jueves, 9 de julio de 2009

Habanera





(Maria Ewing, Habanera, Opera Carmen de Bizet)

Desafiando las críticas autorizadas, diré que a mí me gusta la Ewing. Con esa boca jugosa y obscena que la convierte en una Carmen casi degenerada, una boca moldeada para cobijar los armónicos que le envidio apasionadamente.
Hay mejores, pero no me llegan.

lunes, 6 de julio de 2009

Rima



Tras varios días de silencio, cabía esperar que la odisea hubiera finiquitado. Pero no, el caballero de las palabras elegantes ha vuelto a la carga, al parecer, con energías muy renovadas.

Acabo de recordar una tonta rima con la que me paseaba hipnotizado por Madrid hace años, sin saber por qué... y naturalmente, antes de conocerte:

"Isabelle ... elle est belle..mais Ou est elle?"

Como es de suponer, no estoy a la altura para responder apropiadamente. Tendrá que esperar o sencillamente abdicar.

domingo, 5 de julio de 2009

Cuarentena

El comunicado oficial del maestro S reza: “Retomaremos los ensayos… no se sabe aún… según evolución de la enfermedad y su consecuente pánico…”
Sin ensayos, sin Fauré, no sé qué haré ahora para no morir de hastío. Porque ya decidí que la gripe no me dañará más de lo que estoy dispuesta a tolerar; dicho de otro modo, no creo que
al virus le agrade convivir conmigo, a lo sumo un toso-and-go, sin barbijo ni alcohol gelificado ni baños de lavandina concentrada.
Como “es preferible reír que llorar” y “la vida es corta” y bla bla bla… pasé por el video y revolví cielo y tierra hasta dar con el clásico que resume esta disparatada psicosis colectiva: OUTBREAK (Epidemia).
Pegué un manotazo a la última copia disponible ya que, al parecer, se ha convertido en un éxito de taquilla gracias a la pandemia. Y aquí estoy, apoltronada sobre una montaña de almohadones mullidos, con mi chocolatada espumosa y vainillas, muchas muuuuchas vainillas, observando atentamente como Hoffman y Russo, disfrazados de astronautas naranjas, intentan impedir una masacre insensata como único recurso para detener la propagación del virus.
Ahora sólo me falta releer a Preston -si es que todavía duerme en mi biblioteca- y hacer pública su visión apocalíptica sobre la extraña lógica de estos microorganismos.

"Los virus invaden la especie humana porque cada vez somos más
numerosos. En la naturaleza, cuando las poblaciones crecen en forma desmesurada y adquieren gran densidad suelen aparecer enfermedades víricas. De esa manera, la población disminuye. Es el mecanismo natural de control de la población. Ocurre con los roedores, con los insectos y hasta con las plantas. Y no hay razón para pensar que la raza humana esté exenta de las leyes de la naturaleza".
(THE HOT ZONE, Richard Preston)

sábado, 4 de julio de 2009

La marca de Caín

“Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido.”

Tercer grado, 1982.
La edad de la inocencia no era óbice para escapar del humillante acto de confesar los pecados ante el cura del colegio. “No más de diez minutos porque hay que volver a clase”, así todas sin excepción, con carita de humildad y contrición, íbamos pasando de a una por estricto orden de arrepentimiento.
Había que “limpiar el alma” antes de la Primera Comunión y nos asustaban con eso de que el Bautismo sólo borraba el pecado original y los otros, t-o-d-o-s los otros quedaban atrapados ahí hasta que el cura los escuchaba, los absolvía “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y nos dejaba ir en paz con una ristra de Padrenuestros y Avemarías a modo de penitencia (o garantía), sin mencionar el Pésame que había que recitar frente a él, con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, si una quería salir airosa y blanqueada de todo el embrollo.
“Si hay pecado, no hay Comunión”, repetía la Hna. Resignación y lo grave del
asunto es que, desde la absolución hasta “el gran día”, había que resistir estoicamente “toda ocasión de pecado” so pena de postergar la fiesta y que se echen a perder los sanguchitos.
Fue la semana más larga de mi vida. Me mordía la lengua para no responder a las provocaciones de mis hermanitos, ayudaba a mamá sin chistar y rezaba cada noche una decena del rosario y tres Sagrados Corazones, por si acaso adicionaba un santo extra porque siempre es mejor que sobre y no que falte, y después me iba a dormir con mi angelito de la guarda.

Los días transcurrieron lentamente entre pruebas de vestuario y regalitos de ocasión, como el rosario de nácar que mamá compró especialmente para mí y el primoroso librito de oraciones que todavía conservo bajo una nube de algodón y naftalina. Con todo, me sentía acolchonada en una ola de beatitud incontrastable.
Hasta que llegó el viernes, una tarde calurosa y húmeda de octubre, y la Hna. Resignación nos “soltó” en el patio mientras esperábamos el micro. A Vivian se le ocurrió jugar a no sé qué “mancha”, una inventada por ella porque Vivian era de las que inventaban juegos nuevos todo el tiempo. Confieso que no lo pensé mucho, a esa altura el aroma de santidad no alcanzaba a reprimir las ganas de una fabulosa carrera por los patios inmensos del colegio.
¡Fue maravilloso! Correr libre y desprejuiciada, los pelos al viento, gritando con toda la fuerza de los pulmones, ¡FELIZ! Hasta que me embistió la gorrrrda de Solange… Creo que apenas me rozó la espalda pero no la vi llegar, ni siquiera recuerdo cómo en segundos fui a parar de lleno contra la columna, la boca partida al medio y sangrando copiosamente, la frente inflada como un buñuelo, y muchas manos tirando de mí, queriendo levantarme del piso, palpando las posibles roturas.
“Una desgracia con suerte”, eso dijeron, pero mi cara quedó desfigurada… Cuando mamá se aseguró que estaba ilesa, casi me mata. Gritó cosas feas, dijo que tenía un “carácter incorregible” y que ya no sabía qué hacer conmigo, que Jesús no me iba a querer en el Cielo, que era una mala hija y, como corolario, la frase que más escuché a lo largo de mi infancia: “¡Me vas a matar de un disgusto!”.
Entonces pequé y fue un pecado horrible. Dije que había sido culpa de Solange, “¡ella me empujó!” y no era cierto pero lo creyeron porque la pobre Solange era un mamut disfrazado de colegiala, torpe por naturaleza, acostumbrada a cargar con la culpa de cualquier accidente escolar por el solo hecho de haber nacido sobredimensionada.
Mamá se suavizó un poco aunque me miraba con reproche por lo del labio roto y porque el fotógrafo no sabía desde qué ángulo disimular la masacre de mi cara.
A Solange la retaron tanto que casi se queda sin Comunión pero, al terminar la misa, se acercó y me susurró al oído algo que me obsesionó durante años: “Yo no te empujé una mierda, pero la próxima vez te tiro por la escalera. Acordate.” Y se alejó gruñendo según su costumbre, no sin antes propinarme una patada de colección en el tobillo que me dejó sin aire y sin respuesta.
Vaya si aprendí la lección… Solange podía ser muy peligrosa si la provocaban.

El hecho es que mi alma no estaba del todo limpia aquel gran día. Más tarde confesé la mentira pero, aunque cumplí todas las penitencias y me disculpé públicamente, no estoy segura de que me hayan sobreseído del todo. Lo peor es que seguí viviendo bajo la amenaza de Solange muchos, muuuuuuchos años más.

“… y prometo firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Amén.”

jueves, 2 de julio de 2009

Nirvana

Si no logro estallar, cuando menos, quiero dormir mil doscientos años y despertar amnésica de todos los malos recuerdos, si es posible de buen humor y sabiendo manejar, nadar y tocar el piano como un Mozart precoz.
BRONCA. Una bronca densa que me abraza como un pulpo, me enardece, me agota. Imagino violencias vandálicas, apuñalar, despellejar, retorcer, quemar, descuartizar. Ansío destruir, cualquier cosa, no importa qué. Encerrarme en
el baño y cortarme el pelo, pero todo ¡t-o-d-o! y después golpear el espejo hasta convertirlo en esquirlas. ¡Gritar! Un alarido profundo desde el fondo de las entrañas, que la tierra tiemble y el viento cese. Clavar las uñas hasta hacerlas sangrar y llorar la agonía, histérica, insumisa, llorar por última vez.
Debería ser al revés, el curso normal BRONCA-CANSANCIO-PENA y después ahogar la depresión en un litro de alcohol, o más. Pero esta furia tardía evade toda lógica, me subleva, nada es suficiente, quiero dar rienda suelta a mis más encarnizados impulsos sin volver la vista atrás, incapaz de perdonar, correr desenfrenada hasta el agotamiento total.
Será una especie de catarsis, un éxtasis despiadado en este círculo de autoprivaciones que se me está volviendo eterno. Y después… la liberación, el paradisum, mi nirvana particular despojado de ansiedades, infelicidad y alevosía.

miércoles, 1 de julio de 2009

Una esquina



Quizá no fuera esa esquina, quizá es la esquina que recuerda a la otra esquina, la verdadera, la que yace en la memoria, la del barcito perdido en el tiempo donde una tarde de invierno tomamos café en tazas cachadas, mis mejillas teñidas aún de lágrimas frescas, él queriendo vencer sus propios miedos.
Una tarde, una esquina… y el recuerdo.