sábado, 30 de mayo de 2009

El hombre, la mujer y la belleza

Como este blog también tiene su costado científico, en esta oportunidad nos inclinamos humildemente ante los estudiosos de la Universidad de las Baleares (¿...?) que andan por ahí proclamando el descubrimiento del nuevo milenio y que resumimos en estas breves y categóricas palabras:

“Hombres y mujeres perciben la belleza de maneras muy diferentes”.

¡Faaaaaaaaaaa!
Fue necesario un arduo trabajo de investigación para enterarse que “la actividad neuronal provocada por los estímulos estéticos afecta sólo al hemisferio derecho en el caso de los hombres y a los dos hemisferios en el caso de las mujeres”. Pero, señores, no hay que ser Mandrake para comprobar que el cerebro masculino funciona sólo a medias, la otra mitad está entretenida en cosas más trascendentales…
Tanta importancia parece tener el asunto que los americanos y los gallegos no quisieron ser menos y arremetieron con pruebas magnetoencefalográficas y nosecuantosinápticas para concluir que:

“Las mujeres refieren la posición de las cosas o de sus partes en relación con otros elementos”, es decir que en el contexto de la percepción interviene un orden o ubicación (encima o debajo de, enfrente, detrás, etc).

“En cambio para los hombres sólo contarían las distancias”, o sea, qué tan lejos está una cosa de otra.

Pero esto no termina acá…

Las diferencias perceptivas determinarían, según este regimiento de sabelotodos, la división de trabajo entre hombres y mujeres: HOMBRE CAZADOR - MUJER RECOLECTORA

De acuerdo a esta hipótesis, las mujeres (recolectoras) tenderían a ser más conscientes que los hombres
de los objetos situados en su entorno, incluso los que no estuvieran relacionados con sus tareas. Los hombres (cazadores) utilizarían estrategias de orientación basadas en conceptos como la distancia, la posición del sol, etc.
En síntesis: mientras la mujer trabaja el hombre se rasca los gobelinos, toma cerveza y echa panza ante el televisor festejando los goles de B Nacional.
Claro que la mujer es en realidad el sexo fuerte, así que al primer grito de “¡Viejo, andá a comprar la leche!” el CAZADOR no tendrá más remedio que ponerse los pantalones y ganarse el lugar.

Pero el estudio de las percepciones se detiene particularmente en la valoración del objeto decorativo (acá el cerebro masculino quedó knockout …), en especial la decoración del propio cuerpo que tendría su raíz en la selección sexual.
Así, la capacidad de alterar el propio aspecto a través de dibujos y colores que es, en primera instancia uno de los aspectos de la vida social con énfasis en la selección sexual, se debe relacionar –según la brillante teoría que nos mantiene en ascuas- con el desarrollo perceptivo que permite a hombres y mujeres apreciar la belleza de manera diferencial.

A mí no me queda nada claro… Lo único que sé es que puedo pasearme por la casa con un
plumero de pavo real en la cabeza y que H ni lo nota. Si me compro un vestido nuevo, inevitablemente preguntará el precio y cada vez que lo use dirá “Nunca te vi con ese vestido…”
En fin, los hombres son todos iguales, no saben interpretar la belleza, no saben interpretar nada de nada. Por eso, por si acaso, para no perder la costumbre y porque en la variedad está el gusto, no pecarán de exquisitos y le dirán a todo (todas) que sí.

Al final ¡CUALQUIER COLECTIVO LOS DEJA BIEN!

jueves, 28 de mayo de 2009

El mismo día, a la misma hora

Tengo un recuerdo muy vívido de lo que hice el 28 de mayo del año pasado. No es que recuerde al dedillo lo que hice cada día de mi vida, pero éste en particular sí, por algún motivo se me ha quedado grabado. Tampoco es que haya pensado mucho en eso, simplemente lo recordé. El cerebro es como un gran ejército de cartoneros que trabaja sin descanso almacenando todo tipo de datos, la mayoría sin clasificar, uno ni sabe que están ahí hasta que aparecen y no es posible deshacerse de ellos, se empacan como mulas y no quieren irse, lo cierto es que no se van más.
Hacia el mediodía de aquel día rocé el límite de la ansiedad, en parte porque no había engullido la cantidad suficiente de tostadas con manteca que son mi combustible para arrancar la jornada. Pero más bien se debía a que no encontraba lo que buscaba, algo no estaba bien.
Salí a caminar, compré aspirinas y tampones en la farmacia que está frente al Mercado, apagué el celular, necesitaba pensar. Me entretuve paseando entre los puestos de antigüedades, un niño me pidió monedas a cambio de una flor casi marchita, un tango desconocido sonaba en un viejo gramófono, me paré a escuchar hasta que el disco se trabó y el dueño del local empezó a golpear el aparato maldiciendo como un vikingo.
Con paso rápido esquivé a las palomas que siempre montan guardia en la plaza a la espera de su dosis diaria de maníes, y regresé. De repente se había encendido una luz, un puntito que se iba ensanchando a medida que caminaba.
La idea germinó como un poroto biónico, tanto así que la estampé sobre el papel casi de corrido, sin titubear, no tuve que rebuscar las palabras ni tachar líneas, al cabo de unos minutos sólo restaba un buen pulido y allí estaba.
Un regalo, eso era.
El regalo prometido, que no admite críticas de ningún tipo pues su valor radica mucho más hondo de lo que es posible imaginar.
Lo guardé hasta que se hiciera la hora, conciente de que una vez entregado el regalo no ha de ser reclamado ni devuelto, ya que el acto de regalar es en sí mismo un acuerdo tácito e indisoluble.
Y eso es todo. La sensación de paz que sobrevino luego es ciertamente inenarrable. Quizá por ello es que recuerdo ese día tan especialmente, porque sin querer, con absoluta naturalidad, afloró todo aquello que no sabía cómo decir.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Amor de letras

No planté el árbol ni tuve hijos ni escribí el libro… aún. Sin embargo, esta vez me escribieron a mí y esto es lo que inspiré:

Claro que es lo mejor...
quitar todas las huellas...
evaporar las pistas...
que sólo el aire duela.

En claro responsorio
una fuga de aquellas…
las migajas de otoño
bailan con las estrellas.

Desabrochar el pez de la carnada,
la herida de la espuela,
el todo de la nada,
...que el menor eco muera.

Con pasión ejercer la compasión,
la estocada suprema.
Y así, en la maravilla de las cosas
donde la embriaguez de los planetas
se codea con la torpeza de las rosas,
que sólo el aire duela.

No sé bien qué significa y probablemente nunca lo sepa. El autor es de aquéllos que no se detienen en explicaciones infructuosas, tenaz aunque conciente de los límites (mis límites), inteligente, quizá la persona más inteligente que tuve el honor de conocer.
Apareció en mi casilla la mañana del día de la Patria. Él lo llamó “Rimas trasnochadas” aunque no creo que haya perdido el sueño por mí.
Me gusta este juego de musa y poeta, me halaga, dispara mi ego a lugares insospechados y me obliga a soñar un poco. Y así, de común acuerdo, sin medias palabras ni compromisos inútiles, construimos nuestro pequeño secreto que a nadie hace mal y afortunadamente nos enriquece.

martes, 26 de mayo de 2009

El infierno a la vuelta de la esquina

Si la envidia fuera ácido, lo único que rescatarían de mí sería la hebilla del cinturón.

Se hacía tarde. Volví la remera del derecho y me la puse igual, contraviniendo la regla de oro que dice que “una prenda involuntariamente puesta del revés puede hacer del día más esplendoroso un infierno inimaginable”.

La lluvia basta por sí sola para acrecentar el mal humor, pero si el sodero clava los frenos en el charco más profundo de la avenida desatando un oleaje que te moja hasta la bombacha, entonces lo mejor es no perder la compostura, dar marcha atrás y meterse en la cama con la frazada hasta la nariz hasta que el sol se ponga y vuelva a asomar.
Pero no, fiel a mi carácter desafiante y audaz, con las mechas a lo Farrah Fawcet y el paraguas batallando ridículamente contra el viento, erguí la cabeza y seguí mi camino.
Complicaciones de todo tipo, desde la bombilla tapada hasta una discusión acalorada sobre la necesidad de vacaciones de emergencia. Mejor me hubiera quedado en el molde…
Ya oscurecía cuando hice mi entrada triunfal en el chino, arrastrando el carrito con actitud resignada, la cabeza gacha. Patitas de pollo, arroz con champignones y un vino que rompa el hechizo, todos los hechizos. Pero cuando estoy llegando a la caja… ¡el horror!
Se cortó la luz, alguien gritó y cerró las puertas. De pronto era como estar ciega en una trinchera en pleno bombardeo esperando que Rambo acuda al rescate,
golpes, gente corriendo entre las góndolas atestadas de lácteos vencidos y un griterío de los mil demonios. "¡Jia qiyou! ¡Wang ba daaaaaaan! @)·($)(/%$&” ¡Qiiiiiin Na! ¡Zhongguo jiayooooooooou! %&&/·)(¿”@"
¡Ay Diosito! Ahora sí que soy boleta, de ésta no salgo ni por obra y gracia del Espíritu Santo… ¡es la mafia china que vino a buscarme!
Pero entonces –gracias, Virgencita de las Nobles Intuiciones- el acto reflejo. Tanteé a mi derecha, tenía que estar ahí, lo había visto justo al pegar la curva. “Más arriba… ¿dónde? Esto no es, esto tampoco… ¡Acá está!”
Con los ojos abiertos como platos en medio de la oscuridad, empuñé el voluminoso pinche para asado sin molestarme en quitar el cartoncito de publicidad y esperé en silencio, en la otra mano la cartera que haría las veces de escudo. Ahora sí, que vengan si son guapos.
No era cosa de terminar mis días violada y despeinada por una horda de chinos indocumentados con olor a chaw-fan. Antes me ensarto yo misma, de pié sobre los cadáveres de mis enemigos, repartiendo estocadas hasta el último aliento como el finado duque
de Nevers.
Pero súbitamente cesaron los gritos y se hizo la luz. Y allí estaba yo, con la cara desencajada y el pelo ensortijado, armada con un pinche de asado de 50 centímetros de largo delante de una pila de arvejas enlatadas. Dos señoras de edad me miraban espantadas, no era para menos…
Con toda la dignidad que fui capaz de ostentar, coloqué el pinche en su lugar, me subí el cierre de la campera y tosí delicadamente mientras caminaba con parsimonia hacia la caja, arreglándome el pelo al pasar delante de la china de la fiambrería.
En fin… aquí no ha pasado nada. Pero sí pasó, pasó que unos rateros de ocasión quisieron hacer la gran criolla y los chinos opusieron resistencia convirtiendo el supermercado en un campamento del Vietcong, sin importarles el llanto de los niños y el susto de muerte de las ancianas que, en la vorágine, por poco se orinan las medias.
Ni siquiera se molestaron en calmar a la concurrencia, simplemente continuaron su actividad como si tal cosa, ajustando compulsivamente las cámaras de seguridad y exigiendo el cambio en monedas.
Abandoné el carrito con un mohín de disgusto y reemplacé las patitas de pollo y el arroz por un buen whisky, de esos que dejan la garganta como una lija en carne viva. Y adiós, nonino.
Un día para enterrar, y todo por una remera puesta del revés…

domingo, 24 de mayo de 2009

El más grande




Adoro esta escena: el miedo, la resolución, la huída, la libertad.
Dios creó el Universo... y el genio escribió la música.

(Del film Amada Inmortal)

viernes, 22 de mayo de 2009

Reencuentro

Aquí estamos otra vez entrelazadas en un abrazo sin fin, saltando eufóricas de un lado a otro, riendo y llorando al mismo tiempo, queriendo contarnos TODO, porque pasó demasiado tiempo y es necesario recuperarlo, hacer de cuenta que nada ha cambiado, volver a soñar.
Regalos, sorpresas, una rica comida que nos permita seguir hablando con la boca llena y música de Fito, bien fuerte, no importa la hora, porque el reencuentro merece ser celebrado.
A Sofi le gusta mi hogar, a mí me gusta que le guste y estoy feliz de tenerla acá, como cuando hacíamos gala de aquella libertad sin límites de post-adolescentes rebeldes, despatarradas sobre un par de almohadones saboreando las hamburguesas grasientas que nos encantan, sufriendo por quincuagésima vez las desventuras de Camille Claudel, planeando un patrullaje a altas horas de la madrugada o quizá tan sólo llorando una pena de amor. Ah, qué tiempos aquéllos…
A la luz de las velas la vida se ve más bella y misteriosa, el parloteo no cesa, el vino colorea los rostros, es una noche mágica. Viajamos al pasado en una inmensa montaña rusa que gira sobre sí misma y en cada vuelta nos sorprende un retazo inexplorado de nuestra historia.
Nos tienta jugar al Juego de la Copa como esa vez en la casa de Natalia C,
cuando después de intentar descifrar un mensaje sin sentido se cortó la luz y creímos que una manada de poltergeists había montado campamento en el sótano. Pero esta vez no, hay cosas muy importantes de qué hablar.
Pese al frío húmedo de la medianoche, salimos a caminar por las calles del barrio. El aliento vaporoso teje nubes en la brisa nocturna y reímos a carcajadas, reímos de cualquier cosa, como las niñas que fuimos y seremos siempre.

-¿Te vas a quedar allá?
-Por ahora sí… Pero cada tanto puedo viajar.
-Ufa… te extraño.
-Yo también… mucho. Te leo todos los días, así sé cómo estás.
-No es lo mismo…


Es necesario disipar ese dejo de nostalgia que podría convertirse en tristeza y echar todo a perder. La ciudad duerme, nosotras no. Con un litro de champán en la sangre bien podemos hablar incoherencias y bailar el clásico de Las Primas “Saca la mano, Antonio…” sin que nadie nos juzgue y nos ponga en penitencia.
Bailamos, cantamos y vaciamos varias botellas hasta caer exhaustas. Mañana me espera la resaca de esta noche especial… puedo soportarlo.

-Abrí la ventana, me gusta dormir mirando la luna.

-Vos siempre estás en la luna.
-Vos también.

Nos tardamos en dormir, tomadas de la mano como cuando éramos pequeñas y temblábamos ante el ruido más sutil, temiendo que el monstruo malvado de los cuentos viniera a esconderse bajo las frazadas.
El tiempo pasa, pero hay cosas que no cambiarán jamás.

martes, 19 de mayo de 2009

La intrusa

My faith is what protects me. Why do you challenge this?
(King Arthur)


Mi castillo es un fortín a prueba de entrometidos, estoy armada hasta los dientes y venderé cara la piel antes de rendirme al enemigo. Dos dragones bien fornidos montan guardia en la entrada, velan día y noche, ante el mínimo peligro avívanse sus ojos verde esmeralda y lanzan chorros de fuego por la nariz. Me protegen, como en los cuentos.

Excepto cuando los mando a paseo porque es hora de ventilar las mazmorras y sacudir el polvo, o simplemente para simular que nada ha pasado, que soy libre como los lirios del campo, que nada turbará mi paz, que no hay moros en la costa y nadie que me quiera mal.
Es entonces cuando tu odiosa figura cruza silenciosamente el puente levadizo y con curiosidad morbosa vas recorriendo los rincones en busca de un indicio, la punta del ovillo, como cuando aún no sabías de mí. Debió ser una ingrata sorpresa pero, como si no fuera suficiente, regresaste una y otra vez, acechando en la oscuridad, espiando, siempre espiando, esperando pacientemente… ¿esperando qué?

Ahora es el después, de nada servirá que huyas o te escondas, detrás de estas gruesas paredes soy poderosa como Morgana, no podrás hacerme daño, ya no.

lunes, 18 de mayo de 2009

What "pass" to us?

Cuando yo era chica, las niñas de trece no se sentaban a la salida del colegio a pintarse las uñas de los pies con esmalte colorado. No existían las uñas esculpidas ni decoradas ni qué ocho cuartos, te las embadurnaban con quinina si acaso acostumbrabas comértelas y como mucho, pero mucho muuuuucho, podías pintarlas con brillo o con ese absurdo y ochentoso rosa nacarado estrictamente a tono con el “pintalabios”, en un composé digno de olvidar.
Ahora las chicas, las agraciadas y las que no, andan por la vida con esos flequillos moldeados en serie, las polleras muy cortas y una actitud tan pretending-to-be que más que seducir, espanta.
Vivimos rodeados de Lolitas huecas, estereotipadas, uñas rojas y pelos desmechados, todas iguales, todas cortadas por la misma tijera.
Nadie pretende que las chicas del 2000 anden por ahí leyendo Corín Tellado a escondidas o jugando a la Rayuela o bordando servilletas con hilo Perlé. Pero tampoco que su concepción de LITERATURA se vea tristemente limitada a la revista Para-Teens que, dicho sea de paso, ostenta faltas de ortografía en sus tests filosóficos del tipo de: “¿cuánto falta para que conozcas a tu próximo novio?”, “¿cuál es tu deidad interior?”, “¿todavía creés es Papá Noel?”, “descubrí tu power-hour” o “¿sos una buena roommate?”
Quieren lolas extra-large como regalo para los quince y no saben cómo cocinar una milanesa, no
saben nada de la vida, nada de nada en realidad, no es una generación de avanzada, es la sociedad que retrocede.
Uno espera que la evolución imponga nuevas reglas, que el mundo sea un poco menos “mundano”, menos Wi y más pelota-paleta, menos Photoshop, menos tetas de goma. Involucionamos en proyección geométrica, ya nada es lo que era, se destruye en lugar de construir.
Pensar que los mayas tardaron 3000 años en edificar una de las civilizaciones más trascendentales de la historia y a nosotros nos bastan un par de siglos para devastar el planeta y creernos la raza superior.
No somos nada…

domingo, 17 de mayo de 2009

The glory of the human voice

"La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté".
(Florence Foster Jenkins)




Dicen que fue la peor soprano jamás conocida, carecía de sentido musical, afinación y ritmo. Pero el público la adoraba.
Así fue que Mme. Jenkins pisó fuerte el pedestal de la fama, riéndose de la risa misma, despreciando a los críticos que con crueldad pretendían sepultar su “arte” y su felicidad. Porque era feliz, sin lugar a dudas vivió y murió feliz, convencida de la magnitud de su talento y de la cristalina transparencia de sus agudos.
Tenía don de gentes y esa voluntad de trabajar por el bien de los demás, persiguió sus ideales sin importarle el qué dirán; cuando cantaba su obra favorita, “Clavelito”, lo hacía literalmente cubierta de flores, envuelta en una burbuja de gloria donde las burlas de los “envidiosos” no hacían mella.
Esto es lo que yo llamo “luchar por un sueño”, ojalá muchos de nosotros tuviéramos el valor… Ella simplemente lo hizo.

viernes, 15 de mayo de 2009

El Pájaro de Trueno

Diciembre, 1994

-Subí que te llevo.
-¡Jajaja! ¿A dónde?
-Ya vas a ver.

Arrojé los libros sobre el asiento trasero respirando feliz, dueña y señora de mi libertad tras las interminables semanas de finales que me dejaron flaca como un faquir.
El Parsa manejaba tranquilo, cada tanto me miraba y sonreía. El cansancio acumulado actuaba como una especie de somnífero y por momentos empujaba la charla por carriles misteriosos.
Nos conocimos ese año, teníamos casi la misma edad y aspiraciones muy diferentes aunque ciertamente compatibles. Le apasionaban los autos de colección, compraba y vendía ejemplares raros y, si alguno en particular le quitaba el sueño, lo restauraba como un verdadero artesano y sacaba a pasear el carromato despertando la envidia de los amantes del género.
El Thunderbird era su niña mimada. Naranja rabioso, casi cinco metros de largo, convertible, ruidoso como pocos, tan ancho que cabía la familia entera al lado del conductor, incluida la suegra y la canasta del mate. Me recordaba la novela esa del auto poseído por fuerzas sobrenaturales que parecía indestructible, “Christine” o algo así.
Con el Parsa nos volvimos inseparables, existía una suerte de acuerdo mutuo te-cuido-me-cuidás, un afecto sincero capaz de trasponer cualquier barrera. Tenía un sexto sentido para detectar mis cambios de humor y neutralizarlos, de algún modo lograba evaporar la tristeza que me invadía cuando pensaba en mamá, la pérdida era aún muy reciente y él entendía, entendía todo sin que le explicara.

Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, disfrutando las caricias del viento en ese raro estado de calma en que nada parece importar. A medida que los semáforos iban quedando atrás el ronroneo del motor se volvía gratamente adormecedor, de a ratos tarareábamos una melodía o recordábamos alguna anécdota particularmente graciosa.
Cuando desperté las estrellas brillaban en un cielo oscurísimo, el auto se detuvo, la brisa era suave y tibia.

-¿Dónde estamos?
-Lejos, en el río. ¿Te gusta?
-Sí.

Comimos sándwiches y una montaña de papas fritas, recompensa necesaria tras días enteros de ayuno e histeria. El Parsa tenía todo calculado, champán en la heladera portátil y una caja enorme de After Eight que devoramos con fruición amontonando los envoltorios vacíos en la guantera del Thunder.
Quizá fuera la euforia de un fin de curso brillante, o las burbujas que instantáneamente se me suben a la cabeza, tal vez simple curiosidad… El Parsa me miraba distinto, yo estaba “distinta” esa noche. No hacía falta decir nada, a veces el lenguaje corporal
expresa a la perfección cosas que carecería de sentido traducir en una frase coherente, entonces hay que soltar amarras y seguir el ritmo de la naturaleza, y eso hicimos.
Si lo hubiera pensado al menos unos segundos, es probable que huyera nadando hasta la otra orilla, pero simplemente sucedió y fue tan bello que no logro arrepentirme.
Hicimos el amor con increíble ternura, allí mismo, en el asiento trasero del Thunder, bajo un mar de estrellas. Y fue la única vez, nunca jamás volvimos a tocarnos.
Sin querer, le rompí el corazón al Parsa, tanto así que al año siguiente vendió el auto porque “le traía recuerdos”, eso dijo, y cuando lo supe sentí una punzada de culpa que el tiempo no ha podido quitarme.
A veces pienso en él y lo imagino conduciendo el Pájaro a campo traviesa, rumbo al horizonte, en el sueño estoy sentada a su lado, en la radio Lisa Stanfield canta “All around the world” y el viento impiadoso nos azota la cara. Reímos como nunca, somos niños otra vez.

jueves, 14 de mayo de 2009

Madre ¿e hija?

-No me acuerdo la marca pero el paquete es naranja…
-¿Gato adulto o cachorro?
-Gata adulta.
-¿Sedentaria o activa?
-Hiperactiva.
-¿Tiene más o menos de 10 años?
-¡No sé! ¿Tenés o no tenés el alimento?
-¿Tiene sensibilidad digestiva?
-Grrrrrrr…
-Bueno, acá tenés éste para la belleza del pelaje, también hay alimento especial para gatos con sobrepeso y ahora salió esta línea nueva…
-Te la hago corta: cualquiera con gusto a pescado.
-Pero estos no son saborizados…
-¡El de la bolsa naranja con forma de pescaditos!
-Ah… ¡el común!


Ya está… con eso de “¡el común!” me hizo sentir la peor de las madres,
como si no me importara el buen comer de mi gatita que vive ajena a la crisis y deambula por la casa maullando desconsolada porque no le gusta el alimento suplente que me vendió la boba de la veterinaria.
Todavía me remuerde la conciencia por haberla desarraigado de su hábitat campestre donde era tan pero tan feliz, sólo por eso estoy dispuesta a revolver cielo y tierra hasta dar con los porotitos de pescado que tanto le gustan.
Ella lo agradece, claro que sí. Está contenta desde que pasamos más tiempo juntas, salta a mis brazos apenas me ve, refriega el hocico contra mis mejillas y se enreda como un repollito a los pies de la cama cuando me voy a dormir, como una bolsa de agua caliente con pelos.
Por lo menos me acompaña en el sentimiento, hasta es probable que entienda más de lo que aparenta, a veces me mira como si supiera, como si pudiera consolarme. Porque no es fácil
aceptar lo que viene con la actitud sumisa del que intenta no herir, hay que atajar la bronca antes de que salga disparada como un corcho de sidra y esperar, contar hasta diez, hasta cincuenta si es necesario, pensar las palabras pues una vez dichas no es posible borrarlas. Hay que domar a la fiera, como decía mamá. Por mí lo decía, qué barbaridad… No sé qué diría ahora si me viera, es evidente que no estoy a la altura de sus aspiraciones aunque las madres suelen perdonarlo todo y eso es lo que las hace tan especiales.
Catalina juega con los cordones de mis zapatillas, ronronea y eso quiere decir que está feliz. En su universo gatuno yo debo ser para ella algo así como “mamá”.
Por Dios… no sé qué me pasa, por qué toda esta angustia y estas ganas de llorar ¡si no es más que un gato!
Pero es más, mucho más, es el símbolo de lo que una vez soñé y no pudo ser… A veces no sé cómo enfrentar mi propio destino y, cuando me miro en sus ojos, ella espera algo de mí. Ojalá alguna vez alguien me necesitara tan desesperadamente como para obligarme a sacar fuerzas de donde no hay y estar siempre de pie, para sentir que no estoy haciendo todo mal, para saber que vale la pena.


martes, 12 de mayo de 2009

Tan lejos, tan cerca

Anoche soñé que volvía a encontrarte.

Esta extraña manera de comunicarnos, de estar pendientes, de acompañarnos, de intentar en silencio adivinar lo que nadie se atreve a preguntar.
Sé que estás ahí, al otro lado, que no te has ido... ¿Por qué? ¿Por qué no puedo dejarte ir?
Es como si una fuerza misteriosa te trajera de regreso cada noche, la misma fuerza que me impulsa a continuar, a querer cuidarte en la distancia, tan cerca y tan lejos, redescubriendo para vos las Letras y Cuentos que son parte de nuestra historia, escondiendo en las palabras un mensaje de amor que inunde tu alma y disipe para siempre la duda, el orgullo, el rencor…
Quizá ya sea tiempo.

domingo, 10 de mayo de 2009

Solista

Ni puta ni ángel. ¡Io sono el INTELLETTO!
Así lo dispuso Dios… o el maestro S, que para el caso es exactamente lo mismo. Dijo que mi voz es sensualmente intelectual o intelectualmente sensual, no sé, algo así, y semejantes palabras
puestas en su boca son como el Martín Fierro Revelación a la coreuta ignota que un día quiso ser solista.
Ardua tarea me espera, mucho texto, solos, dúos y un coral a seis voces que es un verdadero enredo armónico. Lo que me preocupa sobremanera es el disfraz porque… ¿de qué se viste el Intelecto? ¿es hombre o mujer? ¿es gay? ¿podré pintarme los labios? Aunque al menos no tendré que calzarme la aureola de angelito, lo cual ya es bastante alentador.
Pero es como todo, al final uno siempre ambiciona lo que no tiene. El petiso quiere ser alto, la de rulos quiere pelo lacio, y en el dúo con el Consiglio, donde tengo la bonita parte del “Ciel” yo quiero la del “Inferno” que es potente y tenebrosa. No hay caso, no la pego nunca.
Fuera de ello, estoy requetecontenta con este inesperado debut y más aún con la sonrisa cómplice del maestro S que me mira como Pigmalión habrá mirado a su estatua.

Rappresentazione de Anima e di Corpo (Emilio de Cavalieri)
Scena Terza
Intelletto (solo)

Ahi… chi potrá satiare queste mie voglie avare...
¿La Richezza? Nó, nó, Che me satiar non pó.
¿L’honor? ¿Ma che mi dá, se piú bramar mi fa?
¿Piacer? ¿Ma che mi giova, se mi dá sete nova?
Una cosa io vorrei, che so la puó satiar gliaffetti miei
Vorrei nel cor impresso quel ben, ch’ogn altro ben chuide in se stesso
Vorrei, se tanto desiar mi lice, esser in Ciel con Dio sempre felice.

Ay… quién podrá saciar este mío deseo avaro…
¿La Riqueza? No, no ¿qué me puede saciar?
¿El Honor? ¿pero qué me da, si me hace agitar?
¿El Placer? ¿pero qué me conviene, si me da nueva sed?
Una cosa, yo quisiera, que sólo puede saciar mis sentimientos
Quisiera en el corazón impreso aquel bien que todo otro bien contiene en sí mismo
Quisiera, si tanto desear me fuera perrmitido, estar en el Cielo con Dios, siempre feliz.

viernes, 8 de mayo de 2009

Not for me

Las noticias vuelan… Si no, pregúntenle al portero cómo de la noche a la mañana se enteró de mi aversión al volante y ahora me aprisiona en el ascensor con el firme propósito de convencerme de las bondades del arte de manejar. Hasta me ofreció su auto “que tiene caja automática” para empezar a practicar, hasta que me acostumbre y pueda entrar al reino de la palanca de cambios.
Bueno… no es un portero cualquiera, es el mandamás del edificio donde trabajo, un anciano de edad incalculable que sabe todo de todos, tano del Norte, orgulloso y
cascarrabias pero de buen corazón, viste trajes Christian Dior que el consorcio paga sin rechistar y se pasea en un Mercedes bien bonito al que cuida como a un hijo bobo.
Ahora está empeñado en enseñarme a manejar, como si fuera su última misión en esta tierra…
¡Pero a mí no me gusta manejar! No quiero, no me sale, carezco del talento y la paciencia, encadénenme a un piano ocho horas al día con los estudios virtuosos de Moszkowski y juro por essssta que no emitiré la más mínima queja aunque se me agarroten los metacarpos, pero manejar ¡no, no y no!
Está claro que si soy víctima de un embotellamiento en plena avenida metropolitana, agarro la cartera, el portacosméticos, el paraguas y un libro, me bajo del auto, trabo las puertas y me voy a pié. Y que se lo lleve la grúa, esas cosas no son para mí.
¿Estacionar? No sé qué quieren decir con eso, no entiendo la marcha atrás, no sé cómo hay personas que pueden maniobrar milimétricamente y encastrar el auto donde no cabe ni un alfiler. Podrían pasar horas hasta que logre acomodarlo a un metro del cordón, sudando la gota gorda y vociferando a los cuatro vientos, y después me atormentaría la idea de no poder sacarlo de allí y lo odiaría con toda el alma, me imagino pateando las cubiertas en pleno ataque de
histeria, pegando carterazos en el capot, llorando a moco tendido contra la ventanilla empañada porque soy incapaz de hacer algo tan sencillo como “manejar un auto”. Guaaaaaa!!!!!
Tuve muchos maestros, algunos muy buenos, el último quizá fuera el mejor, o por lo menos el más paciente, pero rehusé de plano sentarme al volante de su auto caro. Manejar es misión imposible para mí, ni siquiera siento la tentación, no es normal, no soy normal…
What a fuck! No sé qué será de mí, mañana toca intentarlo otra vez y no se me ocurren excusas para echarme atrás.

jueves, 7 de mayo de 2009

Chaste et pure



No me gusta Kraus y menos disfrazado de Pitufo… pero reconozco que su versión de la Cavatina es insuperable. Ya no hay duda, Fausto era francés.

martes, 5 de mayo de 2009

Ballerina

El salón era inmenso, espejado de punta a punta, el piso de madera lustrada exhibía restos de resina, en un extremo el piano y ventanales antiguos apenas cubiertos por cortinas de muselina. Allí dentro era posible respirar un aura agraciada, liviana, etérea.
Malla negra, medias rosas, zapatillas rosas, pollerín rosa (¡puajjjjjjj!), prohibidas las alhajas y “el cabello cuidadosamente recogido en rodete alto con redecilla negra o invisible”.
Ana María era muy estricta con el vestuario, no se cansaba de repetir que “una bailarina debe lucir siempre impecable”. Había sido primera figura en el ballet nacional de Venezuela, tenía el gesto austero y la mirada infalible, se pasaba toda la clase caminando a paso lento marcando los tiempos con su bastón de caña.

“Derecha la espalda, meto cola y empujo el abdomen. Mirada al frente, eso es… Inspiramos lentamente y un, dos, tres, cuaaaaaaatro y subo. ¡Sin levantar los hombros! Otra vez… grand-plie leeeeentoooo ¡más lento! y subo empujando los talones hacia el piso…”

Perfection. Así la recuerdo, corrigiendo los degages y rond de jambe con precisión suiza. Al final de cada clase nos regalaba una improvisación al ritmo de un bonito adagio, elongación y belleza cuando el cansancio comenzaba a entumecer los músculos, luego el aplauso y un beso de despedida.
Por aquel entonces mi vida corría contra el reloj… colegio, música, pintura, ballet y clases de tejido. Mamá se las ingeniaba para combinar los horarios como un encastre a prueba de imprevistos. Pero bailar era entonces mi gran ambición.
Tenía ese problema con las zapatillas de punta, igual que Cinthia. Demasiada fuerza en los
tobillos, eso decían, la cosa es que no duraban nada y el gasto en zapatillas nos estaba llevando a la quiebra. Mamá las mandaba al zapatero que apuntalaba la suela con clavitos pequeños. “Con esto va a tener zapatilla para rato”. Pero claro, el arco quedaba tan tieso que al final me iba a terminar quebrando el peroné.
Me caía bien Cinthia, era bruta y poco delicada, la perfecta antítesis de una bailarina, pero me hacía reír y tenía un grand ecart digno del mejor contorsionista. Nada que ver con Marité y Sheila –qué nombre feo “Sheila”- que parecían encapsuladas en una burbuja de no-me-mires-ni-me-toques.
Marite tenía ojos verde agua, parecía una muñeca de porcelana en versión anoréxica, vivía en una casa de lo más coqueta y todos los chicos del barrio querían besarla. Sheila no era bonita pero, según Ana María, era poseedora del empeine más perfecto al que una bailarina puede aspirar. Andaban siempre juntas, murmuraban en los rincones y reían por lo bajo, a veces nos miraban como si les debiéramos algo.
Marité finalmente abandonó la danza. A Sheila le fallaron sus magníficos empeines y cayó
redonda sobre el escenario en aquella memorable puesta de Coppelia. De las tres “amigas de Swanilda” quedamos dos, Sheila se fue llorando tras las bambalinas y no volvió a bailar.
Ana María fue mi última profesora, quizá la que mejor recuerdo. Cada tanto me calzo las zapatillas e intento unas pirouttes, ya no tengo la misma habilidad aunque sí la actitud.
Algo han logrado conmigo, después de todo.

domingo, 3 de mayo de 2009

Tristementa



Hoy es uno de esos días en que no logro despegar.
De nada sirven las compresas heladas que guardo celosamente para los casos de vida o muerte, parezco Frankenstein con los párpados recién cosidos y lo peor es que no me importa.
Demasiadas cosas dejaron de importar… Es como si una parte de mí se hubiera apagado y ya no pudiera resucitarla.
A veces “escribir” es un intento para desahogar la pena, pero si publicara todas las barbaridades que escribo de seguro vendrían los hombres de blanco a ponerme el chaleco.
Arrastro el cansancio de la no-respuesta, semanas golpeándome la frente contra una realidad que no es la mía, estoy harta de armar y desarmar el rompecabezas, ya no quiero más.
Es inútil negarlo, una parte de mí se quedó con él… la parte feliz.

viernes, 1 de mayo de 2009

Mayo


Otro mayo.
La madurez del otoño teje curvas en la enredadera que de a poco abandona el peso de su gloria bordando el piso con rojos raros.
El sol, cada vez más ralo, no se rinde. Noches tibias, mañanas claras para salir a caminar.
Y ante el primer frío, uno viste botas y bufanda como estrenando ropa nueva y se va al café, si es en esquina mejor, a leer un buen libro o el diario.