jueves, 31 de enero de 2008

Pesadilla sobre ruedas - The end??

¡Era el radiador!
De nada sirvió cambiar las juntas, rectificar la tapa del cilindro, emparchar las mangueritas pinchadas, recargar el aire acondicionado, limpiar la bomba de agua y comprar esa cosa insólita que dan en llamar “el viscoso”, que supuse sería un miki-moko gigante escondido bajo la enredadera de fierritos y cablecitos, tal vez flotando adentro del tanque u oculto en el motor…
Los autos constituyen un verdadero misterio para mí.
El “viscoso” ese resultó ser una suerte de platillo volador del tamaño de una ensaladera pequeña y todavía no sé para qué sirve aunque vi que tenía un agujero muy chiquitito por donde pasa no sé qué manguera llevando agua al radiador… Y el agujerito se tapó o se trabó o qué se yo… la cosa es que el agua no pasaba. Entonces ¿por qué no le hicieron un agujero más grande, digo yo?
Pero el intríngulis estaba en el radiador, nomás. Así dijo Sr. Mecánico que, después de dar vuelta la camioneta como una media sucia, se topó frente a frente con la raíz del problema y se habrá sentido feliz como Newton cuando la fuerza de gravedad casi le parte el cráneo de un manzanazo.
H por fin respiró y se lo veía como iluminado por una luz celestial, otra vez al volante de su camioneta amada. Porque bien enojado estaba, a punto de gritar a quien quisiera escucharlo que la iba a vender, que no quería saber nada con ella, que sólo le había traído disgustos y bla bla bla… Pero yo sé que a la chata no la deja por nada del mundo.
Volvimos a casa sin perder de vista la aguja de la temperatura. Pero todo funcionó con normalidad, como si nada hubiera pasado. Tanto así que apenas llegamos, el perro movió la cola contento y corrió a mear las cubiertas según su costumbre.
Sólo espero que este sea el fin de la odisea…

martes, 29 de enero de 2008

Cuentos para Verónica

Resulta que Verónica es amiga de mi doc. Esto lo supe tarde, cuando ya había abierto la boca lo suficiente para embocar el primer pelotazo en contra. Porque además Verónica es amiga ¡íntima! de la ex de H. Y, por si fuera poco, es también amiga ¡muy íntima! de la ex del doc. Me pregunto cómo puede ser amiga de la mitad de mi entorno sin estar yo enterada…

V: ¿Seguís saliendo con esa chica que me contaste? ¿Cómo se llamaba…?
Dr: Menta.
V
: Ah… Menta.
Dr: Sí, sigo.

¡Glup! Tierra, trágame… Porque lo único que me falta para terminar de cavar la fosa es que Mrs. Labios Colagenados sepa quién es la tal “Menta”, que no es ninguna invención cibernética ni una
bailarina de caño rescatada de vaya a saber qué tugurio ni una Barbie pechugona como las que suelen acosar al responsable de todo este embrollo… Cuando se entere no le van a alcanzar las piernas para salir corriendo a contarlo, claro está, una vez que se recupere de la emoción violenta y vuelva a respirar con normalidad. Y entonces sí, colorín colorado, daré la media vuelta y me iré cantando bajito a las tierras heladas del Sur donde podré ser quién soy, sin excusas ni explicaciones, a vivir mi vida loca… ¡y que me encuentren si son guapos!
Cómo se le cruzó por la cabeza ventilar semejante información delante de “la amiga de las amigas”… no puedo entenderlo. Me gana, es más bocón que yo. Pero claaaaaro… Ser protagonista y no poder contarlo es como comer flan sin caramelo… Y lo peor de todo es que se cree muy capo y se pasea por los alrededores pronunciando mi nombre como si fuera la cosa más normal del mundo. Un día me van a parar en el bondi “¿Che, vos sos Menta?” y ahí sí... te lo juro por éssssta, se arma la de San Quintín, te pinto el auto con marcador rosa indeleble y me voy con Rial a contar un par de verdades “pulposas” que van a dar que hablar largo y tendido. ¡Y que te garúe finito!

domingo, 27 de enero de 2008

The island


Cientos de veces fantaseé con la idea de escapar a una isla desierta. Si no es en compañía de mi hombre ideal, me iré sola y él estará esperándome en la isla. Si no, no. Una isla tropical, paradisíaca, ornada de palmeras que se curvan bajo el peso de cocos jugosos, bañada por aguas cristalinas, espumosas, protegida por una enorme barrera de coral donde alguna vez encalló un barco pirata cuyos restos permanecen aferrados a la escollera e imprimen al paisaje esa cuota de misterio tan necesariamente atractiva.
Paseo por la orilla del mar al atardecer con mi vestido blanco de falda muy amplia. Nadie vendrá a rescatarme, pero soy tan feliz que tampoco lo deseo. Él enciende un fuego fuerte, abrasador, y bailamos juntos la danza de la lluvia o de los lobos o de lo que sea, y cantamos y reímos al calor de las llamas mientras nos juramos amor eterno y todo es tan perfecto que parece un sueño…
Y sí. Los sueños… sueños son, y rara vez se hacen realidad.
Pero si mañana alguien dijera: “Menta, te vas a vivir a una isla desierta. Elegí las cosas que quieras llevar, no podrán ser más de diez aunque de ellas tendrás provisión ilimitada…” Entonces, mientras sobreviene el ataque de pánico, elaboraré la lista que quizá no tenga tiempo de corregir y me arrepienta tarde, muy tarde, preguntándome por qué no incluí el cepillo de dientes o el toallón playero o los libros de Dumas o un pack de alfajores Terrabusi… Con diez cosas no alcanza. Por ejemplo ¿si pongo “necessaire” es “UNA” cosa? ¿Y adentro puedo llevar lo que quiera…?
¡Ay, Diossss… debo pensar con claridad!

1) Pan
2) Jamón
3) Queso
4) El cuchillo de Rambo
5) Pinza de depilar
6) Crema hidratante
7) Tampones
8) Helado
9) Caramelos de menta
10) Mi guitarra

Y lo más importante… EL HOMBRE que me hará feliz, que por supuesto no es una cosa, pero no quiero ninguna isla desierta si no está él. He dicho.
Y… si no es molestia… ¿el hombre puede traer otras diez cosas?

viernes, 25 de enero de 2008

Al chofer, con cariño

Emilio era el chofer del micro escolar. Tenía coronita con las monjas que, si bien no decían expresamente “Este es el transporte del colegio”, no se les ocurría recomendar a nadie más y si algún competidor amagaba meter el dedo en la torta se lo quemaban con el cirio pascual.
Emilio era el tipo más gordo que yo había visto hasta entonces. Manejaba un viejo y querido Mercedes Benz 1978, naranja y blanco, los asientos destartalados y bajo el gran
espejo retrovisor, que ocupaba todo el ancho de la cabina, un faldón de terciopelo azul con los nombres de su esposa e hijos bordados en lentejuelas plateadas y rematado en vistosos flecos dorados. Discreto.
Era hincha furioso de Racing y ambicionaba convertirnos a todas. Cuando lograba convencer a alguna de las chicas, tan contento se ponía que la premiaba con el viaje completo casa-colegio y/o colegio-casa en el asiento del copiloto. Y las demás destilábamos envidia pero no cedíamos.
Emilio decía malas palabras y era bruto como un arado, pero no había en el mundo tipo más bonachón. Ciento cincuenta kilos de buen corazón… Claro que cuando montaba en cólera ¡agarrate, Catalina! Cazaba el “libro de quejas” que guardaba celosamente bajo su asiento y que no era más que un palo largo y pesado, una especie de cachiporra por demás intimidatoria, y nos amenazaba con hacernos polvillo. Nos asustaba más su cara enojada que la cachiporra, aún sabiendo que era incapaz de aplastar una cucaracha y que ni en sueños osaría tocarnos un pelo.
El día de la Virgen del Rosario no teníamos clase pero debíamos asistir a la Misa, so pena de incurrir en doble falta. Las monjas vestían el hábito “de fiesta” (exactamente igual al de todos los días pero menos gastado) y venía el obispo que después se quedaba a comer, y sé de buena fuente que no se despegaba de la mesa hasta las cinco de la tarde cuando, después de tanto engullir, ya no le entraba aire a los pulmones. Lindas festicholas organizaban las monjas… Lástima que a nosotras nos tenían a sopa de cabellos de ángeles, pastel de papa y de postre, manzana.
Ese día, Emilio nos llevaba al colegio y nos iba a buscar antes de mediodía y todo era felicidad de salir temprano y disfrutar la tarde libre. Recuerdo que una vez, cuando ya todas habíamos subido al micro estacionado en la puerta, Emilio puso cara de pocos amigos y gritó que dejáramos de colgarnos de los pasamanos, que nos iba a hacer bajar a patadas en el culo. Se levantó del asiento, rápido y furioso, el volante le dejaba como un surco en la busarda enorme, se acomodó la franela que solía llevar colgada del cinturón y como un bólido se abrió paso a lo largo del pasillo. Nos apartamos lo más pronto posible para no caer aplastadas bajo semejante mole y sorprendidas vimos que continuaba su loca carrera hacia el fondo del micro. “¡Levántense de ahí! ¡Todas! ¡Salgan de acá y la rep…que los p…!” Volamos como moscas sin decir ni “mu”. Todavía a las puteadas limpias, levantó los asientos del fondo y empezó a sacar paquetes crujientes de medialunas recién horneadas y botellas de CocaCola que contemplamos extasiadas hasta que, superado el asombro, lo aplaudimos y vitoreamos a grito pelado y Emilio decía “Bah, bah, bah… coman y déjense de joder”, pero tenía los ojos acuosos.
Allá por 1986 se le dio por escuchar a Banana Pueyrredón. De la noche a la mañana se convirtió en fanático, compró el cassette de Grandes Éxitos y nos lo hacía escuchar de atrás para adelante y de adelante para atrás, viaje de ida y de vuelta. Al principio nos gustó la novedad hasta que aprendimos todas las canciones de memoria y entonces alguien tímidamente propuso volver a la radio y fue como una bofetada para Emilio que ya transitaba el delirio místico y espetó que aquel era “su” micro y aquélla que no gustara de César Banana se podía bajar en ese mismísimo instante. Y seguimos escuchando a Banana todo el año, hasta que un alma caritativa le regaló los Grandes Éxitos… ¡de Nino Bravo! Salimos de Guatemala para meternos en Guatepeor. Y allí estábamos… “sólo sé que se llama Noeliaaaaa…” Y Emilio cantando a voz en cuello como si tal cosa.
Para cuando el viaje llegaba a su término, el cassette había dado dos vueltas completas y los “grandes éxitos” nos salían por las orejas.
Emilio era así, tenía sus cosas… Lo recuerdo generoso, simpático, buen tipo, chofer experto y abnegado. La última vez que lo vi peinaba canas y seguía tan gordo como siempre. No me atreví a preguntarle si aún conserva los éxitos de Banana, pero es seguro que sí… y también los de Nino Bravo.
No puedo evitar pensar en él cada vez que cruza ante mis narices un micro escolar de los viejos, los “naranja y blanco”, esos que de algún modo son un símbolo de nuestra infancia, la de los chicos de treinta y piquito.

miércoles, 23 de enero de 2008

Mercado negro

Soy la reina de los contactos extra-oficiales.
Como cuando compramos los pasajes a Cuba para la luna de miel y descubrí que tenía el pasaporte vencido y faltaban menos de dos meses para subir al avión y pese a las esperas desesperantes, súplicas, gritos y pataleos no logré nada por la vía convencional y entonces, bajito al oído, en un susurro apenas audible pero de claridad prístina, alguien se atrevió a aportar el dato que necesitaba… “Yo conozco a alguien que la puede ayudar.” Vacilé sólo un instante e inmediatamente agendé nombre y teléfono. Y así fue como di con Don Recupero que conoce a Dios y a María Santísima y es capaz de desenterrar un muerto para mirarle los dientes si le aceitan el bolsillo como corresponde. Al cabo de unos pocos días tuve mi flamante pasaporte que, por supuesto, costó sus buenos morlacos. Pero llegó justo a tiempo para el viaje a la tierra de Castro, a tiempo para perderme en las calles sinuosas de La Habana y brindar con muchos mojitos (demasiados) a la salud del querido Don Recupero.
Personaje, si los hay, es Pedro… “el clonador”. No recuerdo bien cómo llegué hasta él. No fue fácil, hubo que rastrearlo a través de una intrincada red de falsificadores y contrabandistas, cuidando de evitar términos desagradables como ilegal, trucho y estafador. Pedro ofrecía “la solución” a todo, precio razonable, a domicilio. Y resultó que había trabajado para el servicio de inteligencia o algo así y estaba muuuuuy relacionado, tanto que temimos preguntar más de la cuenta. Pedro “solucionó” todo y nos tiró un par consejitos que supimos valorar en su justa medida. Cada tanto lo recomiendo y los que lo ven quedan con la boca abierta, no tanto por su habilidad todopoderosa con los celulares que constituye un verdadero arte, sino porque atemorizan sus dos metros de altura, su verborragia extrema y rebuscada y ese halo de misterio que envuelve cada una de sus frases inconclusas… “No puedo hablar, no me pregunten que me comprometen… Aunque, bueno… pero que no salga de acá…”
El problema es cuando el contacto cae en desgracia, como el que choreaba perfumes y relojes de la bodega del avión y un día fue víctima de una cámara oculta y lo escarcharon como al que más y tuvimos que buscar otro proveedor de confianza, más discreto, perfil bajo.
El secreto es saber dónde buscar. Porque hay soluciones para todo y no sólo es cuestión de precio. He visto cientos de personas arrancarse los cabellos con desesperación, incapaces de elaborar una estrategia, magnificando el problema sin siquiera sospechar que con un simple llamadito… Contactos.
Ahora vamos detrás de los “hielitos luminosos” para la fiesta de quince de Agos, esos que en
Miami los ponen hasta en la sopa y acá se te ríen en la cara cuando con paciencia te detenés a explicar cómo, qué, cuándo… Parecía imposible pero ya di con el susodicho que va a iluminar la fiesta con los cubitos del orto que espero duren lo suficiente para no resultar un chasco.
Al final mi destino está signado por las fiestitas de quince, como si no hubiera sido suficiente con Daughter1 que ni enterada está de la existencia de los hielos mágicos… jejeje…
Es que no sólo proveo soluciones, yo misma me busco el problema y, para variar, siempre termino en el ojo de la tormenta.

domingo, 20 de enero de 2008

El mundo es un pañuelo

Veinte minutos tarda la combi desde que sale del country hasta que sube a la autopista. Lenta, a paso de tortuga, va recogiendo pasajeros de otros barrios, algún rezagado pide que lo esperen un ratito más y el chofer se desquita con frenadas inusitadas resoplando como un caballo cansado al tiempo que una voz monótona imparte órdenes desde la base… “barrio tal pilar 50 por dos”… “cancelado Sr. XX en el Metro”…
La última parada es una estación de servicio donde confluyen pasajeros de los countries más alejados. Por suerte subió poca gente, unos franceses que no conocían Buenos Aires y repetían como loritos “¡Lavalle! ¡Lavalle!”, dos señoras mayores y una morocha alta, escultural, que dejó con la boca abierta a más de uno, incluido el chofer que no atinaba a darle el vuelto.
Bonita, llamativa, un cuerpazo de película pero ni que se hubiera tirado encima una vidriera del Once, a juzgar por el atuendo colorido, demasiado provocativo a esa hora de la mañana. Como sea, despertó el interés de unos cuantos que no le sacaban el ojo de encima.
“Yo la conozco de algún lado…” pensé. “Pero… ¿de dónde? ¿dónde la vi?”
Es horrible cuando ese lado del cerebro se revuelve sobre sí mismo intentando pescar el recuerdo que vaya a saber cuánto tiempo llevás ahí enterrado. Nunca olvido una cara ni una voz pero la tortura de buscar y no encontrar me tensa de una manera espantosa.
La morocha pagó el boleto, se sentó y cazó el celular.

“Te digo que no sé ni dónde estoy. Me trajo hasta acá, al culo del mundo y… ya sé que no me va a llevar de vuelta ¡pero por lo menos que me pague un remis! Imaginate que me dejó tirada en una estación de servicio con diez pesos para el charter. Eso no se hace…”

Esa voz, esa cara… Pero no puede ser, no es tan chico el planeta.
De pronto las imágenes cobraron forma y color, todo se acomodó, respiré hondo y los recuerdos se ordenaron en fila india como si no hubieran pasado más de cinco minutos desde que la profesora de Matemática repasaba los prácticos de Sadosky para el examen final y anunciaba su boda inminente, más difícil de creer que las paralelas se cortan en el infinito…

Fernanda A ……. Lic. Marketing
Laura C …………. Decoradora
Natalia C ………. Curros oficiales
Solange D …….. Contadora
Mariana F ……… Abogada
Silvia F …………. Lic. Administración
Mariela G ………. Contadora e increíblemente… “esposa”
Eugenia M ……… Médica
Vanina O ……….. Economista
Andrea P ……….. Abogada, futura Escribana
Claudia P ……….. Comerciante

Karina P …………. Psicóloga
Majo P ……………. Abogada
Patricia P ……….. De todo un poco
Eugenia S ………. Contadora
Flavia R …………. Madre y ama de casa
Roxana R ……….. Cosmetóloga
Sofía R ………….. Actriz descocada
Valeria R ………… Psicóloga
Vanesa R ………... Escritora
Florencia S ……… Lic. Relaciones Públicas
Marisa S …………. No se sabe bien...
Mariela T ………… Ejecutiva de no sé qué
Magali V …………. Ex RRHH y Madre argentina


Además de Lorena B, Araceli H, Verónica N, Gabriela S, Natalia T… con paradero desconocido.

¿Y Ethel V? ¿V…estida para matar?

Dudé unos instantes, pensé en sentarme a su lado y saludarla. “Hola… ¿no te acordás de mí?” pero temí incomodarla. Por algún motivo la situación resultaba confusa. Ethel siempre fue una mina muy atractiva, claro que para un target en particular… no es la chica que uno quisiera presentar en una reunión de negocios ni llevar al altar ni mucho menos. Y no porque no lo merezca sino porque la pobre siempre hizo honor al dicho (aunque al revés) “no basta con ser, también hay que parecer”. Y Ethel es y parece ¡una flor de atorranta!
La conocí en tercer año y fuimos compañeras hasta quinto. Muchas veces la ayudé a estudiar, especialmente a fin de año cuando cargaba a sus espaldas catorce materias a modo de clásicos continuados, diciembre y marzo, y lloraba a moco tendido por miedo a repetir el año. Me daba lástima. Siempre tuve esa vocación de asistir al caído en desgracia, sin ánimo de reconocimiento, sólo por la satisfacción de luchar contra el destino. Ella lo sabía y supo sacar provecho. Me desvivía explicándole la composición de los oxoácidos pero su cabeza estaba llena de cosas importantes: hombres, chupi y joda.
No era como nosotras. Nos tildaba de tontas, mojigatas, nenas de mamá… Y sí, de alguna manera eso éramos. No sé qué es mejor o peor. Pero no me arrepiento de haber pasado las tres cuartas partes de mi adolescencia quemándome las pestañas mientras ella, la superada, la pendeja cool, paseaba de mano en mano y de boca en boca.
Qué shock verla de nuevo después de tanto tiempo y no atreverme siquiera a saludarla… No puedo dormir pensando qué estaría haciendo por mis pagos. Parece improbable que haya salido con alguien tan poco caballero, capaz de dejarla tirada en una estación de servicio esperando la combi, vestida como la Tetamanti a las doce del mediodía. Sospecho que es profesional en la materia. No me extrañaría ni me atrevo a juzgarla, pero me apena... Pienso que tal vez debería haber hecho algo por ella y no tuve el valor.

Te han cambiado, pobre mina... Si tu vieja, la finada,
levantara la cabeza desde el fondo del cajón
y te viera en esa mano tan audaz y descocada
se moría nuevamente de dolor e indignación.
Vos, aquella muchachita a quien ella,
santamente educó tan calladita, tan humilde y tan formal...
Te han cambiado, pobre piba...
Te engrupieron tontamente,
bullanguera mascarita de un mistongo carnaval...

jueves, 17 de enero de 2008

Pesadilla sobre ruedas – Parte II

H: Bueno, no cantemos victoria pero estoy ya a 130 km de Villa María, fresquito como una lechuga.
M: ¿En serio? Por las dudas prendo unos sahumerios, podría quemar romero también…
H: Es cuestión de salir de Córdoba porque esto no me pasó nunca en otro lado, es yeta.
M: ¿Compraste alfajores?
H: ¡Ni en pedo!

Diez minutos más tarde, la fatal noticia… Otra vez la temperatura disparándose a la estratósfera. ¡La maldición del cuartetazo!

Cinco largas horas esperando la grúa al costado del camino. Los habitantes del pueblo olvidado de Dios, contentos de tener entre ellos al protagonista de la odisea, se acercaban a saludarlo, le llevaban sanguchitos y agua para el mate. También el comisario acudió al lugar de los hechos. “Estoy a sus órdenes”, dijo y peló una tarjeta amarillenta y gastada que mostró y volvió a guardar en el bolsillo.
Y así pasaba el tiempo… H se iba poniendo verde de tanto mate, peleaba con el seguro y se resignaba a pasar la noche dentro de la camioneta. Y la que suscribe organizaba como siempre la logística del rescate:

M: Cuando llegues a Panamericana me llamás y yo salgo en remis a buscarte.
H: ¿En serio, amor? ¿Harías eso?
M: Of course!!

Pero no hizo falta. El señor de la grúa se iba a ocupar de todo.
Llegó a paso lento tomándose su tiempo para descender, linterna en mano y papeleta de rutina. La una de la mañana “y el pescado sin vender…”

-¿A qué hora calcula que estaremos en Buenos Aires?
-Y… son cuachociento’ cincuenta kiiiiiilómecho’… io diria quia laaaaa’ siete nomá’.

Un largo camino a casa… No había nada qué hacer más que esperar y buscar tema de conversación para mantener despierto al cordobés que declaró haber dormido dos horas “completas” luego de un viaje agotador. Pero como yo siempre digo, nada es eterno en esta vida, y al despuntar la mañana saludaban al viejo y querido obelisco que, en cualquier circunstancia, lo hace sentir a uno tan “como en casa”.
Preparé café bien cargado para los viajeros y les convidé los exquisitos alfajores Havanna que mi vecina de enfrente me obsequió como recompensa por haber regado su jardín y alimentado a su perro “Coco” mientras disfrutaba diez maravillosos días de vacaciones en la playa. “Mis” alfajores Havanna, ganados en buena ley.
H al fin está en casa, agotado, con las ojeras que le llegan a las rodillas. La camioneta duerme en el taller mientras esperamos el veredicto.

miércoles, 16 de enero de 2008

Pesadilla sobre ruedas – Parte I

Cada año, para esta fecha, H organiza la inaplazable semana de vacaciones con sus hijas en la costa. La de quince quiere Gesell y la más chica va para donde sopla el viento, pero ambas se aburren si no es en compañía de sendas amiguitas. De modo que H hace las veces de padre, tutor y encargado de cuatro niñas que sólo piensan en pasarla bien. De hecho la pasan bastante bien.
Alguna que otra vez lo acompañé con cierto entusiasmo, con la vana esperanza de disfrutar unos pocos días de playa sin imaginar que terminaría convertida en cocinera, mucama y enfermera a cambio de un triste agradecimiento, sincero pero poco contundente, y adiós a mis ansias de descansar. Y todo ello sumado a que bajo el sol del mediodía te freís pero apenas podés mojarte los pies en este mar helado que nos tocó en suerte y encima el viento se ocupa de pegarte la arena sucia de forma tal que hasta la malla queda como con pintitas indelebles.
Digan lo que digan, la costa argentina no es para mí. Prefiero tomar sol en el fondo de casa espantando a las moscas y al perro que se instala en mi reposera mendigando caricias. Aunque mi tía Clotilde intente convencerme de que no hay nada como pasear por la orilla del mar una tarde de enero, cuarenta grados a la sombra, ahí donde la densidad poblacional de la Bristol se vuelve apocalíptica y corrés el riesgo de sucumbir ante un golpe de tejo en la nuca.

Pero este año hubo cambio de planes, un poco obligado por las circunstancias, especialmente porque los precios en la costa están por las nubes. Sopesando las opciones, H dijo “NO” al mar y rumbeó pa’ las sierras cordobesas.
Partieron de madrugada, con ojos de sueño pero ilusionados, y todo marchaba bastante bien hasta que al llegar a Rosario reventó una cubierta, la pobre no aguantó el calor del asfalto hirviente y explotó. Fue sólo un susto. “Y bueno, no pasó nada, nos demoramos un poquito nada más…” dijo H con resignación. Y, superado el obstáculo, siguieron adelante con una sonrisa.
En Villa María ocurrió lo impensable, la temperatura del motor se elevó a niveles desconocidos y ni con los hielos eternos del Polo Sur la podían bajar. Desesperación, pedidos de auxilio a medio continente, el señor del remolque apareció dos horas más tarde recién levantado de su siesta y H sin saber ya qué hacer, viendo sus vacaciones fracasar desde el principio, llamaba al seguro, al servicio técnico y a un exorcista. Alguien se apiadó de las niñas parcialmente deshidratadas y con el culo chato después de tanto viaje, y las dejaron descansar en un local de artículos regionales con “aire acondicionado”.
Cuando resultó evidente que no habría solución inmediata, cansado de escuchar las hipótesis del mecánico que de a ratos se inclinaba por la limpieza del radiador y luego afirmaba con convicción “es un problema de juntas”… H dispuso el traslado en micro hacia el destino final, unas preciosas cabañas en Las Rabonas, un lugar paradisíaco en medio de la nada donde quedarían prácticamente incomunicados disfrutando de la naturaleza como nunca antes en la vida. Y no estuvo tan mal, excepto porque había que recorrer 50 km para comprar un paquete de galletitas y los arroyos estaban casi secos esperando la lluvia que no llega y porque esta vez las niñas han debido resignar sus noches de parranda en los boliches de moda por el sencillo pero instructivo avistaje de aves.
Y según me han contado, sudaron la gota gorda cocinando y lavando platos. Ah… “la venganza es el placer de los dioses” Pero no, no soy un monstruo, no gozo con la desgracia ajena. Y menos si no es tan ajena y me toca… mejor dicho… ¡me desfonda el bolsillo! Porque entre pitos y flautas, hubiera sido más barato alquilarle la casa de Punta del Este a Bernardo Neustadt con mucama y cuatriciclo incluidos ¡y nos dejamos de joder!
La cosa es que al cabo de una semana, la camioneta sigue en el taller. Las chicas volvieron solas en micro y mi marido, fiel al pie del cañón, anda corriendo de acá para allá en busca del repuesto perdido. “¡No piso más suelo cordobés!” repite sin cesar. El mecánico continúa descartando opciones y yo aquí rezando el rosario por si acaso.
H está cansado, enojado, amargado porque la camioneta, que es la luz de sus ojos, le arruinó las vacaciones, el verano, el año entero. “¡Cuando llegue a Buenos Aires la vendo!”
En fin… a este ritmo, la que se quedará sin vacaciones este verano soy yo.

martes, 15 de enero de 2008

El día que me quieras

A veces miro sus ojos, sus manos... y es como la primera vez. Como un volver a empezar, "reconocernos".
Su sonrisa es mi remanso. Me gusta acurrucarme en sus brazos y escuchar su voz, cantar juntos alguna melodía de tiempos lejanos o simplemente dejarnos llevar... sentir.
No alcanzan las palabras, él quiere más y yo también. Y con cierto egoísmo, dudamos. La "pregunta del millón" está siempre a flor de piel, sabemos la respuesta pero contenemos el aliento al escucharla, como si algún fantasma del pasado pudiera aún turbar nuestra paz.
¿Mi respuesta...? Mi respuesta es SI.

lunes, 14 de enero de 2008

La pecera del horror

Ha habido un asesinato. Tres, por lo menos. Y todo ocurrió de la forma más misteriosa.

La tele quedó encendida toda la noche en canal Utilísima y minutos antes de las siete me despertó una señora que explicaba cómo convertir un sifón, varios metros de cable y un artilugio de “cositas” eléctricas en una espantosa lámpara para el cuarto de los niños. Desistí y cambié al “noticioso” sólo para saber a qué temperatura arranca el infierno de hoy.
La rutina de lunes me tira abajo pero sigo adelante, una mano le pide permiso a la otra y a regañadientes, sin prisa pero sin pausa, voy cumpliendo las etapas previas al gran momento del desayuno que en estos días se ve reducido a galletitas de salvado con Casancrem.
Al cabo de una hora, peinada y perfumada, bajé a la realidad y vi a Nemesio desensillando sus enseres sobre la mesa del patio. “Buen día. ¿Le falta algo hoy?” “Hola, señora. Y io no sé… vamo' a ver cómo estamo' de cal…” Me desespera que le fallen los cálculos y se quede corto con los materiales y yo tener que rezar un rosario completo cada vez que pido al corralón más cascote partido y escuchar que “la entrega es dentro de las 48 horas” pero yo lo necesito ya, mi albañil es re-capo pero hace mal las cuentas y a este ritmo no termina más la pileta… ¡Guaaaaa!
En fin, les di de comer al perro y a la gata que para variar me miran con ojos famélicos como si hubieran ayunado una semana entera y se olvidan que ayer se empacharon de helado y atún, respectivamente. Puse el agua para el mate, prendí la radio y como al pasar vi, pegado en la puerta de la heladera, un cartelito que decía “El alimento de los peces está en el lavadero”. Y sólo entonces tomé conciencia que había olvidado alimentarlos al menos los últimos cinco días. No quise ni mirar la pecera. ¿Estarían muertos? Pero no, había movimiento, todo parecía seguir igual.
Me acerqué despacito, los conté… No me acuerdo cuántos eran pero sí, creo que estaban todos. ¡Ay no! De los hermanitos barrefondo que andaban siempre pegados uno contra otro como sombras, sólo vi uno. No entiendo… ¿Y el otro? Y faltaba ese naranja hermoso, el de la cola como de seda que parecía que bailaba entre los caracoles.
Por un momento me paralicé sin dar crédito a lo que vi o creí ver. La casa estaba en silencio, sólo se escuchaba el burbujeo continuo de la pecera. Un “algo” blanco e informe se desplazaba lentamente entre las algas artificiales, de pronto golpeó contra el vidrio y continuó su rumbo incierto hacia el aireador. Un fantasma… El fantasma ¡del pececito naranja! Todavía incrédula vi pasar el cráneo y el espinazo incompleto y es increíble cómo aún después de muerto conservaba ese movimiento elegante y sinuoso que tanto me gustaba. Se lo comieron. Y es mi culpa por negarles el alimento balanceado, no sé qué voy a hacer ahora.
A Polito lo descuartizaron hace unos días, le mordieron las aletas con saña y, cuando estuvo suficientemente débil, lo remataron y encontramos parte del cuerpo flotando en la superficie. Fue desgarrador, pero entonces no podíamos señalar un culpable.
A punto de sucumbir ante la desesperación, agarré la red-colador y saqué el esqueleto del agua. Tenía restos de carne colgando ¡puaj! Sin dudar, lo tiré al inodoro y justo cuando estaba por tapar la pecera lo vi… el cangrejo arrastrando entre sus pinzas una masa blancuzca, a juzgar por las evidencias ¡el cadáver del barrefondo que faltaba! Sí, señor. Lo llevó a su cueva, le arrancó los ojos y ahí estaba meta escarbar y me entró un miedo que preferí no mirar ni saber pero… la curiosidad pudo más. Es el cangrejo asesino, tan chiquito, deforme como Quasimodo y más malo que un tiranosaurio.
Golpeé el vidrio para distraerlo pero seguía sin soltar la presa. Hasta que finalmente terminó de faenarlo y los despojos quedaron sepultados entre las piedras.
No obstante, sin salir de mi asombro, les di de comer su alimento acostumbrado y lo hice maquinalmente, como quien no logra asimilar lo sucedido, y ellos como si nada, el cangrejo en especial corría desaforado detrás de las escamitas que caían como una lluvia de copos sobre su caparazón.
¿Es ésta la verdadera “selección natural”, la supervivencia del más fuerte? ¿O es sencillamente el producto de mi estúpida negligencia? No puedo evitar sentir miedo y culpa…
Me pregunto cuánto puede crecer un cangrejo…

domingo, 13 de enero de 2008

¡Vivan los novios!

Tal parece que mi hijito del alma tiene novia.
Hace días llamó Elena, la del pilar 42 que no sé ni qué cara tiene pero es la décima vez que pregunta si mi can tiene “papeles” y le digo que sí, que tiene los “re-papeles” y que lo único que quiere es “ponerla”, no importa que ella sea indocumentada.
Resulta que Maggi (la novia) está en “esos dias” y la familia entera se ha empeñado en que sea madre a cualquier precio. Pobrecita, ni siquiera la han consultado… Le metieron de prepo en su cucha un hermoso golden llamado Junior, durmieron juntos tres noches seguidas y sólo “durmieron”, no hay evidencia de que haya sucedido algo más. “A Maggi no le gustó Junior” fue la triste explicación. Y tampoco le gustaron Rocco ni Silver… Pero Tango, que es el galán indiscutido en veinte kilómetros a la redonda, seguro le va a gustar.
Así fue que Maggi y Tango se conocieron, se olfatearon, regaron los arbustos con pis especial de enamorados, se besaron en la boca y… y eso fue todo. Porque frente a los avances torpes e impetuosos de my little dog, ella respondía con evasivas, apoyaba la cola en el piso y miraba hacia el horizonte y cuando Tango insistía y ladraba fuerte como forma de expresar su desconcierto, Maggi gruñía amenazando morderle las boliboli.

Al cabo de una hora de intentos frustrados, llamé a Elena para que la viniera a buscar. “¿No te enojas si te la dejo un ratito más? Justo tengo gente en casa… Así seguimos probando porque hay que darles tiempo, ¿viste?” Psé… Lo que vi es que me endosaron a la pobre perra que no para de ladrar desesperada y tiene los ojos tristes y yo acá en veremos sin saber qué hacer. ¿Habrá que ayudarlos? Ni en pedo… Tango está nervioso, no entiende la negativa y, para peor, ella no es nada gauchita.
La cosa es que el matrimonio no se consumó. Maggi se fue corriendo y moviendo la cola, contenta de verse lejos de los instintos viriles de mi can que aullaba decepcionado bajo el sol del atardecer.
Cómo son las cosas… ¿Será que nos tocó una perra lesbiana?
No importa, Tango. Nos castigaremos ambos con un buen helado de tiramisú. Y si todavía andás de capa caída… quinotos al whisky.

sábado, 12 de enero de 2008

Por si fuera poco... el puticlub

Es mi noche libre. Tal vez la única en mucho tiempo, la oportunidad de hacer TODO, de darse el gusto, de conocer, descubrir, revivir cosas que han quedado atrás, olvidadas en el placard de los recuerdos con olor a moho y huellas de polilla.
Tuvimos nuestro éxtasis maravilloso a grito pelado y siempre pienso que todos se dan cuenta y nos miran con curiosidad y al final me da un poco de pudor aunque me ría para mis adentros pensando cómo nos envidian. Y tuvimos nuestra pequeña desavenencia, algo drástica esta vez, que casi logra empañar la velada si no fuera por el exquisito vino que compartimos a media luz mientras degustábamos con deleite infinito unos riquísimos niños envueltos en hoja de parra con laban y tabule y de postre, la “corona de novia” repleta de almendras, nueces, higos y unas frutas rojas muy sabrosas de las cuales logré pescar sólo una mitad. Lástima que la lectora de la borra del café andaba muy atareada con una extensa lista de espera, y nos quedamos con la ganas de saber qué será de nosotros…
Es temprano y la noche es bellísima. Una media luna blanca y brillante asoma tras el monumento al Libertador, nos marca el camino, escuchamos la mejor música electrónica y allá vamos… el doc quiere mostrarme la noche de Buenos Aires y yo voy de las narices adonde él me lleve.
El destino elegido supera mis expectativas. Siempre quise saber cómo era y nunca me animé… Chicas de carne y hueso bailando en el caño, con un lomo despampanante que nunca lograré aunque me interne diez horas por día en el gimnasio y mi dieta se limite estrictamente a lechuga y limón. Me miran, las miro… Soy tan bicho raro como ellas lo son para mí. Curiosidad y codicia.
Pensarán qué hago en un lugar así, qué busco, de qué vivo, cómo soy… Y yo me pregunto si son felices y cómo merda hago para tener una cola impresionante como la de la morocha puertorriqueña que anda pregonando por ahí “Este strip dance es lindo, pero hay otras chicas más bonitas que bailan mucho mejor”.
En el baño hay una rubia obsesionada con los corpiños reductores. Me río, reímos juntas. Y se queja de un boludo que la persigue pidiendo rebaja. Se llama Evelyn y es linda, llamativa, simpática. Al doc le gusta y a mí también. Veremos...
Seguimos la recorrida. Son las dos de la mañana y las muchachas caen dormidas en los sillones de un cabarute de medio pelo en pleno centro de la ciudad. Una pareja baila salsa en el fondo del local, él está concentradísimo y es buen bailarín, ella tampoco se queda atrás, se está ganando el pan.
No hay mucho más para ver. Un par de bares nublados de humo de cigarrillo y diálogos ininteligibles de americanos borrachos, mujeres solas en busca del Elegido y, en la puerta, las trabajadoras que primero fichan el auto y después a quien conduce.

Doc: ¡Mira esa mina!
Yo: Es un travesti.
Doc: Noooo, es una mina.
Yo. ¡Mirá las patas que tiene! ¡Es un tipo!

La seguimos hasta el hotel donde entra acompañada de un señor de edad. Ni de cerca logramos determinar el sexo. Al fin la perdemos de vista y disfrutamos solos el fin de esta noche tan especial, hasta que se hace tarde y empezamos a preocuparnos y a diagramar estrategias y volamos en la autopista a una velocidad impensable, relajadísimos pero con ganas de más, pensando con tristeza que cada cual dormirá en su cama y mañana será otro “día normal”.
No quiero que termine esta noche.
Las rosas que me regaló son el último recuerdo que pasa por mi cabeza antes de apagar la luz.

jueves, 10 de enero de 2008

¿Vacaciones?

Oh, there’s no place like home for the holidays,
For no matter how far away you roam
-When you long for the sunshine of a friendly gaze,
For the holidays- you can’t beat home, sweet home!




Se puede decir que estoy de vacaciones. En Buenos Aires, sofocada como todos, apretujada en la combi que me deposita en esta ciudad candente todas las mañanas, cuidando de mis mascotas que se la pasan durmiendo bajo el ventilador de techo y me miran con ojos tristes cuando me encierro con mi mejor amigo “el aire acondicionado”... vacaciones sin descanso son las mías, pero vacaciones al fin. Vacaciones de marido que se fue a las sierras cordobesas con sus lovely daughters y me dejó sola, reina y señora de esta jaula de oro, ahora con “pileta”.
Mejor no hablemos de la pileta… Porque de no ser por ella, mi semana de vacaciones sería perfecta. Y no es que no la adore en estos días de calor asesino, todo lo contrario. Lo que pasa es que desde hace dos semanas Don Nemesio y su secuaz “Fatiga” (no sé el nombre ni quiero preguntar) intentan terminar la vereda perimetral para que no tengamos que enterrarnos en el barro cada vez que amerita darse un chapuzón.
Y tal parece que falta mucho aún para ver la obra terminada. Ni que fuera el templo de Salomón…
Pero los albañiles son así. Es difícil conseguir uno que tenga ganas de trabajar, siempre están ocupados y el que no, seguro es un chanta. Por eso llamamos a Nemesio que, con sus 74 jóvenes años, la tiene bien clara. Nemesio es el único chileno “no huevón” que conozco. Me encanta su decir pausado y respetuoso. Apenas llega se calza sus bermudas de jean, los borceguíes con zoquetes, una toalla mojada en el cuello y dale que va… balde, cemento, cuchara y te levanta una catedral si es necesario. Claro que hay que darle tiempo. Porque a su edad no es cuestión de apresurarse y tal parece que el muerto que trajo de ayudante más que ayuda es compañía, no tiene voluntad propia ni iniciativa ni vigor… Y así estamos, pasa el tiempo y la casa entera se llena de polvo, la vereda avanza lenta, muy lentamente y la pileta… la pileta está de adorno, me derrito bajo el sol y no puedo siquiera mojarme los pies.
Ahora tampoco tenemos el depto para refugiarnos del calor, nadar y tomar mate con bombitas azucaradas. Estamos de acá para allá como bola sin manija, en pleno telotour por las calles ardientes de esta bendita ciudad. No me quejo, especialmente porque mi doc volvió absolutamente “recargado” de sus cortas vacaciones en la tierra donde la siesta es ley. Se ve que el descanso le sienta bien aunque con su carácter hiperactivo, si no dormía al menos dos horas, los santiagueños lo mandaban de vuelta de una patada en el orto.
Yo también quiero dormir, calmar las aguas, bajar un cambio. Sólo ansío que Nemesio pronuncie muy pronto las palabras mágicas: “Muy pien… iastá concluido el chabajo”

martes, 8 de enero de 2008

Retro zapping

Ayer como que me quedé adherida al control remoto de Directv en una sesión de zapping obsesiva, innecesaria, sin rumbo… como debe ser.
Siento una predilección enfermiza por las series de los sesenta, las novelas de Luisa Kuliok y las películas de Niní Marshall. No importa cuántos cientos canales me ofrezcan, la mayoría de las veces voy derecho al grano: Mork y Mindy, Mr. Ed y, si estoy de humor, quizás El Capitán Escarlata o Flipper... Salvo que el nivel de aburrimiento sea tal que ni El Hombre de la Atlántida logra arrancarme un suspiro y entonces sigo vagando a través de una guía de programación insulsa y, por lo general, desactualizada que sólo ayuda a acentuar el caos.
Pero no encontré nada potable esta vez… Volver me defraudó con la reposición de “Como pan caliente” con una María Valenzuela veinte años más joven, y La Familia Ingalls atravesaba un período demasiado lloroso para mi aún frágil estado de ánimo.
Paseo un rato por El Gourmet pero me empalaga tanto langostino con couscous aunque no más que la Wedding Planner con su lluvia de arroz y pétalos perfumados… Más bien prefiero a Morticia decorando sus jarrones con tallos espinosos.
Me provoca una sonrisa pensar que mi infancia estuvo limitada a los cuatro canales de aire (eso porque América, que fue y seguirá siendo Canal 2, era imposible de sintonizar…) y hacíamos zapping en un televisor ITT “grande” (como de 21 pulgadas pero parecía enooooorme) con un control remoto chato más ancho que largo, provisto de ocho o diez botonitos con borde cromado que emitían un sonido de alta frecuencia al ser presionados. Un día no quiso funcionar más y entonces para cambiar de canal había que insertar el control remoto en un agujero al costado de la pantalla del televisor y desde allí accionar los cambios. O sea que control remoto, un carajo… Para eso nos quedábamos con el Noblex blanco y negro, la ruedita “tracatraca” y esa antena demoníaca que se descontrolaba a piacere y te volvía l-o-c-o, pero loco mal, al extremo de querer revolearla y darle patadas al televisor que era un fierro y se bancaba todo. No como los de ahora que son re mantequitas.
Ahhh… cómo han cambiado los tiempos. Nada nos conforma. Mamá me prohibía ver Invasión Extraterrestre porque decía que era perniciosa para las mentes infantiles y pensar que ahora a los pendejos les lavan el cerebro Tinelli y Las Divinas y dentro de poco nos gobernará la generación que creció con Chiquititas, cantando y bailando los éxitos de Cris Morena que, mucho antes de ser tocada por la varita de la fama, hacía las veces de ascensorista en la mediocre pero
simpática “Mesa de Noticias”. ¿Se acuerdan de Mesa de Noticias? Yo fui con la maestra de quinto grado a ver los estudios de grabación y con horror comprobé que la utilería era puro telgopor, se venía abajo con el primer soplo de viento. Y para rematarla, ese año los Reyes Magos dejaron en mis zapatitos el cassette con ¡la música “original” del programa!
Me da vergüenza admitirlo pero cada tanto lo escucho… y me gusta. Está bueno viajar al pasado y quedarse un rato y volver una y otra vez. Volver… A las cinco dan Pelito y después Clave de Sol. Ya está, listo el pollo... de acá no me mueve nadie.

domingo, 6 de enero de 2008

Tu Tic

Él tiene un tic que me enternece. Esa cosa de cerrar los párpados con fuerza, los dos juntos, como Julian Weich cantando “los sapitos hacen hmm ahh hmm ahh…” pero sin cantar ni parecer epiléptico… Lo hace cuando está nervioso o cansado, o todo al mismo tiempo, y si los ánimos están por demás alterados el tic se torna incontrolable. Entonces me gusta besarlo suavecito entre los ojos y ver cómo de a poco se le va pasando.
Hay tics simpáticos, este es uno de ellos a mi modo de ver. Pero los hay no tan agradables, esos que no es posible disimular, que te catapultan al bochorno en viaje sin retorno. Como el señor de la casa de cambio, el flaco larguirucho del box número seis que cuenta los billetes a la velocidad de la luz y cada mil pesos da vuelta la cabeza sobre el hombro izquierdo en ángulo de 45 grados, con un movimiento espástico, casi violento, mientras la boca se le hace a un lado y el ojo derecho se le pone blanco y redondo como pelota de ping pong. Suponiendo que contara billetes sin parar durante una hora, a razón de doce mil pesos por minuto, el tic se le repetiría setecientas veinte veces. Y si contara plata cuatro horas al día, serían dos mil ochocientas ochenta repeticiones. Teniendo en cuenta que en total utiliza una hora para descansar, comer, respirar y estirar las piernas, dos horas y media para fumar compulsivamente en el baño, una hora para tomar café negro bien cargado y manguear cigarrillos extra y la restante media hora para intercambiar chismes y criticar al chino del box número nueve que simula no entender el idioma pero habla hasta guaraní y dice “boúdo”… entonces, pobre tipo, cualquiera diría que con semejante stress no ha de quedarle mucho tiempo. Me pregunto cómo sería si muriera en pleno tic, con la cabeza eternizada en una pose estrambótica y el ojo salido de su órbita, si fuera demasiado tarde para acomodarlo y entonces todos lo recordaran como “el del tic”.
Hay tics voluntarios e involuntarios. Yo tengo de los dos: me sueno los dedos de las manos, los nudillos y las falanges y, si la ocasión lo vale, también el dedo gordo del pie que suena más seco. Esto es bastante controlable, en verdad puedo evitar hacerlo y cuando no aguanto más me sueno un dedo disimuladamente y sigo como si nada. Hasta que estoy suficientemente nerviosa y se me traba la lengua, eso sí no lo puedo controlar. No sucede a menudo, sólo cuando estoy al borde del attack y es como si me paralizara durante una fracción de segundo, después todo vuelve a la normalidad pero en ese lapso estoy literalmente desconectada. Afortunadamente pocos lo han notado, pero me reconozco tan freak como el señor cuentabilletes, aunque no me da tan seguido.
Una vez viajé en el subte con un señor de aspecto sumamente pulcro, bien vestido, muy serio y tan almidonado que parecía un maniquí andante. Rengueaba apoyándose en un bastón. Se apresuraron a cederle el asiento pero no aceptó, hasta que una gorda metida e insistente empezó a gritar a los cuatro vientos que el señor del bastón no podía viajar parado. Para qué… El señor enrojeció, frunció el ceño y se sentó sin pronunciar palabra justo enfrente de la gorda que ahora sonreía con autosuficiencia. Hasta que segundos más tarde la sonrisa se le borraba como por encanto y gritaba sorprendida, arrepentida, furiosa, masajeándose la rodilla con esmero. El señor del bastón le había pegado tremenda patada, claro que sin intención, pero patada al fin. Pero no era más que un tic, cuando se sentaba la pierna cobraba vida propia y sacudía puntapiés a diestra y siniestra sin él poder controlarlo. Semejante toletole armó la gorda que el señor, olvidándose del bastón, saltó del subte en la siguiente parada huyendo de improperios y amenazas de dejarlo rengo de la otra pierna.
Me causan gracia los que guiñan un ojo. Siempre quedan marcados como desubicados, jeropas,
mirones, y cuánto más los observan más nerviosos se ponen y más rápido se vuelve el parpadeo a punto tal que parece que el ojo echara a volar en cualquier momento. Peor los que mueven la mandíbula como si se les hubiera falseado el eje, parece que te quisieran morder. Y los que caminan a saltitos y los que “escupen” groserías sin parar y los que silban todo el tiempo y los que tienen muletillas y los que se tocan permanentemente el pelo y… y… ¡hic! Ay Dios… Me dio hipo. ¿El hipo es un tic…?

viernes, 4 de enero de 2008

Mi infierno ideal

Podría ser la oficina de Rentas, lunes al mediodía, cuando todavía va cayendo gente al baile y las colas se bifurcan en intrincados caracoles, los ñoquis toman mate y golpean los teclados queriendo demostrar que la culpa es del “sistema” pero es tan sólo una forma de expresar desprecio hacia el estúpido contribuyente que paga sus salarios sin voz ni voto, una suerte de venganza, de ejercicio abusivo de un poder que no es tal. Y si encima tenés cuatrocientos noventa y dos números adelante, el aire acondicionado deja de funcionar, un señor malhumorado amenaza con denunciar todo tipo de injusticias, alguien se apantalla frenéticamente diciendo que le bajó la presión y de la nada aparecen sobrecitos de azúcar y empezás a somatizar un ataque de pánico repentino, absurdo, incontrolable… entonces todo se vuelve un caldero regurgitante y sólo pensás en huir a campo traviesa, pisando el césped esponjoso y respirando aire puro y viendo las mariposas revolotear sobre tu cabeza y lucecitas de colores y estrellitas y el gorjeo de los pájaros y Brad Pitt que te toma de la mano y juntos corren con el pelo al viento y todo es tan perfecto… Hasta que notás que un par de brazos fuertes te zamarrean, alguien te da cachetazos bastante más entusiastas de lo necesario y tenés la cara mojada, el pelo chorreando agua de algún florero que han vaciado en tu cabeza con el sólo objeto de reanimarte cuando caíste al piso sin sentido ni gracia, como bolsa de papas despojada de todo glamour y ahora sos el blanco de todas las miradas y todos cuchichean y quieren saber cómo estás, te tocan, te acercan una silla, el que se cree más médico que los demás te toma el pulso y vos sólo querés desaparecer, dar vuelta a la esquina, embuchar una buena porción de papas fritas ultrasaladas y olvidar el papelón. Por un momento, el desmayo no previsto neutraliza el “síndrome de empleado público” y hay como una avalancha de solidaridad, todos quieren ser parte y ayudar… Hasta que pasado el estupor inicial, cuando te vas tambaleando por tus propios medios y la luz roja marca el turno del elegido, los engranajes se aceitan otra vez y, aplastados bajo una atmósfera sofocante de calor y abulia, retoman el ritmo habitual de una rutina que no tiene fin.

miércoles, 2 de enero de 2008

Al agua, pato

Me resistía a tocar el tema. Debería haberlo hecho hace un mes a modo de catarsis, cuando la odisea recién comenzaba y por poco ocasiona el divorcio. Porque, para variar, otra vez la pileta fue causal de violentas discusiones y casi vuela el resto de la vajilla cuando lo vi resoplar por lo bajo, con ese silbido característico de por-qué-no-me-dejan-hacer-lo-que-quiero.
Cuando se enoja o se frustra, H se cierra como una ostra empacada y emite un soplido peculiar que me crispa los nervios, me dan ganas de estrangularlo o patearle el traste muy fuerte.
Por enésima vez expuse mis muchos argumentos para rebatir la instalación de la pileta invasora, gracias a la cual mi hogar será considerado este verano el “club de los Campanelli”. ¡No, no y no! Pero es como hablarle a una pared.

Él: Pensá que va a hacer un calor de locos y la vamos a disfrutar…
Yo: Ya hizo un calor de locos el verano pasado y el otro y el otro. Por mí no te preocupes que me mojo con la manguera.
Él: Es un valor agregado a la casa…
Yo: No suma tanto como vos creés.
Él: Te olvidás de la comodidad de tener la pileta acá nomás...
Yo: El country tiene una pileta espectacular, dos en realidad... y no tenés que aguantar a nadie instalado acá comiendo, chupando y clorando el agua.

Y como otras tantas veces, nos enojamos, sacamos los trapitos al sol y gritamos y H se fue a dormir lejos… al dormitorio de al lado. Al cabo de un par de días, la cosa se fue suavizando un poquito. Y de nuevo volvimos sobre el tema que hace años llevamos discutiendo sin lograr un acuerdo que contente a ambos. Y como siempre, cedí porque no quiero más peleas.
Entonces H, ni lerdo ni perezoso, desplegó sobre la mesa de la cocina un bonito folleto de piletas made in Brasil donde, para mi asombro, vi anotaciones de precios y fechas y deduje que el asunto estaba ya prácticamente cocinado. Con sonrisa de Guasón me fue poniendo al tanto de los detalles preguntando a cada rato “¿Qué te parece?” “¿Estás de acuerdo…?” Y yo asentía con resignación aunque debo reconocer que las piletas eran mucho más lindas de lo que imaginé.
Fuimos a verlas. Las había de todos los tamaños, con cascadita, jacuzzi y chiches varios. H y el vendedor esperaban ansiosos mi veredicto y entonces la idea me entusiasmó y exclamé: “Sí, acepto”. Ya sólo restaba organizar la logística y en poco tiempo estaríamos nadando en el agua fresquita de nuestra flamante adquisición.
Pero claro, no todo es soplar y hacer botellas… H no contaba con la Brigada Piletera compuesta por unos ocho individuos de dudosa nacionalidad provistos de palas, picos, equipo de mate y escasas ganas de laburar. Llegaron una mañana de sol, trepados a una camioneta destartalada, y al instante me di cuenta que eran ellos porque al pasar caminando a su lado gritaron sin pudor “¡Adiós, mamiiiiita!”, haciendo gestos y mostrando la dentadura amarillenta repleta de huecos oscuros. La gente que trabaja en el country ni te mira, o saluda casi con timidez, pero estos morochos bravucones parecen no tener escrúpulos…
Sin poder ocultar por más tiempo la felicidad de la pileta propia, H se mostró generoso hasta el extremo y ofició de asador, les sirvió CocaCola y faltó que los apantallara mientras los caraduras tomaban sol despatarrados en las reposeras porque no llegaban los materiales encargados al corralón.

-Señor… ¿tiene agua para el mate?
-Señor, señor… ¿ya están los chori?


Y mientras uno paleaba los demás repartían chanzas bajo el ardiente sol de la tarde, hasta que llegó el capataz, el clon de Horacio Guaraní sin poncho y necesitando un buen baño desde hace
días. Entonces, como por arte de magia, se pusieron serios, cesó la cháchara y dale que va, en menos de media hora quedó terminado el pozo.
Y cuando llegué a casa, la pileta ya estaba en su lugar, rodeada de montañas de tierra por donde la gata se paseaba de arriba abajo husmeando todo, preguntándose tal vez por qué habríamos comprado un platito para el agua tan pero tan grande.

Él: ¿Y…? ¿Te gusta?
Yo: ¡Hermosa! Pero… ¿ya se van los muchachos?
Él: No me hagas hablar…