jueves, 29 de julio de 2010

Las mañanas de invierno

Abrir un ojo... tantear el caminito hacia el baño... desafiar el espejo... acumular pulloveres hasta el bar más cercano... encontrar las monedas para el colectivo... recuperar lentamente la identidad...

¿Qué me depara este jueves? ¿A dónde tengo que ir? ¿Quién espera algo de mí? ¿Lloverá?

lunes, 26 de julio de 2010

Pago... ¿fácil?

El día que me convierta en una anciana respetable con las articulaciones lo suficientemente fuertes como para seguir trepándome a los colectivos, no pienso instalarme en la cabecera de la parada ignorando la larga cola de infelices muertos de frío que llevan siglos esperando y bufando la demora. ¡Hay que tener tupé! Si yo estoy primera en la fila ¿qué hace esta noble anciana parándose adelante como si nadie más existiera? Y encima tiene la uñas pintadas de rojo y zapatos muy caros. ¿Por qué no toma taxi?

Subimos y bajamos juntas. Entonces no imaginaba que seguiría mis huellas hasta el Correo hasta que, minutos más tarde, la vi empujar la puerta con esfuerzo intentando colarse entre los mansos adeptos al Pago Fácil.

Al grito de “¡Señora! ¡Acá termina la fila!” esbozó una disculpa y a regañadientes fue a parar al final de la cola que ya daba varias vueltas. No pude evitar sonreír pues, aunque impuntual, la justicia siempre llega.

-¿ES MI TURNO?
-No, abuelo, todavía no. Yo le aviso.
-¿Por qué espera el señor? Abuelo, en la caja lo atienden enseguida, usted no tiene que hacer la cola.
-¿CÓMO DICE? NO LO ESCUCHO.
-Que vaya a la caja directamente, no hace falta que espere.
-¿EH…? ¡NO LO ESCUCHO! ¡SOY SORDO!
-Ah, pero entonces ¿qué querés, viejo de mier&%#”$&”? Quedate ahí y esperá.

-¿Quién sigue para el Correo?
-Disculpe pero ahí hay un señor mayor que casi no puede caminar, además es sordo. ¿Por qué no lo atiende a él?
-Porque tengo dos embarazadas y una señora-con-un-bebé esperando. Están todos en la misma, que espere un poco, ya lo vamos a llamar.

Las embarazadas no se movieron de su sitio, la señora-con-un-bebé sacudió al crío y miró desafiante a toda la concurrencia. El pobre viejo seguía sin entender.

-Pero, escuchame una cosa. El pobre tipo es viejo y sordo, atendelo y dejate de joder.
-Señor, no sea irrespetuoso.
-¡Irrespetuosas son éstas! ¿Acaso las embarazadas no pueden esperar cinco minutos más? ¿O piensan parir acá mismo?
-Señor, vuelva a la fila.
-¡Venga, abuelo! Un día vas a llegar a viejo, vos también. Si llegás… Ustedes, embarazadas, corransén y dejenlón al sordo. ¡Qué barbaridad! Ellas se divierten y el pobre viejo no se puede tener en pié.

El murmullo del público, que iba creciendo como la marea, apoyó la moción y el sordo fue despachado en menos de un minuto. Faltaba el aplauso para cerrar el capítulo pero ya los ánimos venían caldeados.

-¡Oiga, osté! ¿Por qué zerraron la caja doz? ¿No ve la gente qui hay?
-Esa caja es del Correo, señora.
-¡Pero aquí dize Pagofázil! ¿O no ez Pagofázil ezto?
-¡Tiene razón la señora! ¡Hace una hora que estamos acá!
-Ojalá yo pudiera hacer una hora de cola…
-¡QUE A-BRAN LA CAJA! ¡QUE A-BRAN LA CAJA!

Los abucheos aceleraron el trámite pues, ante las efusivas amenazas de una caterva de jubiladas furiosas, los empleados optaron por capitular so pena de volver a casa con un ojo negro. Así llegó mi turno, pagué y arrebaté un pilón de cupones de descuento para el cine y me fui derechito a la pizzería pues tanta espera amerita una buena fugazzeta con borde crocante.

En este bendito país, ni cuando querés pagar te la hacen fácil.

viernes, 23 de julio de 2010

Hot ideas

Pensar que mi Elegido me ha dejado aquí sola, en estas condiciones, por su sola voluntad…

La abstinencia sexual exacerba seriamente mis estados de ánimo. Regularmente me pone de mal humor o me hace doler la cabeza; en ocasiones, deambulo taciturna rumiando vendettas muy peligrosas. Me lo tomo como algo personal y el quetejedi ni se entera, no se hace cargo de mis padecimientos y cuando después viene todo compungido suplicando los mimos que soy incapaz de negarle, tengo ganas de cagarlo bien a trompadas.

Que nadie me venga con eso de la autosuficiencia, autocomplacencia, autonosecuanto… ¿a mí? Naaaa… Conozco todos los tips para obtener el máximo rendimiento de mi "compañerito de pieza" (¿con quién te creés que tuve cita esta mañana y esta noche y la noche después de mañana...?) pero no es lo que quiero “siempre”.

No voy a contar los días, ni las horas. Me duele la cabeza y no se me va a pasar hasta que vuelvas, sabelo. Ay…

martes, 20 de julio de 2010

El amor y la rutina

Antonio salía con Mariela.

En la segunda cita, Mariela se quejó:

-Siempre que salimos pedís un café. ¡Qué aburrido!

Entonces Antonio tomó sus recaudos y empezó a cuidarse para evitar las fastidiosas repeticiones. Cuando invitaba a Mariela al cine, nunca pero nunca la llevaba a ver la misma película. Cambiaba café por gaseosas, helados en pleno invierno, de vez en cuando un submarino o té con limón. Pero nada parecía bastar.

Más tarde Antonio empezó a alterar el orden de las cosas, en lucha incesante contra la rutina. Destapaba la botella de champán justo antes de subir al colectivo, besaba a Mariela apasionadamente sólo en el relampagueo de un único semáforo, se ataba los cordones mucho antes de lavarse los dientes. Pero no alcanzaba, su romance con Mariela parecía estar siempre constelado de dificultades.

Antonio comenzó a hacer muecas para que su rostro fuera siempre un poco distinto, se volvió un experto de la mímica sólo para que Mariela no se aburriera de sus facciones. Luego se le dio por anotar en una libretita las frases que decía:

"Hola..." Esto lo obligaba a usar otras palabaras para iniciar el día. Así aprendió un montón de sinónimos: "Cáspita", "Caramba"...

Pero llegó el día fatal. ¿Se lo decía a Mariela, quemando para siempre la frase primorosa? Es que si no se lo decia, se atragantaría y le saldrían a borbotones fragmentos de esa frase con la vendedora de flores... ¡o el kioskero! Además, recurrir a la frase era como reconocer que mañana la querría un poco menos, y ya no podria volver a decirla.

Pero... ¡qué tonto! Si se la hubiera repetido, como un ritual religioso o una melodía de esas hipnóticas, se hubiera dado cuenta de que en realidad la repetición era imposible ya que ella era siempre diferente, como el viento es a veces huracán, a veces brisa.

"Te amo".

La boca de Mariela se ensanchó en una gran sonrisa... "Decímelo siempre, no permitas que me olvide".

jueves, 15 de julio de 2010

Es mentira que soy mala

No la soporto. Estoy oscilando claramente en el nivel de tolerancia cero, por momentos siento el impulso de saltar y hundir mis uñas (¿garras?) en su largo cuello. Intento concentrarme en otra cosa y elijo no matarla.

Chica Rara canta en el coro, es soprano. No es bonita, lleva el pelo largo y sin forma, es desgarbada, usa unos anteojos de lo más estrafalarios que la hacen ver como una bibliotecaria frígida y atemporal. Pero por sobre todas las cosas: es alta. No a la manera de las mujeres esbeltas, a quienes unos centímetros extra otorgan el derecho indiscutible de lucir sandalias romanas sin que los tobillos parezcan matambres de pollo. Ni siquiera como las supermodelos, dueñas de un porte que envidiaría la Venus de Milo.

Chica Rara es alta, sólo eso, tanto así que su cabeza sobresale en cualquier formación, no es posible hablar con ella sin lograr una contractura cervical de película. Tan alta es que habitualmente choca su cabeza contra los marcos de las puertas. Alta, muy alta, trepada a mis tacos más pretenciosos apenas llego a rozar su hombro. Sospecho que duerme en una cama especial.

Cuando canta tuerce la boca a un costado y afina los labios en una mueca completamente antinatural. Ante las observaciones del director, pone cara de inteligente y escucha atentamente, anota con prolijidad cada indicación sobre la partitura y se sienta muy tiesa, con la mirada fija y desorbitada como si fuera testigo de alguna revelación trascendental. Es la auténtica nerd, sólo que más alta.

En el afán de resultar simpática, saluda a todos con un sonoro beso al que me sigo negando por cuestión de principios, en especial porque detesto ver cómo se agacha con condescendencia ante los simples mortales como la jirafa del zoológico atraída por las golosinas de los niños. No es curioso que le huyan.

El otro día, sin ir más lejos, me increpó a metros del bar… “¿Querés un pedacito?” haciendo flamear un enorme sandwich de miga muy cerca de mi nariz, al tiempo que me miraba con esos ojos de lechuza asombrada. “No, gracias”. Y me alejé dejando que atosigara al próximo incauto.

No es el tipo de persona que inspira afecto, ni siquiera un poco de lástima. Uno intenta evitarla y ella vuelve a la carga con renovados besos y más sanguchitos y los ojos cada vez más saltones. Últimamente vive trepada a unas botas de taco aguja que la elevan a alturas inconmensurables y ya es más de lo que se puede tolerar. No existen motivos concretos para explicar el por qué de esta aversión, sólo sé que la odio, le temo, su sola presencia despierta mis instintos más sanguinarios. No me mires, no quiero verte. Qué ganas de matarla… Te voy a matar. Sí, te voy a matar.

martes, 13 de julio de 2010

Gran boda judía

Llegamos poco después de que dieran las diez, correctamente emperifollados según las instrucciones bien detalladas en la tarjeta de invitación.

La JUPÁ estaba construida en una gran sala donde reposaban prolijamente varias filas de sillas, a la manera de un templo. Luego de cuarenta minutos de espera fichando vestuario y maquillaje, entraron los novios y los padrinos y, detrás de ellos, una nena y un nene que, con gesto cansino, repartían pétalos de tela de color rosado. Debo decir que he visto niños más comprometidos con el papel…

La ceremonia fue larga y agotadora, sólo comparable a una misa de esponsales de las de antes. A diferencia de ésta, los judíos gritan alborozados cuando el novio “rompe la copa” y esto marca el final de la ceremonia. Claro está, no hay hostia y el novio es quien entrega a la novia el anillo que debe ser de su propiedad, caso contrario el matrimonio no sería legítimo. Ella, a su vez, le entrega el TALIT y así queda sellado el asunto.

El rabino filosofaba con voz finita y entrecortada acerca del valor de fundar un hogar judío y no despreció la oportunidad de mencionar la tenaz supervivencia del pueblo elegido "a pesar de que han querido borrarnos de la faz de la tierra". Leyó la KETUBÁ (el acta de matrimonio) que, a juzgar por su extensión, contenía además de la promesa de amarse y cuidarse en la salud y en la enfermedad, etc, etc… algún acuerdo de otra clase expresado a la manera de una escritura. Esto no lo puedo asegurar porque el hebreo es para mí como el sánscrito, el holandés o el guaraní, o sea, una lengua por completo ajena de la que sólo retengo un despliegue de jotas que resulta desagradable a mi oído.

Todo el asunto estuvo salpicado de música a cargo del JAZÁN y un conjunto instrumental, además de otras voces masculinas, que nos deleitaron con un nutrido repertorio de canciones en idish. Si me hubieran dicho que iba a escuchar los grandes éxitos de Christian Castro ¡en hebreo! me quedaba en casa tejiendo calceta.

Pero entonces arrancó el desfile de bocaditos y les perdoné todo. Comí, bailé y tomé lo suficiente para sentirme irreverente sin perder del todo la compostura. A las 5 de la mañana, cuando un grupo de los 80 ejecutaba (esto dicho en el sentido más letal del término) los clásicos de mi adolescencia, pasamos a otro salón para degustar los postres.

Inmediatamente después, nos despedimos de los anfitriones deseándoles la mejor de las vidas posibles y salimos disparados hacia el estacionamiento. El cierre musical incluía versiones en vivo de Va pensiero y el Brindis de la Traviata, entre otros. Luego, a pedido del público, los solistas improvisaron trinos en idish y hebreo, una desgracia que justifica seguramente el dinero ganado esa noche.

Pese al influjo del alcohol o quizá a causa de éste, realicé un magnífico trabajo de campo siguiendo la metodología de la observación participante. De las muchas conclusiones que obtuve, sólo compartiré una parte:

Una de ellas es el desnivel en cuanto a estado físico, energía y actitud que diferencia a los hombres de más de 65 de sus parejas cuando éstas son contemporáneas. Mientras ellas se mantienen en forma, bailan a ritmo, se prenden en los trencitos y hacen los honores a un tema de Abba o al Bombón Asesino por igual, ellos languidecen en la pista oscilando como una medusa en el mar calmo.

Un grupo aparte lo constituyen los hombres de la misma edad pero que han decido ornamentarse con una mujer 15, 20 o 25 años más joven, fenómeno muy común en cierto estrato socioeconómico. Estos son más activos, se conservan jóvenes y verdes y no temen confesar que “toman la pastilla”.

Y finalmente, el hecho curioso de que la novia se haya volcado desde hace poco a la práctica de la religión y de las tradiciones judaicas, lo cual no le impidió organizar una fiesta donde convivían promiscuamente el salmón con el roquefort, la crema ácida con el cordero y el pollo con la muzzarella de búfala. La clave de esta aparente contradicción nos la comentó un allegado: después de la ceremonia religiosa, el rabino congregó a los novios, los padres y siete hombres cercanos a la familia para oficiar una suerte de festejo KASHER que, entre otras cosas, sirve como permiso liberador de las transgresiones alimenticias de la festichola... ¿No es genial cómo las religiones se las ingenian siempre para dar permiso cuando es conveniente?

martes, 6 de julio de 2010

Despedida de soltera

Yo: Dijo que traía el bolso, que lo guardemos y se lo damos cuando llega.
Nati: Entonces vendrá todo lookeado, no se va a cambiar en la cocina ¿no?
Yo: No creo que necesite mucha ropa...

El bolso de Juan Carlos llegó a media tarde y subió en el ascensor en compañía de doña Vera, la viejita del piso de arriba que ha compensado la ceguera con un oído superdesarrollado.

Nati: ¿Lo abrimos?
Yo: No acostumbro revisar los bolsos de nadie y menos el de un stripper desconocido.
Nati: Vení, mirá… ¡Están re buenas estas tangas!
Yo: ¡No toques nada! ¡Guardá eso! Pará… ¿qué es esa cosa rosa?
Nati: No sé… ¡Ay, vibra! Está buenísimo…

El bolso estaba lleno de juguetitos, aerosoles con espuma, tangas de colores y un sinfín de objetos que no logramos identificar. Nati lo escondió en su placard, refunfuñando.

Las pizzetas ya estaban listas cuando empezaron a llegar las chicas. Una traía el disfraz de Moulin Rouge que alquilamos para ELLA, obviando preguntar si la nueva religión permite este tipo de extravagancias. Demasiado tarde para cualquier censura... “habrá que ponérselo a la fuerza si es necesario”, pero tanto gustó a la homenajeada que ella misma se ajustó el portaligas y las plumas.

A las 9 en punto sonó el timbre y, al son de “Hungry like a wolf”, hizo su entrada triunfal el famoso Juan Carlos, enfundado en la típica gabardina negra.

-Aaaaaaaaaah…
-Está más bueno que el Quaker…
-¡Pa…Pito!
-¡Me lo llevo a casa!

El muchacho bailó, se desnudó y revoléo la p… en la cara de todas. El griterío hacía retumbar las ventanas como los domingos cuando, desde la cancha, se escuchan los goles de Boca. ELLA bailaba desbocada como una Salomé poseída por el dios de la lujuria tropical; él la guiaba en una coreografía desenfrenada en la que todas querían participar, tocarlo, gritarle cosas lindas y comprobar si el “atributo” era real. De pronto alguien bañó con espuma a nuestro bien es-cul-pi-do objeto sexual y entonces todo fue confusión y aullidos de perras en celo.

Aplaudimos enloquecidas cuando terminó el show, hubo fotos que prometimos jamás publicar y piquitos y piropos y de a poco fue volviendo la calma. Juan Carlos recuperó sus prendas y, antes de irse, nos ofreció una variada colección de consoladores de diversos tamaños, colores y precios. Todas querían pero ninguna se animaba a comprar… “¿Qué van a decir si…?” A mí me gustaba la mariposita a control remoto pero no tuve el valor.

Al rato, ronda de empanadas, fosforitos y salchichitas pues tanta excitación deviene invariablemente en voraz apetito. Todas felices, bajando un cambio, menos ELLA que fumaba un cigarrillo en el balcón todavía disfrazada de bataclana, con la mirada perdida observando a Juan Carlos que se alejaba en un taxi.

La joda terminó bien entrada la madrugada. Volví a casa, entré sin hacer ruido y, aunque hice todo lo posible, no logré dormir. A la mañana temprano, un mensaje zumbaba en mi celular:

“CREO QUE ME OLVIDE LA TANGA ROJA EN TU CASA… JUAN C.”

viernes, 2 de julio de 2010

Notas mentales

Con una mano plancho, con la otra cebo mate. El celular vibra enloquecido en mi cintura, alguien toca el timbre, la pava silba sobre la hornalla y tose la impresora por culpa de un papel atascado. De a ratos escucho la requetedifícil fuga de Brahms que aprenderé a fuerza de machacar. Un ojo atento a la derrota de Brasil, el otro obsesionado con la suciedad que empaña las ventanas.

Intento recordar qué cosas no debía olvidar… Hoy, mañana, pasado… La lista de “pendientes” se torna demoledora y escapo a lugares menos pretenciosos, a los brazos de mi amado que me envuelven en un tul de fantasías multicolores, a los mares tibios de corales y sirenas, a la quietud del teatro vacío cuando ya se han ido los aplausos.

Rompí una cábala… sin querer, pero la rompí. Y ahora temo que mañana… Pero esas cosas no hay que pensarlas, mucho menos pronunciarlas. Debe ser eso lo que me tiene mal o quizá sólo estoy nerviosa por el show del stripper y quiero salir corriendo pero debo quedarme y amasar los pancitos que les prometí a las chicas. Debo, debo, debo… No hay espacio para el deseo, para ningún deseo. Desespero, quiero y no puedo, pero quiero mucho.