lunes, 31 de diciembre de 2007

Felice anno nuovo

Quisiera tener la gran bola de cristal para saber dónde voy a estar parada el 31 de diciembre del año próximo… si logro salir de éste, claro. Un cierre bastante bravo, a juzgar por la peleíta de anoche que me dejó llorando a moco tendido después de estrellar contra la heladera el vaso de whisky lleno hasta la mitad, ese con el borde de plata horrendo, el último sobreviviente del juego que nos regaló mi suegra para el casamiento. Y bueno… no hay mal que por bien no venga, ahora tengo la excusa perfecta para renovar parte de la vajilla. Los tazones de café con leche, también. No sé, a veces se me da por arrojar cosas… Después de todo es mejor romper los platos que terminar hecha una ameba con sobredosis de Clonazepam.
Por lo pronto disfruto las últimas horas de este año agitado nadando como la Sirenita con mi flota-flota amarillo, intentando como siempre ponerle una sonrisa a esta vida cruel que a veces se ensaña con uno y, por si fuera poco, nos regala un calor mortífero que derrite hasta los buenos deseos.
Preveo un año de grandes cambios, buenos o malos… no lo sé. Aunque dicen por ahí que siempre “the best is yet to come…” Eso espero.
¡Feliz año nuevo! ¡Salute!

viernes, 28 de diciembre de 2007

Un obsequio inesperado

Papá: Llegó un paquete para vos.
Yo: ¿Qué paquete?
Papá: No sé… Dice “iunaitesteits”
Yo: ¿Quién lo manda?
Papá: Y… no dice.
Yo: No puede ser. ¿Quién me va a mandar un paquete desde Usa a tu casa?
Papá: …

Revolví en la memoria, di vuelta la bolsa de los recuerdos y rebusqué en los lugares más recónditos, donde se esconden las pelusitas de esas cosas que creemos olvidadas y salen a la luz cuando uno menos lo espera… Nada. No recuerdo haber comprado nada vía Internet, ni juguetitos ni tostadoras ni videos de yoga. Estuve a punto de encargar ese maravilloso set “Massage & Spa” pero desistí luego de ver la apabullante publicidad del LlameYa que te deja el cerebro esponjado y una sensación de náusea y hastío como si hubieras ingerido cantidades impensables de pollo frito con ketchup en algún restaurante latino de Maiamibich.
“Si yo no lo pedí, alguien lo mandó. Pero…¿quién?”
Movida por la curiosidad y ese miedo irracional a las sorpresas que de inmediato pone en juego todo el mecanismo de defensa y nos hace pensar en fantasmas del pasado que resucitan para cagarnos la vida y en los cabos sueltos de un plan mal trazado y en las patas cortas de la mentira que no es una sino muchas, una telaraña que nos envuelve y ahoga… corrí a la casa de papá a develar el misterio del paquete.
Hago equilibrio en el colectivo que este energúmeno conduce como caballo desbocado e imagino las alternativas posibles. ¿Regalo de Navidad atrasado? Bueno, si viene de Usa se habrá demorado un poco… Pero ¿quién mandaría el paquete a la casa de papá? Alguien que cree que todavía vivo allí, un viejo conocido, algún antiguo amor, una compañera de colegio… ¿Será una devolución? ¿Una advertencia? ¿Un envío equivocado? ¿O es algo tan comprometido que han utilizado mi antiguo domicilio a modo de escala técnica?
Estoy perseguida. No tengo la conciencia limpia, eso es lo que pasa. Y me invaden presentimientos raros que no son tales, con lo cual sólo logro ponerme más nerviosa.
Llegué. Lo veo sobre la mesa. Un sobre grande, de colores chillones. Por el aspecto deduzco que no es una bomba pero tampoco parece una caja de chocolates. La letra… “Yo conozco esa letra”. Y entonces fue como si el aire se volviera frío, muy frío, y cientos de espinas heladas, puntiagudas, se clavaran en mi espalda hasta casi hacerme perder el sentido.
Lo tomé con manos temblorosas, arranqué el precinto y miré en el interior. Un libro y un envoltorio chiquito, cuadrado, recubierto con ese plástico de pelotitas. Lo último que hubiera esperado encontrar… Y como un diluvio vi pasar las imágenes imborrables de aquel día, hace
casi nueve años, el coro vestido de gala para el gran concierto, la noche memorable del estreno, tiritando de emoción sobre el magnífico escenario del Colón, ni más ni menos. Parece que fue ayer… Hubiera dado cualquier cosa por la grabación de Gardiner, la única que en aquel entonces circulaba en los lugares privilegiados del planeta, acá ni a precio de oro se conseguía una copia. Y de rodillas, con lágrimas en los ojos, le pedí que en uno de sus tantos viajes me trajera el codiciado disco. Hubiera pagado con mi sangre pero él se olvidó o tal vez no lo encontró o no tuvo tiempo… no recuerdo bien. Tampoco asistió al concierto, se lo reproché muchas veces y sus disculpas no me parecieron sinceras.
Si me habrá mareado el estrellato que esa noche dejé olvidada la obra en el camarín, aplastada bajo los aplausos y los bises… Alguien la habrá rescatado pero yo nunca más la vi.
Y ahora ante mis ojos atónitos... la miro, la toco, doy vuelta las páginas y no puedo pronunciar palabra… ¡El libro completo, la partitura original de la Messe Solennelle de Berlioz! Y en el paquete chiquito… ¡la grabación de Gardiner! ¡la que yo quería!
¿Por qué…? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo?
No sé bien qué hacer. Debería agradecerle pero no me atrevo. Sin duda ha sido el mejor regalo de Navidad de los últimos años… pero tan inesperado y no entiendo las razones, me da miedo.
Debo consultarlo con la almohada o, como siempre, pedir opiniones autorizadas.

jueves, 27 de diciembre de 2007

El balance que no quiero hacer

No había pensado mucho en eso hasta hoy. No es que me desviva por hacerlo, más bien todo lo contrario… Pero sin querer, sin intención, fue quizá la palabra justa en el momento equivocado la que movió aquel resorte atascado y mi cabeza empezó a dar marcha atrás y resultó imparable y de pronto todo se volvió oscuro, triste y un poco confuso.
Y no es que haya sido un mal año. Es el hecho simple y conciso de sopesar lo hecho, lo omitido, lo postergado, lo deseado, lo obligado, lo inevitable, lo imprevisto…
No me gustan los balances de fin de año. Se me hace un nudo en la garganta cuando veo pasar el desfile de errores, fracasos y metidas de pata que son mi especialidad, saber que perdí un tiempo precioso en cosas sin importancia, que alguien ha sufrido por mi culpa y es tarde para volver atrás y reparar la falta… y lo peor, la realidad que se planta ante mi cara y me obliga a mirarla de frente y admitir que es hora de tomar una decisión.
Elegir.
Esta vez no me siento perdida, encontré mi lado del camino, el problema es cómo llegar.
Se me dio por revisar las anotaciones exhaustivas de mi diario, el que ahora se convirtió en elemento incriminatorio y sueño con jueces y órdenes de allanamiento y el diario cayendo inesperadamente en las manos burdas de un policía gordo y maloliente que ultraja las páginas en busca de material morboso y me mira con suspicacia, la sonrisa ladeada… “Acá está lo que buscábamos” Sí, todo está ahí. Le prendería fuego si no supiera que más temprano que tarde volveré a rebuscar en mi pasado aquellas cosas que tuvieron su momento y lugar, que me hicieron feliz, que dejaron su marca, que no puedo ni quiero olvidar.
Como pisar la arena calentita de una playa paradisíaca y soñar que se detiene el tiempo y estoy donde quiero estar… Saber que hay alguien que confía en mí y yo en él, que es mi cable a tierra, mi Alcoyana… O escuchar en tu voz las palabras mágicas que me llenan y me elevan y me hacen pensar que tal vez merezco un futuro mejor…
Tantas cosas giran en mi cabeza que me quedo sin habla por un rato largo, me vuelvo incoherente y no logro explicar qué me pasa. Y él está allí, a mi lado, abrazándome, intentando contenerme y comprender… Y yo sólo pienso cuánto lo quiero y lo necesito.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Navidad

Después de atravesar apasionados períodos de obsesión en busca del regalo prometido, a sabiendas que los precios están por las nubes y no hay happy hour capaz de motivar el escaso consumismo que alienta nuestro paseo forzado por el shopping a las tres menos cuarto de la mañana, Navidad nos sorprende otra vez con la misma escena que se repite año tras año: la abuela ataviada con su delantal alusivo controlando que no falte ningún tenedor y “¡a la mesa que el pollo se enfría!”; la tía que estrena un top demasiado escotado mendigando elogios por los implantes que le quedaron para el orto, aunque ella se siente Alfano y hay que apoyarla, pobre; los niños alborotados que no cesan de preguntar a cada instante “¿Cuánto falta para las doce?” mientras escudriñan el cielo en busca de algún reno perdido; el padrino que, para variar, arrastra la borrachera de toda una semana de alegres despedidas y le sigue dando a lo que venga; y los primos "tiracuetes", esos que con el último bocado a medio masticar, corren a organizar el tupido arsenal de bombas y cañitas “para que tengan los de la esquina”. En fin… ¡la familia unida!
Es lindo sentarse a la mesa todos juntos para atiborrarse de pavo, lechón, vitel toné y la infaltable ensalada rusa que esta vez es pura papa y arveja. Hay que darse el gusto y reventar de una buena vez. Todos hablan al mismo tiempo intentando hacerse oír por sobre el griterío infantil y, en medio del batifondo, alguien pronuncia la conocida y poco efectiva advertencia: “Papá Noel está mirando desde el cielo…” Y seguimos comiendo como si nada.
La sobremesa se tiñe de chusmerío e impaciencia. Y como siempre, la nota de gracia… El abuelo se levanta con decisión, avanza hacia la cocina, desaparece durante escasos segundos creando expectativa y regresa munido del viejo y querido ¡cascanueces! Y no conforme con llenar la mesa de cáscaras y astillas en una masacre despiadada que pone a la abuela los pelos de punta, impone el consabido desafío: hay que romper las nueces a lo macho, un golpe de puño fuerte y firme sobre el dedo índice apoyado en la nuez y las esquirlas vuelan por los aires en todas direcciones, la tía se protege el escote no vaya a ser cosa que le desinflen las siliconas recién estrenadas y los chicos gritan felices “¡Ahora yo, ahora yo!” Huimos al patio mientras la mesa, el piso y las cabelleras se llenan de pedacitos de nueces todavía aceitosas y por un buen rato el abuelo se convierte en el ídolo de los más pequeños que vitorean cada nuevo estallido y comen nueces suficientes para morir indigestados.
Alguien destapa una sidra y otra y otra, reímos y contamos los minutos que faltan para la medianoche. El pan dulce… ¿cómo sería una Navidad sin pan dulce? Aunque sólo fuera por el simple hecho de pellizcar las frutas de colores artificiales que a nadie apetecen y terminan desperdigadas en el plato, mientras la abuela lamenta en voz alta por quincuagésima vez “Ahhh… ¡pan dulces eran los de antes!”
Dan las doce. Hay revuelo en la concurrencia, los chicos corren a buscar los regalos que las primas solteronas se han encargado de ubicar estratégicamente en el patio, simulando entre todos que Papá Noel ha debido bajar subrepticiamente en algún momento de distracción y “¿Dónde está…? ¿Cuándo habrá venido que no lo vimos?” Pero Papá Noel ya es historia. Sólo importa la montaña reluciente de paquetes que en escasos minutos queda reducida a una maraña de papel de regalo, moñitos inservibles y cajas vacías mientras cada uno descubre qué le tocó en gracia. Como siempre hay alegría, desilusiones, agradecimientos efusivos que hacen sospechar que “tal vez no fue Papá Noel…” y, pasada la algarabía, volvemos a la mesa para seguir engullendo a lo bestia.

De los tres globos aerostáticos que prometían unirnos en un corto pero ameno proyecto conjunto, el primero se prendió fuego en la copa de un árbol con peligro cierto de incendiar la casa de enfrente, el segundo se enredó en los cables de alta tensión y sin pensarlo dos veces salimos corriendo, eludiendo responsabilidades. Por fin el tercero logró el ascenso con algún esfuerzo extra pero se perdió entre los nubarrones y no pudimos seguirlo.
Los primos se encargaron de la artillería pesada, demostrando una vez más que se han quedado atrapados en la infancia. El abuelo se durmió en la silla, como era de esperar, con los codos apoyados sobre un colchón de cáscaras de nueces. La abuela incansable continuaba ofreciendo pan dulce y mate calentito y los chicos estrenaban patinetas, disfraces del Hombre Araña, antiparras y celulares.
Y yo muy contenta con mi súper colchoneta inflable, “el sueño hecho realidad” que hará mi verano mucho más placentero y fashion, daba envidia a todo el auditorio, en especial a la tía “Tetas” que no ha obtenido esta noche sino suspicaces alusiones un tanto subidas de tono.
Después de tanto ajetreo, la despedida obligada… “Nos vemos mañana, que descansen.” “Meri, mañana llevo lo que quedó de la mayonesa y un poco de lechón.” “Mañana en tu casa, ¿no, Meri? Nos vemos.”
Y pienso en el poco tiempo que tendré para dormir y reponer fuerzas y cómo quedará mi hogar-dulce-hogar tras el paso del malón. Menos mal que Navidad es una vez al año...

lunes, 24 de diciembre de 2007

Lechones y regalos

El año pasado, la tía de H ganó el lechón que sorteaba la granja del barrio con el Gordo de Navidad. La Rueda de la Fortuna se detuvo en el número indicado y durante una semana anduvimos engullendo al chanchito rechoncho bien adobado que el tío se encargó de asar con tiempo y esmero, según su especialidad.
“Alejito me dio suerte porque él vino conmigo cuando me dieron el número”, proclamaba orgullosa entre los vecinos y familiares. Y Alejo gritaba la buena nueva a los cuatro vientos.
Este año corrieron ilusionados a la granja a probar suerte otra vez. Claro que todo aumenta y, en el afán de contar con varios números para el sorteo, la tía se gastó casi toda la jubilación en matambre de pollo, huevos, supremas, patitas y medallones.
“Si nos ganamos el lechón, me das dos pesos”, fue la condición de Alejito para oficiar de cábala. Pero volvieron de capa caída. No hubo suerte esta vez, el lechón fue a parar a manos del ferretero que se paseó por todo el barrio con el trofeo en brazos, a riesgo de ser descuartizado por los perros hambrientos que vagan de noche rompiendo las bolsas de basura con el sueño de encontrar un hueso que roer.
“Tía, no te preocupes. El año que viene vamos de nuevo y sacamos más números”, decía Alejito a modo de consuelo.
Esta noche comeremos hasta reventar mientras esperamos que Papá Noel arroje desde el cielo estrellado los ítems de las cartitas. Yo quiero una colchoneta inflable para tomar sol en la pileta, un pasaje de ida a Tahití y un acoplado lleno hasta el cielo de After Eight.

Ahora, sí... seamos serios. ¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

domingo, 23 de diciembre de 2007

Clímax en solsticio

Nos extrañamos, nos deseamos, nos hacemos bien… Pero al cabo de una semana con toda la efervescencia reducida a largas charlas y mensajes cariñosos porque todo tipo de imprevistos y complicaciones nos alejan y enojan, pedimos a gritos el tan ansiado encuentro y decimos que no a todo lo demás porque nada más importa. O debería no importar…
Claro que si a último momento aparece una FAMOSA con ínfulas de mujer bonita, que hace tiempo movía los rollos al ritmo del meneaíto en aquel recordado Gran Hermano, donde engulló lo suficiente para convertirse en una gorda simpática y entonces el éxito momentáneo la obligó a ponerse en forma, amén de unas enormes prótesis mal hechas y arduas lipos para eliminar las toneladas de grasa acumulada, porque ni con la dieta más estricta y doce mil abdominales diarios lográs un cambio tan pero tan radical… pero al menos le sirvió para arrancar, para dar que hablar, para hacerse lugar en el ambiente con una linda figura porque Sr. Talento le pasó por al lado y la ignoró… y ahora la FAMOSA se cruza en mi camino y anda hostigando a mi cirujano enamorado para que le levante el culo con los hilos mágicos “sin dejarle marquitas porque no
quiere que nadie se entere”. Y no puede esperar, tiene que ser ya, hoy mismo. Justo hoy que es el solsticio y por ahí andan proclamando que es también el Día Mundial del Orgasmo y yo quería tener muchos, pero muchos, muchos, muchísimos… y estoy tan enojada que tengo ganas de llamar a Rial y contarle lo de los hilos y unas cuantas cosas más que esta descerebrada anda planeando en secreto.
A veces no logro entender… Debería sentirme feliz por tantas cosas que no creí volver a vivir, porque después de tanto tiempo me animo a pensar en un futuro distinto y no siento miedo, porque al fin escucho el Abracadabra que es la llave de mi corazón… Pero no puedo, esta vez me gana la bronca y no me deja respirar. Sin mencionar que en la vorágine dejé olvidados mis lentes de sol sobre la mesita de luz de una habitación anónima “porque se hacía tarde y la FAMOSA estaba esperando” y salimos apurados y yo sólo quería irme a casa.
Al menos me queda el consuelo de saber que no necesito hilos para levantarme nada. Pero qué ganas tengo de salir a vociferar por ahí… “Secretos de famosas” podría ser un lindo titular para un nutrido post. Quién sabe…

viernes, 21 de diciembre de 2007

Canto y algo más


Caro mio ben,
Credimi almen,
Senza di te
Languisce il cor.

Caro mio y la rep… que te re parió. El mi bemol me sale calante, estridente, me hace doler la garganta. Ya probé respirando por la boca, inflo la panza, imagino que el sonido se genera debajo del ombligo y sube, sube, sube… pero no hay manera. Sigue sonando horrible, no logro sostenerlo y menos si Giordanello, que bien disgustado estará en su tumba, pide “pianissimo” y “legato” en lugares imposibles.
“Proyectá hacia delante. Más arriba, más arriba”. La profesora es toda una eminencia, cantante lírica de trayectoria reconocida, aplaudida en los escenarios más prestigiosos del mundo. Y ahora está acá, encerrada en una habitación de 2x2 conmigo y una gatita muy cariñosa llamada Sasha que cada vez que me siento se trepa por mis piernas y pide que la acaricie. A veces pienso que si cobrara por mis caricias sería multimillonaria…
Después de vocalizar veinte minutos no sirvo ni para trapo. Y la profe pide más y más… “de nuevo el do sobreagudo ¡más limpio!”. Y en una extraña asociación de ideas, recuerdo que este fin de semana me toca limpiar la heladera y lavar toda la cristalería porque el 25 se instala en casa la familia completa para la gran festichola y quien suscribe oficiará de cocinera, mucama y lavaplatos sin goce de sueldo. Triste destino…
Ya no puedo concentrarme y ni Vivaldi logra evaporar el tedio que me invade anticipadamente. Por hoy, basta de canto.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Christmas shopping

Los días previos a la Navidad son siempre un torbellino de nervios y apuros que nos dejan con la lengua afuera, sin fuerzas ni para escarbar las frutas abrillantadas del pan dulce artesanal por el cual pagamos más de lo debido tras dos horas de cola bajo el sol del mediodía, soportando quejas de jubilados, piquetes y huevazos de egresados que no encuentran manera más higiénica de expresar tanta alegría.
Cada año renuevo la firme promesa de no correr por el shopping con decenas de bolsas llenas de regalitos de compromiso para la familia en pleno que no ve la hora de sentarse a la mesa y empezar la gran comilona. Esta vez ando desganada, no siento la fiebre consumista de otros años pero igual pelo la tarjeta y sigo gastando por inercia.
Es el colmo que mi suegra y su hermana hayan nacido el mismo día, con siete años de diferencia, la víspera de año nuevo. ¡No hay derecho! ¡Reciben doble regalo! Y a falta de imaginación y entusiasmo, opté por dos camisones para Navidad y dos pares de pantuflas para el cumpleaños. Y listo el pollo.
De los chicos se ocupa H, yo carezco de paciencia para dejarme estafar en el Mundo del Juguete. Prefiero encerrarme en Musimundo a hurgar como corresponde mientras suena Maná y quedo embobada escuchando las cosas más lindas que el doc me dice al oído, muy despacito, casi como el ruido del mar a lo lejos… por teléfono. Por radio, mejor dicho… Esta radio del orto que se corta a cada rato y me pone nerviosa y malhumorada, pero entonces me obligo a pensar que es
discreta y aguanto, aguanto, aguanto… hasta que otro piiiiiiiiiip me saca de las casillas y me dan ganas de tirarla en un zanjón.
Como un flash me cruza el recuerdo de un día como hoy, el año pasado, el mismo recorrido en el shopping de siempre, analizando con ansiedad las ofertas mentirosas, cargada de paquetes, pensando en demasiadas cosas al mismo tiempo… También pensaba en él, menos que ahora. Y como siempre, intentaba imaginar una Navidad diferente.

martes, 18 de diciembre de 2007

Eating desorders

Para qué comer sano
Si después te comen los gusanos

Tengo ciertos prejuicios hacia la comida chatarra. No es que me la doy de naturista ni mucho menos. Pero cuando veo esas milanesas gorditas que se salen del plato y chorrean aceite rancio me entran unas ganas locas de correr a la verdulería y volver con las manos llenas de zapallitos y radicheta. Y limón. Adoro el jugo de limón.
Nunca deliré por las hamburguesas de McD pero ciertamente mi vida adolescente estuvo plagada de combos, en especial el de pollo, en esa época en que sólo había cuatro variedades y te regalaban un Sundae si el pedido se retrasaba más de cinco minutos. Pero las ensaladas siempre me dieron mala espina. La lechuga parece de plástico y la galleta esa que según dicen “también se come”, puede acabar con la más privilegiada dentadura.
El olor… El olor a fritanga es para mí una barrera infranqueable. Se pega en la ropa y en el pelo y lo seguís respirando durante días como si tuvieras una croqueta en la nariz.
Últimamente vengo fanatizando con los jugos ultra ácidos, ensaladas de todos los colores, frutas (excluyendo la cereza que, por lo cara, parece venida de la India y entre todos tenemos que hacer valer el poder del consumidor y que se les pudra en el cajón) y... pastas. Las pastas me matan. Los ñoquis, no. Pero cerca de casa hacen unos ravioles de calabaza con crema de espárragos que son lo más. Lástima que engordan…
"En la vida todo lo bueno hace mal, engorda o es pecado", así decía mi abuela. Como el chocolate, el sexo y el botox.
Hoy me salí de la raya. Me dejé llevar, no pude resistir la tentación. Me atrapó el olorcito, la boca se me llenó de saliva y como hipnotizada por una poderosa fuerza sobrenatural, me adentré en el puesto de panchos de Lavalle y pedí el de salsa picante con papas fritas. La boca me ardía como fuego líquido, pero no me importó. Y pedí otro. Me di el gusto antes de morir. Y vaya si lo disfruté. Aunque después llegue el arrepentimiento y una vocecita adentro de mi cabeza repita sin cesar que me excedí, que con un poco de suerte evitaré sufrir una úlcera gástrica pero voy a tener que aguantarme los granitos y el paladar escaldado por un par de días. O sea, hasta que me den ganas de otro pancho picante.
Por lo pronto, esta noche… sopita de verduras y puré de manzanas. Y más tarde, tal vez un té de boldo.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Cuarenta primaveras

The best years of a woman's life: the ten years between 39 and 40.

Yo: ¿Te gusta ésta? No sé si roja o plateada…
H: ¿Tan chiquita? Mmm… no es práctica. ¿Dónde va a poner los pañales de la nena?
Yo: ¡Pero si es una carterita de fiesta! ¡No es para guardar pañales!
H: Comprale un bolso.
Yo: ¡No! Es un regalo para ELLA, para cuando sale con el marido y le deja los chicos a la suegra.
H: Grrrrr…

Para evitar males mayores, terminé comprando un cartera “grande” con espacio más que suficiente para pañales y mamaderas, y así emprendimos viaje a Martínez para festejar el cumpleaños número cuarenta de Karina, que se pasó el día entero cocinando lehmeyún para una multitud de amigos hambrientos.
Ríos de cerveza y vino blanco corrían desde temprano. Fabiana ya tenía la nariz colorada y le seguía dando a la caipirinha mientras deambulaba entre los invitados controlando que no faltara nada. Los niños jugaban a la luz de la luna y alguien, cada tanto, se acordaba de alimentar al Dj para que “el ambiente no decaiga”.
Silvia se veía radiante de la mano de su nuevo novio, un cincuentón para nada atractivo pero, según dicen, “bastante bien forrado”… un desubicado, baboso y metiche que me persiguió por toda la casa preguntando “Y el bebé ¿para cuándo…?” y yo suplicándole a H “¡Sacame a este imbécil de encima!”. Por suerte se entusiasmó tanto con las hamburguesas picantes de la tía Marga que se dedicó a masticar y no fastidió más. Pobre Silvi… nunca engancha un tipo como la gente, aunque al parecer éste es el que más le duró.
Copa va, copa viene… las chicas bailábamos y los hombres seguían chupando de lo lindo.
El marido de Fabi, tanguero de ley, hombre de la noche, que ahora anda de acá para allá con sus niñas de la clase de patín al casting de Patito Feo, y hasta deja que la más chiquita lo peine con ruleros cuando está aburrida y no sabe qué hacer… andaba tan pero tan escabiado que se le dio por contar de aquellas viejas pitucas que lo perseguían en sus años mozos, queriendo voltearse al que supo ser un galán rompecorazones. Y habló de más sin darse cuenta… para variar.
"¿Dónde está Fideo? Decile que vamos a cortar la torta…"
Pero Fideo, que de joven fue mozo de bodegón y ahora es “empresario” de asuntos turbios, intentaba equilibrar una botella de champán sobre su calva reluciente mientras la horda de borrachos alegres le aplaudía las payasadas. La que no vino es la esposa, esa que tiene la cara tan llena de colágeno que parece gelatina.
Cantamos el cumpleaños feliz, Kari pidió sus tres deseos y en minutos devoramos las tortas esponjosas y chocolatosas, incluida la preferida de todos, esa con crema de avellanas y caramelo crocante que es la especialidad de Anush.
Para ese entonces, el marido de Karina ya había ingerido suficiente vodka helado con Speed pero continuaba sacando botellas de la caja de Pandora. Mandaron a los chicos a dormir y las mujeres de edad se atrincheraron en la cocina. Y muchos perdieron noción de tiempo y espacio mientras bailaban descontrolados o se tumbaban cuasi desmayados sobre las reposares del jardín.
La mañana sorprendió a la cumpleañera pasando el trapo de piso al baño que Carlitos se encargó de adornar con restos de mollejas y vino tinto en proceso de deglución, luego de lo cual cayó de bruces sobre un sillón y ahí lo dejaron con sus casi cien kilos de estupidez crónica. Ale lloró inconsolable, me bañó literalmente en champán sin siquiera darse por enterado y se durmió sin ver el partido de Boca. Esperamos que despierte dentro de un par de días.
Pasada la madrugada nos despedimos de Karina, tan contenta con sus flamantes cuarenta, ahora cebando mate para los que necesitan recuperar la cordura y no quieren terminar la joda.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Despedida en el barco

La tarjeta de invitación era un pergamino amarillento cuidadosamente plegado dentro de una botella, el auténtico y original “Message in a Bottle”. Y por supuesto la fiesta era un barco, propiedad del organizador.
Cuando nos aseguramos que la banda de incorregibles, borrachos y alborotadores que hemos dado en llamar “amigos de toda la vida” habían sido invitados, confirmamos nuestra asistencia. Y la noche arrancó cálida y prometedora, champán bien helado y besuqueo en falsete a toda la competencia que, al menos por esta vez, dejará de serruchar pisos para bailar alcoholizada al ritmo de la mejor retromusic.

Me gustan las fiestas de fin de año. La mejor fue allá por 1997 cuando El Jefe nos llevó a cenar a un exclusivo restaurante frente a Plaza Francia, luego del clásico fondo blanco en Henry Beans con pilas de nachos calentitos y “para las chicas, daikiri de frutilla” y, luego de seis o siete whiskies dobles con poco hielo, nos sorprendió a todos con el obsequio de un bonus bien abultado que nadie esperaba y aceptamos con lágrimas en los ojos. Claro que fue el primero y el último y nunca se supo si lo había planeado a conciencia o la borrachera lo volvió generoso y se arrepintió demasiado tarde.
El Jefe, alemán de pura cepa, chupaba como Bob Esponja. Pero recién empezaba a mostrarse incoherente después del tercer litro, lo cual hacía imposible seguirle el ritmo. Si no, pregúntenle a Osky que venía descorchando cervezas desde las seis de la tarde y para cuando llegó la trucha rellena veía renacuajos de colores volando sobre el plato.
El problema del alcohol no es tanto la pérdida de conciencia sino que desata la lengua al más parco de los mortales, y quieras o no termina cantando a viva voz un par de verdades que te ponen la piel de gallina. Claro que cuando estamos todos en la misma es como una hipnosis colectiva y a la mañana siguiente no quedan testigos. Amnesia general.
La fiestita en el barco fue lo más. Tenía ilusiones de ganar los pasajes a Cayo Coco, pero me los arrebató una gorda bobalicona a la que todos odiamos cuando saltó como un resorte con una sonrisa que le cortaba la cara a la mitad, y corrió al estrado a recibir “su” premio. Al menos ligué una bien provista canasta de Navidad en la que entreví con placer infinito un turrón de almendras de esos tan duros que te dejan la mandíbula toda desvencijada.
Mariano A. se tomó todo el tinto, que conste en actas. “Che, mozo, llename el pingüino”, fue la frase de la noche. Y reía de sus propias guasadas salivando a los cuatro vientos.
Clarita, con un martini a medio terminar y otro entero para dentro de un rato, pedía a gritos ayudar al mago en el truco de desaparición. “Dale, Clarita, desaparecé que nos hacés un favor”. Pero ya había entrado en la fase crítica donde nada ofende ni cautiva.
Ahhhh… hacía tiempo que no me divertía tanto. No hay nada como festejar con los amigos y si la noche es calurosa y la música suena fuerte, quiero bailar hasta caer exhausta y olvidar hasta mi nombre.
Y por un minuto, ese pensamiento irracional ronda en la cabeza… ¿y si levamos anclas y nos vamos por ahí a seguir la joda…como una fiesta sin fin? Pero lo descartás de plano. Por unas horas está muy bien, es divertido y relajante. Pero un “gran hermano” arriba del barco con esta banda de energúmenos que hoy bailan abrazados haciendo pogo en el centro de la pista y mañana son capaces de arrancarte las córneas si les tocás un cliente… no way. Mejor nos vemos el año que viene ¡y que siga la fiesta!

miércoles, 12 de diciembre de 2007

¡Hoy estamos de fiesta!


No lo noté hasta que, por esas casualidades de la vida, se me dio por revisar un post antiguo y entonces ¡zas! Me cayó la ficha como un adoquín arrojado del quinto piso y aquí estoy completamente anonadada, tomando conciencia de que hoy QUIEROMENTA cumple ¡un año de vida!
No sé bien qué hacer… No organicé nada especial. ¿Cómo se festeja el cumpleaños de un Blog? ¿Hago una torta? Imagino una muy grande de mousse de chocolate con nueces, crema y frutillas… ¿virtual? ¿una e-torta? Ma’ qué virtual… Ya mismo me voy a comprar la torta más contundente que encuentre y a festejar como corresponde.

Gracias a todos mis lectores y opinólogos por compartir cada momento, por bancarme, por reír conmigo, por enojarse y decirme lo que nadie se anima a decir… simplemente ¡gracias por estar siempre junto a mí!

Y como no podía ser de otra manera, mi agradecimiento infinito a Pablo, Angelina, Luciano, AC, Sofia, Maga y Mariposa.

martes, 11 de diciembre de 2007

La última curda

Costó decidirme por uno en particular. Un tango que encierre el característico dramatismo del género, una voz representativa que perdure generación tras generación, una música que llegue al fondo del alma y siga vibrando nostálgica y quejumbrosa.
Mi papá, sin titubear, hubiera dicho: ¡Gardel! Porque Gardel nació un 11 de diciembre y por eso hoy es el Día Nacional del Tango.
Mi primer pensamiento fue “Gardel” y tuve algo así como una regresión a la infancia cuando, minutos antes de partir rumbo al colegio, la inconfundible voz de Larrea anunciaba en Radio Rivadavia el tango del día en la voz del zorzal criollo. Y con el último acorde aún resonando en mis oídos, bajaba corriendo a esperar el micro.
Pero esta vez es otra mi elección.


Lastima, bandoneón,
mi corazon
tu ronca maldición maleva...

Tu lágrima de ron me lleva
hasta el hondo bajo fondo

donde el barro se subleva.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Los Campanelli de Puerto Pajero

Yo: ¿Trajiste cajas como te dije?
Él: Hum… No, me olvidé. Traje la valija.
Yo: ¿Cómo vamos a poner toda la vajilla en la valija?
Él: Ufa... no sé.

El tiempo apremia y tenemos que:
a) despedirnos del “hogar dulce hogar” como Dios manda y como a nosotros nos gusta;
b) devorar esa tentadora bondiolita con papas que compré en mi panadería preferida, y por la cual casi peleo cuerpo a cuerpo contra el infeliz que pugnaba por llevarse la última porción;
c) vaciar las alacenas y el freezer (esto último en tracto abreviado a la basura considerando que lo más nuevito lleva al menos seis meses de cautiverio);
d) centrifugar las toallas que mi adorado ha dejado en remojo desde ayer, según él porque el lavarropas no le hace caso y no funciona como él quiere;
e) llevarnos TODO, hasta el Baigón para las hormigas y los palitos de sushi.

Por si fuera poco la ex “amiguita” del amigo de mi doc, que durante algún tiempo compartió el departamento hasta que se aburrió y nos abandonó sin poner las luces que prometió ni cambiar los muebles ni nada, se dejó olvidada una bolsa en el baño. Como era de esperar, el doc ya había hecho un inventario del contenido, a saber: corpiño XXL con relleno importante, bombachas varias, secador de pelo, crema nutritiva nocturna, un consolador nuevo sin uso, un vibrador rosa muy chiquito sin manual de instrucciones que todavía no sabemos “cómo” ni “dónde”, cepillo de dientes (pobre, se ve que el otro se asustó…) y unas cuantas cosas más. Todo muy útil, por cierto.

Mamá: Mirá, querido, no te ofendas, pero yo no puedo andar con esta bolsa por ahí.
Él: ¿Por qué no? Llevátela. Hay shampoo, cremas…
Mamá: Es que… No sé, fíjense ustedes si les sirve… “algo”.


El “algo” claro que sirve pero no da pasearse por media ciudad con un consolador en la cartera. ¿Y si el diablo mete la cola y la bosa se desfonda cuando uno menos lo espera y el coso ese rueda a los tumbos por la vereda ante los ojos atónitos de los transeúntes que empezarán a murmurar y se reirán en nuestras narices y seremos el centro de atención de un público aburrido sediento de desgracia ajena? Mejor esperar a que el responsable lo reclame. O hacerlo desaparecer.
De a poco vamos poniendo orden. “Esto para mí, esto para vos, aquello metelo en tu auto… no, mejor en el mío”. Y en sucesivos viajes fuimos bajando todos los bagayos, incluida una almohada rechoncha que nadie quería acarrear y al final me tocó a mí.
Y en pleno candombe, el señorito se cree con derecho a mandonear…

Él: ¡Maaaaaa! ¡No me escuchás! ¿Sacaste el Botox de la heladera?
Mamá: Siiiiii, querido… Quedate tranquilo.

Mientras las chicas siguen arrugándose como pergaminos al lado de la pileta y las señoras bien
toman café con crema en el coqueto barcito de la esquina, nosotros vamos y venimos con el microondas, la ensaladera, el ventilador, la tabla de planchar y el balde lleno a reventar de detergentes, lavandinas y trapos rejilla. Y nos miran con desconfianza… somos como bichos raros en este antro de chetos.

Yo: No estés triste.
Él: Es que son muchas cosas…
Yo: Pensá que a lo mejor esto te sirve para terminar de cerrar una etapa.
Él: Me encanta haberte conocido, me hacés muy feliz.
Yo: Vos también a mí. Vas a ver que vamos a estar mejor.

martes, 4 de diciembre de 2007

Los "sin techo"

Pensar que hace pocas horas tomábamos mate con budín de limón cómodamente instalados en el living de nuestro “nidito de amor”, mirando como la vecinita nueva se broncea al borde de la pileta con su colaless diminuta, despreocupada y feliz… Ja! Otro gato que se soltó del paracaídas y aterrizó justo en los brazos del Millonario que ahora tiene a su Barbie de carne y hueso instalada en el barrio más cool de esta calurosa ciudad, con mucama para lavarle la chabomba y esteticista que le levanta la cola como a la Ritó.
Una hermosa pileta, reposeras con colchonetas “a estrenar”, gimnasio… Pero
no tenemos tiempo ni para tomar sol en el balcón… ¡Ni el sauna conocemos! Y por si fuera poco ¡nos desalojan! Porque “todo muy bien” con el dueño, los pagos al día, la casa en orden, le cuidamos los muebles, tal vez pecamos de ruidosos y algún que otro gritito ha despertado la envidia de los vecinos que andan repartiendo proclamas por ahí, pero nada de qué avergonzarse.
Lo que pasa es que el dueño, que vive allá lejos en la madre patria, se va a instalar acá por unos meses, al parecer porque la novia de turno está a punto de parir. No sé bien dónde estará ella, aunque ahora que lo analizo es probable que el padre de la criatura, que ya tiene varios hijos con varias ex novias, esté huyendo a las antípodas y por eso haya exigido la entrega inmediata del inmueble en cuestión.
La cosa es que nos agarró un poco de sorpresa y ayer, en un arranque de voluntarismo inusual, mi doctor preferido hizo despliegue de bolsos y valijas gritando a los cuatro vientos “¡Nos vamos de acá! ¡Me voy a llevar todo!” Y de los cajones iban saliendo en tropel sobrecitos de azúcar, recibos de expensas, papelitos con anotaciones inverosímiles, tickets del supermercado y tal cantidad de muestras gratis de protector solar, antiácidos y ansiolíticos que podríamos tranquilamente poner una farmacia móvil en el ascensor.

Él: Tomá esto, es para las várices.
Yo: Pero yo no tengo várices…
Él: No importa ¡tomá igual!


Y así se fue vaciando el placard. En el fondo, me alegro. Nunca me gustó ese departamento. Mucho lujo, mucho confort pero cero onda, como que no tiene personalidad, no me llega. Aparte mi perfil bajo no tiene nada que hacer allí en medio de la “gente bien”, incluidos los especímenes importados del viejo mundo, tan altos, con los ojos tan claros, el pelo tan rubio y los modales tan ordinarios… esos que te empujan para pasar primero por la puerta y yo que no puedo contenerme y el grito me sale fuerte y fácil “¡Primero los caballeeeeeros!”
Por fin nos vamos. Me alegro ¡me recontra alegro! No voy a tener que cruzarme nunca más con las conchetas vestidas de Nike de pies a cabeza, caniche en brazos y “Sorry, gordoooo… me voy a esquiar”. Por mí andate a la reconch… de la lor...
Mucho barrio top pero ni el mago Merlín encuentra lugar para estacionar. Y te la regalo andar dando vueltas bajo este tórrido sol, diez minutos, media hora… con la triste probabilidad de uno en un millón de poder dejar el auto en “algún lado”.
Y el portero… Lo que de verdad me alegra es no verle la cara nunca más al típico estoy-en-todas-no-se-me-escapa-nada que ya sabe mi nombre, me saluda con una sonrisa demasiado elocuente y cuando nos vamos se da el lujo de preguntar “¿Listo?”
Listo qué????? ¿Querés que te cuente los detalles? No, qué va, si en todos lados hay un desubicado que da la nota.

Él: Bueno, no te preocupes que algo vamos a hacer. Nos arreglaremos.
Yo: Seguro… Hay unos conventillos en la Boca, recién pintaditos, que son lo más. ¡Y bien baratos! Nos llevamos el cepillo de dientes, eso sí.
Él: ¡Obvio!

lunes, 3 de diciembre de 2007

Da capo!!


Todo el año estudiando la fuga malparida del Dixit que, según dicen, Georg Friedrich escribió a la temprana edad de 21 años, probablemente en algún rato de ocio, sin siquiera imaginar que siglos más tarde caeríamos deshidratados bajo el ardiente sol del primer domingo de diciembre en Buenos Aires, con el sólo objeto de hacer sonar esta maravilla ante cientos de espectadores que ovacionaron de pie varios gloriosos minutos.
El maestro S estrenó camisa y se lo veía radiante recibiendo los elogios del público y la crítica. Fue un momento sublime, majestuoso… casi como tocar el cielo con las manos. O tocarlo a Haendel que allá debe estar, escuchando atentamente, no vaya a ser cosa que las sopranos calen el si bemol y se venga abajo toda la estantería.
Un concierto que va a dar que hablar… Sencillamente ¡maravilloso!

sábado, 1 de diciembre de 2007