viernes, 12 de junio de 2009

Romanza con variaciones

Él: Aquí estoy, atrapado nuevamente en tus líneas.
Yo: No era mi intención, pero me halaga.
Él: Ay, princesa… Reís a carcajadas y yo… yo suspiro en otra tonalidad.
Yo: …
Él: Merecés un premio por la suavidad con que resistís mi (espero) delicado asedio.
Yo: Resisto todos los asedios… casi todos.
Él: Pues tu bonito tono español me inspira estas póstumas palabras, sin carcajadas, con toda la tajancia de la llanura castellana:


Encantadora Señora,
bien resistís el asedio
de aquel Quijote-Flagelo
que insiste en variadas horas.

Pues la asimetría en cuestión,
es que se trata de esto:
allá vuestro corazón...
y acá yo… que sueño un beso.


Dijo “póstumas”… Pero si sobrevive, espero al menos que este idilio epistolar acabe de una vez por todas. Amén.

miércoles, 10 de junio de 2009

El Admirador

La función había terminado.
Otra noche de aplausos y glamour, el camarín lleno de flores y cartas, sobre todo cartas, incluidas las fervientes misivas del Admirador que, persistente como pocos, insistía en una bochornosa declaración de amor que la Actriz
desechaba con el ceño fruncido, rozando la frontera de la exasperación.
Cada noche desde hacía meses, la misma carta, las mismas palabras vehementes, ardientes, a veces amenazadoras. Resultaba odioso e irritante.
Inició una discreta investigación personal sin dar parte a las autoridades del teatro, sólo un sujeto de confianza conocía el secreto y la ayudaba, aunque poco pudo hacer. El Admirador continuaba su ininterrumpida correspondencia, la Actriz hacía oídos sordos.
Esa noche había más público del habitual aunque hacía frío y las nubes oscuras se arremolinaban en un cielo tormentoso.
La Actriz emergió de entre una multitud de abrazos frustrados y pedidos de autógrafos, la sonrisa cautivadora, la mirada inteligente y diáfana, saludando a todos y a nadie en particular. Quería alejarse cuanto antes, pero cómo explicar al público adorador que ella sólo ansiaba descansar, un par de pastillas le proporcionaría el olvido temporario de cada fin de día, ellos no lo sabían, no imaginaban hasta qué punto semejante trajín diezmaba su envidiable juventud y su cutis de terciopelo… Definitivamente necesitaba esas pastillas.
El chofer la esperaba unos metros más adelante. Pudo verlo envuelto en su sobretodo negro, lanzando bocanadas de aire tibio al frío nocturno. Fue entonces cuando la mano vigorosa se enredó en su cuello, intentó volver la cabeza pero no lo logró, aplastada por el peso de la multitud ni siquiera pudo gritar.
Con la mirada desorbitaba buscaba a su alrededor un alma amiga, un salvador, y de repente supo que era él, aunque aún no hubiera pronunciado las palabras que lo delatarían, antes aún de reprocharse la indiferencia con que castigara el amor infantil del desconocido que noche a noche se atrevía a hacerla objeto de su obsesión.
Él sólo quería una respuesta, la exigía. No deseaba lastimarla, no lo deseaba en absoluto, pero cuando la miró a los ojos todo cambió. Esa boca roja, que sabía besar y sonreír como ninguna, crispada en una expresión de horror inaudita, esa boca nunca sería suya, nunca derramaría en sus oídos las palabras de amor que alimentaban sus más arraigados sueños.
Entonces, cediendo a la fuerza de un odio desmesurado y salvaje, hundió el puñal en el pecho de su víctima que ya no podía apartar los ojos de los suyos, una mirada acuosa, suplicante, un intento desesperado por comprender.
Lloró, su voz se desgarró en un grito visceral mientras el cuerpo etéreo de la Actriz se escurría completamente laxo entre sus manos teñidas de sangre. La gente se apartó en un círculo de espanto a su alrededor, y allí permaneció, inmóvil, ajeno a todo, sabiendo que esta vez la había perdido irremediablemente
.

domingo, 7 de junio de 2009

Dejame entrar

Las aceitunas se volvieron negras y arrugadas bajo el manto de sal que las cubrió durante más de un mes. Una cosecha generosa y la promesa de sabrosas comidas mediterráneas regadas con un buen tinto, sólo resta tender la mesa y la familia unita se reunirá para vociferar y devorar los manjares mientras los niños corretean tras las mariposas y el abuelo dormita sobre el mantel lleno de migas.
Torta de naranja para acompañar el café que más me gusta, un retazo de sol entre las nubes destempladas de este día sin recuerdos y un buen libro para disfrutar a la hora de la siesta.
Tarde o temprano la vida se va acomodando, los engranajes vuelven a girar en un sentido u otro, lo mismo da. Pero mi cabeza y mi corazón están muy lejos de aquí, vuelan silenciosamente a tu encuentro una y otra vez, como queriendo disipar las penas que te envuelven.
Al principio lo presentía, ahora lo sé.
Quiero acariciar tu frente y besar tus labios, regalarte paz y un refugio en mis brazos, apretarte fuerte contra mi pecho como a un niño asustado en medio de la tormenta. Y ser feliz.

sábado, 6 de junio de 2009

Que nada te turbe, que nada te espante

“Y en ese instante me aterroricé. Todavía ahora me es difícil creer la rapidez, la condenada rapidez con que mis emociones recorrieron el espectro desde la curiosidad normal, cierto placer por la interrupción de una rutina acostumbrada, hasta el temor absoluto. En ese instante comprendí que no estaban aquí para hablar conmigo acerca de algo, sino porque creían que yo había hecho algo, y en ese primer momento de terror tuve la seguridad de que lo había hecho.” (The dark half, Stephen King)

No sé por qué no apelé a Dumas esta vez, como en las grandes ocasiones donde toco fondo y no hay nada mejor que una intriga amorosa en la corte de Catalina de Medicis para hacer volar la imaginación varios siglos atrás, rigor histórico envuelto en un velo de fantasía que por momentos
evade las conveniencias políticas y se confunde en un duelo de caballeros, en la fragancia letal que prepara a escondidas el perfumista de la reina, en una partida de caza a primera hora de la mañana, en el torneo maldito en que accidentalmente el conde de Montmorency da muerte a su amigo el rey de Francia…
No. Esta vez decanté por Campbell, King y Cook con sus cataratas de sangre y cadáveres mutilados en la morgue de un hospital. Lectura fácil, atrapante, morbosa y predecible, ni siquiera Poe o Lovecraft pues entonces ya no podría pegar un ojo, prefiero los asesinos seriales, la chica telequinética, el médico demente, las pesadillas surrealistas y los talismanes misteriosos.
La literatura barata me está consumiendo. Cada tanto corro al baño a vomitar y otra vez me dejo absorber por la lectura sin oponer resistencia, en un estado de hipnosis que me aísla del mundo
real, generalmente hasta que suena el teléfono o el hambre apremia o cuando una serie de bostezos consecutivos cada vez más prolongados me recuerda que ya es hora de dormir.
Menos mal que todavía guardo un resto de discernimiento para separar el trigo de la paja, sólo espero rescatarme antes de que sea demasiado tarde… Y sí, el best-seller puede ser una droga muy pero muy peligrosa.

jueves, 4 de junio de 2009

Segunda entrega

...tuve mi Fortuna:
por unos instantes
corteje a la Luna .

¿Que sugiere, opaco,
mi Destino ahora ? :
en puntas de pie,
..."flirtear con tu sombra"


Esto ya pasa de castaño oscuro...
Tengo esa inclinación natural a protagonizar asuntos turbios, como si mi destino fuera meterme indefectiblemente en la boca del Lobo y resulta que el Lobo está siempre ahí, en el lugar preciso donde se cruzarán nuestras vidas, ni antes ni después porque nada hay más preciso que la casualidad.
El Lobo se disfraza de poeta y escribe para mí versos enigmáticos que demandan una respuesta imperiosa. No puedo ni quiero responder, no de esa manera.
No sé por qué siempre me pasan estas cosas…

lunes, 1 de junio de 2009

Una mujer en apuros

Obsesivo-Peligroso anida en la obra en construcción que está al lado de mi casa. No me mira sólo a mí, las mira a t-o-d-a-s, pero a mí me mira con especial dedicación.
Si la casualidad lo interpone literalmente en mi camino, se corre al un lado para dejarme pasar, no tanto por caballerosidad sino para obtener una mejor vista panorámica de mi otra cara que evidentemente lo trastorna. ¡Puajjjjjj! ¡Recontra puajjjjjjj!
Me dice “cosas” todo el tiempo, debo admitir que a veces es bastante original aunque no por ello menos desagradable. Despide un olor raro, mezcla de cemento, sudor y humo de asado, y probablemente no se baña desde hace semanas.
Es algo así como el sereno, eso creo. Antes me daba lástima, lo observaba por las noches desde el balcón, cuando se sentaba frente al fogón hasta entrada la madrugada y luego se iba a dormir al improvisado tinglado que hacía las veces de vivienda y obrador. Como único mobiliario disponía de una mesa de plástico, un par de sillas
desvencijadas y una radio a pilas.
Hasta que empezó a mirarme con esa actitud de perro en celo, ahí se acabó la lástima y mi rango de tolerancia descendió varios grados bajo cero.
A veces hace señas que no entiendo y preferiría no ver. Dice que me adora, que por mí lo dejaría todo –yo me pregunto qué puede significar eso realmente- y asegura que no dirá una palabra cuando me vea acompañada “para no crearme problemas”.
Todavía no llegó al extremo de perseguirme pero en dos ocasiones se acercó peligrosamente –lo descubrí por el olor- mientras luchaba con la llave de la entrada. Me pone nerviosa, a veces tengo miedo, imagino las cosas espantosas que podría hacerme si el destino nos cruzara una noche, ni un alma merodeando la cuadra y la obra desolada completamente a oscuras, húmeda y silenciosa. El escenario ideal para sus más obscenos propósitos.
Es irritante que me condicione, me niego a salir porque él está ahí, siempre está ahí, hasta su perro lleno de pulgas me inspira un horror inexplicable. Su presencia me acorrala entre mi casa y el mundo exterior, siento que estudia mis movimientos, sabe si voy, si vengo o si fui, es una sombra malévola que tortura mi privacidad.
Ahora, por ejemplo, cuando se me hace agua la boca imaginando un esponjoso strudel para acompañar el té de la tarde, me aterra salir y encontrarlo. Es seguro que allí estará y si no está, prevalece la amenaza de que no tardará en volver.