martes, 31 de agosto de 2010

Bella

Caminando esta tarde las veredas rotas de mi barrio UN TIPO me informa, así al pasar, que “se acaba de enamorar”. Y me mira. Sostengo la mirada y sonrío. Otros dos se dan vuelta… “está divina”. No me importa nada de nada, inflo los pulmones de autoestima y sigo mi camino con la cabeza en alto. Llueve mucho. Semiescondida bajo el paraguas, tiritando de frío, voy por la vida emanando cosas bellas. Hoy… no cualquier día… HOY.

jueves, 26 de agosto de 2010

Un réquiem alemán

-Ya que hoy tenemos a Silvina, vamos a pasar completa el aria de soprano. Para los que no conocen a Silvina… la conocen todos ¿no? ¿Alguno no la conoce? ¿Cómo que no…? Entonces démosle la bienvenida a Silvina S. ¡Aplausos, por favor!

Yo también aplaudí, más por compromiso que por convenciminto pues de Silvina S no lograba ver ni la sombra. Me paré en puntas de pié sin dejar de palmotear, siguiendo la dirección de todas las miradas y, no muy lejos, al otro lado del inmenso piano, alcancé a ver unos rulos rubios. Cuando se hizo silencio, el director invitó a Silvina S a subir a una especie de tarima improvisada para la ocasión y descubrí que los rulos adornaban una cara regordeta y simpática, de sonrisa ancha y ojos chispeantes. Silvina, como todas las cosas buenas, viene en frasco chico. Y es que esta miniatura que apenas despega del suelo, es dueña de una voz prodigiosa y un magnetismo que transporta y eleva y, de a ratos, adormece como el canto de los ruiseñores en primavera.

Bella, la voz de Silvina es bella y poderosa, gorda, sensual, agudos rellenos de armónicos y un timbre perfecto. Ella lleva la voz cantante, el coro es sólo un rumor que la acompaña y la mece con la ternura de las aguas impulsadas por el viento. Si no fuera un réquiem, bien podría ser una canción de cuna.

Ihr habt nun Traurigkeit;
aber ich will euch wiedersehen,
und euer Herz soll sich freuen,
und eure Freude soll niemand
von euch nemmen.
(Johannes 16, 22)



El próximo domingo es el gran concierto gran. Se me revuelve el estómago cada vez que pienso en la fuga del número 6, no sé si podré… Entre la tos y el toc que se disputan mi tranquilidad, muy lejos estoy de sentir la paz que Brahms intentó plasmar en esta belleza que a muchos gusta llamar, a la manera de un cuento, “un réquiem alemán”.

martes, 24 de agosto de 2010

Waka Waka

My beloved brother volvió de Sudáfrica, volvió para quedarse luego de casi dos años de ir y venir, valijas que no terminan de vaciarse, plantas por regar, lagrimitas de despedida y esa inconsistencia de estar pero no estar, cuando uno vive de a ratos en la otra punta del mapa y sus vecinos más cercanos rugen por la noche acechando a la presa.

La emoción del regreso estuvo acompañada de un popurrí de regalos, incluida la auténtica vuvuzela, una bellísima Venda Doll con su bebito a cuestas, dos Calendar Recipes con platos tradicionales africanos, licor de Amarula, remeras, chops, llaveritos y lo que quedó del merchandising una vez acabada la festichola del mundial. También varios sobres de carne seca de kudu, una especie de charqui marinado en especias que los africanos llaman “biltong” y al que uno empieza a mirar con buenos ojos cuando escasea la longaniza en la picada.

Pero la revelación fue este pequeño explosivo casero que nos dejó la lengua como bolsita de agua caliente y un dolor agudo en el entrecejo, la misma sensación ingrata que queda al tragar helado de limón demasiado rápido, todo el frío se va al cerebro y duele. Tras mucha miga de pan para calmar el ardor, intentamos de nuevo y todos los sabores sucumbieron al fuego líquido del rey del picante. Aaaaaaaah…

Estamos felices con el retorno del hijo pródigo, especialmente mi papá que no cesaba de abrazarlo con los ojos llenos de lágrimas. Se pronostican grandes comilonas, muchos encuentros y ninguna despedida en lo que resta del almanaque.

viernes, 20 de agosto de 2010

Mucus, el regreso

Mal humor, pantuflas chinas celestes con brillitos, bufanda, jogging rojo, té con limón y canela en la tacita de Minnie y, no importa cuánto calor haga, sigo teniendo frío. Se me pegó el frío a la médula, me pincha con agujas invisibles y no hay estufa que me lo quite.

En el origen fue el frío. Al día siguiente, un malestar general. El tercer día se me tapó la nariz y el cuarto y el quinto no paró de llover. Lluvia de mocos, pilas de pañuelos de papel hechos bolita en todos los rincones de la casa, baños de vapor y más mocos, aspirinas que no ayudan, no puedo respirar, desespero y me sueno más fuerte, mocos y más mocos, quizá sea ésta una nueva forma de adelgazar (o deshidratarme). Tomé esa cosa efervescente que dicen que destapa y nada. Se me pasparon las aletas y tengo la nariz roja e hinchada como si hubiera tomado un barril del mejor escocés.

La nona me hubiera puesto una cataplasma de jengibre fresco pero yo preferí embuchar litros de té de orégano con mucha miel, aprovechando que este resfrío padre me robó los olores y el sabor de las comidas. Por estos días vivo una vida inodora e insípida, si hasta el agua de la canilla me parece sana. Podría comer las cosas más asquerosas y ni lo notaría.

Pero hoy, cuando sobrevino la tos, ALGUIEN deslizó en mi oído la palabra mágica: QURA. ¿Qué es eso? ¿Qué cura? ¿Cura Qura? No investigué mucho. Por lo general me muestro escéptica ante estas cosas, no me gustan los remedios pues no creo en eso de llenar el cuerpo de químicos excepto, claro, una buena ginebra. Sin embargo, esta vez corrí a la farmacia y tragué la píldora con respeto y convencimiento.

Ya pasaron seis horas, las primeras seis horas del sexto día, y los mocos han cedido bastante. Cada tanto una tos seca que hace doler el pecho y no mucho más. Todavía escucho mi voz con ecos de nave espacial y los olores me son esquivos, pero ya todo se va a normalizar. Eso espero. Parece que Qura… cura.

jueves, 19 de agosto de 2010

Todo lo que entra tiene que salir

I’m happy because she is leaving.

Tanta croqueta de berenjena se le terminó subiendo al cerebro. De una flacura transparente, insípida, absolutamente unsexy aunque ella por cierto no lo cree así. Gustaba de posar para las fotos y enseñarlas por ahí. Solía mostrarse alegre y altiva disimulando la procesión interior, la falta de talento y, por sobre todo, la ausencia de rumbo. Se creía “luminosa” pero su pálida luz iluminaba un círculo chiquito y egoísta. Procuraba adoctrinar acerca de las bondades de su recientemente adquirida espiritualidad, al principio con mesura, luego con la obstinada insistencia de los sordos o los locos.

Pues bien, te has ido de una vez y (espero) para siempre. You’re gone, out of my life, soon I will forget you but you will always remember me.

Era un regalo que no esperaba, más vale tarde que nunca. Evito descarrilarme en la euforia que me provoca tu marcha y a duras penas logro reprimir los saltos y las risas. A cambio deseo, desde lo más profundo de mis rencores y con malsana alegría:

- Que la vida en el pueblucho ése que te alberga te resulte grata y feliz, tanto así que jamás pienses en volver.

- Que los muchos hijos que vendrán te hagan olvidar que algún vez tuviste la panza chata.

- Que los amores presentes borren para siempre la memoria de aventuras pasadas.

- Que algún día decidas hacer algo que realmente valga la pena, en lugar de vegetar entre milanesitas de soja y meditaciones intrascendentes para salvar un mundo en el cual sos NADIE.

Yo no creía mucho en eso de… “Siéntate en la puerta de tu casa a esperar y el cadáver de tu enemigo verás pasar...” pero los hechos me han convencido. Te has ido al fin con tus mantras y tus delirios de Pachamama, lejos del universo minúsculo que conocés, a buscar quién sabe qué, a empezar algo quizá… ¿a probar…?

Andá, seguí meditando que capaz te va mejor que a mí, sintonizate los chakras y comete un buen bife de chorizo que estás escasa de proteínas. Om shanti, ve con Dios... ¡andá a cagar!

jueves, 12 de agosto de 2010

Reír para no llorar más

Una anciana querida, alegre y vivaz. Un tropezón que ocasiona la fatal caída, sangre en las paredes, el esposo fiel que desespera intentando inútilmente reanimarla, la ambulancia que no llega, conmoción en el vecindario. Alguien hace señas a un patrullero que dormita en la esquina, otro patrullero y al rato otro más. Policías. Ajenos al dolor y la tristeza, no saben de respeto ni buenas costumbres. Para cuando llegó el médico, ya habían labrado el acta e impartían órdenes de rutina… “Hay que seguir el procedimiento”. Pero el esposo no entiende de peritajes y fotos y autopsias. Él sólo quiere limpiar la sangre que empieza a secarse sobre los cabellos blancos del amor de su vida, cerrarle los ojos y tomarle la mano hasta que pierda todo su calor, volar muy lejos, retroceder al minuto previo y burlar al destino.

La muerte, en su cronometrada imparcialidad, desata todo tipo de reacciones equívocas y uno no puede evitar la frase hecha ni el comentario inoportuno. Para colmo de males… ¿quién iba a pensar que el rigor mortis sorprendería a la pobre tía Elsa sentada en el sillón del comedor? El esposo no le soltaba la mano, desobedeciendo la orden expresa del comisario de no tocarla ni cambiar nada de lugar. Era muy buena la tía y, por sobre todo, sumamente pulcra. Si hubiera imaginado este final grotesco, por lo menos se habría cambiado las pantuflas por un calzado más decente.

Ocho horas esperando el traslado a la morgue. Ocho angustiosas horas orinando mates azucarados, la nariz paspada de tanto sonarse, la abuela que se niega a tomar la pastilla de la presión y las vecinas de la cuadra anticipando el velorio con la plena seguridad de que la difunta ya pasó a mejor vida.

“No somos nada…” “Hoy estamos y mañana, no…” “Era una santa…” A veces pienso que para que hablen bien de uno, no hay mejor cosa que estirar la pata. Si no, pregúntenle a la Chola (la almacenera de la vuelta) que se deshacía en llanto olvidando que pocos días atrás le vendió queso rancio a la tía Elsa y comentó, como al pasar, que cobraba una jubilación “demasiado generosa”.

Al fin se la llevaron. De la peor manera, encerrada en una bolsa negra, sin ningún recato, pobre tía. Nadie durmió esa noche ni la siguiente. La autopsia confirmó que murió de un infarto… ¿Hacía falta semejante circo? Podría haber muerto mientras dormía y hubiera resultado triste pero digno.

Esperamos mucho tiempo frente a las puertas de la morgue. Era de madrugada y hacía frío. Alguien tenía que reconocer el cuerpo que yacía congelado, con la boca abierta, completamente tieso. Se ofreció la prima Adriana que siempre se las ingenia para tomar parte en lo que sea.

“¡La van a tener que velar a cajón cerrado porque se va a hinchar! Y da olor… pero claro, se pudre como un churrasco… ¡qué barbaridá! Ya dijo el señor de la cochería que le tienen que pegar la boca… Y dijo que los de la “autosia” no la cosen… Ah, no, no… dejan todo abierto y lo rellenan con algodones. Pobre tía... Les dejé la ropita pero se la van a tirar por arriba porque está toda dura”.

Pero no hubo velorio y todos pensamos que era mejor así. Una sencilla ceremonia en la capilla del cementerio, el aplauso de despedida, las condolencias de familiares y amigos y flores para adornar el nicho.

El esposo se deshacía en un llanto silencioso, aferrado al cajón. Nosotros no sabemos lo que es el amor, estamos muy lejos de comprenderlo. En cambio él, incapaz de pronunciar palabra, derramaba lágrimas inagotables sabiendo que ya nunca más volverá despertarse a su lado, lloraba su amor con una pena inconmensurable, un amor eterno que ni la muerte puede vencer.

Pobre tía Elsa… Que en paz descanses.

domingo, 1 de agosto de 2010

No te vayas nunca más

Sofi aterrizó tarde, muy tarde, cansada de múltiples esperas en aeropuertos que aún no termina de conocer. No quiso que fuera a buscarla, no quiso que nadie fuera. A la mañana siguiente nos abrazamos en la puerta de casa y, sin parar de hablar, desayunamos café calentito con tostadas desbordantes de dulce de moras.

Yo: ¿Estás más alta?
Sofi: Vos estás más petisa. ¿Engordaste?
Yo: Sí, vos también.
Sofi: Estás hermosa.
Yo: Vos más.

Todo el día para nosotras, sin pausas, sin límites. “Quedate para siempre, quiero que te quedes, no te vayas nunca más…” Estrenamos zapatillas y salimos a pasear por la gran ciudad, reímos con risa cosquillosa de garganta llena de mocos, compramos bufandas y hamburguesas en el McDonalds de siempre, hacía frío pero podíamos con él.

Es tan lindo el reencuentro... Casi como las reconciliaciones pero sin el sabor amargo de ofensas perdonadas. Reencontrarse como si no hubieran transcurrido más que unos pocos días, recordar el último instante, las promesas, las risas de aquella tarde, el perfume, los secretos, las lágrimas…

Por la noche comida china, comida thai, cualquier cosa que se relacione con un wok y, si es posible, comer sentadas en el piso de aquel restó como en los viejos tiempos y, a media luz, hacer guerra de palitos y ventilar los trapos sucios.

Sofi: Vení a Londres conmigo.
Yo: No puedo…
Sofi: ¿Por qué no?
Yo: No sé…