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miércoles, 15 de febrero de 2012

Subís o subís

No quiero que me abraces. Mejor abanicame y no te detengas hasta nuevo aviso.

Caminar por estas tórridas calles envuelta en ventiladores, eso quiero. Y que la bendita tarjeta que SUBE la temperatura y el mal humor me llegue un día de sorpresa cual carta de amor o que una simpática cigüeña la arroje por mi ventana o que me la traiga el repartidor de soda, cualquier cosa menos derretirme al sol en una plaza invadida de palomas que me picotean los pies como si fuera un pochoclo.

In-hu-ma-no. Lo del Gobierno de la Ciudad reparten vasitos de agua para paliar el desmayo. Agua que inmediatamente el cuerpo transpira, se evapora y retroalimenta el ego de esta humedad aplastante. Me pregunto si multarán por meter los pies en la fuente. Agua. El calor induce al delirio. Sueño con latas de Mountain Dew y una bolsa de papas fritas. 

Damas y caballeros, por aquí se SUBE a la Matrix.
Concurrir solo de Elegante Sport.
Prohibido el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad.
Por favor, corriéndose por el pasillo que al fondo hay lugar.
Cuando yo le avise suelte el embrague y acelere.
No hay de qué. ¿Es para mí? No se hubiese molestado, etc... etc...

miércoles, 4 de enero de 2012

Cuidado con lo que deseas

I used to hate her. She was a ghost, a thorn in my shoe… Damn her! But the only way to destroy an enemy is to know him. Now I know you, bitch, and that makes me much more stronger.

Yo quería una casa de muñecas, pero no una cualquiera, tampoco demasiado rosada. Es obvio que no fui muy específica pues Papá Noel trajo media casa, tenía todas las habitaciones pero venía abierta al medio... ¡se veía todo! Para compensar, recibí también un bañito de juguete equipado con bañera, ducha y burbujas. Se cargaba agua en un compartimento y empezaba a funcionar la ducha y el inodoro y era mucho más divertido que jugar con la casita. Pasé la mitad de mi infancia jugando con un baño.

Más tarde ansié ser libre y me fui cantando bajito a vivir mi vida sola que, de tan sola, se tornó aburrida. Entonces deseé un compañero de aventuras y apareció “el marido”. Se ve que exageré la nota y peor cuando construí la casa de mis sueños y amanecí enjaulada en el country, entre cuatriciclos y tetas de goma. 

Por eso, durante mucho tiempo, no deseé nada por miedo a estos malos entendidos. Hasta que un día llegó ÉL. No lo busqué, es probable que lo deseara en secreto y por desearlo con tanta fuerza alguien lo plantó delante de mis narices y no se despegó más. Desde entonces he aprendido a manejar la intensidad del deseo y conducirlo por mejores carriles. Excepto cuando me enojo. You wouldn't like me when I'm angry… Entonces mis deseos se transforman en algo horrible y crecen y explotan en remolinos de consecuencias imprevisibles.


Así y todo, pensé que no funcionaba con ella. Tal vez a causa de la distancia o por la maldita llama violeta o por los vahos de amor y paz que la rodean como si no fuera de este mundo. En algún punto se cree superior, como si flotara a centímetros del suelo y la vida fuera para ella todo sonrisas y abrazos de luz. Hasta que un día se cruzó en mi camino y eso no se lo perdoné nunca. Ese día todo cambió.

I wished her to be miserable the rest of her life. Pero se me fue la mano, se me fue… Prefiero pensar que no fue mi culpa, ni pecado ni omisión, pero de algún modo lo hice y la maldición le cayó como un rayo de kriptonita que la va deteriorando de a poco. Luce una arruga profunda debajo de la nariz y patas de gallo dignas de la Legrand, ya no es bonita, es simplemente esquelética, raquítica, la infeliz ha perdido la autoestima en algún cajón del ropero. Es como si de pronto hubiera tropezado con el chupacabras o con la Bathory.

No siento lástima. Su padecimiento nunca será superior al mío. A veces sueño que la descuartizo y hago nuditos en su pelo desteñido. Me asusta lo perversa que puedo llegar a ser cuando de ella se trata. Y más me asusta la potencia de mis deseos.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Punto muerto

Enero, 1992

El cosmos es así… Lo que ayer fue, hoy no es más. Y mañana… mañana es sorpresa.


El tío Mario me llevó muy temprano a la academia de don Raúl. Hacía un calor de locos y tuvimos que esperar un buen rato estacionados al sol mientras la señora del Galaxy luchaba con el volante y los cambios y yo me preguntaba “¿por qué a mí?”.

Al tío se le había metido en la cabeza que tenía que aprender a manejar y, como para cimentar mi escaso interés, desplegaba estrategias imbatibles:

-Vos sacás el registro y yo te compro el auto.
-Pero, tío… ¿no puede ser un piano?
-¡¡¿Cómo?!! Si ya tenés 18…
-¡Ufa!

Don Raúl era petiso, tenía barba y bigotes y muy pocas pulgas.

“Entre al auto. ¡¿Pero qué hace?! ¿Usted no viene a manejar? Entonces siéntese al volante que de este lado voy yo. ¿Ve los pedales? El pié derecho en el freno. Preocúpese por lo que ve adelante, los de atrás que se arreglen y si viene un colectivo, déjelo pasar. ¡¿Qué espera?! ¡Arranque!”.

Y arranqué. Ese fue mi primer viaje turbulento por las calles de Avellaneda sentada al volante del doble comando, pidiendo por favor que los semáforos brillaran siempre verde esperanza para no tener que batallar con el embrague y la palanca de cambios que estaba más atorada que la espada del rey Arturo. Nos gritaban “cosas” pero don Raúl hacía como que no escuchaba. Dejé pasar a todos los colectivos, a todas las motos, los autos que tocaban bocina, una anciana y dos chicas que salían del colegio. Quería bajarme y salir corriendo, meterme en la cama, ahogarme con la almohada…

-Ponga la marcha atrás.
-¡¿Qué?!

Y había que estacionar ahí en la vereda nomás. Qué caballetes ni caballetes… a lo bestia, entre el camión de soda y un pobre tipo que dejó el auto para que yo se lo chocara.

Al cabo de infinitas maniobras y varios litros de transpiración, el Dodge quedó encastrado en diagonal, al árbol no le pasó nada y el chico de la bici, por suerte, tenía mejores reflejos que los míos. Don Raúl suspiró, me saludó con un lacónico “hasta la próxima” y se fue a atender otros asuntos. Y eso fue todo. Desde la primera clase tuve la certeza de que jamás lo lograría.



(En un auto como éste, no aprendí a manejar)

domingo, 10 de julio de 2011

El glosario según Élida

Al parecer, llegamos a 7° grado carentes de vocabulario o, por lo menos, del vocabulario suficientemente frondoso que se espera de una señorita culta.

Las palabrotas me las aprendí todas de boca de Paula que también me enseñó cómo tenía que “soltar” el brazo para lanzar pelotazos como bala de cañón. Paula me enseñó TODO lo que no tenía que saber y, a cambio, yo la ayudaba a estudiar por miedo a que sucesivos bochazos la perdieran en el camino.

En cambio Élida (la maestra de 7°) se empecinó en que debíamos “nutrir la lengua”, si no para convertirnos en futuras poetisas, al menos para redactar decentemente la lista del supermercado. Así, en un cuaderno prolijamente subdividido en columnas, la consigna era convertir palabras al azar de sustantivo a adjetivo, verbo o adverbio con prefijos, sufijos y la mar en coche, y cuanto más disparatado fuera el resultado, mucho mejor.

Caricia acariciable acaricia acariciadora acariciante
Hoja hojarasca deshojada deshoja deshojadamente
Triste tristeza entristece tristemente tristísima tristona

Después restaba estructurar frases elegantes utilizando las nuevas palabras.

“Deshojados nubarrones amarilleaban en el cielo lagrimeante”.

A las cansadas ganaba adeptas este nuevo razonamiento y el vocabulario florecía como los gladiolos del cementerio.

-¡Salve, don Clemente! Hambrienta y febril, he surcado umbrosos senderos para deleitarme en el aura especiada de los quesillos celosamente atesorados en la gélida profundidad de su magnificente botica.
-¿Quezo? ¿Qué quezo? ¿El mantecozo?

-… harina de bronceados trigales que aterciopeladas manos de madre amasan pródigas de amor…

-¡Filomena! ¡Ven, mujer, que no entiendo un coño!

-¡Cállate, bruto! Niña ¿qué vaz a llevar?

-… la mansedumbre adolescente de una hogaza dorada al calor del horno vehemente…

-¿Pan dizez? Clemente, creo que ha dicho “pan”.

-¿Pan o fijazaz?


Y así la vida cotidiana se iba convirtiendo en un gran problema gramatical. Pero qué narraciones suculentas me mandé… ¡faaaaaa! Es que tanta sinapsia y parasíntesis sumaban estilo a la sanata y, si no convincente, cuando menos la cháchara terminó resultando entretenida.

Por eso, cuando algún distraído comente con envidia o asombro “Qué vocabulario tiene esta chica…” sabrán que no me quemé las pestañas leyendo el Quijote ni a Cicerón. Mi lengua colorida se enreda voluptuosa en los tornasolados pasadizos del glosario de Élida… y, por las dudas, mejor no la desato.

martes, 28 de junio de 2011

Temblores

La única noción que tengo de un terremoto real fue el famoso sismo del 77 que destruyó Caucete y aquí, en la Capital, nos despertó de madrugada pensando que se venía el fin del mundo.

La lámpara del dormitorio, esa toda pintada a mano con dibujitos de Disney, oscilaba como un péndulo desbocado. Me senté en la cama a mirarla, la cama se movía. Sin duda, soñaba. Mamá corría de un lado a otro en camisón; papá, también en paños menores, levantó en brazos a mis hermanitos y salió dando tumbos y gritando. Qué manera más rara de despertarse.

-Mami… alguien está moviendo la cama.

Recién entonces se acordó de mí pero no se detuvo en explicaciones, me arrancó de las sábanas y gritó que me fuera con papá. La vi llorar mientras juntaba las pocas cosas que podía llevar, dinero, abrigos, documentos… Si mamá lloraba, la cosa era muy seria así que no dije ni “mú”, agarré a mi monito Pepe, me puse el desabillé celeste y bajamos corriendo por las escaleras.

A medida que avanzábamos crecía el griterío y la confusión. Al rato estábamos todos los vecinos parados en la vereda de enfrente esperando ver derrumbarse el edificio de un momento a otro, algunos descalzos sobre el pasto húmedo de rocío, la mayoría en camisón, alguno todavía en calzoncillos, todos presa del pánico colectivo.

La fachada se rajó por completo en los pisos altos pero no hubo ningún derrumbe. Vinieron los bomberos, la policía, una ambulancia y los curas de la parroquia. El nuestro era el único edificio en varias cuadras a la redonda, de modo que esa vez fuimos noticia. Tardaron más de un día en dejarnos entrar, era peligroso, decían. Papá nos llevó a casa de la abuela y allí nos quedamos hasta que el suelo dejó de temblar.

Qué frágil es nuestra existencia… Admiro a los japoneses que sufren en silencio sus pérdidas irreparables, en cambio acá le hacemos piquete a las cenizas del volcán y cacerolazo a la ola de frío. No necesitamos tsunamis ni armagedones, nos bastamos para recrear nuestro propio apocalipsis a medida sin ayuda de nadie, contaminamos, talamos, inundamos y votamos equivocadamente. Y Dios nos sigue dando pan.

jueves, 26 de mayo de 2011

El loco del barrio

Me acabo de clavar 8 sanguches de miga en tiempo record. Y el sentimiento de culpa no se hizo carne hasta que vi la panza inflada como globo aerostático y miguitas en la bandeja de plástico. No obstante, junté las miguitas con un dedo y me las comí, me dio sed, vacié la botellita de agua de un solo sorbo y fue como si me hubiera tragado un acorazado ruso. Me golpeé el pecho y la espalda en un vano intento de hacer bajar el masacote de miga mojada y sólo logré un feroz ataque de hipo. No imagino nada peor, salvo quedar encerrada en un baño público o que me cague una paloma.

Con todo, tuve fuerzas para tomar el teléfono y llamar a mi papá. “Me ahogo” le dije, pero él está acostumbrado, no sólo no se alarmó sino que aprovechó para ponerme al tanto de las “novedades” como, por ejemplo, que se casa Oscarcito.

-WHAT????
-Te acordás de Oscarcito ¿no? Que repartía volantes…
-¿El loco?

Y sí, todos los barrios tienen un cura, un borracho y un loco. Y Oscarcito es nuestro loco bueno, inofensivo pero pesado como collar de sandías. Es flaco, muy flaco y alto, tiene las piernas largas y finitas y usa unos pantalones ajustados que terminan arriba de los tobillos. Es notable su parecido con Murdock, el loquito de Brigada A, aunque Oscarcito no sabe fingir y carece por completo de momentos de lucidez. Es habitual verlo caminando a zancadas, da pasos tan largos que parece que volara, siempre con una sonrisa y un volantito que estampa de prepo en la cara de todo el que se le cruza y hay que aceptarlo, caso contrario Oscarcito es capaz de perseguirlo a uno a grito pelado hasta los confines del barrio. De ahí no pasa, por nada del mundo pondría pié en tierra extranjera.

Desde pequeño ha hecho gala de su amor obsesivo por Andrea del Boca. Y poniendo un poco de empeño, se le puede convencer de que tal chica o tal otra es realmente Andrea del Boca “pero acordate que está de incógnito”. Entonces a Oscarcito se le llenan los ojos de lágrimas y se pega a la chica como clara de huevo, diciéndole al oído que quiere casarse con ella y que no le va a decir a nadie que está ahí, para que no la molesten. La chica le sonreirá y dirá algunas palabras amables -al principio- hasta ver que el tipo está de atar y huya aterrorizada para nunca más volver

Yo fui una de las tantas Andreas y, gracias a ello, tuve oportunidad de conversar con Oscarcito más de una vez. Un tipo bueno, inocente como un cachorro, un loco lindo. ¡Y ahora se nos casa! De la novia no sabemos nada pero es inevitable preguntar si está chapita como él. Quizá es mejor, los locos no se enteran de ciertas cosas, ergo no sufren como los demás. Lo envidio a Oscarcito y también a la novia que seguro se parece un poco a Andrea del Boca.

Corté con papá y me quedé mirando la bandejita vacía, el estómago hecho una bola dura y la boca seca de tanta sed. “Es la última vez que compro sanguchitos de miga…” Pero ya estoy pensando en el próximo atracón, no puedo sostener promesas de este tenor, no puedo, no puedo y no puedo. Estoy más loca que Oscarcito… ¡soy la loca de los sanguches!

viernes, 13 de mayo de 2011

Tremendas decepciones

Me gustaban TODOS, pero más Gustavo. Sabía todas las canciones y las coreografías y, como sea, me las ingeniaba para sortear la estrecha vigilancia de mamá y correr a la puerta de Canal 9 para verlos un instante de lejos, muy lejos, empujada y tironeada por miles de chicas que chillaban su amor detrás del vallado.

Sufría en silencio los rumores de algún misterioso romance, alimentando la secreta esperanza de que un día serían míos. TODOS. Me daba lo mismo cualquiera de los cinco, hasta Marito, de quien se comentaba tenía inclinaciones menos felices.

Disfrutaba tanto verlos... Con el corazón desbocado y lágrimas en los ojos, cada vez era la última y tenía que alcanzar hasta la próxima y así cada semana se renovaba la apuesta y la pasión se hacía obsesión. A veces pienso que podría haber asesinado por ellos aunque, en verdad, sólo me atreví a pegarle un chicle en el pelo a la chica que saltaba como loca en la butaca de adelante y no me dejaba ver “Las aventuras de Tremendo”.



Los recuerdo así, vestidos uno de cada color, el pelo largo, tan jóvenes que eran casi niños. Y quiero seguir recordándolos así SIEMPRE. No me hablen de reencuentros ni homenajes, no quiero fotos a-c-t-u-a-l-i-z-a-d-a-s de tipos gordos y pelados que no puedo identificar, no me digan quién es quién… ¡no me interesa! Qué manía tiene la gente de volver 20 años después como si nada hubiera pasado, se rompe la ilusión, ya nunca más podré evocar las mechas rubias de Darío y su voz aniñada sin pensar que ha acumulado 20 años de sobrepeso.

Me quedo con mis recuerdos y las fotos recortadas de Radiolandia, escucho el cassette cada tanto y bailo sola con el corazón todavía saltando de felicidad. TREMENDO es MIO, para siempre MIO.

No, no me mires de esa forma, no.
Tu mirada me provoca.
¡No! Piensa bien que no es un juego
Y yo soy de sangre y fuego…

lunes, 9 de mayo de 2011

Ultima Vista

Hace 20 años, el maestro S tenía más pelo y yo era una mocosa irrespetuosa y desprejuiciada.

No quería ir pero Gabi terminó por convencerme. Éramos dos mocosas peligrosamente jóvenes en medio de una multitud de desconocidos que un domingo al año se congregaban para encarar un desafío colosal: estudiar una obra completa del vasto repertorio sinfónico-coral e interpretarla ante el público esa misma noche. La gracia estaba en que nadie sabía qué obra interpretarían hasta que recibían la partitura. Era un concierto sorpresa, el “Concierto a Primera Vista”.

La primera vez éramos más de 400 personas, entre cantantes y músicos. Y el maestro S ponía orden en el desorden y lograba el milagro. Pudimos con Mozart, Beethoven y Haydn, entre otros… Pero al terminar la jornada estábamos exhaustos. Con Gabi nos atrincherábamos en los bares cercanos a “pintar” nuestra parte con resaltador amarillo, repasando los pasajes más difíciles.

Después seguí sola, ella no quería o no podía o las dos cosas. Cada vez menos gente se sumaba a la aventura, obras más pequeñas y sencillas reemplazaban a las Misas Solemnes de los grandes compositores y, al final, terminamos siendo los mismos de siempre, 20 años más viejos y mañosos.

El otro día, por un momento, me pareció que revivía la gloria de antaño. El Requiem de Mozart atrajo a una enormidad de coreutas, muchos cantaban de memoria, felices. Porque no importa cuántas veces lo cantemos, el Requiem es el más deseado, cautiva, enardece, ¡es único!

Pero la incomodidad del lugar, la falta de espacio y tolerancia, el pelotón de viejas chotas de mi bendito coro ocupando y “reservando” los lugares de privilegio e intentando hacer oír sus voces cascadas por encima de la belleza de cantantes más jóvenes y bien entrenados… fue más de lo que pude tolerar. Me indigné conmigo misma, con el maestro S y su oído exquisito y selectivo que parece no querer escuchar las abominaciones que todos padecemos, me indigné con todo y con todos. Especialmente cuando me desalojaron del oscuro huequito que encontré, el único disponible en medio del caos … “Porque acá va el arpa” y yo pensaba que ni doblada en cuatro entraba la pobre, pero igual me fui.

Guardé el Requiem y dejé tirada por ahí la obra sorpresa, unas cancioncillas tontolonas de un tal Hammerschmidt. Fue mi último Primera Vista, lo sé.

Con todo el dolor de mi alma hice mutis por el foro y, sin volver la vista atrás, corrí a la estación del subte, tarareando el Hostias bajo la lluvia triste del último día de abril.

domingo, 8 de mayo de 2011

Culpable pero perfumada

Hay dos olores que me recuerdan a mi madre: la sopa de verduras y la colonia Watteau.

Admito que pasé gran parte de la preadolescencia encerrada en el baño revolviendo el contenido de dos armarios que atesoraban todo tipo de objetos interesantes. Desde cremas y esmaltes hasta cepillos de bebé, un esqueleto en miniatura y jaboncitos con forma de ángeles que más tarde pasaban a aromatizar los cajones de la cómoda. Toda mi ropa olía a angelitos de jabón.

Mamá tenía predilección por los ruleros. Los había de esos enrejaditos, de plástico descolorido, algunos rotos, de todos los tamaños posibles. Pero la rareza la constituían los ruleros térmicos que estaban rellenos con algún-tipo-de-líquido y se ponían a hervir en una cacerola antes de ir a parar a la cabeza. Se suponía que enrulaban más y mejor. Es que en sus años mozos, mamá fue una ferviente cultora de la permanente “bien tomadita”.

En la bolsa de los ruleros guardaba unas redecillas “invisibles” para sostener complicados rodetes y docenas de hebillas con purpurina. Maquillajes, ni hablar. Mamá solía andar a cara lavada, a lo sumo un pintalabios rojo coral y una sombra celeste que metía miedo. Pero le gustaban mucho los ruleros y los perfumes, y de eso había para abastecer a toda la liga de amas de casa.

He llegado a pasar tardes enteras adentro del baño pintándome las uñas o depilándome las cejas hasta quedar lampiña sólo por el afán de experimentar emociones nuevas. En el colmo de la osadía, intentaba mezclas raras de acetona, talco y shampoo que guardaba en algún envase vacío y ahí quedaba hasta que a alguien se le ocurría preguntar y entonces mamá estallaba y me gritaba que esas cosas no se hacen, que un día iba a terminar matando a alguien con mis inventos.

Entonces evitaba la acetona que me delataba por el olor y probaba con perfume de bebé o Heno de Pravia. Con el que nunca me hubiera atrevido era el frasquito de Aromas de El Cairo (auténtico) que era la joya preciada de mamá. El envase decía que olía a sándalo y había unas maderitas nadando en el fondo del envase, el líquido era oscuro, denso y extremadamente dulce. Una gota en la nuca mantenía alejados a los mosquitos durante semanas.

Pero mi preferida era la colonia Watteau. Me echaba dosis generosas en el pelo y los hombros haciendo ¡splash! como la chica de la publicidad. “¡Pará de bañarte en perfume!” rezongaba mamá. Pero yo le daba con ganas a la Watteau agitando el frasco grande de vidrio grueso como culo de botella para que la colonia hiciera espumita. Eso fue lo que me perdió… Un día lo agité demasiado, tanto que el frasco salió volando resbaladizo, pegó en el borde de la bañera y rebotó dos veces antes de estrellarse contra el piso dejando un reguero de vidrios rotos y el olor del delito impregnándolo todo. Al instante, los gritos de mamá que debía estar previendo la tragedia y ahora podía desquitarse sobre mi perfumada humanidad.

-¡¡¡¿Qué hiciste?!!!
-Nada…
-¡¡¡¿Qué se rompió?!!! ¡¡Abrí la puerta!! ¡¡Abrí te digo!!

Negarse hubiera sido mucho peor, así que abrí despacito y mamá me sacó de los pelos gritando que era una desobediente, torpe, que ella SABIA que esto iba a pasar y bla, bla, bla… Yo miraba los pedazos de vidrio y los riachos de Watteau desperdiciados en un segundo. Creo que nunca me perdonó… Aunque hice cosas peores, antes y después, romper el dichoso frasco fue una mancha indeleble en mi historial.

Esa fue la última vez que olí la colonia Watteau… pero no la olvido.

domingo, 10 de abril de 2011

Influencias y explicaciones

De niña creía que lo peor que podía pasarme era meter los pies en un charco de arenas movedizas y ahogarme allí lentamente, tratando de alcanzar una ramita que resistiera mi peso. O morir comida por las pirañas en un lago silencioso que no-es-lo-que-parece y nadie lo sabría, ni aún cuando el esqueleto vestido con jirones de carne masticada apareciera flotando entre las algas, muy cerca de la costa. También creía que todos los leones bizcos eran buenos y que no hay nada más refrescante que el agua de coco.

A fuerza de practicar, aprendí a mover la nariz como “Hechizada” y, cuando nadie me veía, giraba en círculos vertiginosos como la "Mujer Maravilla" hasta caer de cola al piso. Nunca sucedía nada, ni magia ni deseos cumplidos ni transformaciones en heroína superpoderosa con lolas divinas y piernas esculturales. Pero no por eso iba a dejar de insistir.

Nunca jamás dejaba la tele encendida sin señal, no fuera cosa que se metiera un poltergeist en la casa. También creía que si comía el polvo del jugo Tang se me iba a agujerear el estómago y los chicles que uno se tragaba sin querer se convertían en piedras.

Ahora entiendo por qué he crecido tan rara… Demasiadas influencias y ninguna explicación. Todavía sigo temiendo a las arenas movedizas aunque no tanto como a las tarántulas y las habitaciones a oscuras. Es que con los años, las perspectivas cambian… Algunas. Claro que sigo soñando con las piernas de la Mujer Maravilla y cada tanto me pego un giro de aquéllos.

viernes, 18 de febrero de 2011

Solfeo que me hiciste mal

Doña Teresita era la directora del Instituto W, donde mamá nos llevaba a mi hermana y a mí a estudiar danzas clásicas cuando éramos pequeñas y dóciles.

El instituto era, en realidad, una casona centenaria del barrio de Barracas cuyas principales habitaciones habían sido equipadas con espejos y barras, manteniendo cierta privacidad el resto del edificio, al otro lado del patio, donde residían doña Teresita y su marido. A éste nunca lo vi, pero nos retaban si hacíamos ruido porque el señor “estaba muy enfermo”. Había alguien más, una señora muy vieja que debí ser la enfermera del marido de doña Teresita, siempre con el ceño fruncido y ahora sospecho que el mal humor estaría en proporción directa con la cantidad de pañales que cambiaba a diario.

A la cocina nunca entré. Era un lugar prohibido. Pero el baño lo recuerdo bien, en parte porque no tenía más remedio que esconderme allí para escapar del tedio de las clases, sobre todo cuando las ampollas no me dejaban tenerme en pie. No había sufrido ningún cambio, ni siquiera reemplazaban los azulejos rotos. La bañera era de esas con patitas y el inodoro tenía pintados coloridos ramilletes de flores. Olía a pis de siglos.

Doña Teresita había sido una gran pianista, seguramente antes de que una parálisis inminente le torciera la mitad de la cara y la obligara a caminar con bastón. Tenía la boca corrida a un lado, en una posición tan rara que nunca supe cuando sonreía. Por lo demás, recuerdo su rostro lleno de pliegues flácidos extrañamente esponjosos, como invitando a hundir el dedo en las mejillas o a colgarse de la papada que le tapaba el escote.

Un día mamá decidió que doña Teresita me enseñara solfeo “aprovechando los ratos libres”. Y la vieja aceptó feliz de la vida, haciendo constar que yo constituía “un desafío personal” y que “me iba a sacar buena”. De hecho, nunca la vi tan contenta. Así que los sábados bien temprano a la mañana me depositaban en el sillón de pana, justo al lado del vitreaux, con el “Solfeo de los Solfeos” sujeto con un broche de ropa al atril.

A los 9 años ya había aprendido que mamá siempre se salía con la suya, así pues era inútil contradecirla. Sin embargo, a modo de silenciosa protesta, opté por no estudiar.

Doña Teresita marcaba el tempo según sus propias palpitaciones y me pinchaba la mano con la punta del lápiz cuando me equivocaba. Al cabo de una hora de clase, tenía la mano llena de puntitos negros. Cada tanto me soltaba un sermón de que “así no vas a llegar a ningún lado” y “Mozart es Mozart porque estudiaba” y bla, bla, bla… Y yo pensaba que si a Mozart lo hubieran pinchado como a mí, se moría desangrado arriba del piano y adiós Flauta Mágica.

Cuando me dejaba a solas “para repasar la lección”, esperaba a que desapareciera por la puerta del patio y me vengaba clavando el cortapapeles en el tapizado de pana. No era un cortapapeles cualquiera, era la miniatura de una espada celta con su funda, muy brillante y algo pesada, suficientemente filosa para hundirse con facilidad en la espesura del sillón. Un corte por cada pinchazo, ojo por ojo…

Por si fuera poco, se proclamaba adoradora de Caruso cuyos discos limpiaba con esmero cada vez que podía. Y, en aquella época, me hacía escuchar Fausto a toda hora, tanto así que de solfeo no embocaba una nota, pero al cabo de pocas semanas era capaz de cantar de memoria la Cavatina completa en un francés digno de La Fontaine.

Al fin, doña Teresita desistió. “Esta chica no progresa”, le dijo a mamá y fue como una bendición. Archivé el solfeo y escondí el cortapapeles en un cajón por si acaso a la vieja se le ocurría investigar el origen del atentado.

Durante años continuaron las clases de danzas. El marido de doña Teresita murió de repente cuando estaba a punto de cumplir 98 años. Ella estaba desconsolada, tanto que terminó cerrando el instituto para recluirse en su soledad.

Tiempo después, alguien reabrió la casona ahora devenida en hogar de ancianos. Cada tanto paso por la puerta y me acuerdo de ella, no era tan mala en realidad… Si supiera que al fin he logrado pasar los primeros 4 capítulos del famoso Solfeo, se cae de culo en la tumba. Pero seguro lo sabe, claro.

martes, 30 de noviembre de 2010

La Flor

Hay una esquina en mi barrio que es distinta a todas las demás. No tanto por su pasado, tampoco por su futuro. No es la fachada, no son sus anécdotas. La diferencia, aquí, la marca su gente.

Hace más de cien años, en la ochava de Suárez y Arcamendia, nacía un bar que, tras varios nombres y dueños, terminó llamándose “La Flor”. Y, como cada rincón lleno de historia, perfiló la vida de los habitantes de la zona. Los vecinos bien saben que, al morir los últimos propietarios, el edificio permaneció cerrado a la espera de la venta que lo convirtiera en un lavadero, un videoclub o una torre de departamentos. Corrió serio riesgo de demolición pero la gente se opuso, protestó, pataleó y entonces se apagaron los proyectos apenas esbozados.

Habrá memoriosos que recuerdan mil y una anécdotas de La Flor. Costumbres, visitantes ilustres, avatares políticos, historias de amor, discusiones deportivas, vermuts con los amigos… Y es que la historia de La Flor se sigue escribiendo desde que su reapertura atrajo a un público renovado que se remonta a lo largo del siglo para contar la leyenda. Una historia que comienza el día en que doña Victoria y sus hijos salvaron a la Flor de su desaparición y le devolvieron la alegría y el amor de la buena cocina.

Es que La Flor es un lugar ecléctico. A su mesa se sienta el cartonero que pasa por la esquina, la misma mesa que otrora ocupara Bartolomé Mitre. Conviven jóvenes y viejos, no hay distinción de clases ni de credos. La comida tiene el sabor de lo casero y lo abundante, como las milanesas de la abuela y el arroz con leche con aroma a canela.

En La Flor, uno se siente en familia.

viernes, 21 de mayo de 2010

Tomá soda

En mi barrio hay una fábrica de soda de las de antes, de esas donde circulan los sifones a ritmo lento sobre la cinta sin fin y uno puede verlos desde la calle, a través de grandes vidrieras inmaculadas. No hay una vez que pase de largo sin reparar en la monótona calma de los sifones que van y vienen, ahora enfundados en modernos esqueletos de plástico “de uso permitido”.

El camión verde de la fábrica organiza el reparto desde las primeras horas de la mañana y, fiel a su propia historia, continúa exhibiendo la famosa leyenda que muchos tarareábamos con respeto religioso:

Agua que has de beber,
Siffredi tiene que ser.

Mi abuelo era un gran tomador de vino con soda. También mi papá que, pese a las protestas familiares, continúa resistiéndose al sabor puro de un buen varietal. Pero debo ser la única sobreviviente de la nueva generación que recuerda la presencia de auténticos sifones en casa, puesto que mamá se había convertido en su enemiga acérrima desde que ocurrió ESO.

Era muy pequeña entonces pero todavía conservo un vago recuerdo. Mamá decía que ese día “volví a nacer”, que se interpuso el “ángel de la guarda” como un escudo protector, y se le llenaban los ojos de lágrimas cuando lo contaba entre las vecinas.

Fue en el almacén de la esquina. Mamá hacía la compra del día y yo pataleaba aburrida en el cochecito. El sodero saludó, corrió el cochecito a un costado y, tras acomodarse la birome en la oreja, empezó a descargar los cajones al lado de la heladera de los quesos. Dos viejitas esperaban su turno quejándose de lo caro que estaba todo.

Doña Filomena, la almacenera, pesaba cuidadosamente las aceitunas mientras su marido lidiaba con el sodero y la máquina de cortar fiambre que, dos por tres, se quedaba trabada y no había milagro que la hiciera funcionar. A Don Clemente le faltaban dos dedos de una mano y decían que había sido culpa de la cortadora, sin embargo el gallego seguía empecinado en domesticarla.

Esa vez perdió los estribos. La giró del revés, la sacudió, se mesó los cabellos con desesperación y terminó pegando patadas al mostrador con tan mala pericia que derribó un cajón de soda y los sifones salieron rodando en todas direcciones. Algunos estallaron y el estrépito acalló el parloteo de las ancianas, mamá gritó, Doña Filomena se agarró la cabeza y el sodero se derrumbó pesadamente sobre el piso enlosado emitiendo extraños chillidos, al tiempo que se sujetaba el estómago y un reguero de sangre corría por sus pantalones.

Las heridas no parecían graves pero el pobre tenía vidrios clavados en todo el cuerpo y se lo veía asustado. Trajeron toallas y alcohol. Todos tenían una esquirla de sifón incrustada en algún lugar y mamá fue la primera en darse cuenta que mi pierna sangraba copiosamente. Estaba pálida y temblaba y sólo se calmó horas más tarde, cuando le arrancó a papá la promesa de que nunca jamás de los jamases volvería a entrar un sifón en nuestro hogar.

No lloré, ni siquiera entendía qué estaba pasando. Pero lo cierto es que temo a los sifones casi tanto como a las palomas y, aunque aparentemente superficial, atesoro en mi pierna la cicatriz que me recuerda aquel día nefasto, un souvenir de la vieja y querida Siffredi que increíblemente nunca he probado.

domingo, 4 de abril de 2010

Sábado de Gloria

Desde la más tierna infancia guardo el recuerdo de la inusual CEREMONIA DEL FUEGO que tenía lugar en el atrio de la Parroquia, la noche del Sábado Santo.

Los fieles –incluido mi tío que sólo pisaba la iglesia para la misa de Pascua- se reunían en la puerta del templo antes de dar las nueve, portando todos una vela blanca. En el centro del atrio se elevaba una montaña de leños que los boy scouts rociaban con algo que olía a nafta o kerosén, al tiempo que obligaban a la multitud a respetar una prudencial distancia. Generalmente hacía frío y la luz de la luna invitaba tanto al romanticismo furtivo como al cotilleo de vecinas que aprovechan los festejos para ventilar los trapos sucios.

Cuando el público alcanzaba la dimensión esperada, el cura párroco emergía “de algún lado” enarbolando el tradicional cirio pascual, acompañado de un séquito de diáconos y monaguillos que, según su jerarquía y antigüedad, portaban incensarios o campanitas. Un silencio de tumba custodiaba la marcha del cirio hacia el centro del atrio.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…” Así daba inicio el ritual que, por sus connotaciones, algunos han tildado de sectario aunque para los fanáticos amantes del género (y me incluyo) resulta simplemente fascinante. El fuego como símbolo de la presencia de Dios, la zarza ardiente, fuego en el desierto, fuego en el altar del templo de Jerusalén. Estábamos reunidos para festejar la resurrección de Cristo pero muy especialmente para presenciar el espectáculo del fuego… que nadie se mande la parte ¿eh?

Por eso, tras escuchar pacientemente la lectura de las sagradas escrituras, los corazones palpitaban de emoción y las miradas se elevaban, no precisamente al cielo sino hacia la torre del campanario desde la cual pendía un hilo grueso que descendía en línea recta hasta el centro de la pira.

El cura pronunciaba las palabras de rigor y, como si se tratara de coordenadas bélicas, alguien daba la señal y, en lo alto de la torre, se encendía de pronto una luz titilante, casi una estrella pequeñita que oscilaba en la brisa nocturna. Y así, ahogando el grito en una inspiración profunda, veíamos precipitarse a lo largo del hilo la llama que caía en picada sobre la pira con un estruendo de la gran siete. La enorme fogata iluminaba con calor ardiente el rostro de los feligreses que batían palmas y aullaban de júbilo.

El cura encendía el cirio en el gran fuego y luego, uno a uno, encendíamos las velas. “Esta es la luz de Criiiiisto…” A capella, entonábamos la bella melodía mientras avanzábamos a través de la nave principal, sólo iluminada por la luz tenue de las velas. La oscuridad del templo simboliza las tinieblas del sepulcro, mientras que la luz del cirio representa a Cristo resucitado.

El resto de la ceremonia es similar en todas las parroquias, excepto porque aquí la magnificencia
del órgano y el vuelo de las campanas acompañan el rezo del Gloria, un momento sublime que, de sólo evocarlo, se me pone la piel de gallina. La misa es larga y protocolar como pocas pero, con el último amén, corremos a brindar con vino dulce y palmeritas que año tras año provee gratuitamente la panadería del barrio.

Un verdadero festejo, porque así debe ser. ¡Felices Pascuas para todos!

lunes, 25 de enero de 2010

Las cosas por su nombre

No soy, lo que se dice, “cariñosa”. No todo el tiempo. O quizá sí, pero me empeño en disimularlo, de hecho hago grandes esfuerzos para que no se note cuando algo (alguien) me importa demasiado.
La onda es no encariñarse y para eso hay que abstenerse de ponerle nombre a las cosas, título, apodo, lo que sea, nada de nombres, nada de bautizar, uno no puede andar por la vida forjando destinos ni creando lazos indestructibles así como así por muy grande que sea la tentación.
Hay hijos que reciben al nacer el nombre del padre o del abuelo. No los nombran… los “renombran” con nombre repetido como forma de perpetuar una esencia que se va perdiendo en el tiempo. En cambio, el nombre debe ser único y ha de corresponderse con quien lo recibe, dejarse adivinar a través de la mirada o la sonrisa, el nombre “es” la persona y la
persona “es” el nombre. “NOMEN EST NUMEN” (nombrar es conocer) y cuando uno NOMBRA consolida el afecto y “humaniza”, si acaso se tratara de un objeto.
Por eso mi perro se llama Tango y mi guitarra favorita, Medea. El aloe que atesoro en el balcón recibió el nombre de Berenice, mis diarios íntimos conforman la estirpe de Cronos I, Cronos II… y así. Tenía un llavero de acrílico, de esos para poner la foto carnet, que bauticé Gus en la época en que mo-rí-a por el rubio carilindo de Tremendo y una mascota virtual, la ovejita que correteaba incansable por la pantalla de la compu, que se llamó Maya.
Y así uno se encariña… Muñecas, plantas, diarios, mascotas virtuales y también hijos, mis hijos por gestar. No recuerdo cuándo pero supongo que desde siempre…
PALOMA. Antes de convertirme en mujer, mucho antes de imaginar al padre y la panza, muchísimo antes de ser proyecto. Curiosamente ninguna de mis muñecas se llamó así, probablemente porque se hubiera roto la magia y PALOMA habría dejado de ser SUEÑO para convertirse en otro nombre del montón. Es que todo lo demás es circunstancial, todo menos el nombre.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Amasando paciencia

Mi horóscopo de hoy dice que tendré que hacer gala de gran determinación para afrontar las contrariedades que se aproximan… “Mercurio, hostil, demanda precaución y paciencia”.

Es casi seguro que se refiere al pan dulce con el que vengo batallando apasionadamente desde el amanecer porque se resiste a leudar como yo quiero. Pero si no resulta un éxito culinario, al menos que se deje masticar, caso contrario terminará catapultado desde el balcón. Y es que la paciencia nunca fue mi fuerte y eso que me esmero pero, cuando casi estoy por lograrlo, me viene a la cabeza la perorata de mamá que machacaba como un mortero… “¡Con ese carácter podrido no vas a llegar a ningún lado!” También decía que un día me iban a “bajar el copete” y tenía razón. Pero que me gane un pan dulce… ¡eso sí que no!

La dejé reposar en el horno tibio todo el tiempo que quiso pues no hay que molestar a la masa cuando está engordando, no hay que mirarla porque se inhibe. Ella es así, cuanto más gorda, más feliz. El secreto es agregar las frutas después de la primer leudada y se la deja descansar un rato más, como cuando uno apaga el despertador a la mañana y sigue de largo porque todavía es temprano y esos diez minutos de yapa son tan pero tan reconfortantes.
Paciencia, paciencia. La cocina es un enchastre de harina y esencia de azahar, todo huele a azahares, la masa, las cortinas, mi pelo…
Es como si la viera… otra Navidad, muchas Navidades… mamá corriendo por la casa controlando el pavo, gritando que nos fuéramos a dormir la siesta y la dejáramos cocinar tranquila, cada vez que pasaba por el comedor arreglaba las bolitas de la ikebana y seguía su carrera navideña contra el reloj y la ansiedad.

Es en estos momentos cuando me cae la ficha porque, de alguna manera, todos esperan de mí esa cosa maternal que suponen heredé como por milagro. Pero yo no soy “mamá”, por mucho que me parezca a ella no le llego ni a los talones, se me pega la creme brulée, nunca aprendí a bordar el punto festón, no sé arrojar panqueques al aire, no tengo paciencia… no soy madre.
A las cansadas, el pan dulce triplicó su tamaño, se lo ve esponjoso, desafiante. ¿Será que no lo hago tan mal…? Parece que sólo era cuestión de esperar… y qué difícil es.
Paciencia...

lunes, 31 de agosto de 2009

Enjoy the rain

Cuando iba a la colonia festejaba si llovía. Eso significaba que no podían obligarme a nadar, a saltar, a correr tras la pelota, ni perseguir a nadie en ningún juego idiota.
Lo mismo cuando íbamos a la casa de tía Emilia, pues entonces no tenía que rastrillar el parque en busca de algún hormiguero nuevo ni tirarme de cabeza en “lo hondo” como Evangelina que era la chica per-fec-ta.
Mi mayor deseo era esconderme en el vestidor de tía Emilia, donde decenas de vestidos de fiesta colgaban glamorosos e inaccesibles, orlados de piedras y lentejuelas que destellaban en la penumbra. Seda y terciopelo que acariciaba
con respeto casi religioso. Me gustaba oler las telas y probarme los zapatos de tacón. A la larga mamá me descubría in fraganti y había que poner pies en polvorosa, pero siempre había oportunidad de volver.
La lluvia trae, inevitablemente, más chances de ciudad, de encierro, de lectura, de películas, de mates con bizcochitos y siestas muy largas.
Me gusta la lluvia. En especial si es la excusa milagrosa para escapar de un bullicioso día de campo con deporte incluido. Pero, para algunos, esto último implica una excentricidad tan absurda que jamás me atrevería a formularlo en voz alta.
Me gusta. Me gusta mucho mucho la lluvia, me hace feliz. No tanto como… bueno, como “eso”. Pero, sí, un poco feliz.

jueves, 20 de agosto de 2009

¡Ni las plumas! - Parte II

Se hacía tarde y no llegaba.
En la tele, la enésima repetición de Invasión Extraterrestre... pero ni Diana saboreando una tarántula viva lograba interesarnos.
Por las dudas, ni mencionamos al ganso delante de mamá, ella tampoco decía nada. Ya teníamos listo su habitat lacustre en un rincón del dormitorio, bajo la ventana.
A eso de las siete llegó Norma. Entró como una tromba arrastrando bolsas y paquetes, nos abrazó a todos sin dejar de reír y parlotear con su alegría acostumbrada. La rodeamos curiosos tratando de descubrir dónde escondía el ganso pero Norma, escurridiza como un ratón, se escabulló dentro de la cocina con mamá antes de que pudiéramos preguntar nada.

-¿Se habrá olvidado?
-No… Seguro lo tiene escondido.
-¿Pero dónde…? ¿En la cartera?
-¡Shhhhhhh! No me dejan escuchar…


El ruido de las cacerolas se mezclaba con las siempre frescas anécdotas del campo. Demasiado movimiento en la cocina para tratarse sólo de una charla de amigas… Cuando quisimos asomar la nariz, mamá nos espantó como moscas. “¡Vayan a jugar que estoy cocinando! ¡A ver si se queman acá!” Pero nos quedamos del otro lado de la puerta, con la oreja pegada a la cerradura, por si acaso.
Al rato llegó papá de trabajar y más tarde el tío. Del ganso, ni noticia.
Pusimos la mesa, nos lavamos las manos y esperamos la hora de comer. Pese a la angustiosa incertidumbre, el sabroso aroma de las papas asadas hacía crujir los estómagos.

-¡A la mesa! ¡Ya está la comida!
-Yo me siento al lado de Norma.
-¡No! ¡Yo!
-Vamos, vamos… Vayan pasando los platos.

El pollo se veía de lo más apetitoso, un poco grande tal vez… ¡Un pollo biónico!

Todos elogiamos a mamá y sus inigualables dotes culinarias. Comimos hasta el hartazgo y reímos con las historias de Norma, hasta que la conversación dio un giro inesperado cuando papá, limpiándose la boca con la servilleta, preguntó si nos había gustado el ganso.

-¿El ganso…? Pero…
-Ah… esteeee… no les dije nada porque capaz a los chicos les daba impresión.
-El ganso… ¿dónde está?
-¿Cómo dónde está? Denle las gracias a Norma que trajo un ganso fresquiiiiito fresquito, bien alimentado…

-Casi no entraba en el horno ¡qué gracioso! Estaba rico ¿no? ¿Les gustó?
-Qué lío para traerlo en el tren… ¡cómo pesaba! Te salió exquisito y las papas… ¡ni hablar!

Glup… Nos miramos con incredulidad y desconsuelo. De sólo recordar el fuentón y el pastito y la provisión de galletas para alimentar al pobrecito ganso… ¡Dios mío! Nos comimos a la mascota y papá seguía pidiendo otra porción… La sorpresa era pues un ganso asesinado, desnudo y degollado “¡al horno con papas!”
Cecilia se puso a llorar, era sin duda la más afectada. Y entonces hubo que explicar y mamá por poco estalla cuando le dijimos lo de la lagunita en el dormitorio.
A Norma le dio un ataque de risa que hubo que palmearle la espalda para que no se ahogara. Cuando recuperó el juicio, prometió llevarnos con ella la próxima vez y dijo que podríamos jugar con todos los gansos que quisiéramos, incluso llevar a las vacas a pastar y recolectar los huevos del gallinero.
Pero la pérdida de la mascota era demasiado reciente, los restos todavía humeaban en la asadera… y Norma, cada tanto, nos señalaba con el dedo y reía.

miércoles, 19 de agosto de 2009

¡Ni las plumas! – Parte I

Diciembre, 1989

El verano se anticipaba agobiante y húmedo, de un calor menopáusico que prometía no dar tregua.
Esperábamos a Norma -la amiga de mamá- que volvía del campo luego de tres largas semanas. A la tarde llamó para anunciar que acarreaba consigo una enorme provisión de manteca, crema, dulce de leche, quesos y mermeladas caseras.
Norma estaba peleada a muerte con su hermana melliza, no habían cruzado palabra en los
últimos años. Nosotros éramos su familia, así lo proclamaba ella con orgullo.
Habló con mamá el sábado a la mañana, minutos antes de tomar el micro desde Lobos. Nunca supe cómo se las arreglaba para viajar sola cargada de bagayos, cientos de kilómetros, subiendo y bajando de trenes, micros y carretas, siempre de buen humor, riéndose de las cosas más tontas. Norma era especial.

-Te dije que no compraras tantas cosas… ¿Cómo? ¿Un ganso? ¿Me hablás en serio, Norma? No, no, mejor no les cuento nada, que sea una sorpresa. ¿A qué hora llegás? ¡Tené cuidado! Llamame, cualquier cosita. ¡A la noche nos vemos!

Mamá colgó el teléfono y desapareció tras los vapores de la cocina. Corrimos a encerramos en el dormitorio, los tres, presas de un estado de excitación febril difícil de describir.

-¡Chicos! ¡Norma trae un ganso!
-¿Un ganso de verdad?
-Se lo escuché decir a mamá.
-¡Iuuuuuuujuuuuuu!
-¿Qué nombre le ponemos?
-“Palmiro…” ¡No! Mejor “Ruperto”.
-¡Que se llame “Donald”!
-“Donald” es un pato, nene.
-Si es gansa le ponemos “Criollita”.
-Bueno, pero ahora pensemos dónde le hacemos la casita.
-Necesita un lago… ¡traigan el fuentón!
-Sí, y pasto y una frazada por si tiene frío a la noche.
-¿Qué comen los gansos?
-No sé… ¿Maíz? Le damos galletitas.


Y así, haciendo todo tipo de conjeturas sobre la nueva mascota, trabajamos en paz y con mucho ahínco, aguardando impacientes a Norma y el ganso.