premoniciones

Sigue lloviendo. Buenos Aires se ha convertido en una mancha gris acuosa.
Un peatón espera estoico el cambio de semáforo y no puede evitar la tremenda salpicadura de una 4x4 que intenta colarse por entre medio de decenas de autos, a toda velocidad, sin medir las consecuencias. Los días de lluvia son así. Y le cambian el humor a la gente.

-Hoy está espectacular para ir al cine. ¡Y podríamos comer fondue!
-¿Te parece? A este ritmo no salimos de acá en una semana…
-Sí… la verdad que sí. Y bueno, entonces alquilamos una peli y pedimos algo al delivery.
-Buena idea.


Por un buen rato, perdimos noción de tiempo y espacio. Y después de comer miramos la peli en la camita, abrazados, con mimos y esas caricias que nos hacen tanto bien.

-¿Qué harías si me muero?
-What??? No me gusta que hables así.
-¿Qué harías? ¿Te olvidarías de mí?
-Estás loco… ¿Cómo se te ocurre que me puedo olvidar?

Porque de eso se trata “Premoniciones”. Y nos dejó ese sabor a “algo malo va a suceder”, un sabor amargo que no lograron contrarrestar las bombitas de azúcar que acompañaban el mate de la tarde.
Un llamado, la mentira, la duda, la cancelación de último momento y… “¡Me tengo que ir ahora
mismo!” Corrimos a todo vapor pero otra vez quedamos atrapados en un caos de lluvia y tránsito, el auto que no avanza y mi conductor experto que quiere pisar el pedal y no lo dejan.
Dúo de amor de Madame Butterfly para calmar los ánimos… No hay caso. El tiempo es tirano y corremos contra el reloj. Cambio de planes...
¡Pero ya no quiero más mentiras! ¡Quiero vivir en paz y que nadie sufra por mi culpa!
Hacemos lo que creemos es mejor. Pero hoy los astros no están de nuestro lado y todo se complica. Premoniciones.

miércoles, 10 de octubre de 2007

El neozelandés, el diluvio y los tomates

Parece que a pocos metros de mi morada anduvo dando vueltas un neozelandés y yo sin saber. Fue la semana pasada. Ni una palabra de castellano pero dicen que era una delicia de muchachito de casi dos metros de altura. Se deshacía en agradecimientos pero no permitió que lo besaran, haciéndose eco de una costumbre ancestral según la cual está mal visto que la gente se toque y se bese. No hubo manera de hacerle entender que acá se besan hasta los perros.
Todo marchó bastante bien hasta que el viernes se desató la feroz tormenta con granizo incluido y el pobre neozelandés quedó atrapado en un auto camino a Lomas, el agua subiendo rápida y peligrosamente y el remisero haciendo maniobras insólitas para trepar a la vereda en medio de Pavón en hora pico. Dicen que a punto estuvo de desmayarse. Al final son todos iguales… Cuanto más grandes más pavotes.
Pero es cierto que últimamente las tormentas amedrentan al más aguerrido. Yo soy la primera en cazar el teléfono y llamar al primero que tenga ganas de hacerme el aguante, cuestión de no estar sola escuchando los truenos que me ponen la piel de pollo. A falta de excusas, soy capaz de hacer el pedido de Coto por teléfono con tal de escuchar una voz amiga del otro lado de la línea que no me abandonará al menos por un largo rato mientras repasa conmigo el precio de los aceites, los cereales y los tomates.
Los tomates… El boicot está dando resultado porque ayer constaté con mi verdulero amigo que el precio record bajó a la mitad y hay otros tomatitos más baratos, los brasileros creo, pero parece que son incomibles. Ahora que bajaron los tomates sube la calabaza y, según dice, sigue la papa. Es la guerra de la papa. Cuidado que esta lucha a brazo partido, encabezada por doña Rosa y sus secuaces, no nos tape los ojos y nos desvíe del fondo de la cuestión.
Dicho de otro modo, “que el árbol no nos impida ver el bosque”.

lunes, 8 de octubre de 2007

Don Juan

Alejito tiene novia. Se llama Iara y es compañerita de primer grado. Iara es bonita y traviesa, de carácter algo fuerte, tiene el pelo enrulado y le gusta bailar el meneaíto. Son novios desde hace un año. Todos lo saben.
Pero ahora a Alejo le gusta Agustina. Y hace poco le escribió una carta preguntándole si quería ser “su novia”. Y Agustina dijo que sí. Pero cometió el error
de mostrarle la carta a Iara quien, enfurecida y celosa, la hizo pedazos y corrió a gritarle a Alejito: “¿Así que querés salir con Agustina? Muy bien. ¡Entonces hacé tu vida como quieras!” Y lo dejó.
Alejito no dijo nada pero la noticia corrió como un reguero de pólvora.
“No sé qué vas a hacer ahora…” espetó la señora del quiosco entregándole el último paquete de figuritas de Cien por Ciento Lucha.
La maestra citó a la mamá de Alejito y le dijo que tenía comportamientos de Don Juan y que hacía sufrir a “las pobres chicas”. Pero hete aquí que “las pobres chicas” se volvieron íntimas amigas, inseparables… Y entre las dos, hostigan a Alejito día y noche pretendiendo que ambas son “su novia”.

- Ale, en qué lío te metiste... ¿Qué pensás hacer?
- ¿Y qué querés que haga, má...? Un mes con una, un mes con otra… ¡Me tienen podrido!

domingo, 7 de octubre de 2007

La noche de los museos

Suena a velada tenebrosa caminando a tientas por los oscuros pasillos del museo de cera, atisbando a nuestras espaldas un ruido susurrante como de momia que despierta de su sueño milenario con ansias de cumplir el maleficio…
Pero no. Para los adeptos, cabe señalar que el Museo de Cera estaba cerrado. Sí, señor. Por eso arrancamos visitando el Del Títere que resultó una verdadera
cagada. Tampoco es que esperábamos el Teatro Negro de Praga ni mucho menos. Pero esto, señores, inspiraba compasión. Hasta se me ocurrió donarles los títeres de Disney que mi mamá me regaló cuando cumplí cinco años, con toda la ropita que juntas hicimos para ellos. Indignante y lamentable. Señores gobernantes, necesitamos presupuesto para títeres y titiriteros. ¡Que no decaiga!
El Museo del Traje despertó todo mi interés pese a lo deteriorado de las vestimentas y que me miraron raro cuando pregunté si el Dior violeta era original. Me impresionó el vestido de novia de fines de siglo XIX (una novia bajita como de metro y medio) y el de la madrina, ni hablar. Más bien deberían haberlo llamado “Traje de Suegra”. Sólo con ver el pesado terciopelo negro recargado de piedras, las mangas muy largas cruzadas sobre el abdomen y el severísimo cuello cerrado con ballenitas, hubiera yo cruzado a nado el Atlántico y a ver quién me encuentra. Los trajes orientales bordados con hilo de oro eran lo más. Y quiero ese vestido de baile con lentejuelas muy década del treinta con el que me vería más flaca que la novia de Popeye.
Abro un paréntesis para señalar que los museos de la madre patria dejaron bastante que desear. En la Casa de Cataluña había una preciosa muestra de tallas en madera inspiradas en el Martín Fierro, obra de un catalán, claro está. Y unos payadores recitaban estrofas de nuestro gaucho por excelencia, también en catalán, faltaba más. No sé si reír o llorar. Fuera de esto y unas copas de vino que repartían entre los visitantes… nada que agregar. Una pérdida de tiempo. Y eso que a los catalanes plata no les falta; si no, detengámonos simplemente en la majestuosa escalera de mármol, las puertas espejadas, las alfombras y los techos decorados. No sé para qué se adhieren a la muestra si no tienen nada qué mostrar.

El Museo de la Emigración Gallega fue otro chasco. Una hermosa gaita, una bicicleta oxidada perteneciente a un gallego desconocido, fotos familiares, el carrito del afilador, una máquina de coser no tan antigua y la curiosa historia del Fantasma. That’s all. Ah… y unas señoras provistas de agujas y maderitas tejiendo encajes preciosos, un arte prodigioso que intentan preservar y transmitir en plena era de tecnología digital. Ahora que recuerdo, en todos los museos había señoras tejiendo. Una especie de logia del bolillo.
Eran casi las diez de la noche y la pizarra anunciando empanada gallega, tortilla a la española y vino de la casa ciertamente tentaba al estómago más entrenado. Por lo menos nos dimos la gran comilona a un precio irrisorio. Sólo por esto diré que valió la pena.
Como reza el dicho “panza llena, corazón contento…” nos fuimos canturreando en dirección al río, cruzamos el Puente de la Mujer y salimos sin querer en la foto de una quinceañera coreana.
La Corbeta Uruguay nos cambió el humor. Un marinero que nunca en su vida navegó (así confesó públicamente, no voy a dar nombres) nos enseñó el “nudo de horca” y el “nudo de esposas”. Temí preguntar demasiado y que mi curiosidad despertara la de otros y todos supieran las ganas que me dieron de jugar con los nuditos y lo entretenido que podría llegar a ser si… En fin, habrá que practicar.

Subimos y bajamos las escaleras “al revés”, de espaldas como verdaderos marinos. Y me golpeé la cabeza repetidas veces pero no me importó porque desde la cubierta inferior llegaban, como oleadas, vestigios del bel canto. De pronto nada me importó, corrí entre brújulas y armeros, sin mirar los rostros de capitanes ilustres ni los sables ni el timón de repuesto… Yo quería escuchar en vivo y en directo las canzonettas que me enseñaba la abuela y tararear “Mamma” y “O sole mío” como cuando era una nena. Y de ahí tuvieron que arrancarme a tirones aunque desde lejos siguiera gritando “¡Otra! ¡Otra!”.
Como despedida, un sencillo show de tango sobre la cubierta principal. Ella con una pollerita demasiado corta y medias de red; él, un guapo del novecientos muy alto y muy flaco.
Fin de la noche de los museos, at least for us. Tal vez el año próximo nos tiente la ruta de la ciencia porque con la historia no vamos a ningún lado…

viernes, 5 de octubre de 2007

El Misterio del Tercer Piso

Siempre me gustaron los lugares prohibidos.
Sufro una especie de fascinación sobrenatural cuando se trata de hurgar, investigar, explorar o simplemente echar un vistazo “donde no se debe”. Pocas cosas me detienen y no siento culpa.
Magalí también. Y con el tiempo hemos desarrollado verdaderas habilidades detectivescas… aunque últimamente, Maga, estamos algo carentes de entrenamiento.

El tercer piso del colegio constituía un misterio digno de resolver. Se accedía por tres escaleras ubicadas en distintas áreas del edificio pero todas desembocaban en una puerta herméticamente cerrada y más allá… los rumores transmitidos de generación en generación. Porque en el tercer piso estaba el claustro, el hogar de las monjas, donde dormían y guardaban sus pertenencias. El lugar prohibido del colegio.
También estaba la “casita” de la Madre Superiora que era en realidad un espacioso departamento alejado de las aulas y el bullicio, hermosamente decorado, lleno de plantas y objetos de arte, donde residía en forma permanente la monja más importante de la comunidad. Ahí podíamos entrar cuantas veces quisiéramos y ella nos invitaba a visitar su despacho, organizaba juegos, sorteaba frasquitos vacíos de Polper, contaba cuentos y siempre nos llevaba a rezar a su capilla privada que olía a fresias y crisantemos. La “casita” era un buen escondite en esas ocasiones en que “las papas queman”, pero había que sincerarse con la Madre Superiora para merecer su protección y salir del embrollo con la frente alta. El derecho a permanecer en la “casita” era una suerte de inmunidad temporal. Sólo había que ganárselo.
Pero claro está, la “casita” no encerraba ningún secreto. Lo que nos quitaba el sueño era el Misterio del Tercer Piso.

Una vez al año las monjas se trasladaban al campo con objeto de realizar un retiro espiritual junto a sus pares de la congregación. Era más un evento social que otra cosa pero al menos por un día quedábamos libres de su estrecha vigilancia.
Todo había sido minuciosamente planeado. Por esas casualidades que no se vuelven a repetir, Paula había dado con el llavero de la Hna. Salvación de los Pobres que durante semanas vagó desesperada por patios y corredores sin poder encontrarlo. Confiábamos en que alguna de las llaves abriría al menos una de las tres puertas.
Fue durante la hora de Física. La profesora faltó sin aviso. Era, de todo punto de vista, un designio celestial... ¡ahora o nunca!

Magalí, Paula, Araceli y la “historiadora oficial” (Sofía tenía sarampión) nos escabullimos del aula y, por caminos diferentes, rumbeamos hacia la escalera menos transitada, la de los baños del gimnasio. Subimos en silencio atisbando cualquier indicio que nos obligara a suspender la investigación.
Primer piso… las aulas cerradas, los pasillos vacíos.
Segundo piso… la garganta empieza a secarse y los latidos se aceleran, pero no hay moros en la costa.
Tercer piso…

Araceli: Está cerrado. Dale, Paula, probá las llaves.
Menta: ¡Shhh! Sin hacer ruido.
Paula: Ninguna abre, boluda. ¿Qué hacemos?
Magalí: ¡Dejame a mí!

Probamos una y otra vez, nos temblaban las manos y reíamos nerviosas. Hasta que al fin… ¡Clank! Por un instante nos sentimos San Pedro abriendo con su llave maestra las puertas del Paraíso. Allí estábamos, inmóviles, espiando a través de la puerta entreabierta sin animarnos a dar un paso más. Se veía un pasillo largo surcado de ventanales por los cuales se filtraba a raudales la luz del sol. Caminamos varios metros en fila india hasta desembocar en un corredor más oscuro con infinidad de puertas a ambos lados.

Paula: Maga… mejor no abras…
Menta: ¿Qué hay ahí?
Magalí: Son dormitorios…
Araceli: ¡Busquemos el de Hermelinda!
Paula: ¡Shhhh! ¡Callate!


Y fuimos abriendo y cerrando puertas con el íntimo deseo de dar respuesta a interrogantes clave como si las monjas se depilan, si usan bombacha, si guardan plata, si se masturban, si miran televisión… Y de repente: ¡QUIEN ANDA AHÍ!
¡Ay, Jesús, María y José! Y todos los santos del calendario… ¿Y ahora qué hacemos…?
Corrimos desesperadas hacia el final de corredor. Magalí abría camino sin saber hacia dónde ir.
¡¡¡QUIEN ANDA AHÍ!!!!
Era la voz de Elsa. La hubiéramos reconocido en cualquier parte.

Magalí: ¡Por acá! ¡Rápido!
Menta: ¡Pero esto es un lavadero!
Paula: ¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
Araceli: ¡Guaaaaa…!
Magalí: ¡Callate de una vez!

Y nos escondimos entre los lavarropas, debajo de montañas de ropa sucia. No daba hacernos las exquisitas pero lo cierto es que olía a humedad, lavandina y queso hongueado. Contuvimos la respiración, todas menos Araceli que, en su mejor intento, no pudo evitar una catarata de estornudos que nos puso en evidencia.

-¡SALGAN DE AHÍ INMEDIATAMENTE!

Silencio total. Ninguna pensaba moverse de su sitio.

-¡SALGAN YA O LAS SACO DE LOS PELOS!

Elsa era huérfana. Había sido pupila del colegio hasta la mayoría de edad y ahora las monjas querían independizarla con trabajo y marido… o sin marido, pero por lo menos que se fuera a vivir a otro lado. Tantos años de soledad haciendo las veces de sirvienta sin sueldo a cambio de techo, educación y un plato de comida, la habían convertido en una resentida. Nos odiaba. Odiaba a todas las alumnas, de la primera a la última, y su único anhelo era vernos fracasar. Y ahora el destino le presentaba una ocasión pintiparada que no podía desperdiciar.

-¡SALGAN! ¿NO ESCUCHAN, ESTÚPIDAS???

Con la cara roja de rabia salimos de debajo de la ropa maloliente, intentando ante todo conservar la dignidad.

Elsa: ¿Se puede saber qué hacían?
Magalí: Nos perdimos. Buscábamos a la Hna. Rita para… para…
Menta: Para darle unos boletos capicúa que le prometimos... para cambiar por la silla de ruedas.
Elsa: Psé… ¿A ver los boletos?
Menta: ¿Los boletos…? Los tenemos en el aula.
Elsa: Mmm… ¿Y cómo entraron acá si estaba cerrado?
Paula: Estaba abierto…
Elsa: ¡Mentira! Está siempre cerrado y las alumnas no pueden entrar. ¡Van a ver cuando le diga a la Hna. Olvido!
Araceli: ¡No! ¡A la Hna. Olvido no le digas! ¡Guaaaa….!

Y hubo que agarrarla firme a Araceli para que no se desplomara de rodillas suplicando bochornosamente el perdón de una Elsa airada y vengativa.

Elsa: ¡Claro que le voy a decir y las va a echar del colegio!
Magalí: Callate, ridícula. No digas pelotudeces. A lo sumo un par de amonestaciones… A la que van a echar es a vos si yo abro la boca.

Glup… Maga sabía algo que a las demás se nos pasó por alto. Los ojos de Elsa chispeaban de furia contenida, se moría por darnos un sopapo de esos que hacen ruido ¡plaf! pero se contuvo. Y Maga la miraba desafiante, con la insolencia de una adolescente malcriada incapaz de dejarse avasallar.

Elsa: No sé qué querés decir…

Magalí: Lo sabés muy bien. Por eso dudás… Elsssita.
Elsa: ¡No me dan miedo tus amenazas! Voy a contarle todo la Hna. Olvido y…
Magalí: No le vas a contar nada… porque yo vi lo que hacías el otro día con el jardinero en el patio de atrás. ¡Sí, te vi! ¡No te hagás la mosquita muerta que te gustó cuando te metía la mano en el culo! Ah… Ahora sí que te agarré. ¡Anda a contarle a la Hna. Olvido, andá! Y yo voy también y le canto un par de verdades.
Elsa: Sos una hija de p… ¡Me las vas a pagar!

Y se fue caminando a zancadas, destilando ira y vergüenza. Nosotras quedamos paralizadas. Magalí sonreía con autosuficiencia, las piernas separadas y los brazos cruzados sobre el pecho en pose de a-que-no-se-lo-esperaban. Araceli dejó de llorar y Paula se retorcía las manos haciendo sonar los nudillos. Tiramos el llavero adentro de un lavarropas y nos fuimos caminando en silencio sin volver la vista atrás.

Menta: Maga… ¿por qué no me contaste lo de Elsa y el jardinero?
Magalí: No había nada que contar.
Menta: Pero ¿viste o no viste cuando le tocaba el culo?
Magalí: No vi nada…
Menta: ¡Qué! ¿Cómo nada? ¿Lo in-inventaste? ¡Estás loca!
Magalí: Siempre supe que Elssssita era una flor de atorranta…

jueves, 4 de octubre de 2007

Friends with money

El fin de semana vi esa película que me recomendaron, con una insípida Jennifer Aniston (siempre me parece que le faltan cinco para el peso) y un manojo de grandes actrices en tristes papeles desprovistos de gracia y brillo. "Amigos con dinero", así se llama. Mucho dinero, tanto que no saben en qué gastarlo. Excepto Aniston que trabaja de sirvienta, aunque según parece gana bastante bien. Es la soltera del grupo que al final termina saliendo con un cliente gordo, feo y desprolijo que no se sabe bien de qué vive hasta que, como quien no quiere la cosa, confiesa que no necesita trabajar porque ha heredado la fortuna de su padre millonario. Ahaha… ¡Cómo le cambia la cara a Aniston! De golpe se da cuenta que está muuuy enamorada. Así de fácil.
"Por la plata baila el mono", dicen.
Conozco unos cuantos que venderían a la madre por unos billetes…
Porque la plata te cambia la vida en muchos aspectos. Está la Atorranta que por esas casualidades del destino conoce al Millonario, que no siempre es un viejo decrépito como el marido de Anne Nicole; si tiene suerte hasta le toca uno joven y buen mozo, no digamos Robert Redford, tal vez un término medio más que aceptable. Y es como si la hubiera tocado la varita mágica… Ropa cara, cirugías, un lindo auto deportivo, viajes, mucamas y algún curso de dicción que a veces no está de más, la convierten en "La Señora". En el fondo siempre será un "gato de sociedad" aunque ahora se codee con la gente bien y pague el precio. Porque todo tiene un precio.
El cambio de vida es, ni más ni menos, que un cambio de hábitos. El Millonario exige fidelidad total. Y puede ser que al principio todo sea color de rosa hasta que empiezan a asomar pequeños vicios, comportamientos excéntricos, requerimientos nunca antes sospechados… Hay que adaptarse. Porque si te sacó del puterío, te puso auto y casa y te regala la gran vida, ni siquiera tenés que trabajar y si lo hacés es para no aburrirte… Y bueno, hacé la vista gorda en todo lo demás y ¡a triunfar! Cuidale los chicos, bailale en el caño, aprendé modales para no hacerlo quedar mal delante de los amigos, enamoralo y, de a poco, verás que la vida te sonríe. La cumbre soñada será darle un hijo, lo cual te asegurará un futuro exento de obligaciones. Es trabajo fino, sin duda.
Claro que a veces el amor llega de verdad y son felices y comen perdices. Pero no siempre es así... Por lo general no es así.
Y cuántas cabezas se pueden pisar para lograr el ascenso… Uno se olvida de quien le tendiera una mano en momentos de dificultad, los amigos son reemplazables y todo empieza a girar en torno a la "gallina de los huevos de oro".
Mal que les pese a unos cuantos, sigo creyendo que se puede ser feliz con mucho menos y sin venderse. Y seguiré nadando contra la corriente porque se me canta.

martes, 2 de octubre de 2007

Tecnología cero

Hoy es un día de esos en que nada funciona bien.
Me duele la cintura. Hace días que me duele y esta humedad pegajosa empeora las cosas. Y no hay nada más feo que arrancar el día con amenaza de lluvia que no cesará hasta el fin de semana.
Los martes son insulsos. Porque el lunes da derecho a estar de capa caída, empezar la semana no es fácil, el humor está por el piso y las horas se estiran como chicle. Pero el martes no es nada, ni “fu” ni “fa”. Y encima llueve. O llovizna… No sé qué es peor.
Abrir el email y no encontrar respuesta acaba con mis escasas reservas de alegría.
Y para colmo de males hoy el Ipod dijo “¡Basta!”. Mi Ipod adorado, mi compañero de tiempo completo, el depositario de todos mis secretos… está como muerto. ¡Guaaaa….!
Eso me pasa por incumplir el onceavo mandamiento: “Harás backup al menos una vez por semana.” Y aquí estoy ahora desolada, completamente abatida sin saber qué hacer. Lo miro y no me responde. Ya probé todo, inclusive lo sacudí un poquito… y le hablé, le pedí “por favor” y después grité. Pero está más cerrado que una tumba. ¡Y yo quiero que me devuelva todos mis escritos y mis fotos y mis canciones!
Hay días, Sra. Tecnología, que merecería Ud una buena patada en el orto.

lunes, 1 de octubre de 2007

The crying game

Siempre me autoproclamé fuerte y valiente.
No suelo llorar. No me gusta la gente que llora por necedades. Aunque (inútil negarlo) todos alguna vez lloramos lágrimas de cocodrilo… Como cuando Papá Noel no cumplía a rajatabla los términos de la cartita que, a mis ojos de niña malcriada, adquiría legítima validez contractual. O cuando, a la hora de dormir, sonaba la canción del Mono Relojero y me entraba un pánico súbito e inexplicable y lloraba a moco tendido hasta que apagaban el televisor. O con todas esas pequeñas e injustificadas rabietas que le agarran a uno en los momentos menos esperados y por las cosas más tontas.
Llora
r es un buen recurso para aflojar la tensión. Pero es mentira que después de llorar ves todo más sereno, limpio y claro. Yo no veo un joraca. Me arden los ojos, se me corre el maquillaje y me siento fea, demacrada, ojerosa… y, por si fuera poco, esa tristeza que tarda en desprenderse.
Por eso el llanto verdadero lo reservo para las grandes ocasiones.
Me pregunto de dónde salen las lágrimas que no se acaban nunca… Tanto lloré cuando murió mamá que creí se agotaría la fuente. Lloré antes y después. Y seguí llorando mucho después, casi siempre en soledad porque uno se vuelve egoísta en el dolor y cree que nadie más merece compartirlo. No porque el espectáculo de las lágrimas resulte vergonzante sino porque se convierte en un acto privado, íntimo.
Llorar me hace sentir infinitamente frágil, desprotegida… No me gusta llorar. No quiero llorar. Aguanto la respiración, me sueno los dedos, aprieto los dientes y me contengo… hasta que no puedo más. Entonces todo el andamiaje erigido a fuerza de sufrimiento y resignación se desmorona en un abrir y cerrar de ojos y quedo desnuda, transparente, vulnerable.
Y hay momentos especialmente complicados para largarse a llorar, aunque a tu lado haya alguien que te entiende y te contiene y que, si te querés escapar, repite una y otra vez “No te vayas de mí. Nunca te alejes de mí”.
No. No quiero alejarme. Precisamente…

I know all there is to know about the crying game
I've had my share of the crying game
First there are kisses, then there are sighs
And then before you know where you are
You're sayin' goodbye