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lunes, 23 de julio de 2012

I don't give a shit

Estamos a julio y sigo sin la agenda que me desvela. Me miran raro en la librería cuando pregunto y vuelvo a preguntar e insisto en que no puedo dormir si no la tengo. ¿Qué van a pensar de mí, de este año en blanco sin frases célebres ni decisiones revocadas?

No tengo agenda, abandoné la dieta que me auguraba un futuro de feliz delgadez que es como una vuelta atrás esperando que me entren otra vez las mismas mallas pasadas de moda o el shorcito aquél de flores diabólicas que guardo sólo para constatar que mi trasero sigue aún en su lugar… y por si fuera poco, perdí la Llama Violeta. ¡La perdí!

Antes no creía en estas cosas pero últimamente me he vuelto meditation dependiente y necesito mi llama, que me llame, que me queme, que me revuelva un poco y me haga dormir. 

No alcanza con las pequeñas renovaciones que intento en mi acogedora cueva. Perdí las ganas de decorar, guardar y romper. Tengo hambre.

Ahora me doy cuenta que todas mis frases de este post empiezan con un “NO”.

martes, 15 de mayo de 2012

Feel like a zombie

En aquella época, quedarme sin cigarrillos podía desatar toda una serie de acontecimientos desafortunados. Ahora, en cambio, el hambre es mi peor enemigo. Por eso del doble desayuno y el conito de chocolate suizo y las cosas novedosas del barrio chino. Los chinos tienen ese lado bueno. Ese solo, claro.

El profe del gimnasio no me saluda desde que
abandoné las clases o -lo que es lo mismo- desde que dejé de pagarle, lo cual no sólo me ha vuelto muy independiente sino increíblemente más fibrosa. Ahora me gasto la plata en zapatillas y bombachas con voladitos y levanto las pesas más pesadas sin su ayuda interesada.



El gimnasio me da hambre y el hambre me pone al borde la insatisfacción. 



"Why you don’t touch me?" Una semana de privación puede hacerte sentir muy miserable, sobre todo si decidís renunciar al maravilloso autosexo porque lo otro es mejor, infinitamente mejor cuando deja de ser tan sólo “imaginable”.

domingo, 19 de febrero de 2012

Una tarde cualquiera

O el maravilloso arte de hacer lo que se me da la gana.

Señora MASA



Ravioli di ricotta e spinaci, miei preferiti



Higos negros en ebullición



¡Y qué mermelada!



La mia Pasta Frolla



¡Buona mezza e tutti contenti!

miércoles, 15 de febrero de 2012

Subís o subís

No quiero que me abraces. Mejor abanicame y no te detengas hasta nuevo aviso.

Caminar por estas tórridas calles envuelta en ventiladores, eso quiero. Y que la bendita tarjeta que SUBE la temperatura y el mal humor me llegue un día de sorpresa cual carta de amor o que una simpática cigüeña la arroje por mi ventana o que me la traiga el repartidor de soda, cualquier cosa menos derretirme al sol en una plaza invadida de palomas que me picotean los pies como si fuera un pochoclo.

In-hu-ma-no. Lo del Gobierno de la Ciudad reparten vasitos de agua para paliar el desmayo. Agua que inmediatamente el cuerpo transpira, se evapora y retroalimenta el ego de esta humedad aplastante. Me pregunto si multarán por meter los pies en la fuente. Agua. El calor induce al delirio. Sueño con latas de Mountain Dew y una bolsa de papas fritas. 

Damas y caballeros, por aquí se SUBE a la Matrix.
Concurrir solo de Elegante Sport.
Prohibido el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad.
Por favor, corriéndose por el pasillo que al fondo hay lugar.
Cuando yo le avise suelte el embrague y acelere.
No hay de qué. ¿Es para mí? No se hubiese molestado, etc... etc...

lunes, 13 de febrero de 2012

All we need is love

“E pluribus unum” (En la pluralidad somos uno)


Detesto San Valentín y cualquier cosa con forma de corazón. Detesto las parejitas acarameladas que se hacen ojitos y prometen amor eterno y llenan las redes sociales de frases empalagosos y fotos con ositos. Detesto las tarjetitas de Winnie Pooh, el concurso del beso interminable y las bodas en serie. ¡Detesto el día de los enamorados!

Usted, Dr. AC… explíqueme por qué no estamos festejando hoy, mañana, pasado… Sepa que no quiero chocolates, tampoco globitos ni flores, pero nada mal vendrían unos triples de atún con mayonesa y más tarde, quizá, un helado cucurucho de esos que a usted le gustan tanto. Entérese de una vez y deje de hacerse el tonto.

Ah… el amor es así.

martes, 17 de enero de 2012

Dangerous flora


Esta cosa está viva y crece en mi balcón. De sus hojas carnosas se desprenden semillitas y donde caen florece un brote nuevo. La planta del horror ha invadido las macetas cercanas y planea extenderse más allá de lo que permitido. Es seguro que me observa y estudia todos mis movimientos. Por si acaso, no le hablo y la riego poco.

Sentada en la reposera azul bajo el tórrido sol de la tarde, mate en mano, leo a Dumas. Siempre vuelvo a Dumas y es que no conozco remedio más efectivo contra mis fantasmas. 

El ruido de la bombilla me devuelve un poco a la realidad. Una gota de sudor moja la página del libro. El calor agobia. La gata se acerca melosa en busca de caricias, se refriega contra la reposera pero sólo por un segundo. Ha encontrado algo que ocupa toda su atención, algún insecto, una hoja seca... Con horror la descubro jugando con un manojo de semillas que antes no estaban ahí. La aparto con asco y vuelco el agua del termo sobre las semillas. Me mira con sus ojos de reproche amarillos y se va sin entender el miedo que me produce esta extraña planta y la sospecha de que H la ha puesto allí para espiarme.  

Cierro el libro y me hundo en la frescura de mi habitación. Cambio a Dumas por un rompecabezas y el mate por vino helado. Adoro los rompecabezas. No tanto como el queso de rallar, pero casi. Me gusta que las cosas terminen encajando como corresponde. Mañana me desharé de ella.

viernes, 2 de diciembre de 2011

De aquí a la eternidad

Ya estaban reunidos cuando golpeé la puerta. Recibióme Ricardo con un ceremonioso ademán y estrujóme en un abrazo con palmaditas de pésame que, si no fuera por las caras sonrientes de la concurrencia, corriendo voy a bañarme en agua bendita.

-Nuestros clientes no se quejan, no pueden decir qué les gusta y qué no. Eso es una gran ventaja. Al principio impresiona, los tres primeros impresionan pero al cuarto ya lo empieza a ver uno como un trabajo cualquiera. Por eso, no se preocupen. Preocúpense sólo si ven que se mueve…

Ricardo es “tanatólogo” y su misión en la vida, como él mismo afirma, es honrar al difunto y embellecerlo para la otra vida o, por lo menos, para lo que dure el velorio. Asearlo, taponar ciertos orificios, maquillarlo, peinarlo, vestirlo… Así los deudos fantasean con que está dormido y lo toquetean, le soplan la cara, creen ver signos de resurrección y al fin recapacitan: “Si está tan rozagante… ¿Quién lo hubiera dicho…?”

Está acostumbrado a la broma fácil, como todo funebrero. Pero no pierde el asombro ante pedidos descabellados como el de la anciana que quiso ser enterrada con el vestido de novia o el usurero que desheredó a toda la prole y se tragó los dientes de oro y hubo que cortarlo y coserlo antes que lo descuartizaran para quitárselos. Por si acaso, Ricardo ya tiene a punto su ataúd y el de su amante esposa aunque, claro, no duermen adentro.

Maquillar al muerto no es “pintarlo” como quien pinta una pared o un florero. El secreto es, precisamente, que no parezca muerto -como la Bella Durmiente o Blancanieves- y que no se le escape ninguna “cosa” que rompa el hechizo. Hay que peinarlo, afeitarlo, pulir las uñas y sonrosarlo un poco. La dentadura postiza –si la hubiera- se entrega a la familia o se lo entierra con ella pero nunca puesta ya que no habría manera de cerrarle la boca.

Ricardo no dijo nada de las monedas para el barquero, pero yo creo que no deberíamos olvidarlas. Y también habría que proveer al difunto de aquellos bienes preciados que podrían resultarle útiles en la otra vida, como hacían los egipcios que no eran nada tontos.

En cambio, los chinos guardan las tradiciones más raras. Algunas comunidades rurales tienen la costumbre de desenterrar a sus muertos cada diez años, los acondicionan un poco y comparten el día “en familia” con el difunto encabezando la mesa o durmiendo la siesta en el sofá. Peor aún, en ocasiones desentierran cadáveres de jovencitas para casarlas con solteros recién fallecidos, para que los acompañen “toda la eternidad”.

Los chinos hacen todo mal. Hasta el queso crema se les muere en la heladera y lo resucitan cambiándole la fecha de vencimiento. ¡Hay que desconfiar de los chinos! Esas empanaditas… las “primavera”, que parecen tan sabrosas… ¿alguien sabe con qué las rellenan? Pues seguro que con carne de algún chino muerto en circunstancias poco felices. Es como yo digo… ¡chino que desaparece va a parar a la empanada! Por las dudas yo siempre pido fideos de arroz, nada de tofu ni bichos raros.

Hablando de bichos raros… Ricardo dijo que, en cuanto aparezca un “tomuer”, da la voz de aura y a correr ipso facto a la casa velatoria para nuestra primera clase.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Punto muerto

Enero, 1992

El cosmos es así… Lo que ayer fue, hoy no es más. Y mañana… mañana es sorpresa.


El tío Mario me llevó muy temprano a la academia de don Raúl. Hacía un calor de locos y tuvimos que esperar un buen rato estacionados al sol mientras la señora del Galaxy luchaba con el volante y los cambios y yo me preguntaba “¿por qué a mí?”.

Al tío se le había metido en la cabeza que tenía que aprender a manejar y, como para cimentar mi escaso interés, desplegaba estrategias imbatibles:

-Vos sacás el registro y yo te compro el auto.
-Pero, tío… ¿no puede ser un piano?
-¡¡¿Cómo?!! Si ya tenés 18…
-¡Ufa!

Don Raúl era petiso, tenía barba y bigotes y muy pocas pulgas.

“Entre al auto. ¡¿Pero qué hace?! ¿Usted no viene a manejar? Entonces siéntese al volante que de este lado voy yo. ¿Ve los pedales? El pié derecho en el freno. Preocúpese por lo que ve adelante, los de atrás que se arreglen y si viene un colectivo, déjelo pasar. ¡¿Qué espera?! ¡Arranque!”.

Y arranqué. Ese fue mi primer viaje turbulento por las calles de Avellaneda sentada al volante del doble comando, pidiendo por favor que los semáforos brillaran siempre verde esperanza para no tener que batallar con el embrague y la palanca de cambios que estaba más atorada que la espada del rey Arturo. Nos gritaban “cosas” pero don Raúl hacía como que no escuchaba. Dejé pasar a todos los colectivos, a todas las motos, los autos que tocaban bocina, una anciana y dos chicas que salían del colegio. Quería bajarme y salir corriendo, meterme en la cama, ahogarme con la almohada…

-Ponga la marcha atrás.
-¡¿Qué?!

Y había que estacionar ahí en la vereda nomás. Qué caballetes ni caballetes… a lo bestia, entre el camión de soda y un pobre tipo que dejó el auto para que yo se lo chocara.

Al cabo de infinitas maniobras y varios litros de transpiración, el Dodge quedó encastrado en diagonal, al árbol no le pasó nada y el chico de la bici, por suerte, tenía mejores reflejos que los míos. Don Raúl suspiró, me saludó con un lacónico “hasta la próxima” y se fue a atender otros asuntos. Y eso fue todo. Desde la primera clase tuve la certeza de que jamás lo lograría.



(En un auto como éste, no aprendí a manejar)

lunes, 19 de septiembre de 2011

Pisó un tomate y se mató

Pobre la modista… Uno sale a hacer las compras y termina en el hospital, si tiene suerte en pocos meses estará dando los primeros pasos en un andador,  con cuatro dientes menos y un miedo fóbico a los tomates.

A cualquiera le puede pasar. Yo no pisé ningún tomate pero, muy accidentalmente, el codo del dr. AC terminó incrustado en mi mandíbula y sonó tan fuerte que nos asustamos. Podría haber sido mortal y ahí lo quiero ver… escondiendo mis restos debajo de la cama, borrando las huellas, saltando al vacío desde la ventana del cuarto piso y huyendo de mi fantasma vengador por el resto de sus días. Desearía haber pisado el tomate.

Me reí de mi propia torpeza para restar gravedad al asunto hasta que vi que la cosa empezaba a hincharse como paperas. A falta de hielo, sostuve la botellita de agua mineral contra el cuello pero, aún así, avanzó la hinchazón. A la hora de dormir, apenas podía abrir la boca.

Desperté con una pelota de goma espuma atascada en la garganta. Dolía más al agacharme y, cuando el perro se abalanzó a los lengüetazos, creí morir. Soporté la tortura estoicamente sin recurrir al hielo que hiciera sospechar. Inclusive mastiqué el asado del domingo.

Por la noche luchaba contra el desmayo. Me encerré en el baño con una bolsa llena de cubitos y dejé que se congelara el cuello hasta la insensibilidad total. Dormí y soñé que
los Pitufos se trepaban a mi almohada y tejían guirnaldas en mi pelo. Era la gata que últimamente sufre delirios de peluquera. Por la mañana ya me sentía mejor.

AC ni se enteró.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Macumba

Siempre le compro huevos al boliviano del Monolito que es mi verdulero de confianza. Después de repetir y repetir “¿Algo más, doña?” pregunta si quiero huevos y respondo que “Sí, mitad blancos y mitad de color, de los grandes y que no estén muy cagados”.

La última vez pedí sólo media docena y los coloqué con cuidado en la canastita junto con los que quedaban de la última compra. Ya me extrañó que en la media docena vinieran 7 huevos pero lo acepté como caballo regalado, sin mirarle los dientes ni las plumitas adheridas al cascarón.

Hice la torta ricota que tanto le gusta a mi papá, flan, tortilla, huevos a la flamenca y un budín de pan que mamma mía. Y como sobraron dos huevos del relleno de la empanada, los guardé en la heladera para otra ocasión.

Hoy me dio antojo de ensalada de brócoli y huevo duro, así pues manoteé el huevo de las plumitas y le pegué duro contra el borde de la pileta para pelarlo luego bajo el chorro de agua, como suelo hacer. No sólo no se rompió sino que sonó a cosa compacta. Volvía golpear y con cuidado quité los pedacitos de cáscara estrellada en la punta y lo que vi entonces me dejó más tiesa que rulo de estatua. Ahí estaba el huevo del horror semipartido, chorreando un líquido de color rojo oscuro y juro que adentro había “algo”. Lo arrojé dentro de la pileta y me alejé chillando de miedo y asco y esperé a que la “cosa” de adentro desovillara sus cientos de patas peludas y se enredara en la canilla o en mi cabeza. Un Alien… ¡tenía un Alien en la pileta de la cocina!

Pero nada ocurrió. El huevo quedó ahí goteando (¿sangre?) y no había olores raros ni seres de otro mundo eclosionando frente a mis narices. "Es un huevo embrujado”, pensé. Entonces corrí a consultar a las fuentes y supe con certeza que me habían metido un GUALICHO. ¡Lo que faltaba…!

Pensé en llamar al boliviano y devolverle el cuerpo del delito envuelto en papel de diario, pero sacármelo de encima no rompería el hechizo. Tengo que hacer acopio de aceite de ricino, hojas de ruda macho, tinta china y ajo, sobre todo AJO para neutralizar un posible maleficio, inclusive podría usar la ristra de collar y dormir con ella. Por lo pronto, he puesto el huevo en observación (no le saco fotos pues es demasiado asqueroso para los estómagos sensibles) y me rocío cada media hora con la pócima de alcanfor de Madame Aliza.

Ya saben… si no vuelvo, es culpa del huevo. Llamen a un exorcista y quemen cualquier cosa que me incrimine. ¿Sospechas…? Claro que tengo sospechas pero, por ahora, violín en bolsa y agua bendita, a su debido tiempo sabré tomar revancha.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Cayeron piedras nomás

Apenas 20 minutos para correr al supermercado sin detenerme a mirar las ofertas ni saludar al verdulero que últimamente me charla de cualquier cosa. Cuestión de agarrar el paraguas -por si llueve- y marchar a todo vapor antes que salgan las criaturas del colegio y las calles del barrio se conviertan en hormiguero.

Corrí (¡volé!) y llegué justo a tiempo para el descuento del aceite Patito, peleé con la chica de la caja que no quiere largar las monedas y salí justo cuando el cielo empezaba a ponerse negro.

“Una nube pasajera…”, pensé. Pero no era sólo oscuridad, se hizo un silencio raro y de pronto un rugido sordo, como una manada de leones cazando de madrugada. Y así, sin aviso, un aluvión de rolitos escupidos desde el cielo que caían en tropel con fuerza endemoniada, como la lluvia de piedras de Belerofonte pero helada. Tormenta apocalíptica, el sol envuelto en tinieblas y un viento que se llevaba hasta los pecados.

No me detuve a pensar demasiado y corrí con las bolsas a cuestas buscando un techo miserable donde guarecerme. Pero fue cuando quise cruzar la calle sin mirar que sucedió lo más temido. Autos en caos trepándose a la vereda , paraguas que pierden su batalla frente al viento y las piedras tallando chichones en mi cabeza de novia... Porque a quién se le ocurre salir a ventilar la peluca cuando se avecina el día del juicio final y del cielo embravecido caen enanos de culo y la piedra más chica es del tamaño de una bergamota. A mí, sí, ¡a mí! porque tenía que ir al Coto a comprar queso mantecoso y patitas de pollo y en la resbalada que me pegué cuando quise esquivar al ordinario ése que me que tiró el auto encima ¡zas! caí sentada en medio de un charco, las bolsas volaron por el aire y las patitas de pollo estaban ahí desparramadas a mi alrededor, confundidas entre el granizo que por momentos caía con más fuerza aún.

Un anónimo me levantó del piso, recogió lo que quedaba de la compra y me empujó solidariamente hacia la vereda de enfrente. Me quedé un ratito sentada en el escalón de un edificio reponiendo fuerzas, a la espera de que cesara el bombardeo de una buena vez. Y reía, sola me reía, un poco de mis desgracias y mucho más de las ajenas. A mí me va a salir un chichón o dos o muchos, pero el desdichado que casi me deja fría la va a pagar muy cara cuando tenga que desabollar el capó.

(Ap. 6:12) Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí que hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento.
Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar.
Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?

martes, 2 de agosto de 2011

Cuentos para las noches heladas

El frío que azota Buenos Aires está convirtiendo mis piecitos en estalactitas. No es que me queje, a lo sumo seguiré buscando pantuflas más mullidas y el tapado de nutria semi apolillado que mamá heredó de alguna parienta de mal gusto.

Está fresco pa’ chomba… Es como si les hubiéramos mandado nuestras crisis a los europeos y ellos, a cambio, nos retrucaran con un crudo invierno sueco. Inclusive dicen que va a nevar. Como aquella vez, hace cuatro años, cuando el jardín de mi bella casa parecía una postal de Navidad y el gas de la camioneta se congeló y tuvimos que entibiar los tanques con bolsas de agua caliente para que arrancara.



Ah… qué lindos tiempos aquéllos. Podría contar la historia como si fuera un cuento que empezaría, claro, con la frase más poética y esperanzadora: “Había una vez…” Adoro que me cuenten historias, quisiera siempre adormecerme entre los algodones de fábulas y relatos de magos y princesas, especialmente en estas noches frías cuando el viento intenta colarse por entre las rendijas y el único reparo es la cama calentita, esponjada de almohadas y edredones.

“Había una vez…” Pero ¿cómo? ¿y ya no hay más?

lunes, 25 de julio de 2011

Albóndigas por el piso

Humedad, frío y calor desconcertantes.

Tengo los bolsillos llenos de monedas y ni una miserable hebillita para sujetar ESTO que es casi la melena del Rey León. Un vaho hediondo me pega de lleno a la entrada del subte pero no queda más remedio… Lucho cuerpo a cuerpo por un asiento cerca de la ventanilla y pierdo la batalla contra “algo” que parece una orangutana con ojos de cuervo que, tras hundirme el codo en las costillas, me mira con instintos asesinos aún después de haberse sentado a presión donde no cabía ni la sombra de un niño escuálido. Me arrincono contra la puerta y leo, para distraerme, los mismos cartelitos de siempre que la gente pega en las paredes, el del profe de francés, un hostel para solos y solas, la vidente desatanudos…

En la siguiente estación suben dos chicas rubias. Hablan un inglés de película yanqui, están en su mundo, no miran a nadie. Se instalan cerca de la puerta, cada una trae una bolsita de la que emana un aroma que despierta al instante los estómagos dormidos.

- We have to do something huge.
- We could visit that place called… “Fuerte Apache”.

- I told we have to do something huge. Not something stupid.

- But don’t you want to see “INDIOS”…?

- Please! Just eat something!


Y ante la mirada incrédula del nutrido vagón, desplegaron tenedores de plástico que iban y venían enredados en la maraña de tallarines con tuco escondidos en las bolsitas. El subte no es ciertamente el lugar más adecuado para saborear el almuerzo pero a ellas no les importó, devoraban y hablaban con la boca llena como si tal cosa. Claro que, al fin, pasó lo que tenía que pasar… Al pegar la vuelta un tanto brusca, el consabido empujón en cadena, algún “perdonemé”, señoras que se arreglan la ropa, manotazo en bolsillo ajeno y… ¡una albóndiga que vuela por los aires salpicando gotitas de salsa encebollada a justos y pecadores! Pero será posible…

Me hice chiquita pegándome contra la puerta y contuve la respiración. La albóndiga me pasó por la nariz, dibujó una parábola perfecta antes de estrellarse de un golpe seco contra el piso y, en su inestable deambular, cuesta abajo en la rodada, se fue llenando de las pelusas que habitualmente danzan a lo largo y a lo ancho del vagón. Se hizo silencio, durante varios segundos hubiera podido escucharse el aleteo de las moscas, todos los ojos atentos al viaje sin fin de la albóndiga que nadie se atrevía a patear. Y entonces las muchachas estallaron en carcajadas con la boca roja de salsa y otra albóndiga de la misma familia pinchada en el tenedor de plástico. Reían despreocupadas, como si lanzar una albóndiga en medio del subte apretujado de viajeros fuera la cosa más inocente del mundo.

Muchos bajaron inmediatamente. Para desgracia, mi parada era recién la próxima. Esperé pacientemente observando la albóndiga sin ningún disimulo y casi me arrojé al andén apenas se abrieron las puertas. Las rubias, con sus bolsitas de comida y el tenedor en alto, bajaron detrás de mí. Seguían riendo.

- Can you see my nipples through this shirt?
- No. But don't worry, I'm sure they're still there.


sábado, 9 de julio de 2011

El juego de las cinco vocales

En relación a su comentario acerca de que la palabra "MURCIELAGO" sería la única que posee las cinco vocales...

Me permito sugerirle que controle su EUFORIA. Recuerde que un ESCUÁLIDO ARQUITECTO llamado AURELIO o EULALIO (no recuerdo) dice que lo más AUTÉNTICO es tener un ABUELITO que lleve un traje RETICULADO, siguiendo el ARQUETIPO de aquel viejo REUMÁTICO y REPUDIADO, que CONSIGUIERA ser ESQUILADO por una ENCUBRIDORA al cometer ADULTERIO (¡y sin usar ESTIMULADOR!).

Si el PELIAGUDO ENUNCIADO de esta ECUACIÓN le deja a usted IRRESOLUTA, como NEUMÁTICO sin aire.... olvide su MENSTRUACIÓN y piense de modo JERÁRQUICO: ¡No se atragante con esta PERTURBACIÓN que no va con su MILONGUERA y METICULOSA EDUCACIÓN!

(Con la invalorable participación de mi amigo Ralph y unas cuantas copas de Sambuca on the rocks)

viernes, 1 de julio de 2011

Créase o no

Cambié de lugar. No me importó que Norita me mirara de reojo cuando apoyé mi anatomía en SU cama que ha comprado a fuerza de años de estirar las patas soñando con el cuerpo esculpido que jamás tendrá.

Sentí alivio cuando me recosté. Cerré los ojos. Llené de aire los pulmones y tanteé las correas a los costados de mi cabeza alineando correctamente la columna. Entonces miré el techo y por poco se me salta el corazón… Ahí estaba otra vez el ladrillo con cara de niño malo. Miré arriba de la cama 4 y el ladrillo raro no estaba… ¡juro que no estaba! Ay, Dios mío, se mudó conmigo y me sigue mirando…

Las demás camas estaban ocupadas, ni modo de cambiarme otra vez. A esta altura poco importa que me tilden de chiflada, a ver si el día menos pensado aparezco ensartada en un resorte y nadie jamás imaginará que ha sido obra del niño malévolo que me hace burlas desde su ladrillo.

La próxima me cambio otra vez, así hasta que se canse y se quede en su lugar. Por si acaso, si no vuelvo… ya saben quién fue.

miércoles, 29 de junio de 2011

El niño en el ladrillo

A falta de emociones más violentas… PILATES.

Dos veces a la semana, cómodamente instalada en una camilla erizada de resortes y poleas, trato de poner la mente en blanco, me deslizo, inhalo y exhalo, cierro los ojos y hago t-o-d-o lo que me dicen. Mis compañeritas de clase son señoras de cierta edad, bastante mejor entrenadas de lo que uno puede suponer, que no temen pasearse por el barrio con sus calzas ajustadas.

Como nada es casual en esta vida, el destino se ocupó de depositarme en la cama número cuatro que no parece distinta a las demás pero ciertamente lo es. Sucede que cuando miro el techo de bovedilla descubro un ladrillo que es diferente a todos los otros. Está justo sobre mi cabeza, es de color amarillento y da la impresión de haber sido puesto para rellenar un hueco. Por si acaso observé los ladrillos cercanos y los de más allá, uno por uno. Los conté y los volví a contar mientras subía y bajaba las piernas con una enorme pelota aprisionada entre los tobillos. Todos iguales, todos menos ÉSE.

Ya van tres clases que lo miro. Me obsesiona. Es que el ladrillo tiene “cara”. Sí, cara de niño, no de angelito sino de niño malo. Parece que sonríe pero la boca se tuerce en una mueca maligna y me mira, todo el tiempo me mira y yo a él. Juraría que lo he visto cambiar de expresión y no mira a nadie más, me mira a mí.

Cosas como ésta obligan a pensar en crímenes monstruosos y espectros aprisionados que pugnan por manifestarse, comunicar un mensaje o simplemente asustar. El niño en el ladrillo ha de ser el protagonista de una historia particularmente aterradora, estoy segura. Y me mira… ¿qué querrá decirme?

-María... ¿Qué pasa? ¿Está muy pesada la correa?
-No… se trabó la cama, no sé qué hice…

Pero no hice nada. Fue él, el niñito. Estuve a punto de señalarlo para que todas vieran cómo ríe con esa risa perversa pero nadie lo ha visto ni lo verá, es a mí a quien quiere, me odia, hace que los resortes pesen toneladas para que me duelan los brazos, se ríe de mí, ¡quiere volverme loca!

La próxima voy a cambiar de cama. Cuidar niños ajenos es uno de mis más preciados talentos pero lidiar con este engendro malvado es más de lo que puedo soportar.

miércoles, 15 de junio de 2011

Esquila

-Más corto.
-¿Más?
-Un poco más… ahí está bien.

Para cuando terminó el tijereteo, el piso era un colchón de pelo muerto. Pensé en guardarle un mechón a Él que fue el primero en oponerse al cambio sin siquiera escuchar los motivos. Pero, no. Barrí yo misma los despojos mientras mi peluquero fetiche preparaba un rico café y pensaba que ahora tengo la cabeza livianita, por dentro y por fuera, y me gusta así. Me gusta MUCHO.

martes, 31 de mayo de 2011

De noche en la Catedral

Pocos tienen el privilegio de visitar la Catedral en penumbras, prácticamente vacía, cobijando bajo su cúpula a un conjunto prodigioso que recrea a Mozart moribundo, en la cumbre de su creación musical. Ajena a los vándalos que tiran bombas frente al Cabildo y pintan sus columnas con leyendas obscenas, la Catedral es un refugio en medio del caos, solitaria y majestuosa, algo de lo cual estar orgullosos.

Mientras el director negociaba con el cura de turno los menesteres previos al concierto, aproveché para pasear por las galerías y observar los cuadros y estatuas que alguna vez me mostraron de pequeña en alguna insípida visita guiada. Me senté un rato a los pies del Padre de la Patria y no pude evitar pensar cuán sólo y olvidado está, de no ser por la película nadie se acordaría de él. Le hablé bajito tapándome la boca con un paquete de Chocolinas para que nadie piense que estoy loca, le conté un par de secretos que espero guardará toda la eternidad y le pedí un deseo como al genio de la lámpara. No sé si San Martín concede deseos pero no podía perder la oportunidad… No todos los días puede uno hablar con el Libertador.

También visité al Cristo del Gran Amor y le hice compañía a Monseñor Leoni que lleva más de un siglo vuelto al polvo. Lo antiguo siempre me parece novedoso, querría conocer t-o-d-a-s las historias detrás de la Historia y sentirme parte de ellas.

Como era de esperar, al canal del estado se le “rompió un móvil”, ergo no televisarían el concierto. Se supo a último momento aunque, para ser honestos, nunca albergamos esperanzas. El primer concierto del año es en la Catedral Metropolitana, están invitados por igual y al mismo precio las señoronas de la alta sociedad y los cartoneros que revuelven la suciedad de Buenos Aires. Siempre es así… Mozart murió en la indigencia y Hannah Montana viene a llenarse los bolsillos a la tierra de Atahualpa. El mundo al revés.

Salimos por una puerta lateral pues todas las entradas habían sido cuidadosamente cerradas. El sacristán nos condujo a través de un laberinto de pasadizos oscuros con olor a humedad llenos de imágenes sacras y objetos en desuso. Era muy tarde y hacía frío, los manifestantes se habían dispersado dejando un reguero de papelitos sobre la avenida.

La Catedral dormía en silencio.

jueves, 26 de mayo de 2011

El loco del barrio

Me acabo de clavar 8 sanguches de miga en tiempo record. Y el sentimiento de culpa no se hizo carne hasta que vi la panza inflada como globo aerostático y miguitas en la bandeja de plástico. No obstante, junté las miguitas con un dedo y me las comí, me dio sed, vacié la botellita de agua de un solo sorbo y fue como si me hubiera tragado un acorazado ruso. Me golpeé el pecho y la espalda en un vano intento de hacer bajar el masacote de miga mojada y sólo logré un feroz ataque de hipo. No imagino nada peor, salvo quedar encerrada en un baño público o que me cague una paloma.

Con todo, tuve fuerzas para tomar el teléfono y llamar a mi papá. “Me ahogo” le dije, pero él está acostumbrado, no sólo no se alarmó sino que aprovechó para ponerme al tanto de las “novedades” como, por ejemplo, que se casa Oscarcito.

-WHAT????
-Te acordás de Oscarcito ¿no? Que repartía volantes…
-¿El loco?

Y sí, todos los barrios tienen un cura, un borracho y un loco. Y Oscarcito es nuestro loco bueno, inofensivo pero pesado como collar de sandías. Es flaco, muy flaco y alto, tiene las piernas largas y finitas y usa unos pantalones ajustados que terminan arriba de los tobillos. Es notable su parecido con Murdock, el loquito de Brigada A, aunque Oscarcito no sabe fingir y carece por completo de momentos de lucidez. Es habitual verlo caminando a zancadas, da pasos tan largos que parece que volara, siempre con una sonrisa y un volantito que estampa de prepo en la cara de todo el que se le cruza y hay que aceptarlo, caso contrario Oscarcito es capaz de perseguirlo a uno a grito pelado hasta los confines del barrio. De ahí no pasa, por nada del mundo pondría pié en tierra extranjera.

Desde pequeño ha hecho gala de su amor obsesivo por Andrea del Boca. Y poniendo un poco de empeño, se le puede convencer de que tal chica o tal otra es realmente Andrea del Boca “pero acordate que está de incógnito”. Entonces a Oscarcito se le llenan los ojos de lágrimas y se pega a la chica como clara de huevo, diciéndole al oído que quiere casarse con ella y que no le va a decir a nadie que está ahí, para que no la molesten. La chica le sonreirá y dirá algunas palabras amables -al principio- hasta ver que el tipo está de atar y huya aterrorizada para nunca más volver

Yo fui una de las tantas Andreas y, gracias a ello, tuve oportunidad de conversar con Oscarcito más de una vez. Un tipo bueno, inocente como un cachorro, un loco lindo. ¡Y ahora se nos casa! De la novia no sabemos nada pero es inevitable preguntar si está chapita como él. Quizá es mejor, los locos no se enteran de ciertas cosas, ergo no sufren como los demás. Lo envidio a Oscarcito y también a la novia que seguro se parece un poco a Andrea del Boca.

Corté con papá y me quedé mirando la bandejita vacía, el estómago hecho una bola dura y la boca seca de tanta sed. “Es la última vez que compro sanguchitos de miga…” Pero ya estoy pensando en el próximo atracón, no puedo sostener promesas de este tenor, no puedo, no puedo y no puedo. Estoy más loca que Oscarcito… ¡soy la loca de los sanguches!

sábado, 14 de mayo de 2011

Cosas que deseo (mucho) y nunca tendré

Una mente brillante
La panza chata
El genio de Beethoven
Una casa frente al lago Peyto
El vestuario de Sex & the City
Las tetas de Pamela David
La paciencia de Penélope
Brad Pitt
Una cueva donde esconderme
El auto fantástico
La imaginación de James Cameron
Un mucamo
Una banda de rock
Los millones del príncipe Alsaud
El desparpajo de Mariana Nannis
El secreto de los templarios
La espada de William Wallace
El anillo para volverse invisible
Un tigre de bengala
Un castillo con puente levadizo
La voz de la Bartoli
Los zapatitos de Cenicienta
La máquina del tiempo