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domingo, 3 de abril de 2011

Presagio

Podría haber entrado cualquier cosa. Una araña peluda, cascarudos, un murciélago o un ladrón, inclusive. Pero entró esta pequeña maravilla, se coló por la puerta entreabierta y allí permaneció revoloteando sobre mi cabeza, explorando, buscando una salida.



-¡Tiene que significar algo!
-¿Qué cosa?
-No sé… Pero es un “presagio”.
-¿Malo?
-¡Bueno! Tiene que ser bueno… Es un colibrí, ¡no un vampiro!

Pensé mil cosas, como cuando en plena crisis de ansiedad se disparan en tropel decenas de alertas que no hacen sino empeorarlo todo, pero esta vez es distinto, me gusta pensar que mi pequeño picaflor es portador de un buen augurio, no puede ser de otra manera. ¡Esta vez tiene que ser algo bueno!

Me dio pena cuando lo vi solito picoteando el cristal. Abrí las ventanas pero no se fue enseguida, aleteó en círculos y recorrió toda la casa antes de escapar por la puerta como una exhalación.

Que me expliquen qué significa todo esto. Mientras me voy a mojar los pies al arroyo…


viernes, 1 de abril de 2011

Aire serrano

La pesca fue un desastre. Ni un pejerrey escuálido que echar a la parrilla y eso que llenamos las alforjas de lombrices, tripa de pollo, camarón y una pasta sospechosa a base de polenta y condimento para pizza. No querían salir y eso que les canté y les pedí “por favor”. Porque nada hay más abrumador que un día de pesca sin pesca… si hasta la biografía de María Antonieta se me hizo odiosa al cabo de dos horas y media de amarga espera en este lago espejado que es casi una postal.



Menos mal que sobró pollo del asado de anoche y… ahora pienso que podría convertir ese esponjoso pan de campo en unas sabrosas torrejas y… “¿te gusta el arroz con leche?” Ganaron las torrejas y, como estaba de humor, una exquisita tarta de ciruelas que horneé hasta que los vecinos tocaron la puerta atraídos por el aroma “delicioso” y se invitaron solos a tomar mate “toda la tarde”.

Ahora sé que me han traído hasta aquí para engordarme a base de cosas ricas. Humita, pastelitos, empanadas doradas en horno de barro, chivito, torta frita, salamines, queso de campo… a nada le digo que no. Es el aire de las sierras, sin duda. No hago más que comer y perder la vista en las montañas, recuperé peso y color y un poco, también, la voz. En este preciso instante, con un café humeante al lado de mis escritos, pienso en colaciones rebosantes de dulce de leche y pan con manteca, toneladas de pan con manteca y… ¡dulce de naranjas!



Me quedaría aquí para siempre, aquí es “seguro”, no pienso tanto, no sufro de más. El aire es puro, los saltamontes se enredan en mi pelo, bailo con las mariposas y tejo sueños bellos e imposibles. Aquí podría ser feliz.



jueves, 31 de marzo de 2011

Causas y azares

Una verdad a medias, la sospecha, la trampa bien pensada, un error irreparable. Y el diablo que siempre mete la cola y desata un tsunami de proporciones cósmicas. Desafío a cualquiera a encontrar una combinación más perfecta para éste, mi infierno a medida.

No soy fatalista ni creo en eso de que “TODO ESTÁ ESCRITO” y “LO QUE TENÍA QUE PASAR, IBA A PASAR DE CUALQUIER MODO”. Bullshit! Uno cocina su propio destino, toma decisiones, se equivoca, lastima, se lastima, cae y, si puede, se levanta.

Nada es casual, ni siquiera el nombre de este maravilloso lugar que parece puesto a propósito para estrujarme el corazón.



martes, 29 de marzo de 2011

Naturaleza que cura

Son las tres de la tarde de un día soleado y suficientemente cálido, aquí en este “Paraíso Escondido”.

El doctor dijo que un cambio de aire resultaría muy favorable, dadas las circunstancias. Aire serrano, límpido, lleno de aromas de hierbas que todo lo curan, pájaros que cantan hasta que el sol se pone, el susurro de un arroyo cercano cuyo frescor calma mi sed y me invita a saltar entre las piedras como una cabrita del monte.

Aquí los días transcurren apacibles. La montaña se despierta envuelta en nubes espesas que el aire mañanero va disipando lentamente, a lo lejos se ve el río y la ruta que caracolea hacia las altas cumbres. El paisaje me deja sin aliento, es tan bello que parece arrancado de las páginas de un cuento. Cierro los ojos y respiro profundo, intento poner la mente en blanco y volar en la brisa que huele a lavanda y menta. Es tan maravilloso que no puede durar…



De a ratos logro escapar hasta que su recuerdo vuelve, golpeando como el oleaje de un mar bravo, se niega a abandonarme, no puedo soltarlo, es más fuerte que yo. ¿Dónde estás que te necesito tanto…? Una lágrima rueda solitaria y otra más, después otra… y todo vuelve a empezar. No importa cuánto me aleje, estás en mis sueños, de día y de noche, todo tiene tu sabor, no puedo evitarlo.

Yo que te di mi corazón

y tú lo has destrozado…

domingo, 8 de noviembre de 2009

Veredicto

Al fin se supo.
Comunicado oficial.
Por razones imprevistas y de fuerza mayor se suspende el famoso viajecito. Y es que los
apestados de escarlatina ya no tienen fiebre pero, de todos modos, es demasiado tarde. Ya no hay chance de participar en el festival de Avignon, las presentaciones en Graz dieron comienzo antes de ayer y sólo quedan tres tristes funciones en Turín, pero el enflaquecido caché no amerita semejante periplo.
Ya está. Nos quedamos. No quería escribirlo porque es como constatar la frustración, no me siento aliviada, todo lo contrario, soy como un volcancito a punto
de erupcionar. Y ni hablar del resto del elenco porque lo mío va sólo de acompañante, no corto ni pincho, pero ellos han perdido sus buenos morlacos y ahí están rasgándose las vestiduras y deseando estrangular a los inocentes enfermitos. Corre la voz de que el papá de uno de los chicos lo sopapeó apenas le dieron el alta. No se puede creer… ¡Desalmado!
Como sea, ya empecé a desarmar la valija. Es la segunda valija que desarmo este año, como si estuviera predestinada a no salir de aquí.
Ya no conoceré el castillo Eggenberg ni el Kriminalmuseum ni la Mole Antonelliana que atesora el guión original de El Padrino, ni el Museo Egipcio con su templo de Ellesija y el Statuario y la efigie de Amenhotep I, ni comeré “merende reali”, “gianduiotti” ni la famosa “bignola”. Eso sobre todo, porque Turín es la cuna del chocolate y no hay ningún tirano Wonka digitando el juego. Eso era lo que más necesitaba...
Otra vez será.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Enraizada

Aquí estoy, no vengo, no me fui. No encuentro insultos suficientemente potentes para maldecir la luz que no me quiere alumbrar. Scheibe!!!
Debería haber partido hace una semana, eso si el diablo no hubiera metido la cola y los dientes como suele hacer. No tengo derecho a quejarme –lo sé- pero me había ilusionado con un esperado cambio de aire, de lugar, de compañías… y ahora no sé, nadie sabe. Si Dios quiere… pero no, no quiero aventurarme.
Es que una abrupta epidemia de escarlatina mantiene acuartelados a los tres pequeñines que forman parte del elenco de la obra de teatro que es la verdadera excusa del viaje. No, no actúo. Voy (si voy) de acompañante de la hija de mi querida amiga que, por razones de fuerza mayor, no puede viajar. Alguien tiene que cuidarla y me echaron el fardo sin titubear.
Por ahora, la demora significa que no conoceremos la ciudad del puentecito, aunque alguien comentó por ahí que el dichoso puente está clausurado por refacciones. Y agregó, seguramente a modo de consuelo, que Avignon es un pueblo muerto.
La cosa es que no podré caminar por el puente cantando la canción que todos sabemos. Me cache en Die!!
Con suerte, volaremos derechito al siguiente destino. Si no, me quedaré aquí a tejer calceta.
Voy a prender velas. No tengo ganas de escribir.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Dante

Dante ahora se dedica a la política. Lo reconocí pese a la barba hirsuta, los mismos maravillosos ojos claros sonriendo a la nada desde una pegatina sucia adherida a un poste de luz, compartiendo el abrazo de algún crápula que intenta hacer “carrera”.
Dante, el auténtico, bastante más gordo y venido a menos, debe contar ya casi seis décadas…
La primera vez que lo vi me sorprendió su elevada estatura, el porte perfecto, el gesto autoritario y seguro. Desde la ingenuidad de mis ocho años veía en Dante al príncipe azul soñado, un inaccesible y hermoso Adonis.
Cuando lo nombraron director de la colonia de vacaciones, las madres hacían cola al rayo del sol zamarreando a los pequeños que rehusaban someterse a la revisación médica. Una ola de suspiros acompañaba sus saltos desde el trampolín y, cuando nadaba largos a última hora de la tarde para descargar las tensiones de la jornada, las miradas impúdicas de la platea femenina barrían la pileta como un tsunami.
Dante tenía carácter, era bueno pero firme, no se le escapaba una. Con él aprendí a patear penales, a escupir a distancia y a tirarme de cabeza en “lo hondo”.

Sentía especial debilidad por las carreras de posta y no perdía oportunidad de imponer su disciplina, sobre todo con los varones que nos hacían la vida imposible. Como el día que sorprendieron a Laurita sola en la entrada de los vestuarios, y los muy asquerosos se bajaron los lienzos para exhibir sus minúsculos atributos. Cuando la noticia llegó a oídos de Dante la cosa se puso bien fea. Laurita moqueaba desconsolada señalando uno a uno a los culpables que finalmente fueron condenados a desfilar desnudos por todo el club desatando ruidosas carcajadas entre los presentes.
Cada año organizaba un campamento de día y medio, lejos de mamá y papá, solos, a hacerse machos ¡carajo! Lideraba los juegos y asignaba todo tipo de tareas, y guay del que emitiera una queja… lo dejaba sin comer o le tiraba la carpa abajo para que la armara él solito, sin ayuda.
Una noche jugamos la “búsqueda del tesoro” y el tesoro era él mismo, escondido vaya a saberse dónde. Provistos de linternas caminamos horas en la oscuridad, intentando localizarlo en un verdadero laberinto de vegetación y objetos difíciles de identificar. Al fin tuve la dicha de encontrarlo ¡yo solita! Dante se había ocultado bajo la lona de una pelopincho en desuso, lo supe cuando la linterna se me resbaló de las manos y cayó pesadamente en su cabeza. Se escuchó un rosario de palabrotas que me niego a reproducir y entonces supe que era él, había encontrado el “tesoro”.
Cuando anunció su boda, esperábamos verlo de la mano de una rubia escultural, exactamente a su medida. Sin embargo, la novia era una gordita simpática que no le llegaba ni al hombro. Tuvieron muchos hijos, fueron felices.
Después no supe qué fue de él, no volví a verlo hasta hoy, una foto en blanco y negro, impersonal, y sin embargo, lo reconocí al instante y fue como si se hubiera detenido el tiempo. Me vi muy pequeña nadando en la pileta enorme del club, intentando sin éxito respirar entre una brazada y otra, el silbato de Dante atronando el espacio, las madres abanicándose los “calores”... una tarde de verano como tantas.

domingo, 6 de julio de 2008

La fiesta de la corvina negra - Parte II

H: Vamos a San Clemente.
M: ¿Para qué?
H: Compré una caña para pescar en el mar, de costa.
M: ¿Y qué vas a pescar? Si no sale nada…
H: Qué mala onda que tenés.

El sábado más destemplado de aquel año prometedor, nos apeamos en la ciudad de San
Clemente, mate en mano, reposeras, heladerita portátil y un complicado artilugio de señuelos y plomadas que, según el vendedor experto, serían suficientes para pescar un tiburón adolescente.
Sin perder un segundo corrimos a la playa que, misteriosamente, estaba poblada de cientos de pescadores con sus respectivas familias, mates, reposeras y heladeritas.
“Gran Fiesta de la Corvina Negra”, anunciaban los carteles y había que anotarse para participar del torneo que ganaría quien cobrara la pieza más grande.
Decidimos hacer rancho aparte, fieles a nuestra costumbre de evadir las multitudes y los concursos.
No pescamos nada, pero nada de nada y, hasta donde pudimos ver, no había ni media
anchoíta. Pese al aprovisionamiento generoso de bufanda, guantes y campera térmica, pasé el peor día de frío de la historia con ese viento indomable que te pega en la nuca sin cesar, la arena que se mete en los lugares más insospechados y el mar encrespado, tan inapropiado para un día de pesca. No sé qué estaba pensando H cuando compró la dichosa caña.
A la noche salimos a pasear. En la plaza se organizó una feria de artículos regionales y había empanadas y choripanes para mitigar la espera hasta que diera comienzo la Fiesta.
Con cierta expectativa nos sumamos al público que rodeaba el improvisado escenario decorado con motivos marinos. El locutor se aclaró la garganta y anunció el desfile de las candidatas a “Reina de la Corvina Negra”. Dios mío… El circo de los monstruos no me hubiera avergonzado más. Pobres chicas, muertas de frío en traje de baño, mostrando sus magros atributos para alcanzar el ambicionado título que más que un premio es un bochorno. En fin, ganó la hija del intendente.
Y entonces se nos paró el corazón porque la cosa no terminaba allí. Iban a entregar los premios a los ganadores del torneo, ergo alguien había pescado “algo”. Y sí, el primer premio, un auto cero kilómetro (aquí dejé de respirar con normalidad) para el pescador de una insignificante rayita del tamaño de mi mano y el segundo premio, dos entradas para Mundo Marino, para un gordo que después de un día de viento, frío y hambre, logró arrebatarle al mar un cangrejo bebé. La mierda… ¡nos hubiéramos anotado!
Hubo aplausos, risas, agradecimientos y el anuncio, al parecer, muy esperado por todos los concurrentes.

“Señoras y señooooores… para coronar esta tradicionaaaaal Fiesta de la Corvina Negra, no podía faltarrrrr la presencia del másssss grande, ídolo de taaaantas generacionessss, el de la voz siempre joven que cada día canta mejorrrrr… Con ustedes ¡Sergio Deniiiiiiis!”

Y así, sin tregua, apareció el rubio arremangándose el saco, acomodando el cabello con ese gesto tan suyo, sonriendo a la multitud de señoras gritonas que saltaban a los pies del escenario intentando captar un segundo de su codiciada atención.
Las melodías de siempre que, de tanto escucharlas, las he aprendido de memoria y casi a desgano me muevo siguiendo el compás. Después de todo, no estuvo tan mal. Ni siquiera cuando se largó a llover y nos tapamos la cabeza con las sillas de plástico, a modo de toldo improvisado. El cincuentón seguía cantando a voz en cuello y corría entre los cables a riesgo de caer electrocutado.
La Fiesta de la Corvina Negra… Un poco de todo. Inolvidable. Ahora, cada vez que paso por la pescadería me acuerdo de Sergio Denis…

sábado, 5 de julio de 2008

La fiesta de la corvina negra - Parte I

Con H solíamos ir a pescar. La de veces que pasamos frío a la vera del río con la vana esperanza de cobrar un bagre flaco y bigotudo… La suerte nos acompañó en la laguna de Monte cuando, embarcados en un botecito a remo que al atardecer se volvió incontrolable a manos de un viento rebelde y desapasionado, pescamos decenas de pejerreyes de gran tamaño ¡todos para nosotros! y los demás nos miraban con envidia mal disimulada mientras reíamos alborozados viendo crecer el botín. H los guardó en la heladera del buffet con nombre, apellido y número de documento, pero alguien metió la mano y nos cambió los pejerreyes de cuarenta centímetros por unos tan chiquitiiiiiiitos que inspiraban compasión. Los comimos igual previa exhaustiva limpieza de escamas y espinas, fritos con abundante cebolla y ají molido, porque “cuando hay hambre no hay pan duro”… Y esa noche dormimos en carpa.
En el Paraná luchamos con el dorado y el surubí. Y perdimos un día entero detrás del pacú tentándolo con frutillas, quinotos y panceta ahumada… pero ni la sombra. Había un balde lleno de morenas en el bote, un frenazo brusco y el balde se dio vuelta, las morenas escaparon y casi muero de horror cuando las vi zigzaguear como anguilas bajo mis pies. “¡Callate que espantás a los peces!”, me gritaron. Y me sentí Indiana Jones con su miedo infantil a las serpientes, prefiriendo morir ahogada antes que una de esas cosas negras y gelatinosas se colara entre mi ropa. De algún modo todas volvieron al balde pero ya estaba hecho, nadie me iba a quitar la impresión ni el asco ni el miedo.
El dorado no es presa fácil. Hay que estarse quieto y esperar hasta que simplemente sucede… El tirón casi me lanza de cabeza al Paraná, menos mal que me atajó el timón con un golpe cerrado en el centro del estómago. No grité pero tampoco solté la caña. “¡Tirá para atrás! ¡Así! ¡Más fuerte!” Y yo tiraba como podía. ¿Qué se creyeron? Bastante que a mí sola me picó el dorado, pedazo de nabos.
Era un doradito precioso. Claro que no daba la medida, era poco más que un bebé y dicen que, para que venga la mamá, hay que darle un beso en la boca y dejarlo libre. Lo besé, increíblemente no fue tan desagradable. Lo que fuera por no malograr la nefasta excursión que nos dejó los bolsillos vacíos y las vanas promesas de una pesca decente.
El surubí apareció con el último resplandor de la tarde. Vaya si será feo que nada de panza contra el fondo y no asoma ni de casualidad. Sacamos dos bastante grandes pero tampoco daba la medida. ¿Cómo es que nunca da la medida? A estos no les dimos besitos porque ya era tarde y porque en un abrir y cerrar de ojos el agua se llenó de palometas que son como las pirañas y entonces el guía dijo que no había nada más que hacer. ¡Malditas palometas! Tengo el recuerdo bastante nítido de las series de Tarzán donde alguien siempre era víctima de las arenas movedizas, una plaga de termitas o un lago manso repleto de pirañas que tras un revuelo de novela arrojaban los huesitos descarnados a la costa.
Pero a fin de cuentas diré que el dorado no es tan sabroso como lo pintan. Y el surubí es tan rico como grasoso. Esto lo supe después de empacharme con toneladas de pescado cocinado de todas las formas posibles y, entre todos, diré que sigo prefiriendo la corvina… Pero que la pesque el que sabe.

domingo, 2 de marzo de 2008

De antojos y excesos

Pensar con excesiva anticipación el manjar objeto de mis más recónditos anhelos. Imaginarlo, soñarlo, ponerle sal y acompañarlo con vino blanco bien frío. Despertar por la noche con la frente perlada de sudor, inquieta, imaginando miles de obstáculos en la búsqueda del alimento perdido. Podría correr descalza hasta la heladera aún a riesgo de morir electrocutada, sólo para meter la cuchara sopera en el dulce de leche y saborearlo lenta, muy lentamente… Y esos bombones de mousse de avellana que me miran como queriendo meterse en mi boca…
¡Mantecol! El marido de Raquel escondió el anillo de compromiso dentro de una canasta de mantecoles, una canasta bastaaaaaante grande. Y como no era nada fácil llenarla, recorrió todos los kioscos de Olivos y La Lucila recolectando mantecoles hasta casi desabastecer el mercado, le puso un moño alusivo y depositó la canasta a los pies de su princesa. Y dicen que lo reconoció públicamente...
Cuando un hombre deposite a mis pies la cantidad suficiente de After Eight para hacerme perder el sentido, sabré que es el Elegido.
Ahora pienso en mantecoles bañados en chocolate y peras a la menta… Y me hace ruido la panza. No puedo dormir.
¿Antojo? No… Es peor que eso. Mucho peor. Es que me he declarado en dieta forzada hasta hacer desaparecer los excesos de una semana de vacaciones regada de caipirinhas y dulce de maracuyá.
Dieta de agua, zanahoria y gelatina de frambuesa. Eso es lo que necesito.
Y un calmante fuerte para no parecer una Doña Florinda histérica.

domingo, 24 de febrero de 2008

Iemanyá

Era la noche de las ofrendas a Iemanyá.
Aunque no sea la fecha en que se celebra a la divinidad, el último sábado de cada mes un grupo de fieles organiza una pequeña ceremonia con objeto de interesar a los turistas y hacerlos partícipes de este rito milenario.
Me vestí de blanco y bailé axé haciendo tintinear mi collar de cuentas de colores, como indica la tradición. Hacia la medianoche salimos en procesión, al ritmo retumbante del batá, algunas mujeres cantaban en un idioma extraño de dulce sonoridad.
Prendimos velas en la playa, muchas, muchísimas velas. Y entramos al mar portando mensajes, flores y presentes. Después nos retiramos
respetuosamente.
Dicen que el mar se lleva consigo las flores y regalos que agradan a la diosa que, a cambio, cumple los deseos de nuestro corazón. Pero si a la mañana siguiente, sobre la arena mojada, aparecen los obsequios quiere decir que éstos no han agradado a Iemanyá y el mar los arroja de sí.
Me levanté temprano, al despuntar el sol. La playa estaba regada de tesoros... brazaletes, flores, collares... Busqué y rebusqué a lo largo de un kilómetro pero ni rastro de mi collar de cuentas. ¿Será que a Iemanyá le gustó y se lo quedó? Entonces habrá visto mi mensaje... ¿Cómo estar segura? ¿Y si el mensaje se perdió? No, no es posible...
Sólo resta esperar. Tal vez algún día deba volver provista de velas y flores para agradecer a Iemanyá...
Ojalá.

sábado, 16 de febrero de 2008

Quando você não está aqui

Tengo los pasajes frente a mis narices. Brasil.
Fue una decisión de último momento y ahora ya está todo cocinado. En breve partimos hacia el paraíso de arena y coral, lejos, bien al norte, donde el agua es calentita y el sol no quema, acaricia. Pero no es como otras veces. No transpiro desesperación ni me desvivo planeando, imaginando, lamentando anticipadamente el regreso cuando ni siquiera saqué la valija del ropero.
Quiero Brasil, siempre quiero Brasil… pero con él. Así no es lo mismo.


Quando você não está aqui, é sempre noite sem luar,
Quando você não está aqui, nem as estrelas ão brilhar pra mim

domingo, 23 de septiembre de 2007

Las olas y el viento

Mañana soleada frente al mar.
Camino por la arena con la mente en blanco mientras mi perro adorado corre de un lado a otro ladrándole a las olas porque aunque no quiera admitirlo… les teme.
Hay viento pero no me importa. Quiero caminar y caminar hasta perderme tras los médanos y dejar que el alma vuele alto y libre.
En la bolsa de plástico guardo los caracoles que el agua arroja sobre la playa. Cada tanto descubro algún espécimen nuevo. Siento un irrefrenable deseo, una verdadera adicción, por los caracoles. Dicen que traen mala suerte. No sé, no estoy segura. Por el tamaño de los que vinieron conmigo desde Aruba y Colombia ya debería haberme caído un piano de cola en la cabeza… Claro que en la costa argentina es difícil encontrar variedad. Los caracolitos son casi todos iguales, en realidad la mayoría son valvas de almeja. Prefiero las de color violeta que se verán perfectas en mis velas blancas.
Hace rato que no hago velas. Tuve una época de gran productividad y hasta pensé en una interesante red de comercialización que comprometería a todos los miembros de mi honorable familia. Pero no pasó de buenas intenciones… Ahora disfruto del perfume de mis velas artesanales cada vez que se corta la luz.
Me gusta la soledad del mar cuando sopla el viento y el aire se siente un poco frío.
Soledad… mar…
No quiero regresar. Todavía no.

sábado, 1 de septiembre de 2007

A Rosario por Geretto

Viernes, once de la mañana.
Las mascotas observaban con preocupación el inusitado traslado de bolsos y bolsitas, la canasta del mate y la caña de pescar. Nos miraron con ojos grandes y llorosos cuando H encendió el motor de la camioneta, intuyendo una breve separación. Porque siempre volvemos y lo saben. Pero temen las despedidas. Especialmente cuando los abrazo y beso cientos de veces y les hago infinitas recomendaciones como una madre cariñosa a sus hijitos del alma.
Al fin partimos. El vecino de enfrente, agitando la mano en franco saludo de despedida, gritó a los cuatro vientos “¡Vayan a comer a Don Feeeerro!” y no le erró porque el lugar es sencillamente maravilloso y el asado de tira merece especial consideración.
Primera vez en Rosario.
El viaje fue ameno y más corto de lo que esperaba. Apenas una ronda de mate al llegar a Campana, un rico almuerzo pasando San Pedro y ya estábamos dando vueltas al Parque de la Independencia.

H: Te saco una foto en el monumento a la Bandera.
M: No me gustan las fotos con monumentos.
H: Daaale…. ¿Cómo nos vamos a ir de Rosario sin la foto del monumento?
M: Grrr…

Y me sacó la foto nomás. Justo debajo del Río Paraná, ese coloso de piedra que está acostado en terlipes y se tapa “las partes” con pescaditos. Como la foto con el David de Miguel Ángel donde uno siempre sale con sonrisa de turista y las bolas de la estatua de sombrero. No son las fotos más apropiadas para exhibir en un portarretratos o mostrarle a la tía abuela por más genial e insuperable que fuera el artista.


Paseamos bajo el sol de una tarde calurosa descubriendo de a poco el corazón de Rosario, su arquitectura, su gente, sus olores… Más fotos, caminata y licuado de frutilla a la vera del río. Hasta la puesta de sol. Hasta que se hizo la hora de buscar hotel y las entradas del teatro para la penúltima función de la temporada.
Y sí… Toda esta movida sólo para caer rendidos a los pies de Geretto y su abanico de personajes estereotipados, llorando lágrimas de risa, enternecidos por su sensibilidad tan característica, ese conocimiento del alma, del dolor, del placer… ese instinto natural para hacer reír que es la definición del gran cómico. Y se mostró tal como es: una muñeca asexuada que se viste y se desviste dando a luz personajes entrañables que conmueven y emocionan desde su sencillez.
Hacía rato que no reía tanto y con tantas ganas. Valió la pena.
Gracias, Geretto, por esta noche mágica e inolvidable.


viernes, 3 de agosto de 2007

El beso



Arena, mar, sol y un calor que agobia. Brasil… el verano pasado.

H: Qué linda esa mina… ¿Qué le habrá visto al gordo del marido?
Yo: La billetera… ¿qué le va a ver? Y vos… ¡le estás mirando el culo!
H: ¿Qué querés que haga? Mirá el hilito que se puso… Todos la miran.
Yo: No es tan linda.
H: Se parece a Kim Basinger.
Yo: Pssse… No tanto. Tiene pinta de gato de acá a Pakistán.
H: Está buena.

Cada mañana a la misma hora la pareja dispareja aterrizaba en la exclusiva playa del hotel y, mientras el marido gordo permanecía prendido a su celular de última generación, el clon de Kim Basinger tomaba sol en tetas con total desparpajo. Cada tanto cruzábamos alguna que otra mirada de curiosidad.
Hasta esa noche en el cyber, donde para variar me escapaba de a ratos perdidos para chatear a solas con mi entonces elegido y único amigo especial que ahora anda por ahí muy silencioso, tal vez algo enojado, olvidándose de mí y yo sin atreverme aún a levantar el teléfono… Esa noche, envuelta en una nube de perfume caro y con un vestidito ultra ajustado que no me hubiera puesto yo ni a los quince años cuando era más flaca que un tallarín, la susodicha Kim Basinger franqueó la puerta del cyber y se instaló en el box vecino. Lucha de titanes con la clave que bloquea el acceso a Internet (se ve que no era muy ducha, pobrecita) y supe que tendría que acudir en su auxilio.

Ella: Isto não é tão fácil assim… ¿Vocé pode me ajudar?
Yo: ¿A ver? ¿Qué pasa?
Ella: Vocé é argentina, ¿certo?
Yo: Sí, porteña. Perdón… no entendés un joraca, ¿no? De Buenos Aires.
Ella: Ah, Buenos Aires…
Yo: Prestame la tarjeta de Internet. Ponés el numerito que dice acá y te conectás. Ya está… ¿Ves qué fácil?
Ella: ¡Muito obrigada! Eu não entendo nada de computadores…
Yo: (Sí, ya me di cuenta….) Todo bien.


A los cinco minutos siento los ojos de Kim clavados en mi nuca. ¿Y ahora qué? Cierro todo y me dispongo a partir. "Chau, suerte". "Chau, obrigada". No me gustó cómo me miraba. Por las dudas me fui cantando bajito, rápido y sin volver la vista atrás.

Intercambio amable de saludos durante el desayuno. El marido gordo mastica sin pausa y las miguitas de las tostadas quedan adheridas al celular. Ella es sólo un elemento decorativo, lo sabe y lo acepta. A juzgar por la vestimenta, parece que se van.

Yo: Voy a la habitación a buscar la cámara. ¿Necesitás algo?
H: No, nada. Te espero en la pileta.


Corro por las escaleras para bajar las medialunas con dulce de maracuyá que engullí sin cargo de conciencia, encuentro lo que estoy buscando y se me da por esperar el ascensor. Otra vez la ola de perfume y descubro sorprendida que Kim está allí, detrás de mí, como una sombra. Se cierran las puertas del ascensor y no tengo tiempo de respirar siquiera. Es más alta que yo, más fuerte y sabe lo que quiere. Me besa en la boca. Ay, Dios… Primera vez en la puta vida que me besa una mujer. Y yo en estado catatónico, sin saber qué hacer. La miro incrédula mientras se aleja caminando despacio, muy sonriente, sin pronunciar palabra.

H: Estás pálida… ¿Te sentís bien?
Yo: Sí… Estoy bien.
H: Parece que se fueron el gordo y la minita.
Yo: ¿Ah sí?
H: Jejeje… No te quería decir porque te ibas a poner celosa, pero ella me miraba de una manera…
Yo: No me digas…

Todavía me quema la boca y su perfume se impregnó en mi pelo. Y lo curioso es que no me desagrada… aunque cueste admitirlo.

miércoles, 14 de marzo de 2007

DE VUELTA

El retorno siempre es complicado.
Lo primero que hice después de una semana de caipirinhas con sabor a vacaciones descontroladas, fue preparar unos ricos mates. No hay como el olor a yerba mate para sentirse otra vez en casa. Obvio que a las cuatro y media de la mañana, en ayunas, después de un vuelo largo y cansador, no resultó la mejor opción.
Volver… Cómo cuesta.
Tengo pila de trabajo atrasado y no sé por dónde empezar.
El perro también volvió del pensionado, “el jardín” como le decimos cariñosamente. Pensé que se me iba a tirar encima y a lamerme de arriba a abajo como es habitual luego de nuestras separaciones. Ni me miró. Corrió derechito a pelearse con la gata y a marcar territorio.
Por suerte no se incendió la casa. Días atrás estalló literalmente la central eléctrica de la casa de al lado y tuvimos desfile de bomberos, matafuegos y corrió algún que otro Valium para calmar los ánimos alterados. Afortunadamente no pasó a mayores y muchos siguen creyendo que esa noche al vecino se le ocurrió por algún motivo desconocido lanzar a la atmósfera coloridos y potentes fuegos artificiales.
Se me da por mirar con nostalgia los granitos de arena que quedaron en el fondo de la valija. Se terminaron las vacaciones. Y sospecho que este va a ser un año agitado.

viernes, 9 de marzo de 2007

O Brasil do meu amor

Não pense que meu coração é de papel.


La arena me quema los pies pero la sensación es relajante. Es lindo caminar en la arena. Y mojarse con la espuma de ese mar turquesa, tibio.
Tengo una fuerte sensación de extrañar cosas.
Creo que ya es hora de volver.

martes, 6 de marzo de 2007

Chuva na praia

Es increíble como de pronto el cielo azul impecable se convierte en una única y amenazadora nube arrepollada, y en cuestión de segundos: el diluvio universal. Cuando a duras penas hemos logrado reunir nuestros petates para huir en desbandada… ¡el milagro! La nube desaparece como por arte de magia y el sol arde con renovada intensidad. Este fenómeno se repite a diario, dicen. Y ya lo estoy comprobando.


La historia del día es que, caminando por la arena húmeda como me recomendaron para fortalecer mi paz mental y aclarar las ideas, sin querer porque no lo vi, pisé un cangrejo que probablemente tampoco me vio y no tenía intención de quedar atrapado bajo mi pie.


¡Ay, qué dolor! Susto e incredulidad al ver esa cosa amarilla regordeta apretándome fuerte. Lo revoleé de una patada. No fue mi intención hacerle más daño del que él me hizo. En realidad, fue más por susto que por venganza. Sucedió todo tan rápido que decenas de turistas imbéciles corrieron sin aliento con la cámara digital siempre lista para inmortalizar el recuerdo y llegaron tarde.
-Hey, look at this! It’s a crab!
Y sí, nabo. Una cacerola no es. YO lo pisé, es mío. Pero me empujaron y ya se estaban sacando fotos con el pobre cangrejito. Uno llamó a la esposa y se acostaron los dos en la arena poniendo cara de “en el nuevo continente descubrimos un cangrejo”, después vinieron otros y como el bichito asustado quería escapar trataban de dirigirlo con un palito y me pareció que lo lastimaban. No pude impedirlo. Al final H se lo llevó lejos y lo puso a salvo pese a las protestas de toda esa banda de ignorantes que porque vienen de vacaciones a la tierra de los sudacas creen que tienen derechos de explotación sobre cualquier cosa que les parezca exótica.

Encontramos también aguas vivas de colores que parecen profilácticos usados.
Y rescatamos a un calamar bebé que estaba perdido en la playa.

lunes, 5 de marzo de 2007

Acontece

Acabo de tener un sueño ultra erótico y me desperté en el momento preciso. Sospecho que ya no podré volver a dormir.

El calor me tiene mal. Por la ventana se ve la piscina iluminada, un retazo de mar que se confunde con el cielo y enormes palmeras de un verde oscuro y lustroso. Me gustan las palmeras. Y también las plantas tropicales de hojas grandes, húmedas. Se respira humedad.
Hoy una señora me acosó en la playa queriendo hacerme probar las bondades de la baba de caracol. “No, obrigada”, pero ella insistía gesticulando ridículamente. A toda costa quería embadurnarme la cara con esa pasta asquerosa y a mí se acababa la paciencia y la cordialidad de turista ingenua. Gracias a Dios se dio por vencida. Pero me puteó en dialecto africano y probablemente me haya echado un gualicho.
Me parece que me voy a castigar con esa botellita de ron que vi en el frigobar. Si tengo suerte, en un rato estaré otra vez en los brazos de Morfeo.

sábado, 13 de enero de 2007

Quiero BRASIL

Moro
Num país tropical
Abençoado por Deus
E bonito por natureza
Mais que beleza
Em fevereiro, em fevereiro
Tem carnaval, tem carnaval



Quiero samba, verde, café, sol, caipirinha, batucada, arena, Bahia, maracuyá, bamboleio y Carnaval

Brasil, prá mim, prá mim, prá mim…