martes, 29 de septiembre de 2009

El milagroso arte de curar

My beloved sister me regaló una preciosa cazuela de barro. Para mi sorpresa, traía instrucciones precisas para su correcta curación, a saber:

“En otro recipiente preparar un engrudo chirle, dejarlo entibiar y llenar la cazuela. Dejarla reposar con el engrudo unas horas, enjuagarla y estará lista para cocinar”.

Hice el engrudo. Fiel a mi torpeza acostumbrada “engrudé” toda la cocina, el piso y mi pelo, pero fue peor al día siguiente cuando intenté despegar el pasticcio y deshacerme de él. Casi tengo que pedir prestado un cortafierro para rascar los pegotes del fondo de la cazuela. A las cansadas, salió.

-Mirá que capaz no está bien curada…
-¿Cómo que no? Si hice todo al pié de la letra...
-No sé… Fijate en Internet mejor.
-¿Me estás cargando?
-Algunos la remojan en agua varias horas, otros la untan con cal…
-No puede ser… ¡Que lo remilparió!

Entonces, mirando la cazuela con desconfianza, busqué y rebusqué los consejos del experto y resultó peor el remedio que la enfermedad. Es como reza el dicho “En el país de los ciegos, el tuerto es rey” pues aquí todos quieren enseñar, todos saben, todos aconsejan,
todos son dueños de la verdad y la verdad es que ¡nadie sabe nada!

Al final le hice caso a Martiniano pero, si después de todo este candombe me explota la olla, haré un escrache público y se va a acordar de mí.

1) Unté el exterior de la cazuela (y la tapa) con ajo. El olor por poco me mata, es obvio que mi vampiro favorito no vendrá a visitarme hasta el próximo cambio de luna… puedo dormir tranquila.

2) Al día siguiente, con un broche de la ropa prendido a la nariz, pincelé clara batida sobre el ajo y la dejé secar. Es increíble cómo endurece la clara, sin mencionar que han quedado en la superficie unos globitos de aspecto salivoso que dan mucho que pensar…

3) Cuando secó la clara por completo, llené la cazuela con leche dispuesta a hervirla unos pocos minutos.

Con eso bastaría, sólo que, para calentar la olla sobre la hornalla, es necesario un “disco de amianto” si uno no quiere que la pieza se descuartice. No puede ser ¡no-puede-ser! Me pasan todas… ¿A dónde encuentro ahora un disco de amianto? Ya se me encresparon los pelos con tanto ajetreo. El ferretero no sabe de qué le hablo, la chica del cotillón me mira con ojos inexpresivos, no sé qué hacer…

Menos mal que el señor de la casa de pastas se solidarizó, o quizá sólo lo asustó mi cara de estoy-por-llorar cuando confesé mis desdichas entre montañas de ñoquis y capellettis que quedarían tan sabrosos en mi cazuela, si es que logro curarla como Dios manda.
Cuando estaba a punto de resignarme, volvió de la cocina con la nariz sucia de harina y un plato finito en las manos.

-Acá tenés el disco de amianto. Usalo y después me lo traés, mirá que no tengo otro ¿eh?

Casi me pongo a bailar de tanta felicidad y no lo abracé porque me lo impidió la altura del mostrador. Me fui corriendo con el disco apretado contra el pecho. Ahora sí que te voy a curar, cazuela del orto, y vas a ver los guisos que nos vamo’ a morfar.
Quedan todos formalmente invitados.

martes, 22 de septiembre de 2009

Epifanía

Creo que al fin encontré lo que buscaba.
Creo… todavía no estoy segura. Intento dilucidar las perspectivas, rehusando cualquier decisión apresurada, alerta y temblorosa como si se tratara de una cirugía a corazón abierto.
Llevo mucho tiempo esperando, debe ser eso.

“Todo empezó cuando…” Aunque suene gracioso y redundante, me remite a un comienzo lleno
de tropiezos, un proyecto varias veces frustrado y encajonado por años hasta vislumbrar un nuevo rapto de inspiración que, para variar, se esfuma entre las complicaciones que supone erigir una historia, una historia de verdad.
Idea, forma y personajes. No sé dónde situar al narrador, francamente no lo sé. Si hay crimen –siempre lo hay- no encuentro un móvil verdaderamente sustentable. Como es de suponer, la historia empieza a tambalear, los cimientos se resquebrajan y sólo queda la idea desnuda, desprovista de color y animación. Y entonces pierdo la fe (otra vez), entierro las evidencias y pienso que los demás lo hacen mejor, que no puedo conquistar a la inconquistable Musa, no soy capaz.

Pero esta vez fue diferente.
Tomaba un café en la esquina más famosa de Buenos Aires. Cada tanto echaba un vistazo al reloj, no del todo absorta en la novela negra de Ellroy, una edición barata que rescaté en la feria de usados.
Dos señores conversaban animadamente en la mesa contigua. No les presté atención hasta que mencionaron el “caso” y, aunque al principio no entendí de qué hablaban, logré hilvanar unas cuantas frases, un nombre que me sonaba familiar y… ¡Eureka! Allí estaba mi objeto de deseo servido en bandeja: la IDEA, la FORMA un tanto imprecisa pero ciertamente tangible y los PERSONAJES... Sexo, misterio, un crimen (¿pasional?), unos cuantos sospechosos y ningún culpable. “Un caso más de impunidad del que nadie quiere hablar”, eso dijeron.
Y creo que fue esto último lo que me instó a salir corriendo en busca de información, textos, testimonios fehacientes, debía encontrar las fuentes ¡rápido! antes que la dificultad de la tarea disipara el entusiasmo como una frágil nube de polvo.

En fin… aquí estoy, tratando de enfocar la historia como si supiera cómo se hace… Por
momentos, la realidad supera a la ficción y a mis propias ambiciones, no sé si podré llevarlo a cabo pero al menos lo estoy intentando.
Tengo un título… No sé, todavía, pero creo tiene fuerza.
¿El caso? No sé si puedo decirlo… Ella se llamaba Aurelia, pero le decían Oriel.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Vade retro, Satanás

Sigue lloviendo.
Los charcos de agua estancada y el caos del tránsito se confabulan para hacer de esta bella ciudad un verdadero agujero del infierno. No hay salida, se ha perdido la esperanza en los oscuros vapores del mar humor porteño.
Excepto para Claudia P que sigue bombardeando mi casilla con e-mails plagados de frases hechas y emociones que muy lejos estoy de compartir (siquiera de comprender).
Claudia P es mi pesadilla del mes. Y Dios no permita que pase de ahí pues si esto se prolonga no tendré más remedio que comprar una peluca, falsificar pasaporte y partida de defunción y mandarme a mudar a las cuevas de Maharashtra.

De: Claudia P.
Asunto: Yo, yo, otra vez !!!!!
“Cuántas cosas nos perdimos de compartir... pero bueno así es la vida... me encanta poder reencontrarte… me hace muy feliz !!!! ojalá podamos continuar esa amistad que teníamos de chicas...”


Pues yo no creo que nos hayamos perdido de compartir absolutamente nada, tal vez vos, pero yo seguro que no. La vida es así, menos mal. A mí no me encanta nada de nada, más bien me empieza a preocupar. ¡No sé cómo
continuar algo que nunca existió! Excepto el asiento en el micro, no recuerdo que hayamos compartido nada nunca y, mucho menos, una amistad.
¡¡¿Pero qué bicho le picó a esta piba?!! O es que mí me meó una manada de Tyrannosaurus Rex… ¡que lo tiró de las patas!
Pero eso no es lo peor. Se me escapó un comentario de lo más infeliz, “inocente” si se quiere, para variar… En circunstancias que no recuerdo bien, mencioné al pasar mi reciente e insana pasión por los acnés muy virulentos y esa adoración que tengo por pinchar las pustulitas y que revienten como salchicha en el microondas. E imprevistamente Claudia P exclamó: “¡Aaaaaay me encantaaaaa! Justo estaba pensando en estudiar algo de eso, es más… podríamos hacer algo juntas ¿no?”
Jesús, María y José y todo el ejército de ángeles custodios… ¡a ver quién me saca de ésta! Lo que me faltaba… Ahora la tengo pegada a los talones haciendo preguntas de lo más tontas con esa sonrisa de inocentona que dan ganas de cachetearla. ¡Será posible!
Me lo merezco… ¿me lo merezco? Tal vez no fui tan buena compañera como todos creían, o por lo menos no con ella y éste es el castigo que me toca. De cualquier modo, algo tengo que hacer, esto se está poniendo oscuro. Pero ¿qué hago? ¿La acuchillo?
¿Le pongo cianuro en el café? ¿O espero que la atropelle el 70?
No… mejor el cianuro me lo tomo con chocolatada.

jueves, 17 de septiembre de 2009

¡Ojalá que no vuelvas más!

Tiene más de cuarenta pero casi no despega del suelo, a simple vista provoca un desagradable escozor, una especie de alerta. Es el tipo de persona que uno preferiría tener lo más lejos posible.
Graciela es abogada (lo hubiéramos adivinado, después de todo). Hace más de un año decidió inmiscuirse en el mundo de la belleza haciendo pública su obsesión por los cosméticos. Una obsesión que, en ocasiones, raya lo patológico.
En aquel entonces andaba de capa caída, poco trabajo, muchas deudas, un diagnóstico que no terminaba de esclarecerse, un novio-amante que probablemente sólo exista en sus fantasías, hijos adolescentes rebeldes y manchas en la cara. Eso sobre todo, las manchas de Graciela constituían tema de conversación obligado durante las largas horas de clase. Si acaso la charla se encauzaba hacia otros carriles,
Graciela se encargaba rápidamente de retomar el hilo pese a los resoplidos malhumorados de la mayoría.
Probó de todo. En el afán de blanquearse abusó de productos que hubieran perforado la piel de un elefante africano adulto. El resultado estaba a la vista: piel y hueso, la calavera cubierta por un flaco y descolorido pellejo pronto a arrugarse ante la más leve sonrisa.
Pero para ella nada era suficiente. Si le hubieran mencionado las bondades del ácido sulfúrico, de seguro corría a comprar varios bidones.
Cuando terminaron las clases, suspiramos aliviadas. Cuál no sería mi sorpresa cuando volví a verla este año, los pómulos prácticamente desgarrando la piel despigmentada y sin vida, los ojos saltones y esa sonrisa que no inspira más que desconfianza.
Al principio la acogieron con simpatía. A fin de cuentas, éramos caras nuevas otra vez. Pero no tardó en mostrar la hilacha y, hasta la menos perceptiva, supo que Graciela es un animal de cuidado.
Hasta ahora hice gala de toda mi paciencia, hasta ayer para ser más precisa, hasta que escuché el comentario mordaz que la abogada del diablo le arrojó a la cara a nuestra joven adjunta, una chiquilla de apenas 20 años que se desvive por ser útil yendo y viniendo con los potingues de acá para allá, enjuagando las toallas, ayudando a la titular a satisfacer la curiosidad natural de las futuras profesionales.
En mitad de la clase, aprovechando un desafortunado descuido de la muchacha, con esa cara de cadáver oxidado y malcogido, le espetó en voz bien alta:

“Algunos nacen para mandar y otros para ser mandados”.

La chica empalideció y los ojos se le llenaron de lágrimas. Entonces no pude más y, esgrimiendo la espátula peligrosamente cerca de la nariz de Graciela, le grité sin pensar:

“¿A quién te creés que mandás vos? ¿A una nena de 20 años que tiene toda la vida por delante y una piel de envidia? ¿A esta chica que sabe más que todas nosotras y está acá trabajando gratis para que vos aprendas a despellejarte la cara? ¡Dejate de joder, Graciela! Acá no podés mandar a nadie, esto no es para vos. ¡Volvé al nicho! ¡Que lo parió!”

Se hizo un silencio cuando me levanté furiosa salpicando agua jabonosa a los cuatro costados. Cuando volví, Graciela ya no estaba. La pobrecita adjunta me abrazó con emoción, las demás no dejaban de cotorrear haciéndose eco de la bronca.
La profesora no dijo nada pero en el fondo (estoy segura) desea, tanto o más que todas, que Graciela no vuelva más.


miércoles, 16 de septiembre de 2009

Papi… ¿O mami?

La doctora Danièle Flaumenbaum -ginecóla, psicoanalista y especialista en medicina china- escribió un libro sobre la mujer y la sexualidad.
Entre otras cosas dice que las féminas, pese a haber escalado posiciones en el campo social-laboral erradicando todo tipo de tabúes a lo largo de la historia, siguen considerando su vida sexual “insatisfactoria”. Y esto tiene que ver con la negación de las dificultades sexuales, no así con la prohibición sexual, lo cual no les permite vivir el placer con plenitud.
Dice Mme. Flaumenbaum que, en el vertiginoso tránsito histórico de la sociedad moderna, las abuelas y madres no han sabido transmitir el concepto de la función sexual de manera adecuada. Por ello, la dificultad de las mujeres a la hora de comprender, pues “para vivir esa sexualidad floreciente deben construir ellas mismas lo que hubieran tenido que recibir siendo niñas”. Es indudablemente un aprendizaje autodidacta.
Pero lo más curioso es que, según expone nuestra doctora, “cada historia de amor nos reconecta con la primera historia de amor que todos (hombres y mujeres) vivimos con nuestra madre”. Y esto la lleva a afirmar que la mujer ama a su pareja más allá del sexo (a veces, independientemente del sexo) puesto que el hombre amado toma en ella el lugar que ocupaba su madre.
La madre tiene la responsabilidad de asistir, alimentar y satisfacer todas las necesidades vitales. “Para la mujer, el hombre que ama adquiere el mismo carácter y por ello se vuelve totalmente dependiente de él”.
La doctora Flaumenbaum no hace más que complicar las cosas. Siempre creí que el hombre, sobre todo si es algo mayor que una, es una versión mejorada del “padre”, una suerte de “papá elegido", fuente de protección, amparo, sostén, amor. Aunque no se trate de una decisión conciente resulta inevitable volcar las implicancias de la relación padre-hija en la pareja.
Pero tal parece que no identificamos al hombre amado con el padre sino con la madre y es que el vínculo con la mamá es el primero de todos, sólido e indestructible, de dependencia total y absoluta. “Hasta que la muerte nos separe”.
Ahora empiezo a entender, como que se hizo la luz en algunos rincones.
Pero sigue resultando desconcertante, sobre todo considerando el enorme ascendiente que las madres tienen para el hombre, en general.
¡O sea que el padre está pintado! Porque si ellos buscan una madre en nosotras y nosotras vemos en ellos el reflejo de la nuestra… ¡el mundo es de las mujeres! ¡Un mundo de madres y suegras! No más “papi”, no más macho argentino. Ay, qué frustración…

(Me colé en la presentación del libro “Mujer deseada, mujer deseante” de Danièle Flaumenbaum. Vi muchas, pero muchas caras de consternación mal disimuladas por el aplauso vigoroso de las feministas de ocasión. Escapé minutos antes del final...)


martes, 15 de septiembre de 2009

Oh La La!

Un mediodía expectante en plena capital porteña.

-¡Vienen del sur!
-¿Dónde?
-¿Los ves? ¿Los ves?
-¡Están sobrevolando el Riachuelo!
-¿Dónde está el Riachuelo?
-¡Allá vienen!
-Aaaaaaaaahhhhhhh…


Y el raudo paso de los aviones desata el aplauso de grandes y chicos, una multitud que mira al cielo con hipnótica adoración, como si Jesucristo fuera francés y estuviera a punto de eyectarse sin paracaídas sobre el obelisco.
La Patrouille de France vino a festejar el Bicentenario pintando el firmamento patrio con sus colores y los nuestros, en ese orden. Y sólo eso. El noticiero anunciaba “una sorpresa” y la gente esperaba una linda exhibición de acrobacias aéreas, algo que no se ve todos los días.
Uno entre miles esbozó el deseo que la mayoría no se atreve a expresar… “Si siguen de largo y ven un edificio pintado de rosa chicle ¡que le metan caño!” y su gracia fue coreada por los concurrentes con risas y vivas y alguien más propuso impactar contra el Congreso y el Indec. Mientras tanto, la jungla de vendedores ambulantes organizaba la distribución de banderitas alusivas y discos de Charles Aznavour.
Demasiada expectativa por unas pocas rayitas de colores. Cuando llegó la hora de las acrobacias se quedaron sin combustible… y nosotros, sin sorpresa.
Pero fue lindo verlos volar tan cerca, parejitos detrás de los Pampa, entre las torres altas de Puerto Madero. Si hubieran sobrevolado Fuerte Apache los bajaban a tiros como al zeppelin de La Serenísima, pero acá en la zona cheta sólo cosecharon aplausos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Menta dispersa

A veces la vida se asemeja injustamente a un dibujito animado. El circuito caprichoso que se retroalimenta como una cinta sin fin. Previsible.
El Coyote cae aplastado bajo un yunque colosal que debería aniquilarlo pero, como cabe suponer, tan sólo lo plancha un poquito y en segundos enerva hasta el último pelo para reanudar la obsesiva persecución de su… ¿víctima?
Pobre Coyote. Sufre indeciblemente, paciente y tenaz, incansable en pos de su único objetivo, el trofeo, el bocado más sabroso… ¿el enemigo? ¿un sueño?
Quizá un día le toque ganar y, entonces, nada será igual. Es probable que, tras las mieles del éxito, beba gota a gota el vacío imposible del volver a empezar. Entonces habrá roto el círculo y será libre… ¿libre?

sábado, 12 de septiembre de 2009

Videoclub

-Estaba abierto cuando pasaste, ¿no viste que te hice señas?
-Decía “CERRADO”.
-No me entendiste. Para vos siempre está abierto.
-Psé…
-Bueno, alquilá lo que quieras y te llevás otra película gratis.
-¿Por qué?
-A modo de indemnización… Pero la elijo yo.


Suspenso… Terror… Me tienta Tarantino hasta que recuerdo que en las escenas cruciales siempre termino escondiéndome bajo las sábanas, aunque después espío un poquito y pongo cara de espanto. Sin ir más lejos, el “cirujano” de Hostel me persiguió en sueños varias noches seguidas…
Pero éste no es un videoclub cualquiera. En la trastienda guardan clásicos, rarezas, joyas del comic, cine de culto. Dan ganas de quedarse un rato largo a curiosear.
Descarto las comedias y los romances, “la Dalia” sigue donde la dejé y por un momento siento el impulso de volver a verla, pero entonces encuentro lo que necesito y ya no busco más. “La otra Bolena” promete una interesante incursión en los peligrosos amoríos del rey Enrique. Intriga, historia, traiciones y una pasión desbordante. Muy pero muy apropiado.
Contenta, me paré frente a la caja con la tarjetita de socio y el celular vibrando peligrosamente en el bolsillo del pantalón.

-Ésta te va a gustar. Espero haber elegido bien.
-Esteee… Ah, sí, gracias.

¿”Doctor Zhivago”? ¿Pero qué se creyó este tipo…?
El dueño del video tiene mal carácter o, al menos, siempre lo parece. O quizá es sólo que no sintonizamos. Me encajó la película nomás y no pude decir nada puesto que era un obsequio, pero hubiera preferido un muñequito de Aquaman de esos que guarda detrás del mostrador.

-Que disfrutes las películas.
-Gracias.

Me miró a los ojos, muy serio. Fue sólo un segundo, el tiempo necesario para que las cajas
cambiaran de mano, suficiente para establecer la conexión. Y no sé por qué me paralicé, si no había motivos… No entiendo por qué siempre me pasan estas cosas. Camino a casa ya tejí toda la historia, con escenas en cámara lenta y lágrimas y volcanes de chocolate. ¡No, no y no!
Al final soy un imán de atraer catástrofes…

jueves, 10 de septiembre de 2009

Selección de dichos populares

A los tirones como negra peinando al hijo.

Aburrido como choque de tortugas.

A los saltos como rengo en tiroteo.

Áspero como talón de linyera.

Cortito como patada de chancho.

Desubicado como chupete en el culo.

Firme como rulo de estatua.

Flojo como culo de vieja.

Largo como eructo de jirafa.

Más empujones que mostrador de boliche.

Más hambriento que piojo de peluca.

Más enredado que pelea de pulpos.

Más inútil que teta de monja.

Más ordinario que diente de madera.

Más pesado que collar de sandias.

Más pesado que político en campaña.

Más pesado que sopa de chancho.

Más rápido que escupida de músico.

Más resbaloso que mate de carnicero.

Más seco que lengua de trapo.

Menos gracia que torta sin Royal.

Molesto como mosca de velorio.

Ordinario como canapé de mondongo.

Peligroso como cirujano con hipo.

Perdido como turco en la neblina.

Rellena como alpargata de gordo.

Seguidor como perro de sulky.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Malas compañías

Ayer a la noche un mosquito zumbaba cerca de mi oído, volaba en espiral hasta el techo y se desplomaba en picada una y otra vez. Di tumbos en la cama manoteando el aire, incapaz de atraparlo. Por su culpa, casi me pierdo el glorioso regreso de Micky Vainilla.
Encendí el velador. Nada, como si se lo hubiera tragado la tierra. Era cuestión de apagar la luz y el desgraciado arrancaba a volar incansable de acá para allá, si hasta se le dio por posarse en la pantalla del televisor justo sobre la nariz de Pachano cuando despachaba su célebre frase “No me gustó”.
Harta de provocaciones corrí en busca del Selton, dispuesta a “vaciar el cargador” como si me atacara un ejército de cucarachas acorazadas.
Volví armada y furiosa pero el mosquito había desaparecido. Lo busqué por los rincones, detrás de la cortina, en el techo, en el placard… Ni la sombra.
Volví a la cama con el Selton en la mano. Al cabo de varios minutos, el susodicho seguía sin dar señales de vida. Guardé el insecticida, comprobé por enésima vez que la llave de gas estuviera cerrada y me fui a acostar, no sin antes saborear una buena cucharada de dulce de leche.
Hice zapping hasta pasada la medianoche, maratoneando entre recetas inutilísimas y documentales morbosos sobre la criatura de Metepec, considerando las probabilidades de recurrir a la pastilla puesto que el alcohol sólo me provoca risa y dolor de cabeza.
Hay un espejo frente a la cama. Me gustan los espejos, en ese sentido soy estrictamente narcisista, aunque los amantes del Feng Shui proclamen que es mejor tenerlos lejos pues los espejos en el dormitorio absorben toda la energía sexual. Psé…
Pero cuando miré de cerca el puntito negro en el espejo, resultó que no era un punto sino el mosquito de mis pesadillas. Quietecito en un rincón, no hacía ni mu. Esperé un rato y nada, parecía haber captado el mensaje o tal vez aguardaba el momento del sueño para drenarme sin culpa.
Media hora de vigilia y seguíamos allí. Y me empezó a dar lástima el pobre… Comprendí que al liquidarlo me quedaría sola como indio malo, comprendió que si me atacaba lo hacía boleta. Ambos comprendimos, afortunadamente.
Cuando desperté a la mañana, el mosquito estaba en el mismo lugar. Abrí la ventana y con suaves golpes de viento lo obligué a salir.

-Pero ¿le miraste las patas?
-¿Qué patas?
-¡Nena! El Aedes tiene rayas blancas en las patas.
-¿El qué…?
-¿Pero en qué país vivís? ¡El mosquito del dengue!
-Ufa, qué sé yo… tampoco exageres.
-Sos boluda.

(Esto último es el extracto de la conversación sostenida con mi hermana “la bióloga” que, en circunstancias más felices, hubiera criado una colonia entera de neumococos sólo para presumir de familia numerosa… ¡Celosa! )

domingo, 6 de septiembre de 2009

Red de redes

Pasan COSAS en el Putibook.
Y no lo digo por la avalancha de imbecilidades crónicas del tipo “¿Qué clase de animal eres en la cama?” o “¿Qué tan cheto te consideras?” o la peor hasta el momento… “¡Obtené tu frase de Zulma!”. Eso sin mencionar las galletas de la suerte y las proclamas activistas como “Salvemos Kamchatka de la gripe porcina”… Bullshit!
No me manden más mates con espumita ni invitaciones vip a grupos sectarios, nada de abrazos virtuales que a mí me gusta el cuerpo a cuerpo y no quiero ¡no quiero! saber qué iluminados pensamientos rondan tu cabeza cada media hora del puto día.
Me cansé del Forrobook ahora que apareció Claudia P, que encima cumple años y está “como loca” buscando a sus queridas compañeritas de colegio tras 18 largos años de una ausencia que le agradecemos efusivamente.
¿Y a quién encontró primero…? ¡¡¿A quién va a ser?!! Toda una vida tratando de zafar de esta alienígena y, cuando casi lo había logrado, aparece… ¡aterriza! vaya a saber cómo y de dónde gritando a los cuatro vientos que me encuentra “muy cambiada” pero que las otras “están igual”.
Genial… No sé si reír o llorar o simplemente darle las gracias y esperar que se aburra, porque a la larga o a la corta todos nos aburrimos.
Falta poco para el próximo encuentro y Claudia P asegura que allí estará. No tengo ninguna duda. “¡No puedo pensar de lo emocionada que estoy!”, eso dijo, lo cual es cierto puesto que nunca ¡nunca! salió nada medianamente inteligente de su hueca cabeza, con emoción o sin ella.
Diossss…. Yo no soy así, no me reconozco quejosa y desamorada, pero es que esta chica nunca me cayó bien y ahora se hace la simpática y dice que me recuerda per-fec-ta-men-te y quiere verme, quiere que tomemos café y charlemos y yo no sé si alguna vez en la vida “charlamos” de algo… ¿por qué tendría que ser ahora? No sé me ocurre qué podría contarle…
De momento, me hallo en la obligación de responder sus varios emails so pena de recibir muchos pero muchos más en ese tonito adolescente ¡porfiiiiiiiii! que me provoca náuseas.
Pero hay algo más… No entiendo esos contactos “sugeridos” que aparecen como por arte de magia, contactos que no busco ni quiero, contactos potencialmente peligrosos. Nombres que conozco, amigos de amigos, amigos de amigos de amigos…
Pero esta es precisamente la trampa mortal de la Red de redes, un laberinto imposible de desenredar, y yo soy uno de los tantos chorlitos que se dejaron atrapar.
A veces no puedo recordar cómo era el mundo en el que crecí, el de las máquinas de escribir y los pocketers y el naranjú y Tremendo. Sospecho que éramos más felices… Sencillos pero felices.


viernes, 4 de septiembre de 2009

Mariposa de primavera

Hace rato que lo tengo guardado.
Pensé estrenarlo en primavera y ella estuvo de acuerdo… “Cuando vos quieras”, dijo. No sé si no le gustó el anterior (debo admitir que a mí tampoco) o quizá sólo quería inspirarme la alegría que entonces era incapaz de sentir.
De cualquier modo, aquí está coronando mi bello mundo como una suave y tibia brisa, ni temprano ni tarde, en el momento justo para disfrutarlo como se merece.
¡Encantador! Me gusta porque es fresco, irradia personalidad y color, y lo más importante de todo:
Mariposa lo hizo para mí, pensando en mí, un regalo desinteresado y, por ello, infinitamente más valioso.
Ahora no sé cómo rayos retribuir, lo cual me coloca en un serio aprieto. Habrá que pensar algo… Por lo pronto, aquí estoy mirando embobada la nueva cara joven de QUIEROMENTA. Mejor que un lifting ¡mucho mejor!

Un especial agradecimiento a Mariel que, con su enorme ternura, hace más liviano el peso de mis días grises.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Indemnización

“… donde había naturaleza y tierra, vida y agua, vi un pasaje desierto que no tenía fin; parecía una especie de cráter, tan desprovisto de razón y luz y espíritu que la mente no lo podía concebir en ningún plano consciente y, si te acercabas, la mente se tambaleaba y retrocedía, incapaz de percibirlo”.
(AMERICAN PSYCHO, Bret Easton Ellis)

Increíblemente no había visto la película y eso que Christian Bale está entre los primeros en mi lista de especímenes altamente potables.

A FAVOR: los abdominales de Bale.

EN CONTRA: le falta ritmo, no convence.

La versión cinematográfica resulta insuficiente a la hora de recrear las más de 500 páginas de minuciosa y enfermiza brutalidad en las que Ellis describe el comportamiento desconcertante de su asesino serial.
Una sociedad elitista, indiferente y autocomplaciente, el marco perfecto para esconder la oscura psicosis de un joven rico y exitoso. La ironía final es que a nadie importan los muchos crímenes y las víctimas puesto que, “en el grupo”, el culpable es un don nadie que sólo guarda identidad para sí mismo.

Me quedé con ganas de más, decepcionada, mucho ruido y pocas nueces… El desenlace no está a la altura, sobre todo eso.

martes, 1 de septiembre de 2009

Superhéroe

Cuando paró de llover ya casi era tarde.
Bajé corriendo. Las llaves que desaparecen en el fondo de la cartera y esta humedad que me va a dejar el pelo como un nido de resortes… Podría ser peor, siempre puede ser peor.
El portero me detiene con una sonrisa de oreja a oreja y ese deseo inoportuno de convertirse en confidente… que cómo estoy, que si las cosas van mejor, que si me quedo o si me voy, y la pregunta elocuente, la misma de siempre… “¿Todo bien?” Pero ¿qué es “todo bien”? ¡¡¿qué carajo es “todo bien”?!!
Este portero me recuerda a otro portero, a todos los porteros, pero en especial a ése que, desafiando las fronteras del caradurismo total, se le daba por acotar a modo de despedida: “¿Listo?” ¡¡¡¿Listo qué, infeliz?!!! ¡La pucha, que raza prescindible estos tipos!
Pisar la vereda me cambia la cara, me despeja, pero sólo por un instante. Enfrente, el saloncito de fiestas infantiles rebalsa de niños ruidosos, globos de colores, cientos de globos, y una canción espantosa que no logro identificar.

Los padres depositan a los pequeños monstruos en esa horrible jaula estereotipada a cambio dos o tres horas de paz, un espejismo de paz más parecido a una tregua, y ya no es como antes cuando los amiguitos venían a casa y jugábamos al baile de las sillas, al huevo podrido o a las carreras de embolsados y mamá hacía la torta con voladitos de papel crepé y mirábamos cortos de Disney en el Superocho de Kiyoshi, el tintorero del barrio (para los vecinos, Adolfo) y, algunas veces, venía el payaso Carlitos con sus piruetas y trucos de magia… Sigo sosteniendo que todo tiempo pasado fue mejor. Definitivamente.
La lluvia dejó la vereda pantanosa, llena de hojas amarillas y charcos de agua sucia. Cuántas hojas… ¿pero es que todavía es otoño en esta cuadra?
¡Aaaaayyyyyyyyyy! Fue el castigo divino, ese que decía mamá… $>@&%)=(@%# que lo remilparió!!!
Las hojas mojadas se deslizan como manteca sobre el pan caliente, una trampa mortal para el desatento que pisa sin mirar… O sea, yo.
Fue una caída en cámara lenta, bochornosa, completamente evitable. En segundos yacía despatarrada en la vereda tratando de determinar el cómo y el por qué, sabiéndome el foco de atención de niños, padres y portero.
Y en eso (lo juro por Dios), como una aparición extraterrenal, pegando unos saltitos de lo más cómicos, salió del estacionamiento de al lado ÉL, mi salvador… ¡el Hombre Araña! Sí, sí, sí. El auténtico. O por lo menos, bastante bien disfrazado aunque algo escaso de musculatura y petiso.
Corrió (saltó) hacia mí que seguía sentada en el piso con la boca abierta, restregándome los ojos sin dar crédito a la escena más bizarra que protagonicé en esta vida. Me ayudó a pararme en medio del griterío infernal de los mocosos que alentaban a su héroe.
Al fin de pié, me sacudí las hojas de la campera y saludé a la concurrencia para dar un poco de credibilidad a todo el asunto. Spiderman dijo algo a través de la máscara. No le entendí pero el acento cordobés me hizo retroceder espantada.

“Gracias, flaco. Menos mal que me salvaste. Ahora andá, que te están esperando”.

Y se fue a la fiestita.
Huí sin volver la vista atrás, ni siquiera le pregunté el truquito de la telaraña ni le arranqué la máscara para espiar. En ese momento pensaba “si lo cuento, no me creen… ¡es de fábula!”. Y sí, a veces creo que mi vida la escribe un loco y yo no soy más que un pobre personaje esclavo de sus caprichos.