viernes, 29 de enero de 2010

A vibrar, mi amor

Una disco española anuncia que regalará, a las primeras 400 chicas que compren su entrada para la fiesta de esta noche, el juguetito más vendido de las Uropas. Un premio de “consolación” color rosa chicle, de nombre Fever. Y a los chicos, para que no se sientan menos, les repartirán preservativos de variados colores y sabores.
La fiesta se llama
“Vas a vibrar”.

¿Pero por qué acá no pasan estas cosas? A mí nunca me regalaron uno de esos, ni siquiera uno chiquitito con luz para emplear como linterna hoy, por ejemplo, que se cortó la luz en toda la cuadra.

La sociedad no se da cuenta cuántos males podrían evitarse si cada mujer tuviera su propio vibrador, incluso habría que obligar a actualizarlo cada tanto como el pasaporte o el celular para evitar caer en el aburrimiento. No por nada el médico británico Joseph Mortimer Granville se tomó el trabajo de diseñar el primer vibrador electromecánico con forma fálica, allá por 1880, deseoso de acabar con la “epidemia” de histeria femenina, una verdadera plaga.

Granville era un adelantado, no Colón ni Magallanes ni el Cabeza de Vaca ése. Granville y el que inventó los tampones… Ah, el mundo no sería el mismo sin ellos.

Claro que aquel histórico vibrador no resultaba fácil de meter en la cartera, pero con el tiempo vinieron nuevos modelos y hoy los hay para todos los gustos, para él y para ella, con accesorios, algunos hasta tienen musiquita y quizá conexión usb.

El mío se porta bien, hemos compartido momentos muy gratificantes y, como era de esperar,
una se termina encariñando. No será un Hitachi Magic Wand pero tiene lo suyo y tiene nombre también… CaPito.

Si yo fuera presidenta decretaría que todas las niñas, en su cumpleaños de quince, reciban un bonito vibrador a modo de terapia preventiva. Es que no hay nada mejor que las buenas vibraciones…

martes, 26 de enero de 2010

Duró lo que un suspiro

Ni hombre ni mujer, un triste esperpento de figura indecisa y veleidades de plumas y conchero que confunde el ridículo con un dudoso éxito mediático reservado para los giles de turno.

Permanece inmutable a las risas que salpican su rostro demacrado, el maquillaje barato y estridente no alcanza a disimular las marcas de una vida miserable desprovista de espesura, de algo que valga la pena contar. “Que rían, que hablen, no importa lo que digan mientras hablen de mí…” El susodicho persiste en su ambición, desvergonzado canta –si a eso se puede llamar “cantar”- y menea sus fláccidas caderas al son de una melodía berreta que algún vivo “le compuso” para llenarse los bolsillos a costa del travesti.

Al principio Zulma inspiraba compasión, pobre animal hambriento. El público condenó a los buitres que libaban morbosamente su lastimosa mediocridad, todos hablaban de él (¿ella?), de a poco Zulma se iba instalando en las vidas de cientos, miles, millones de idiotas que alguna vez sentimos vergüenza ajena por este aborto de mono con peluca.

Pero la fama es efímera y cruel con aquellos seres ignotos carentes de talento que un día gozan de su ansiado “cuarto de hora” y más temprano que tarde caen estrepitosamente en el lodo del olvido. Y nada hay peor que el olvido para ellos, los que nacen sin estrella, los estrellados.

Zulma amenazaba con triunfar en La Feliz.

Zulma quiso medir su insípida vulgaridad, si no con los grandes, al menos con los que han comprado su lugar con más viveza y esfuerzo.

Zulma escupió para arriba tan pero tan fuerte que casi se ahoga en su propio esputo.

Y como Dios es justo y su brazo es largo, ni Zulma escapó al castigo que bien
merecido tiene, por el solo hecho de haber escapado de las sombras para aterrizar en la pantalla del televisor y venir a cagarnos el almuerzo, la cena y las ganas de dormir.

¡Adefesio! ¡Mamarracho! Un fantoche cuya presencia ofende y avergüenza, que desaparezca y no vuelva nunca más. Este blog no le dará ninguna prensa, nos alegramos que haya caído de su oscilante pedestal y esperamos que el golpe le acomode de una vez las ideas.

Zulma… ¡volvé al nicho!

lunes, 25 de enero de 2010

Las cosas por su nombre

No soy, lo que se dice, “cariñosa”. No todo el tiempo. O quizá sí, pero me empeño en disimularlo, de hecho hago grandes esfuerzos para que no se note cuando algo (alguien) me importa demasiado.
La onda es no encariñarse y para eso hay que abstenerse de ponerle nombre a las cosas, título, apodo, lo que sea, nada de nombres, nada de bautizar, uno no puede andar por la vida forjando destinos ni creando lazos indestructibles así como así por muy grande que sea la tentación.
Hay hijos que reciben al nacer el nombre del padre o del abuelo. No los nombran… los “renombran” con nombre repetido como forma de perpetuar una esencia que se va perdiendo en el tiempo. En cambio, el nombre debe ser único y ha de corresponderse con quien lo recibe, dejarse adivinar a través de la mirada o la sonrisa, el nombre “es” la persona y la
persona “es” el nombre. “NOMEN EST NUMEN” (nombrar es conocer) y cuando uno NOMBRA consolida el afecto y “humaniza”, si acaso se tratara de un objeto.
Por eso mi perro se llama Tango y mi guitarra favorita, Medea. El aloe que atesoro en el balcón recibió el nombre de Berenice, mis diarios íntimos conforman la estirpe de Cronos I, Cronos II… y así. Tenía un llavero de acrílico, de esos para poner la foto carnet, que bauticé Gus en la época en que mo-rí-a por el rubio carilindo de Tremendo y una mascota virtual, la ovejita que correteaba incansable por la pantalla de la compu, que se llamó Maya.
Y así uno se encariña… Muñecas, plantas, diarios, mascotas virtuales y también hijos, mis hijos por gestar. No recuerdo cuándo pero supongo que desde siempre…
PALOMA. Antes de convertirme en mujer, mucho antes de imaginar al padre y la panza, muchísimo antes de ser proyecto. Curiosamente ninguna de mis muñecas se llamó así, probablemente porque se hubiera roto la magia y PALOMA habría dejado de ser SUEÑO para convertirse en otro nombre del montón. Es que todo lo demás es circunstancial, todo menos el nombre.

martes, 19 de enero de 2010

No viene al caso

- Leo demasiado.

- Me dan miedo los truenos, las arañas y los bebés recién nacidos.

- Tengo toda esa compulsión por lavar los platos in-me-dia-ta-men-te después de comer.

- Siempre me siento en el mismo lugar.

- Se me llenó la nariz de pecas.

- Quisiera tener no dos sino tres familias, de esas difíciles y largas de explicar, abuelos y tíos que se cuenten por docenas y gente postiza que va quedando en el medio y nos reclama y se ofende si no vamos, primos, muchos primos y sobrinos, música en las fiestas, regalos, excusas para estar juntos.

sábado, 16 de enero de 2010

Aplauso, medalla y beso

Es evidente que este bodrio gusta y disgusta por igual. El público es heterogéneo, predomina el bohemio que vegeta de teatro en teatro fagocitando otros bodrios de igual tenor, las jubiladas me-voy-de-rotatium y, de a ratos, algún “entendido”. A estos los tengo junados porque entran y salen con el ceño fruncido, sin excepción.

La obrita carece de azúcar, pimienta y sal. Los entusiastas se sumergen
en intrincados análisis tratando de dirimir qué quiso decir el director con tanta vuelta de oreja.
Todos estos días me senté sola en el fondo de la sala y, con disimulo, apenas subían el telón, encendía el Ipod para distraerme con los éxitos de los ochenta, a veces Maná, pero poco porque me pone triste. Al final aplaudía como loca y Pepo sonreía al escuchar su nombre. El director está que trina pues la niña tiene prohibido reírse en el escenario, pero es más fuerte que ella.

Organizaron una cena de despedida para el cierre de temporada. Invitaron a críticos, actores de otras compañías y un cantante de tangos que lo tengo visto de algún lado. Pepo se salió con la suya y, pese a me quejé y supliqué de rodillas, se puso las calzas de leopardo que sabe que detesto. Afortunadamente logré disuadirla de la remera con la mariposa de lentejuelas que brillaba como un sol en el fondo de la valijita, pero bajo ningún pretexto pude quitarle el pañuelo rosa que se ató en la cabeza.

-¡Ridícula!
-Soy una artista.
-¿Qué artista ni qué artista? Si vas así vestida ¡yo no voy!
-Quedate, voy sola.
-¡Vos no vas sola a ningún lado! ¡Le voy a contar a tu mamá!


Discutimos y, para variar, terminé cediendo. Que se vista como quiera, a fin de cuentas a mí nunca me importaron demasiado las apariencias.
Comimos, bailamos, canté a dúo con el tanguero y casi rompo los tacos a mitad de una milonga. Todos contentos, todos amigos, incluida Dora que milagrosamente volvió del hospital a tiempo para los festejos.

-Me parece que el director gusta de vos.
-Dejate de joder…
-¿A vos te gusta?
-Pero ¿de dónde sacás esas cosas?
-Te mira todo el tiempo…
-No es cierto y no me gusta.
-Juntos serían como… ¡la Bella y la Bestia!
-Por eso. Mejor no te metas en cosas de grandes.

Era de madrugada cuando cesaron los festejos. La criatura tomó champán a escondidas, la descubrimos luego de un breve interrogatorio lleno de incoherencias. En fin, deslices de una artista en ciernes…
Lo malo (o lo bueno) es que se ha terminado también mi etapa de madre adoptiva. Me costó despedirme… me costó mucho.

jueves, 14 de enero de 2010

Chocolates y momias

No nos habremos dado la gran panzada en Turín -la cuna del chocolate y la buena pastelería- pero la tía Marga nos regaló unos bombones que mamma mía…

-Pepo, pará con los chocolates…
¬-¡Uno más! Porfa… éste con papelito rojo…
-Ese tiene alcohol.
-¿Y qué? Ya me comí tres y no me hizo nada.
-…

Comimos chocolate hasta reventar… y garrapiñadas (me matan las garrapiñadas, en especial la de almendras), un banquete dulcísimo camino a La Plata en el auto nuevo de mi hermana, que anda chocha de la vida con su flamante adquisición. La acompañamos a buscar datos para una publicación en la que está trabajando, aunque Pepo al principio no estuvo muy de acuerdo.

El Museo de Ciencias Naturales es una mole imponente que maravilla al visitante y lo obliga a volver para terminar de recorrer la infinidad de salas que escapan al primer reconocimiento.
Pasamos de largo los insectos, las geodas y los mamíferos pampeanos. El objetivo eran unas aves de lo más estrafalarias que mi hermana quiere citar en su escrito y que, al parecer, son propiedad exclusiva del Museo y… La cosa es que la dejé absorta en la contemplación de los pequeños monstruitos y me llevé a Pepo a ver los fósiles. Uno nunca termina de asimilar la idea de que estos bichos fueron, alguna vez, los dueños del planeta.

-¿Cuál es más grande? ¿El Gigantosaurio o el Tiranosaurio?
-¿A ver…? Parece que el Gigantosaurio… y el más grande de todos es ese de ahí…
-El Ar-gen-ti-no-sau-rus. Qué nombre más boludo…
-Psé… Brasil será el país mais grande do mundo, pero el dinosaurio es argentino.
-Meri… si saco un huesito del esqueleto se cae todo ¿no?
-Ni se te ocurra…

Vimos las arañas gigantes (la Megaracne tiene el tamaño de un caniche…), esponjas, corales y un calamar enorme.

-¡Pepo! ¡Cuidado con la momia!
-¿Qué momia?
-¡La que está abajo de tus codos!

Un cadáver milenario (millonario) y ella, como si nada, recostada sobre el sarcófago con aire indolente, masticando chicle de banana en la cara del fósil.

-Son horribles estos floreros.
-No son “floreros”, son jarrones muy antiguos… ¡Cuidado!
-Uy… ¿Viste cómo lo atajé?

Pensar que me creía la reina de las torpes pero esta niña, con sus escasos 12 años, ya me saca
varias cabezas. Ella es así, desfachatada y perezosa pero de buen corazón, siempre dispuesta para la aventura, de respuesta ágil e ingeniosa… y sumamente torpe.
Recorrimos casi todas las salas, especialmente el Templo Aksha que fue abierto al público nuevamente. Pero cuando estaba de lo más atenta observando las maquetas un estruendo de alarmas me aceleró el pulso. No era un incendio ni había amenaza de bomba. El guardia de seguridad, con cara de pocos amigos, escoltaba a una niña regordeta de mejillas coloradas… La llevaba agarrada del brazo y ella sonreía toda inocente, venían derechito hacia mí.

-¡¿Qué hiciste?!
-Nada… Quería ir al baño pero me equivoqué de puerta.
-Dios mío… ¡Me vas a matar de un susto!
-¿Ya nos vamos?
-Y sí…

martes, 12 de enero de 2010

Ahí viene la plaga

-Me pica.
-¿Qué cosa?
-¡Todo!
-A ver… ¡dejame ver, te digo!
-…
-¡Será posible!
-¿Qué…?
-Es una colonia completa. ¡Pepo! ¡Estás llena de bichos!
-Me contagió tu amiguito…
-¡No seas ridícula!

Los vi caminar muy orondos, horrorosamente movedizos sobre la blancura del cuero cabelludo. No obstante, como si hubiera algo que constatar, hice la prueba de fuego deslizando el huevito blanco hacia la punta del pelo para estrujarlo entre las uñas y escuchar el cri-cri inconfundible de la liendre en plena gestación.

Piojos.

¿Qué hago ahora con esta cabellera tan tupida y enrulada? Parece a propósito… ¿cómo es que los niños s-i-e-m-p-r-e tienen piojos?
La dejé encerrada en el departamento con la estricta consigna de no asomar la nariz y salí corriendo a la farmacia. No quise alarmar a mi amiga que ya muchos problemas tiene, tenía que resolverlo sola.

Me mostraron un arsenal de piojicidas, shampoos y espumas y repelentes de ropa y hasta me invitaron a participar en la campaña MADRES-CONTRA-PIOJOS… Pero por Diossss… ¡No perdamos tiempo, la rep@/$#/Q%”#$#!@...!
Al final terminé comprando el viejo y querido Nopucid y un peine fino. Todo el tiempo evité rascarme la cabeza delante de las empleadas y eso que me picaba como la gran siete. La única vez que tuve piojos fue para el mundial 78, una invasión de bichos y liendres que obligó a mamá a cortarme el pelo de la cintura a la nuca y, no contenta con eso, nos lavó la cabeza con vinagre a todos (papá incluido) hasta acabar con la plaga. Pues es verdad lo que dicen… “a grandes males, grandes remedios”.

Cuando regresé, Pepo me esperaba sentada en la cama rascándose a cuatro manos. Nos lavamos
el pelo con el famoso Nopucid y, una vez seco, rastrillamos los rizos con el peine fino que arrojó toneladas de liendres crujientes sobre mi pañuelo negro de seda indostaní que parecía pintado para la ocasión.
Con bastante esfuerzo logramos exterminarlos. Por las dudas, reviso obsesivamente la cabeza de Pepo y le paso el peine fino cada vez que puedo (si me deja). Es una lucha sin cuartel… MENTA-CONTRA-LOS-PIOJOS.

lunes, 11 de enero de 2010

El accidente

Por motivos contractuales no puedo mencionar el nombre de la obra que protagoniza la niña. Sólo diré que, careciendo de argumento, trata sobre el pasado, presente y futuro de tres personajes elegidos al azar que observan sus “otros yo” como quien se mira en una sala tapizada de espejos.
Infancia, adolescencia y adultez. Todo en uno, planos superpuestos. Y después nada. El ojo de una cámara capta imágenes en blanco y negro, imágenes del ayer que los personajes comentan desde el hoy. Mezcla de teatro y cine, la calidad de las escenas filmadas es muy superior a la actuación en vivo, los actores no son actores, hay un niño estrella que es la debilidad del director, y una anciana picarona que toca el piano a un costado del escenario.
Pepo representa la infancia de una señora mayor (Dora), no tiene texto pero sus elocuentes miradas bastan para ganarle la simpatía del público. Le pusieron un vestido verde que odia casi tanto como los zapatos. Se quejó y no logró nada, excepto que le cortaran el flequillo porque se veía demasiado “moderna”.
Para la cuarta función empecé a cabecear en la butaca. Al principio aplaudía a rabiar aunque la obra me parece irritante de tan poca cosa, después me resignaba a esperar que bajaran el telón para ir a cenar. Y esa vez bajaron el telón antes de tiempo, la vieja del piano interrumpió la melodía en un acorde disonante y se hizo un silencio de tumba antes del abucheo de los escasos espectadores. ¡Por fin un poco de acción! ¿Qué habrá pasado?
Pasó que el alter ego de Pepo (la anciana del futuro) se enredó entre las
sogas desparramadas tras bambalinas y cayó de bruces medio desmayada sin que nadie atinara a socorrerla. Pobre vieja... “Se rompió tres costillas”, dijo el director y suspendió la función por esa noche.
Como Pepo no venía, me colé en los camarines tratando de encontrarla. Estaba acurrucada en el piso y lloraba a moco tendido.

-¿Qué pasa? No me asustes…
-¡Yo no la maté!
-¿A quién mataste?
-A Dora... ¡Pero yo no le hice nada!
-Dora está bien. Bueno… se la llevó la ambulancia, pero va a estar bien.
-Dijo que yo le puse el pié… hip... hip… ¡pero es mentira!
-¡¡¡¡¿Cómo?!!!!
-Yo no le puse el pié… hip… se cayó sola.
-Ay, Dios…
-¿Qué…? ¿Vos tampoco me creés?
-Claro que te creo. Vamos, lavate la cara, salgamos de acá.

Caminamos bajo la luz de las marquesinas en dirección al obelisco, ella con el vestido verde que no había querido cambiarse.

-Y ahora que Dora no está en la obra, ¿quién va a decir su parte?
-Yo.
-¿Cómo?
-Sí, me lo dijo el director.
-¡Pepo! ¿Le pusiste el pié para tener texto?

sábado, 9 de enero de 2010

Un amigo del viejo continente

A Thomas R lo conocí hace poco más de diez años en ocasión de su único viaje a Buenos Aires. Éramos colegas, trabajábamos en el mismo proyecto, yo desde acá, él al otro lado del océano.
No hace mucho se le dio por establecerse aquí, lo abandonó todo para vivir en
la ciudad del tango donde tiene una pequeña librería de textos extranjeros, un gato bizco y unos cuantos amigos inmigrantes.
No nos vemos seguido pero, cada vez que hablamos, me saluda con un extraño “Chika prrrrrezioza” y entonces valoro el gran esfuerzo que hace para aprender el idioma. Thomas tiene siempre un diccionario en el bolsillo al que evita recurrir salvo caso de vida o muerte. Es como el que lleva plata de más por si le roban o como yo, que atesoro tampones en la cartera para emergencias que no se producirán. Previsor. Thomas es, ante todo, previsor.

-¿Quién es este aparato?
-¡Shhhh! ¡Callate! Es amigo mío así que portate bien y tratá de ser simpática.
-Pero usa moñito…
-Pepo…
-Y habla raro…
-No habla raro.
-Sí.
-¡No!


Thomas no sólo habla raro. Camina raro, luce raro y mira más raro aún, más de lo que yo misma recordaba. Y Pepo no tardó en tomarle el punto, hasta descubrió ella solita que Thomas es un tacaño de colección (cosa que me guardé muy bien de aclarar) cuando nos invitó a tomar un helado y corrió al baño en cuanto trajeron la cuenta.
Como sea, compartimos una linda tarde, paseamos, conocimos su famosa librería y a Pepo le regaló un librito de cuentos irlandeses que dudo leerá algún día. Todo mientras hacíamos tiempo para la clase de baile a la que Thomas insistía en acompañarnos.

-Meri… ¿ya nos vamos?
-¡Terminala!
-Es un pesado…
-Sí, pero es mi amigo.
-¿Tenés muchos amigos como éste?
-¡Pepo!

Nos despedimos con inquebrantables promesas de “escribirnos pronto”, as usual. Nos acompañó hasta la esquina y lo observé unos segundos mientras se alejaba, rascándose la cabeza con inusitada dedicación.

jueves, 7 de enero de 2010

Hija adoptiva

Mi muy querida amiga F está atravesando un mal momento. Entre la beba de meses que exige atención exclusiva las 24 horas del día, un trabajo complicado, un marido más complicado aún y los avatares de una imprevista mudanza, la pobre no sabe para donde correr. Tiene además dos niñas pequeñas y terribles que son mi debilidad, en especial Pepo, la mayor.
Precisamente con Pepo íbamos a deambular por las calles de Europa, ella en calidad de “artista” y yo, de acompañante-tutora-encargada. Por esas cosas de la vida no pudo ser pero, en un rapto de buena voluntad, me ofrecí a tenerla conmigo unos días hasta que se calmen las aguas para mi pobre amiga.
Pepo pegaba saltos hasta el techo y F me agradecía con lágrimas en los ojos, pero la del medio me miró con cara triste, acurrucada en el enorme sillón del comedor. “¿No puedo ir yo también con Meri?” Y nadie supo conformarla pues “la próxima”, de tan lejana suena improbable.
La cosa es que Pepo se mudó con su valijita, unos cuantos libros y dos o tres peluches que quedaron instalados sobre el piano. Tenemos una agenda muy abultada para estos días… clases de comedia musical, funciones nocturnas en el Teatro, paseos varios y, entre otras cosas, está deseosa de acompañarme al gabinete previa promesa de comportarse como una señorita bien educada (hasta que no lo vea, no lo creo).
En fin, heme aquí cocinando milanesas con puré para mi peculiar huésped. Le gusta mi comida, le gusta mi casa y a mí me gusta que le guste. De a ratos me siento MADRE… ¡Faaaa! Qué raro suena eso.

martes, 5 de enero de 2010

Los petardos, Fideo y el loro

Nos perdimos al bajar de la autopista, en un laberinto de calles umbrosas bordadas de luces navideñas.

-¿Pasaste la cruz?
-¿Qué cruz?
-¡Tenés que cruzar el puente!
-¿Qué puente? Ah… el puente…

Y así, una y otra vez, Karina repetía a voz en cuello la misma instrucción. La cruz, el puente, doblar a la derecha en la primera bajada pero, al parecer, nadie veía la cruz ni atinaba a cruzar el puente.
A las cansadas, fuimos llegando. El último fue Fideo, acompañado de su mujer que está que revienta de colágeno repartido en su metro noventa de estatura. Sí, es alta, muy alta, sería una Afrodita escultural si no fuera porque tiene la mano pesada y la lengua envenenada y porque ya ha perdido toda expresión bajo kilos de botox y siliconas.

Los niños alborotaban desde temprano.

-¿Hoy no viene Papá Noel?
-No, ya vino. ¿No te acordás?
-Es que a mí no me trajo todo lo que pedí… ¿Viene hoy?
-No.

De a poco se fueron conformando con la promesa de los cohetes y un par de “tortas” misteriosas que el abuelo Garabe escondía bajo siete llaves. Garabe tiene mala fama con los explosivos, el año pasado casi vuela el techo del quincho por culpa de un mortero silbador que, afortunadamente, sólo pulverizó una palmera y dejó a la tía Marga presa de un ataque de histeria como pocos.

Comieron primero los más pequeños mientras los hombres fumaban y reían en el jardín y las mujeres desfilábamos de un lado a otro disponiendo cuidadosamente la vajilla y las numerosas delicias que cocinamos durante horas con el sólo objeto de recibir el piropo adecuado.
Esta vez decidí renunciar al lehmeyún que me hace agua la boca y los manté, pues con uno no alcanza y terminan siendo un vicio muy indigesto. Lo bueno de la comida armenia es que no aburre, es tan variada que permite probar un poco de cada cosa y disfrutar absolutamente todo. Hammus, muhamara (esto no lo conocía), sarmá, kefté, tabbulé (¡lo hice yo y les encantó!) Al final no me aguanté más y le di al lehmeyún, dos o tres, no recuerdo, y eran de los grandes…

Cuando la mesa estaba ya prácticamente devastada, dieron las doce. El cielo estalló en una catarata de colores, los pequeños hacían figuras con las estrellitas, Garabe y sus secuaces dieron inicio al bombardeo que duró unos cuantos minutos y fue maravilloso hasta que un “Jaimito” (no me pregunten qué es…) fue a dar en las pantorrillas de la esposa de Fideo que saltó por los aires a grito pelado y, hecha una furia, le pegó tal sopapo al marido que por un momento eclipsó el estallido de los fuegos.

-¡Lo hiciste a propósito, pedazo de &”#$”!@?”)#)/”&/%!
-¿Estás loca…? Si yo no fui…

Pero no había manera de hacerla entrar en razones. Ante el estupor de grandes y chicos, levantó toda su pesada masa colagenada y se fue dando tumbos con el auto sin molestarse siquiera en saludar.

Una nueva ronda de champán disipó el malestar y los imberbes de la familia siguieron tirando
bombas como si nada, con Garabe y Fideo a la cabeza. Los demás fuimos caminando hasta el dichoso puente a ver el espectáculo de los fuegos en plena Panamericana. El cielo de La Cava no tenía nada que envidiarle al primer mundo… sobran las palabras, realmente.

Cuando regresamos, el jardín parecía las ruinas de Pompeya… Restos de pirotecnia flotaban en la pileta, olor a pólvora y a quemado, caras sucias, botellas vacías… Y en el centro de la mesa, picoteando las backlava, un loro bien rollizo que al vernos empezó a los gritos, no tanto por temor sino más bien dispuesto a defender su bien ganado manjar.
Entonces fue cuando Anush –que pasó dos días cocinando backlava y no se iba a dejar amedrentar por un lorito goloso- arremetió escoba en mano enfureciendo al bicho que volaba en círculo sobre las cabezas de los niños. En pleno revuelo de plumas y picotazos, cayó el dueño del
loro que ligó un escobazo de la airada Anush y la amenaza de hacerle pagar los destrozos, faltaba más.

Nos quedamos sin postre pero a los chicos no les importó pues la odisea del loro les daba tema para nuevos juegos. Fideo se acariciaba la mejilla dolorida y vaciaba una copa tras otra, ahogando las penas del desamor. Pan dulce, turrones, más champán y que siga la fiesta.
Bailamos sin parar hasta el amanecer del nuevo año.

¡Felicidades! ¡Por un año mejor! ¡Por un año feliz!