jueves, 14 de junio de 2007
martes, 12 de junio de 2007
Recreos y chichones
En los colegios de señoritas también corre sangre. Si no, pregúntenle a Jorgelina cuando me vio estrellada contra una columna del patio, la frente partida al medio tiñéndose de rojo y ella, siempre tan valiente y superada, despatarrada en el piso con esa palidez espectral y la Hna. Salvación tratando de resucitarla. Todo ocurrió en segundos. Jugábamos a una mancha nueva, recién inventada, fresquita… y en el fragor de la carrera me estampé de lleno contra la columna sin verla ni presentirla. De golpe el mundo se volvió oscuro y perdí noción de tiempo y espacio. Llamaron una ambulancia y mis padres acudieron asustados previendo una desgracia mayor. A fin de cuentas no fue tan grave, sólo me desangré parcialmente y horas más tarde mi cara exhibía los moretones del caso. También se me partió el labio que después se hinchó del tamaño de una morcilla. Pero eso no fue lo peor. Al día siguiente tomábamos la Primera Comunión y yo estaba completamente desfigurada. Cuando se aseguró de que el accidente no me había dejado hemipléjica, ciega o tarada mental, mamá estalló de bronca, producto de la tensión y el susto, y dijo cosas horribles que nunca podré olvidar. “¡Me vas a matar de un disgusto!”, repetía sin cesar. Porque claro, no era esta la primera vez. El fotógrafo no encontraba ángulo que me favoreciera ni lograra atenuar los bultos violáceos de mi frente. Mamá se retorcía las manos de los nervios y yo me mordía el labio intentando no aparecer en las fotos como la reencarnación femenina de Gatica en décimo round.Cuando el triste episodio pasó a la historia y ya algo más crecidas optamos por jugar al "quemado" en los recreos, ligué un pelotazo tal en la oreja que el aro se me incrustó como una lanza detrás de la mandíbula. El dolor me paralizó. Porque no puede decirse que Paula fuera precisamente una señorita y sus pelotazos eran bólidos de esos que conviene esquivar o resignarse y sufrir sin patalear. Alguien, no recuerdo bien, me amputó el aro con palabras tranquilizadoras que me devolvieron a la realidad. “No, no te perforó ninguna arteria. Vas a vivir”. Y al día siguiente volvía a la carga, con fuerzas renovadas, a retribuir pelotazos.
Rodar por las escaleras era otro de mis pasatiempos favoritos, con o sin mochila lo mismo daba. A Florencia le gustaba colgarse de los pasamanos del micro a ver quién aguantaba más y si la velocidad nos hacía volar al punto de estirarnos los brazos como si de un potro se tratara, tanto mejor, más emocionante aún. Destrezas tales que nos han puesto en peligro tantas veces… La de retos y castigos que me comí. Algunos ya venían de rebote pero siempre, de alguna manera, eran bien merecidos.
lunes, 11 de junio de 2007
Echoes
And no one sings me lullabies
And no one makes me close my eyes
And so I throw the windows wide
And call to you across the sky

And no one makes me close my eyes
And so I throw the windows wide
And call to you across the sky

Insomnio.
Desde niña. Desde muy niña…
Cuando pasaba horas mirando los rayitos de luz que se filtraban por las rendijas de la persiana dibujando diamantes sobre la pared. Contaba hasta cien y volvía a empezar, de atrás para adelante, de tres en tres y hasta quinientos ida y vuelta. Hasta que el cansancio me sumía dulcemente en esa nube tibia de sueños que muchas veces deseé fuera real. Sueños de hadas, princesas y conejos suavecitos.
Cuando el vértigo del juego invitaba a desafiar la orden perentoria “¡A dormir que es tarde!” y la hora de cerrar los ojos se dilataba más de la cuenta entre susurros nerviosos y risas contenidas.
Cuando lloraba en silencio las primeras penas de amor y todo era tan amargo y vacío y pensaba que “nunca más…”
Cuando fantaseaba bajo el roce de las sábanas, la piel desnuda y levemente húmeda, el pelo muy largo sobre la almohada, sedienta de caricias, que me besaras y mordieras y dormirme en tus brazos tan fuertes y posesivos. Fantasías de sexo impúdico, extremo. Y tu cuerpo sin rostro sobre el mío, cálido, demandante. Yo siempre necesitando más… y vos queriéndolo todo.
Desde niña. Desde muy niña…
Cuando pasaba horas mirando los rayitos de luz que se filtraban por las rendijas de la persiana dibujando diamantes sobre la pared. Contaba hasta cien y volvía a empezar, de atrás para adelante, de tres en tres y hasta quinientos ida y vuelta. Hasta que el cansancio me sumía dulcemente en esa nube tibia de sueños que muchas veces deseé fuera real. Sueños de hadas, princesas y conejos suavecitos.
Cuando el vértigo del juego invitaba a desafiar la orden perentoria “¡A dormir que es tarde!” y la hora de cerrar los ojos se dilataba más de la cuenta entre susurros nerviosos y risas contenidas.
Cuando lloraba en silencio las primeras penas de amor y todo era tan amargo y vacío y pensaba que “nunca más…”
Cuando fantaseaba bajo el roce de las sábanas, la piel desnuda y levemente húmeda, el pelo muy largo sobre la almohada, sedienta de caricias, que me besaras y mordieras y dormirme en tus brazos tan fuertes y posesivos. Fantasías de sexo impúdico, extremo. Y tu cuerpo sin rostro sobre el mío, cálido, demandante. Yo siempre necesitando más… y vos queriéndolo todo.
Es madrugada. Ya nada me ayudará a dormir.
miércoles, 6 de junio de 2007
DE MI
lunes, 4 de junio de 2007
Los candidatos
Cuando tenía más o menos nueve años me enamoré perdidamente de Roberto, el hermano menor de mi primer maestro de música. Mi hermana tomaba clases de piano con la mamá de Roberto, de modo que juntas íbamos a su casa dos o tres veces por semana, yo con mi guitarra y ella con sus polvorientos libros de técnica y digitación.Roberto era unos meses mayor que yo. Rubio, flaquito, travieso. Me acuerdo como si fuera hoy de su campera azul con una franja roja y otra blanca en la espalda. En los ratos libres me enseñaba a jugar al ajedrez y a veces corríamos carreras en la vereda de enfrente. El corazón me latía a toda velocidad cuando escuchaba su voz: “¡Maaaa… me voy jugar a la pelotaaaa!” Se puede decir que crecimos juntos… o más bien nos vimos crecer. Yo soñaba escapadas románticas con mi “Tom Sawyer” de carne y hueso mientras él sólo pensaba en vagabundear con los amigos. Con Santiago especialmente, ese petiso insufrible que se interponía entre nosotros quebrantando la magia que en realidad sólo anidaba en mi cabeza. Hasta que un día fuimos adolescentes y empezamos a mirarnos con curiosidad. Roberto se volvió muy atractivo con los años, pero lo que ganó en apariencia lo perdió en inteligencia. Fue tan decepcionante... Como esa vez que quiso besarme a la fuerza en el club, tal vez para consolarme porque perdí jugando al tenis, y yo le encajé un cachetazo tal que la mano se me hinchó como una empanada. Nunca más volvimos a hablar. Y nadie más habló del asunto.
Más tarde apareció Leandro, el vecino del primer piso. Una amiga suya llamó a casa para preguntar “si yo quería salir con él”. Y como no supe qué decir, corté. Al rato llamó el interesado. Mamá escuchaba desde la cocina, aguzando el oído. Yo contestaba con monosílabos. No puedo recordar de qué manera quedó establecido que éramos novios. Lo curioso es que nunca pero nunca nos dimos un beso, ni siquiera nos rozamos. Lo nuestro era una relación telefónica. Leandro llamaba todos los días, de lunes a viernes a las tres de la tarde en punto. Yo corría a atender el teléfono y daba rienda suelta a mi ritual monosilábico durante escasos minutos mientras mamá intentaba dilucidar el intríngulis. La cosa duró poco más de un mes hasta que un día Leandro me dijo que no quería salir más conmigo. Me deprimí como si de un divorcio se tratara. Y fue peor cuando al día siguiente lo vi besándose descaradamente con una chica justo enfrente del edificio como si quisiera echarme en cara lo que conmigo no pudo hacer. Afortunadamente lo olvidé pronto.
Con Fernando tampoco funcionó. Era monaguillo y eso fomentó mi repentina vocación religiosa para sorpresa de mis padres que no alcanzaban a comprender esa imperiosa necesidad de ir a misa a cada rato. Pero su indiferencia de adolescente abúlico apagó rápidamente las tímidas fantasías que supe albergar.
Un poco tarde logré darme cuenta que Alejandro era sólo un tipo atractivo, mucho músculo y el cerebro del tamaño de un garbanzo. Pero sólo verlo me producía temblores incontrolables y la incapacidad de articular palabra. Le prestaba todos mis apuntes. Inclusive llegué a hacer exámenes completos por él sin obtener nada a cambio. Nada. Al fin me cayó la manzana en la cabeza y pude verlo tal como era: el rey de los pelotudos. Dios, cuánto tiempo perdido...
Federico era distinto. Profesional independiente, unos años mayor que yo, divertido, inteligente. Lástima que fuera tan indeciso. O tenía las cosas muy claras y no se animaba a decirlo o era un perfecto mamerto de la calidad de uno que yo sé y prefiero no volver a nombrar. Después de muchas idas y vueltas, algún beso a escondidas y promesas que quedarían en el olvido, dijo al pasar que “tenía novia”. Y adiós Pampa mía. Se desmoronó mi ilusión como un castillo de naipes.
Mariano barrió con todos los demás, de un saque. Y lo adoré por eso. Éramos inseparables, como pan con manteca. Pero su peor defecto era esa manía de desaparecer por períodos indeterminados y volver como si nada hubiera pasado, con sonrisa de oreja a oreja y a mí me daban ganas de sacudirlo y gritarle que me hacía sufrir. Una vez me dijo: “Sos mucho para mí”. Y entonces me quedé sola otra vez, con más dudas que antes y miedo de volver a empezar.
¿Cómo puede ser que a mí me toquen todos? ¿Ven que tengo un imán? ¿Ven..?
No… obviamente el problema soy YO.
domingo, 3 de junio de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

