lunes, 30 de julio de 2012

Los vecinos no se eligen, se padecen

“El camino al infierno está plagado de buenas intenciones…”

La del 4° me la tiene jurada. Intentó un acercamiento solapado, en ocasión de la penúltima reunión de consorcio, en aras de consolidar votos para el arreglo de su balcón. Tiempo perdido. Hice como que no la escuchaba mientras jugueteaba con el llavero y entonces supo que jamás conquistaría mi inconquistable visto bueno. Desde entonces me ha quitado el saludo y yo me río de Janeiro, me río en sus narices y dejo que el aire acondicionado gotee impúdicamente sobre sus malvones.

Por el contrario, el fumador del 7° me cae simpático y ya no le temo al enano del 1° y sus miradas violadoras. Pero la peor es la del 3°, definitivamente. Con ella inclusive sueño, a veces.

Tiene una hijita de cabellos dorados y ojos azules que cuando llora hace estallar los cristales y algo que podría confundirse con un perro. El chucho es una mata de rulos negros con dientes que gruñe malhumorado hasta cuando duerme. No lo pasean, se pasea solo y no tolera que toquen su correa; es peligroso pues no ladra, muerde. Me niego a tomar el ascensor con él, ya me arrancó las piedritas del llavero una vez y la próxima irá por mi mano o algo peor.

Ella –la del 3°- es igual de mala y bruta. Me cierra la puerta del ascensor en la cara, me atropella con el cochecito de la criatura y nunca pero nunca pone al perro en su lugar. Para evitar cualquier encontronazo, espero escondida en el umbral de alguna casa vecina a que desaparezca con toda su prole y, cuando me aseguro que ya no está, hago mi entrada triunfal como si tal cosa.

Hasta la otra noche, cuando sin querer nos cruzamos en la puerta del edificio. Ella, la niña rubia y el horroroso can que salió como una tromba a mojar veredas propias y ajenas. Entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir. Mi perro, que lo dobla en tamaño y carácter, se infló como un palomo en celo apenas lo vio, se cuadró en su mejor ofensiva y me llevó flameando al ataque dispuesto a comerse vivo a la cosa enrulada esa que, de pronto, parecía buscar un hoyo en el pavimento para escapar del enemigo.

Unos cuantos vinieron a ver qué pasaba y hasta el panadero intervino para separar a las bestias. Mi perro llevaba las de ganar y de buena gana lo hubiera dejado hacer, claro que después me tocaba pagar veterinario y/o entierro. Pero se hizo justicia de una buena vez. La loca del 3° se fue asustada arrastrando los restos del perro que lloraba a moco tendido y nosotros alargamos el paseo nocturno para calmar los ánimos, felices y vencedores. Compré helado, un vasito para cada uno y lo acaricié mucho, hasta que se durmió. Mi héroe.

lunes, 23 de julio de 2012

I don't give a shit

Estamos a julio y todavía no conseguí la agenda que me desvela. No me ocupé y ahora me miran raro en la librería cuando pregunto y vuelvo a preguntar e insisto en que no puedo dormir si no la tengo. ¿Dónde voy a registrar mi posteridad? ¿Qué van a pensar de mí, de este año en blanco sin frases célebres ni decisiones revocadas?

No tengo agenda, abandoné la dieta que me auguraba un futuro de feliz delgadez que es como una vuelta atrás esperando que me entren otra vez las mismas mallas pasadas de moda o el shorcito aquél de flores diabólicas que guardo sólo para constatar que mi trasero sigue aún en su lugar… y por si fuera poco, perdí la Llama Violeta. ¡La perdí!

No es que no se encienda, más bien no sé cómo encenderla. Antes no creía en estas cosas pero últimamente me he vuelto meditation dependiente y necesito mi llama, que me llame, que me queme, que me revuelva un poco y me haga dormir. Anoche pasé media hora sentada en el piso tratando de vaciar la mente y evocar la luz. Me dolían los huesos y la luz no venía… ¡Ma fregatto!

No alcanza con las pequeñas renovaciones que intento en mi acogedora cueva. No tengo ganas de decorar ni guardar ni romper. Tengo hambre.

Ahora me doy cuenta que todas mis frases de este post empiezan con un “NO”.