martes, 15 de febrero de 2011

To my dearest friend

Tengo que decirte una "cosa". No. Dos cosas.

Lo primero es ¡GRACIAS! por tu inesperado y conmovedor regalo. Es lindo regalar y regalarse y que te regalen, no importa qué, a menudo basta con unas líneas garabateadas en un papelito, así nomás. Tengo docenas de esos papelitos, todos bien guardados, pero esto no viene al caso. Los regalos llevan implícito el mensaje "PENSE EN VOS". ¡Y los más lindos regalos me los has hecho siempre vos!

Lo segundo es que me quedé pensando es eso que decías de "situaciones intermedias entre la compañía y la soledad". Si el sentido fuera aliviar el contraste entre una situación y la otra, todos deberíamos recibir entrenamiento en SOLEDAD, desde los últimos años de la primaria o en la secundaria, cuanto antes mejor, igual que con los idiomas y la música. Pasar un tiempo sin nadie, sin familia ni amigos, ni siquiera algún conocido. Nadie que te espera ni nadie a quien esperar. La duración de la experiencia tendría que ver con la edad del alumno y se iría ampliando conforme éste va adquiriendo templanza y capacidad de disfrutar de sí mismo sin necesidad de otros. Entonces, si por elección o por las vueltas de la vida, te toca estar solo, ya sabés cómo es. Sería una materia extracurricular, una especie de taller: el nombre podría ser el seco Introducción a la Soledad u otros más ingeniosos como El Solitario, como el Llanero pero sin caballos.

viernes, 11 de febrero de 2011

Hay tantas versiones...

Esto no debería sorprendernos. Veamos, ¿cuántas versiones hay de algo que viven dos personas…? ¿Una? ¿Dos? ¿Más de tres? Si uno mismo elabora diferentes versiones sobre un mismo hecho según el día, el humor, el posicionamiento de los astros… no sería de extrañar que un simple suceso inspirara múltiples connotaciones.

Hay tantas pero tantas versiones de… aquello.

Cuentan que un conde encargó al compositor escribir la obra en cuestión y quedó éste tan profundamente afectado que murió sin llegar a terminarla.

Otros dicen que él mismo se inventó el encargo del tal conde para no impresionar a sus seres queridos con la realización de un proyecto tan tétrico.

Malas lenguas, en cambio, aseveran que su ambiciosa mujer lo empujó, contra su voluntad, a abordar un género que el pobre compositor temía y rechazaba en lo profundo de su corazón.

Finalmente (¿finalmente?) hay quienes aseguran que su discípulo –que, al morir el compositor, “completó” la partitura inconclusa- se ocupó de acelerar el fatal desenlace para así participar de la gloria que indudablemente depararía esta obra magnífica.
Un misterio sin resolver.

Lo que es casi seguro es que existe al menos una versión jamás escrita.

jueves, 10 de febrero de 2011

¿Viste "Creep"?

Entonces tuve que elegir entre el subte o las palomas.

Comenzaba a gotear. Una lluviecita fina pero perseverante. Y, en la esquina de Callao y Rivadavia, frente a la tenebrosa fachada de El Molino, una horda de piqueteros probablemente indocumentados, con el clon del negro Rada a la cabeza entonando mantras satánicos, se me echó encima al grito unánime de “¡porfi, Cristina!”.

Sopesé las escasas posibilidades y, tras dudar un instante, me arrojé de cabeza al agujero del subte A. Muchos hicieron lo mismo, en minutos éramos tantos que apenas se podía respirar. El coya que aturde con el Carnavalito se abría paso a golpes de siku, el calor sofocante desanudaba las corbatas, hora pico, abanicos improvisados, el estruendo de los molinetes me hacía doler la cabeza. Para cuando llegó el tren tenía las piernas empapeladas con estampitas de San Ceferino y un manojo de lapiceras chinas que un niño puso en mis manos.

Durante años evité el subte. Por el encierro, claro. Y el olor. Esto último no puedo explicarlo pero, por alguna misteriosa razón, me da miedo. Invariablemente permanezco alejada de las vías y, si es posible, también de la gente. Al principio sentía esa atracción incomprensible de saltar, como quien se asoma desde un balcón muy alto refrenando la sensación de vértigo.

Con el tiempo he ido superando algunos obstáculos, incluso el molesto golpe del molinete en la cola. Guardo celosamente mi tarjeta magnética en un bolsillo de la cartera y sospecho que en unos meses más estaré en condiciones de intentar una “combinación”.

Hasta les estoy tomando cariño a los personajes del mundo subterráneo: el cieguito de la línea D, los cubanos salseros del B, el vendedor de linternas-sin-pilas, el que canta a los gritos los éxitos de Pablito Ruiz, la boliviana que ofrece carilinash-dosh-pesosh y hasta una vieja que vocifera sin motivos y se cuelga despotricando acerca de un pasado que sólo ella conoce.

Pero ayer sufrí un encuentro inesperado que desató todas mis fobias, como si en un segundo se abrieran las puertas del infierno diseñado a mi medida y poderosos brazos me arrastraran donde no quiero ni espiar.

La vi. Fue un instante y no pude evitar el “¡Aaaaah!” horrorizado, apenas un susurro que podría haber pasado desapercibido. Pero ella lo oyó. Y me miró. Ojos que eran meras hendiduras sin párpados ni pestañas, la piel arrugada, derretida como la cera, una máscara deforme sin huecos ni prominencias, la imagen del espanto hecha carne. Es la mujer quemada del subte B. Nunca escuché hablar de ella. No usa anteojos ni peluca y tiene un único mechón de pelos atados con una gomita.

“Pobre mujer…”, pensé. Pero no fue suficiente. Ella estaba ahí parada mirándome, sin hablar, concentrada en mi grito y los gritos que habrán acompañado cada una de sus apariciones, deseándome lo peor, que me muera o me queme allí mismo delante de sus ojos, esos ojos, Dios mío…

Continuó su camino recitando impasible una historia que no pude (quise) escuchar. Manos anónimas deslizaban monedas en los bolsillos de su holgada campera. No me atreví a acercarme ni a mirarla otra vez. Bajé en la siguiente parada, desorientada, caminando a los tumbos entre el mar de gente.

No creo que pueda volver al subte en estos días.



jueves, 30 de diciembre de 2010

Un año feliz

No consigo la agenda que me gusta, ésa en la que anidarán todos los secretos del nuevo año. Tampoco consigo la pollera de mis sueños y, si acaso la encontrara, no me atrevería a comprarla antes de bajar las redondeces que me han regalado mis pan dulces caseros. Los pan dulces, el vitel toné, la pavita y los turrones. Y el champán. No puedo resistirme al burbujeo del champán que se sube rápido a la cabeza y me hace delirar fantasías inconfesables mientras río a carcajadas bajo el cielo teñido de luces y colores.

Brindo por un año feliz, por las cosas buenas que vendrán y las no tan buenas que tendremos que evitar, para que no nos roben el auto otra vez, para no perder mis botitas Pampero en la próxima mudanza, para cantar mucho y estudiar menos, para ser más generosa, para tener más paciencia.

Mi príncipe de las estepas está lejos, como siempre en esta época, sitiado en el país donde hasta los grillos duermen la siesta. Incomunicados. No sé si me extraña como yo a él, no puedo hacerle masajitos en la espalda y disipar como humo las preocupaciones que lo agobian, de lejos no se puede. Brindo por él, por este año que nos ha reencontrado al fin, por todos los deseos que compartimos, para que la vida nos de felicidad.

¡Un gran año para todos!

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Compro mi violín

Este sera un post inusual. Es que en medio de la vorágine de correos que suelo descartar relojeando apenas el asunto, llegó esto a mi cuenta. Y no puedo evitar indignarme más que un poco y ponerme en la piel de este pobre muchacho que ha sido despojado de lo que para muchos es "casi un hijo". Aquí va... textual.

COMPRO MI VIOLIN

Nota al tipo quien robo mi violin

No nos conocemos y supongo que no importa, cada uno hace lo que puede para vivir o sobrevivir. Trataré de hacerlo corto pero para empezar no es un violin sino una viola, es un poquito mas grande y el sonido es un poco mas bajo.

Queria simplemente informarte que robandomela, me robaste la mitad de mi vida, de mi voz, de mi alma, puesto que ella y yo estamos ligados desde su nacimiento. Sin irme hasta ahi, es igualmente mi instrumento de trabajo : soy musico o trato de serlo. Supongo que vas a tratar de vender mi viola, cosa poco facil, y queria informarte que estoy dispuesto a comprartela. No soy rico, pero lo soy todavia menos sin mi viola que sin plata. No quiero robarte, solo me importa mi instrumento. Por mala suerte, no tengo mas que mi palabra para convencerte. Espero sinceramente que te sea suficiente.

Si por casualidad la encuentran en la calle, como nunca se sabe, ella se llama Fleur d’Eol (Flor de Viento), y pasea generalmente adentro de un estuche marron cerrado por una cuerda de color clara. Fleur es de color marron claro, casi anaranjado y tiene una caja de 42,5 cms, lo que la hace dificil para tocar por la mayor parte de la gente.. Adentro de la caja se puede leer:

Horst Seewald, 2002.

Si no vuelve a mi , por favor cuidenla, y no la dejen callarse.

Gracias por haberme leido.

Awami

martes, 30 de noviembre de 2010

La Flor

Hay una esquina en mi barrio que es distinta a todas las demás. No tanto por su pasado, tampoco por su futuro. No es la fachada, no son sus anécdotas. La diferencia, aquí, la marca su gente.

Hace más de cien años, en la ochava de Suárez y Arcamendia, nacía un bar que, tras varios nombres y dueños, terminó llamándose “La Flor”. Y, como cada rincón lleno de historia, perfiló la vida de los habitantes de la zona. Los vecinos bien saben que, al morir los últimos propietarios, el edificio permaneció cerrado a la espera de la venta que lo convirtiera en un lavadero, un videoclub o una torre de departamentos. Corrió serio riesgo de demolición pero la gente se opuso, protestó, pataleó y entonces se apagaron los proyectos apenas esbozados.

Habrá memoriosos que recuerdan mil y una anécdotas de La Flor. Costumbres, visitantes ilustres, avatares políticos, historias de amor, discusiones deportivas, vermuts con los amigos… Y es que la historia de La Flor se sigue escribiendo desde que su reapertura atrajo a un público renovado que se remonta a lo largo del siglo para contar la leyenda. Una historia que comienza el día en que doña Victoria y sus hijos salvaron a la Flor de su desaparición y le devolvieron la alegría y el amor de la buena cocina.

Es que La Flor es un lugar ecléctico. A su mesa se sienta el cartonero que pasa por la esquina, la misma mesa que otrora ocupara Bartolomé Mitre. Conviven jóvenes y viejos, no hay distinción de clases ni de credos. La comida tiene el sabor de lo casero y lo abundante, como las milanesas de la abuela y el arroz con leche con aroma a canela.

En La Flor, uno se siente en familia.