jueves, 30 de julio de 2009

La mujer más hermosa de la República

Felicitas era una niña bien de la sociedad porteña.
La mayor de varios hermanos, acunada desde la más temprana infancia en los brazos de su buena nana Edelmira, floreció a la vida entre románticos folletines y dulces vidalas que cantaba con voz de ángel para deleite de su círculo más íntimo.
Apenas dieciséis años, fue prometida en matrimonio al hombre más próspero de la época. Las tierras de Álzaga se extendían a lo largo y a lo ancho del país, su hacienda era el orgullo del campo
argentino.
Se amaron, a la manera en que una tierna adolescente es capaz de amar a un hombre que triplica su edad. Él la adoraba.
Tuvieron dos hijos. Ninguno sobrevivió. A la tristeza de esta doble pérdida, se sumó luego la muerte de su esposo.
Joven, viuda y estanciera…
Dicen que era muy bella lo cual, sumado a su vasto patrimonio, atraía decenas de pretendientes a quienes, cuando mucho, premiaba con una sonrisa y alguna mirada distraída.
Felicitas amaba sus tierras, en especial la hermosa estancia “La Postrera” cuyos montes bebían las quietas aguas del Salado. Quiso empuñar las riendas del negocio y no se lo permitieron. ¿Dónde se vio a una mujer ocupar el lugar que ha sido predestinado a los hombres?
Sin ceder un palmo en sus convicciones, alternaba la vida del campo con el sosiego de su querida quinta de Barracas, la quinta de Álzaga.
Un día se enamoró y la felicidad inundó sus ojos de un brillo resplandeciente. Volvía a vivir.
Fue entonces cuando el capricho del destino tronchó para siempre su juventud. Un infeliz pretendiente de apellido Ocampo, presa de una pasión enfermiza que dejaba
traslucir en peligrosas y reiteradas amenazas, se entregó a la furia de su amor no correspondido y la asesinó cobardemente en la puerta de la quinta. Luego se quitó la vida… o se la quitaron. Eso nunca quedó claro, el arma desapareció en el acto.
Felicitas se convirtió entonces en mito, leyenda y fantasma. Sus seres queridos la lloraron durante años y le rezaban como a una santa.
Dicen que el alma vaga ausente bajo la bóveda de la iglesia que sus padres erigieron para honrar su memoria. Cada 30 de enero, los espíritus sensibles han de escuchar sus lamentos y, si la ocasión es propicia, quizá entrevean una forma blanca y vaporosa deslizándose silenciosamente en la penumbra del templo.

Tarde o temprano, la apasionante y desgarradora historia de Felicitas Guerrero tenía que ser filmada. Pero no era necesario hacer de su vida un montaje épico basado en distorsiones pretenciosas que nada tienen que ver con la realidad de la protagonista.
Bonito vestuario, magnífica fotografía, un guión que flaquea por momentos y se alarga injustificadamente.
Muy lejos de nuestra inolvidable “Camila”, la puesta de Constantini es un precario señuelo para un público sediento de cotilleo histórico, esos que se muestran conmovidos ante la muerte de Felicitas y por lo bajo insinúan… “Algo habrá hecho”.


martes, 28 de julio de 2009

The sale of a lifetime

Qué creativo se vuelve el ser humano en el dolor…
Como Jasper Joffe, un artista británico abandonado por su novia y su galerista, que no ha tenido mejor ocurrencia que vender “toda su vida” en una exposición y empezar de cero otra vez.
Claro que no puede vender los recuerdos, si fuera tan fácil el mercado quedaría saturado en segundos.
Jasper ansía cambiar por completo y “renacer”. Desprenderse de todo y quedarse con lo puesto, literalmente.
No es que me guste su obra, de hecho no me gusta en absoluto, pero la idea me dejó pensando esta mañana mientras masticaba mis baybiscuits con dulce de leche.
Es absurdo imaginar que se puede empezar de nuevo tras sufrir un despojo semejante. Todos los afectos, las emociones, alegrías y tristezas, decepciones, fantasías… la vida entera traducida en objetos que son símbolos, hijos, expresiones de la voluntad o el sentimiento… todo rematado al mejor postor como trapos viejos carentes de interés.
No podría vivir sin mis objetos preciados y no es que peque de materialista, el valor es netamente afectivo, mis cosas no tienen precio, se trate del Jaeger-Le Coultre o del disfraz de Blancanieves o del cassette de Flashdance.
Imagino un testamento en el cual legar sabiamente cada objeto a quien más sabría apreciarlo, una forma de permanecer, de alimentar el recuerdo.
Sé muy bien a quien dejar mi piano, las zapatillas de punta, la colección de agujas de crochet y el
vestido de novia. Incluso sé quién cuidaría de la gata y una-que-yo-sé mataría por el abanico andaluz de la abuela.
La pregunta del millón es a quién dejar éste, mi tesoro, el baúl de mis secretos… Alguien capaz de entender sin prejuzgar, que sepa cuánto me importa, que pueda leer entre líneas las cosas que no sé cómo decir. Alguien que sea merecedor.
Él sabe, yo sé… digan lo que digan, no puedo pensar en nadie más.

domingo, 26 de julio de 2009

Doble filo

El tiempo se nutre de la ansiedad de la espera.

Su mirada es azul y turbulenta como el océano en movimiento. Tiene la palabra inteligente, la ironía sutil, las manos expresivas como las de una bailarina o un mimo.
De un vistazo es capaz de sondear los más recónditos pensamientos. Sabe lo que quiere, no hay obstáculo que se interponga en su camino, no importa cuán inalcanzable parezca la meta.
Los sentimientos no le incumben, es probable que carezca de ellos casi por completo.
Su esencia es tan inquietante como hipnótica. Inútil resistirse.

Sin embargo, esencia y presencia no articulan la misma melodía. No hay punto de confluencia que entrecruce nuestros destinos más allá de una elaborada seducción epistolar.
El caballero de las palabras bonitas se ha rendido al fin. Con ironía no carente de frustración, ha dicho claramente que no insistirá más.
Me alivia comprobar que ha levantado el asedio, mas temo haberlo ofendido con tan delicado desdén y que esta tregua sea sólo el inicio de una guerra despiadada y brutal.
Correré el riego si es necesario. Mis murallas son inexpugnables para él, ahora y siempre.

NO CONTINUARA (Espero…)

viernes, 24 de julio de 2009

Dime con quién sueñas...

Necesito un gurú de los sueños, alguien capaz de interpretar mi locura y desmadejarla hasta la más minuciosa comprensión.
Las imágenes no se han borrado del todo aunque pierden nitidez con el paso de las horas. Hay sueños casi indelebles, algo distorsionados después de darlos vuelta del derecho y del revés en busca de un sentido más o menos racional.
El último fue un sueño original con elementos repetidos. Muy vívido, muy real. Esto es más o menos lo que recuerdo:

Una casa que no-es-mi-casa. Camino por un pasillo de la planta alta, hay puertas entreabiertas a los costados pero no les presto atención. Entro en el dormitorio del fondo. Es media tarde, el viento arremolina las cortinas, el cielo se ve opaco como el plomo.
Desde el balcón observo un jardín descuidado donde corretea una docena de patos. Algunos tienen corbata. Los graznidos ensordecen el aire.
Cierro la ventana y miro la hora. Un auto destartalado se detiene al otro lado de la calle. Mujeres y niños van bajando uno tras otro, algunos entran en la casa y no me resulta extraño, los esperaba, aunque no sé quiénes son.

Aquí experimento un “blanco” total, quizá desperté y volví a dormir. Luego la escena cambia radicalmente.

Tengo una criatura en brazos. Es una niña. No se parece mucho a mí pero que es mi hija. Tiene un ojo azul y otro negro, este último un poco más grande, las pestañas son larguísimas y se curvan con elegancia. Me mira y sonríe desbordante de alegría. No tendrá más de dos meses y ya sabe dar
besos.
Mamá entra en la habitación para llevarse a la niña pero me rehúso, es mía.
Estoy otra vez en el pasillo de aquella casa. Mi perro revolotea con ánimo juguetón y mamá le acaricia la cabeza. Pero, cuando retira la mano, veo una araña abriéndose paso entre el espeso pelaje. Intento quitársela y entonces la araña crece, multiplica asombrosamente su tamaño.
Retrocedo espantada. La niña continúa riendo y me mira con su ojo negro cada vez más grande, mamá no es mamá, está extrañamente desfigurada, y la araña adquiere el aspecto de un pequeño monstruo de carey con patas mecánicas.

Eso es todo. Me sorprende la facilidad con que puedo evocar los detalles, dudo mucho que las imágenes se borren del todo y eso es lo más preocupante.
En fin… Si alguien pudiera echar algo de luz sobre este atolladero, de seguro dormiría más tranquila.

martes, 21 de julio de 2009

Reminiscencias

O el trillado caso de la alumna y el profesor...



A la hora de volver a escucharte prefiero tu juventud llena de vida, cuando los vapores del éxito no opacaban aún el maravilloso brillo de tus ojos claros.
Qué sorpresa esta interpretación tan precisa, tan criolla. Fueron las obras que elegí (elegimos) para la funesta audición de aquel año aciago, la que catapultó el final de mi vertiginosa carrera, la que nos alejó definitivamente.
No tuve suerte con las danzas de Ayala, nunca pude arrancarle al Gato ese espíritu vivaz que era tu especialidad, nunca sonó en mi guitarra ni la mitad de bien que debiera.
Pero no era Ayala, ni el Gato, ni las interminables horas de técnica que me dejaban los dedos entumecidos y la espalda maltrecha. Eras vos, tu aliento, tu calor, promesas vacías que creí a rajatabla con la tímida ingenuidad de la edad en que el amor es un cuento de hadas.
Jugamos un juego peligroso, no quise oír las advertencias, te amaba locamente… Pero nada te importó, me dejaste caer en un abismo del que, poco tiempo después, un dolor infinitamente más grande me rescató. Y aún así, no te guardo rencor.
Maestro… ¿Maestro?
Ironías del destino, la vida que rueda incesante y nos pone frente a frente una vez más. Hoy paso por tu lado y no siento nada, excepto compasión por tus arrugas y la satisfacción de saberme poderosa desdeñando tus miradas que me buscan entre el público.
No volverás a encontrarme.

domingo, 19 de julio de 2009

Digas lo que digas

Es más fuerte que yo. Indudablemente carezco del don de cerrar-la-boca-a-tiempo lo cual, sumado a la diabólica trilogía obsesión-capricho-desubicación, me convierte en un instrumento muy peligroso, sobre todo para mí misma.
Un poquitito de agua estancada y cultivo un pantano apestoso lleno de mugre y porquerías mohosas, trago barro, trago y escupo, y no lo puedo disimular.
A veces pienso que estoy por lograrlo, espero calladita a que alguien más lo diga y entonces ¡zas! con una fuerza involuntaria, de pronto respiro hondo y hago estragos.
Ni siquiera se trata de recopilar información, no hay esfuerzo ni estrategia ni nada que valga la pena. Es lisa y llanamente la incapacidad de callar, así se trate de combatir una injusticia, castigar la inoperancia o sencillamente llevar la contraria.
“Todo lo que diga podrá ser usado en su contra…”
Y lo peor es que lo digo a destiempo, como hoy.

viernes, 17 de julio de 2009

Malos pasos

Esta mañana bajé de la cama con la sensación de estar bailando sobre carbones encendidos, mis pies de hada como empanadas salteñas recién salidas del horno. Diosssss…
No me pasaba desde que era muy niña y ya, en aquel entonces, mamá decía que era una afección de “gente vieja”. Durante un tiempo temí que pudiera tratarse de una degeneración acelerada de mi precoz humanidad, una extraña descomposición de los tejidos sin causa ni remedio, quizá una suerte de metamorfosis capaz de convertirme en un alien colorado y picoso. Soñaba con amputaciones y sillas de ruedas, el dedo
gordo flotando en un frasco con formol en el laboratorio de un médico loco y mamá tratando de arreglar el desastre con alguna de sus pomaditas.
El recuerdo me sobresaltó como un chasquibum en las pantorrillas... Más o menos doce años, sentada frente al televisor con los pies en alto, de vez en cuando cedía a la tentación de rascarme con voracidad los deditos enrojecidos e inflamados. Me vi con prístina claridad, como si fuera ayer, enfundada en el horroroso pantalón de corderoy azul -regalo de tía Titina- y el pullover “bouclé” que tejí a regañadientes sólo porque a mamá le en-can-ta-ba la lana que, para mi desgracia, era rosa y peluda y picaba como una parvada de jejenes furiosos. Todo me picaba en esos días…

-¡Dejá de rascarte!
-Me pica.
-Si te rascás es peor.
-Ufffffa… ¿Cuándo se van los sambayones?
-Sabañones, sa-ba-ño-nes… Tené paciencia y ponete las medias que te vas a resfriar.
-“/&%$3%@ …TAMADRE!
-¡Te escuché!


Sabañones. No conozco a nadie que los haya padecido, o será que es un secreto inconfesable… como los juanetes. La gente no dice que los tiene pero se les nota en el andar, al fruncir el ceño en un acceso de dolor que intenta pasar desapercibido.

Como sea, no debe haber peor pesadilla que caminar el invierno con los pies entumecidos, hinchados, los dedos rojos como tomatitos y una picazón épica.
No sé si podré calzar otra vez mis sensuales stilettos… de momento, no hay manera. Por estos días mi vida se refugia entre pantuflas y baños tibios de agua salada. Evito rascarme para no agravar las cosas pero ya me dan ganas de apelar a los grandes recursos y cortar por lo sano.
Como el cuento de los zapatitos rojos, no el que le cuentan a los niños pequeños sino la versión original, la escapada de la tortuosa imaginación de Andersen, cuando la muchacha suplica al verdugo le perdone la vida y éste, en un acto de magnanimidad, le corta los pies para que pueda dejar de bailar.
En fin… Salvando las distancias, es una alternativa que no hay que descartar a la ligera.

martes, 14 de julio de 2009

Jaque a la Dama


-Leyendo tus líneas me encontré con una sensación particular: el contraste con los prejuicios que me he inventado sobre vos, desde que te miro sin ser visto...
-¿Qué prejuicios?
-Tímida, aristocrática, fría, desconfiada, cerebral, maniatada, altiva... Hasta acá, como verás, nada original.
-…
-Pero el prejuicio principal, que proviene de cómo te veía en el contexto mundo-gestos-canto-pasos era el de “fuego acorralado entre las murallas de un pergamino luminoso” ... Mi capisci?

¡Faaaaaaaa!

(Ahora mueven las blancas…)

domingo, 12 de julio de 2009

My secret garden

Un rayo de sol juguetea entre las rendijas de la persiana dibujando reflejos rojizos en mi pelo. Permanezco agazapada bajo un mar de acolchados plumosos, ni sueño asomar la punta de la nariz. La brisa fría hiela las ventanas, el canto tímido de los gorriones rasga el silencio de esta diáfana mañana invernal.
Soy soberana en mi pequeño reino sin horarios ni rutinas. Por una vez no hay quien diga lo que tengo que hacer, nadie que me obligue a salir de la cama. Y en este sublime instante de ocio bien merecido puedo estirarme como un bucle sedoso y flexible y danzar como las nereidas bajo la tibieza de las sábanas. Un roce fascinante que arrebata los instintos, piel y sudor, un ardor que anega los poros y esclaviza los sentidos, avasallador, dictatorial…
Bendito seas orgasmo de mediodía, bendito el segundo también y las tostadas con manteca que son su consecuencia natural y necesaria para recuperar la energía y la cordura.
Aaaaaaaaaaaaaah…

sábado, 11 de julio de 2009

Un cuento de Nasrudín



Iba La Peste camino a Bagdad cuando se encontró con Nasrudín.
Él le preguntó: "¿A dónde vas?"
La Peste le contestó: "A Bagdad, a matar a diez mil personas".
Después de un tiempo, La Peste volvió a encontrarse con Nasrudín.
Este, muy enojado, le dijo: "Me mentiste. Dijiste que matarías a diez mil personas y mataste a cien mil".
Y La Peste respondió: "Yo no mentí, maté diez mil, el resto ... murió de miedo".
("Cuentos sufíes" de Idries Shah)

viernes, 10 de julio de 2009

Little Princess

Nació Renata, mi futura ahijadita.

Es toda regordeta, movediza y rosada. Abre los ojos muy grandes mirando con sorpresa las luces a su alrededor, se asusta fácilmente y emite extraños sonidos guturales, sonidos de bebé, llantitos y quejidos que mantienen a todos en vilo.
Me siento distinta acunándola en mis brazos, le canto despacito fragmentos de algún dulce madrigal y descubro su mirada detrás de las tupidas pestañas.
Quizá algún día… Pero no quiero pensar en eso, hoy es un día feliz.

jueves, 9 de julio de 2009

Habanera





(Maria Ewing, Habanera, Opera Carmen de Bizet)

Desafiando las críticas autorizadas, diré que a mí me gusta la Ewing. Con esa boca jugosa y obscena que la convierte en una Carmen casi degenerada, una boca moldeada para cobijar los armónicos que le envidio apasionadamente.
Hay mejores, pero no me llegan.

lunes, 6 de julio de 2009

Rima



Tras varios días de silencio, cabía esperar que la odisea hubiera finiquitado. Pero no, el caballero de las palabras elegantes ha vuelto a la carga, al parecer, con energías muy renovadas.

Acabo de recordar una tonta rima con la que me paseaba hipnotizado por Madrid hace años, sin saber por qué... y naturalmente, antes de conocerte:

"Isabelle ... elle est belle..mais Ou est elle?"

Como es de suponer, no estoy a la altura para responder apropiadamente. Tendrá que esperar o sencillamente abdicar.

domingo, 5 de julio de 2009

Cuarentena

El comunicado oficial del maestro S reza: “Retomaremos los ensayos… no se sabe aún… según evolución de la enfermedad y su consecuente pánico…”
Sin ensayos, sin Fauré, no sé qué haré ahora para no morir de hastío. Porque ya decidí que la gripe no me dañará más de lo que estoy dispuesta a tolerar; dicho de otro modo, no creo que
al virus le agrade convivir conmigo, a lo sumo un toso-and-go, sin barbijo ni alcohol gelificado ni baños de lavandina concentrada.
Como “es preferible reír que llorar” y “la vida es corta” y bla bla bla… pasé por el video y revolví cielo y tierra hasta dar con el clásico que resume esta disparatada psicosis colectiva: OUTBREAK (Epidemia).
Pegué un manotazo a la última copia disponible ya que, al parecer, se ha convertido en un éxito de taquilla gracias a la pandemia. Y aquí estoy, apoltronada sobre una montaña de almohadones mullidos, con mi chocolatada espumosa y vainillas, muchas muuuuchas vainillas, observando atentamente como Hoffman y Russo, disfrazados de astronautas naranjas, intentan impedir una masacre insensata como único recurso para detener la propagación del virus.
Ahora sólo me falta releer a Preston -si es que todavía duerme en mi biblioteca- y hacer pública su visión apocalíptica sobre la extraña lógica de estos microorganismos.

"Los virus invaden la especie humana porque cada vez somos más
numerosos. En la naturaleza, cuando las poblaciones crecen en forma desmesurada y adquieren gran densidad suelen aparecer enfermedades víricas. De esa manera, la población disminuye. Es el mecanismo natural de control de la población. Ocurre con los roedores, con los insectos y hasta con las plantas. Y no hay razón para pensar que la raza humana esté exenta de las leyes de la naturaleza".
(THE HOT ZONE, Richard Preston)

sábado, 4 de julio de 2009

La marca de Caín

“Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido.”

Tercer grado, 1982.
La edad de la inocencia no era óbice para escapar del humillante acto de confesar los pecados ante el cura del colegio. “No más de diez minutos porque hay que volver a clase”, así todas sin excepción, con carita de humildad y contrición, íbamos pasando de a una por estricto orden de arrepentimiento.
Había que “limpiar el alma” antes de la Primera Comunión y nos asustaban con eso de que el Bautismo sólo borraba el pecado original y los otros, t-o-d-o-s los otros quedaban atrapados ahí hasta que el cura los escuchaba, los absolvía “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y nos dejaba ir en paz con una ristra de Padrenuestros y Avemarías a modo de penitencia (o garantía), sin mencionar el Pésame que había que recitar frente a él, con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, si una quería salir airosa y blanqueada de todo el embrollo.
“Si hay pecado, no hay Comunión”, repetía la Hna. Resignación y lo grave del
asunto es que, desde la absolución hasta “el gran día”, había que resistir estoicamente “toda ocasión de pecado” so pena de postergar la fiesta y que se echen a perder los sanguchitos.
Fue la semana más larga de mi vida. Me mordía la lengua para no responder a las provocaciones de mis hermanitos, ayudaba a mamá sin chistar y rezaba cada noche una decena del rosario y tres Sagrados Corazones, por si acaso adicionaba un santo extra porque siempre es mejor que sobre y no que falte, y después me iba a dormir con mi angelito de la guarda.

Los días transcurrieron lentamente entre pruebas de vestuario y regalitos de ocasión, como el rosario de nácar que mamá compró especialmente para mí y el primoroso librito de oraciones que todavía conservo bajo una nube de algodón y naftalina. Con todo, me sentía acolchonada en una ola de beatitud incontrastable.
Hasta que llegó el viernes, una tarde calurosa y húmeda de octubre, y la Hna. Resignación nos “soltó” en el patio mientras esperábamos el micro. A Vivian se le ocurrió jugar a no sé qué “mancha”, una inventada por ella porque Vivian era de las que inventaban juegos nuevos todo el tiempo. Confieso que no lo pensé mucho, a esa altura el aroma de santidad no alcanzaba a reprimir las ganas de una fabulosa carrera por los patios inmensos del colegio.
¡Fue maravilloso! Correr libre y desprejuiciada, los pelos al viento, gritando con toda la fuerza de los pulmones, ¡FELIZ! Hasta que me embistió la gorrrrda de Solange… Creo que apenas me rozó la espalda pero no la vi llegar, ni siquiera recuerdo cómo en segundos fui a parar de lleno contra la columna, la boca partida al medio y sangrando copiosamente, la frente inflada como un buñuelo, y muchas manos tirando de mí, queriendo levantarme del piso, palpando las posibles roturas.
“Una desgracia con suerte”, eso dijeron, pero mi cara quedó desfigurada… Cuando mamá se aseguró que estaba ilesa, casi me mata. Gritó cosas feas, dijo que tenía un “carácter incorregible” y que ya no sabía qué hacer conmigo, que Jesús no me iba a querer en el Cielo, que era una mala hija y, como corolario, la frase que más escuché a lo largo de mi infancia: “¡Me vas a matar de un disgusto!”.
Entonces pequé y fue un pecado horrible. Dije que había sido culpa de Solange, “¡ella me empujó!” y no era cierto pero lo creyeron porque la pobre Solange era un mamut disfrazado de colegiala, torpe por naturaleza, acostumbrada a cargar con la culpa de cualquier accidente escolar por el solo hecho de haber nacido sobredimensionada.
Mamá se suavizó un poco aunque me miraba con reproche por lo del labio roto y porque el fotógrafo no sabía desde qué ángulo disimular la masacre de mi cara.
A Solange la retaron tanto que casi se queda sin Comunión pero, al terminar la misa, se acercó y me susurró al oído algo que me obsesionó durante años: “Yo no te empujé una mierda, pero la próxima vez te tiro por la escalera. Acordate.” Y se alejó gruñendo según su costumbre, no sin antes propinarme una patada de colección en el tobillo que me dejó sin aire y sin respuesta.
Vaya si aprendí la lección… Solange podía ser muy peligrosa si la provocaban.

El hecho es que mi alma no estaba del todo limpia aquel gran día. Más tarde confesé la mentira pero, aunque cumplí todas las penitencias y me disculpé públicamente, no estoy segura de que me hayan sobreseído del todo. Lo peor es que seguí viviendo bajo la amenaza de Solange muchos, muuuuuuchos años más.

“… y prometo firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Amén.”

viernes, 3 de julio de 2009

Gato con botox

Vida de reina, un marido codiciado, viajes en first class y los abdominales más marcados de la farándula argentina. María supo ostentar una figura envidiable y natural; en la cumbre de su carrera vendía moda y tendencia… ¿quién no recuerda las viejas tapas de revista de la “modelo del momento”?
Pero el tiempo pasa y, aunque la madurez suma encanto, también traza arrugas y la belleza se escurre como agua entre las manos. La vejez de la mujer es extremadamente cruel, todo cae, todo cede ante la fuerza de gravedad, la juventud es una triste margarita deshojándose en el viento.
Pero hay muchos que, al igual que María, pugnan por lucir eternamente jóvenes y “lisos” e inician el peligroso trayecto en reversa, una experiencia adictiva de consecuencias impredecibles.
Salen de la “casita del horror” con la cara rellena como una bomba de crema y se pasean por la vida como clones inflamados de redondeces extrañas. “El antes y el después” desata odiosas comparaciones, la reflexión se torna inevitable y el comentario destila mordacidad.
María, María… Si eras linda como una tarde de primavera, ¿qué haces ahora con esa boca de superpancho? Tenés más plástico que un Playmobil, si hasta el pelo es una pesadilla de Tim Burton…
Lo peor es que ella no lo sabe, no importa cuánto colágeno se esponje bajo sus pómulos, nunca ¡nunca! será suficiente. Y un día no muy lejano su bella identidad morirá prisionera de una máscara amorfa y asexuada, el viaje sin retorno… entonces María será sólo “una más”.

jueves, 2 de julio de 2009

Nirvana

Si no logro estallar, cuando menos, quiero dormir mil doscientos años y despertar amnésica de todos los malos recuerdos, si es posible de buen humor y sabiendo manejar, nadar y tocar el piano como un Mozart precoz.
BRONCA. Una bronca densa que me abraza como un pulpo, me enardece, me agota. Imagino violencias vandálicas, apuñalar, despellejar, retorcer, quemar, descuartizar. Ansío destruir, cualquier cosa, no importa qué. Encerrarme en
el baño y cortarme el pelo, pero todo ¡t-o-d-o! y después golpear el espejo hasta convertirlo en esquirlas. ¡Gritar! Un alarido profundo desde el fondo de las entrañas, que la tierra tiemble y el viento cese. Clavar las uñas hasta hacerlas sangrar y llorar la agonía, histérica, insumisa, llorar por última vez.
Debería ser al revés, el curso normal BRONCA-CANSANCIO-PENA y después ahogar la depresión en un litro de alcohol, o más. Pero esta furia tardía evade toda lógica, me subleva, nada es suficiente, quiero dar rienda suelta a mis más encarnizados impulsos sin volver la vista atrás, incapaz de perdonar, correr desenfrenada hasta el agotamiento total.
Será una especie de catarsis, un éxtasis despiadado en este círculo de autoprivaciones que se me está volviendo eterno. Y después… la liberación, el paradisum, mi nirvana particular despojado de ansiedades, infelicidad y alevosía.

miércoles, 1 de julio de 2009

Una esquina



Quizá no fuera esa esquina, quizá es la esquina que recuerda a la otra esquina, la verdadera, la que yace en la memoria, la del barcito perdido en el tiempo donde una tarde de invierno tomamos café en tazas cachadas, mis mejillas teñidas aún de lágrimas frescas, él queriendo vencer sus propios miedos.
Una tarde, una esquina… y el recuerdo.