jueves, 31 de mayo de 2007
miércoles, 30 de mayo de 2007
Sweet attack
Ella dijo que te vaya bien,
y le dije buena suerte y hasta luego.
Y nunca más la volveré a ver
o tal vez sea en algún tiempo.
y le dije buena suerte y hasta luego.
Y nunca más la volveré a ver
o tal vez sea en algún tiempo.
martes, 29 de mayo de 2007
Norma, "la del campo"
Contaba cerca de cuarenta y cinco años pero la recuerdo eterna adolescente. Vivía con la mamá en una casa viejísima llena de plantas, gatos, un piano enclenque y cortinas de tul con florcitas bordadas. Estaba peleada a muerte con la hermana melliza, la que se casó con “el hombre de negocios” y que, renegando de su pasado, se distanció de la familia, se mudó a Yanquilandia y “si te he visto no me acuerdo”.
El papá de Norma era hombre de campo. Tenía varias hectáreas cerca de Lobos donde administraba ganado y algunos cultivos. Allí pasaba ella sus fines de semana y a veces también las vacaciones. A la vuelta traía quesos, dulce de leche, miel y todas esas cosas ricas que los bichos de ciudad saboreamos con tanto placer.
Mamá y Norma eran amigas desde la infancia. Iban juntas al campo todos los veranos y de ahí que un buen día Norma nos propuso a mis hermanos y a mí conocer sus pagos, previa narración detallada de paisajes y personajes que de tanto repetir ya se nos hacían propios.
Un sábado a la mañana bien temprano tomamos el tren a Merlo y de ahí la conexión a Lobos.
-Mamá dice que viajemos siempre en el vagón del medio porque el primero y el último son peligrosos –espetó mi hermanito.
Ejem… El tren de Merlo a Lobos sólo contaba con dos tristes vagones. Tuvimos que hacer la excepción. Hacía mucho frío y las ventanas no tenían vidrios. Ni las persianas bajaban. Allí estábamos solos con nuestros infinitos bagayos riéndonos todavía del vagón del medio cuando escuchamos voces y ruidos y en segundos el tren se pobló de gente. Por todos lados salían chicos, gallinas, perros y hasta un chanchito que no quería estarse quieto y terminó atado a la puerta. Viajamos apretados un largo trecho y al fin llegamos.
La entrada al campo era un larguísimo camino arbolado a cuyos costados rumiaba un centenar de vacas. Los perros corrieron a recibirnos. Nos miraron con cautela al principio hasta descubrir en nosotros nuevos compañeros de juegos y travesuras. Todo era tan verde y olía a… campo.
El padre de Norma, Don Martínez, debía tener cerca de 80 años. Alto, corpulento, siempre erguido y de mal humor. A Norma la retaba casi permanentemente pero con nosotros era increíblemente tierno. Una suerte de abuelo postizo. Con orgullo nos llevó a conocer sus tierras que tiempo atrás debieron ser muy extensas, hasta que un día llegó el progreso y la autopista cercenó el campo casi a la mitad. Desde entonces, nada era igual.
Con Norma también paseábamos. Fuimos a la pulpería que atendía el mismo dueño desde hacía medio siglo y cuando le pedimos un kilo de papas nos trajo unas bolitas blancuzcas que miramos con desconfianza.
-¿Qué es esto, Don Cipriano?
-Papas. ¿No me pidieron papas?
-Pero no parecen. Mire… están como amarillas y muy arrugadas. Además son chiquitas.
-¡Son papas cultivadas en arena!
Lo dijo muy serio, como dándose importancia y Norma lo creyó a rajatabla. Nosotros contuvimos la risa hasta que al llegar a la casa Don Martínez estalló en improperios contra Don Cipriano y sus antecesores, culpando a la desgracia de tener una hija con tan pocas luces a la que cualquiera le daba gato por liebre. Norma ni se inmutó. A la tarde salimos a caminar por los campos vecinos y, tras asegurarse que nadie la veía, se metió entre los maizales y al rato empezó a arrojarnos choclos que nosotros embolsábamos con complicidad. Con Norma todo sabía a travesura. Tuvimos que escondernos cuando pasó la camioneta del vecino que, escopeta en mano, oteaba el horizonte en busca de ladrones de choclos. Volvimos a toda velocidad, cargados hasta la manija.
-¿Qué traen ahí? No habrán ido a robar choclos, ¿no?
¡Jua jua juaaaaaa! Y sí… Era una tentación. Pobre Don Martínez que después andaría por ahí rechazando acusaciones de vandalismo y haciendo valer su honestidad de hombre de campo.
Lo mejor de todo era el asado en el horno de barro. Y las pizzas bien finitas que amasábamos a media tarde entre mates con pastelitos, escuchando historias rancias y pintorescas. La bruma del anochecer, el canto de las lechuzas, algún aullido perdido en la lejanía y cientos de sapos y grillos poniéndole música a este fantástico escenario, tierra de indios y gauchos, todo se confunde en un mágico recuerdo con olor a campo y nostalgia.
El papá de Norma era hombre de campo. Tenía varias hectáreas cerca de Lobos donde administraba ganado y algunos cultivos. Allí pasaba ella sus fines de semana y a veces también las vacaciones. A la vuelta traía quesos, dulce de leche, miel y todas esas cosas ricas que los bichos de ciudad saboreamos con tanto placer.
Mamá y Norma eran amigas desde la infancia. Iban juntas al campo todos los veranos y de ahí que un buen día Norma nos propuso a mis hermanos y a mí conocer sus pagos, previa narración detallada de paisajes y personajes que de tanto repetir ya se nos hacían propios.
Un sábado a la mañana bien temprano tomamos el tren a Merlo y de ahí la conexión a Lobos.
-Mamá dice que viajemos siempre en el vagón del medio porque el primero y el último son peligrosos –espetó mi hermanito.
Ejem… El tren de Merlo a Lobos sólo contaba con dos tristes vagones. Tuvimos que hacer la excepción. Hacía mucho frío y las ventanas no tenían vidrios. Ni las persianas bajaban. Allí estábamos solos con nuestros infinitos bagayos riéndonos todavía del vagón del medio cuando escuchamos voces y ruidos y en segundos el tren se pobló de gente. Por todos lados salían chicos, gallinas, perros y hasta un chanchito que no quería estarse quieto y terminó atado a la puerta. Viajamos apretados un largo trecho y al fin llegamos.
La entrada al campo era un larguísimo camino arbolado a cuyos costados rumiaba un centenar de vacas. Los perros corrieron a recibirnos. Nos miraron con cautela al principio hasta descubrir en nosotros nuevos compañeros de juegos y travesuras. Todo era tan verde y olía a… campo.
El padre de Norma, Don Martínez, debía tener cerca de 80 años. Alto, corpulento, siempre erguido y de mal humor. A Norma la retaba casi permanentemente pero con nosotros era increíblemente tierno. Una suerte de abuelo postizo. Con orgullo nos llevó a conocer sus tierras que tiempo atrás debieron ser muy extensas, hasta que un día llegó el progreso y la autopista cercenó el campo casi a la mitad. Desde entonces, nada era igual.
Con Norma también paseábamos. Fuimos a la pulpería que atendía el mismo dueño desde hacía medio siglo y cuando le pedimos un kilo de papas nos trajo unas bolitas blancuzcas que miramos con desconfianza.
-¿Qué es esto, Don Cipriano?
-Papas. ¿No me pidieron papas?
-Pero no parecen. Mire… están como amarillas y muy arrugadas. Además son chiquitas.
-¡Son papas cultivadas en arena!
Lo dijo muy serio, como dándose importancia y Norma lo creyó a rajatabla. Nosotros contuvimos la risa hasta que al llegar a la casa Don Martínez estalló en improperios contra Don Cipriano y sus antecesores, culpando a la desgracia de tener una hija con tan pocas luces a la que cualquiera le daba gato por liebre. Norma ni se inmutó. A la tarde salimos a caminar por los campos vecinos y, tras asegurarse que nadie la veía, se metió entre los maizales y al rato empezó a arrojarnos choclos que nosotros embolsábamos con complicidad. Con Norma todo sabía a travesura. Tuvimos que escondernos cuando pasó la camioneta del vecino que, escopeta en mano, oteaba el horizonte en busca de ladrones de choclos. Volvimos a toda velocidad, cargados hasta la manija.
-¿Qué traen ahí? No habrán ido a robar choclos, ¿no?
¡Jua jua juaaaaaa! Y sí… Era una tentación. Pobre Don Martínez que después andaría por ahí rechazando acusaciones de vandalismo y haciendo valer su honestidad de hombre de campo.
Lo mejor de todo era el asado en el horno de barro. Y las pizzas bien finitas que amasábamos a media tarde entre mates con pastelitos, escuchando historias rancias y pintorescas. La bruma del anochecer, el canto de las lechuzas, algún aullido perdido en la lejanía y cientos de sapos y grillos poniéndole música a este fantástico escenario, tierra de indios y gauchos, todo se confunde en un mágico recuerdo con olor a campo y nostalgia.
jueves, 24 de mayo de 2007
Alcoyana Alcoyana
Me reconozco arisca, un poco escéptica, obsesiva y perseguida. Por eso, cuando se metió a la fuerza en mi blog, mi primer pensamiento fue huir a otra galaxia. Pero una vocecita adentro de mi cabeza machacaba sin cesar: “Puede ser lo que estás buscando”. Y ante la duda…
Me gusta su humor sarcástico que es la vez guarango y sofisticado.
Me gusta su compañía de todos los días.
Me gusta cuando peleamos pero más aún cuando hay reconciliación.
Me gusta que tengamos tantas cosas en común.
P: hello menta ligerita, estas tontita ?
Yo: hola!!! me hiciste reir, bobo. Me estoy haciendo un te.
P: por ?
Yo: porque me duele la garganta
P: jajaj por que te hice reir ?
Yo: mi voz de locutora que te tanto te gusta en realidad es mi voz deprimida de fiesta de 15 de la hija de mi marido a la madrugada, cuando tengo ganas de irme a la merda. El resto del tiempo tengo voz de pito
P: jajajja es mentira
Yo: no lo iba a llamar al doc de todos modos, aunque dijo que cuando estuviera muy embolada, en lugar de llamar a una amiga lo llamara a el
P: obvio porque yo hago papel de boludo y el de langa
Yo: no es cierto, no se por que decis eso
P: me pongo en victima, es una de mis tantas maniobras de seduccion
Yo: conmigo no sirve
P: bueno entonces me hago el machito
P: no quiero pelear con vos, estas ?
Yo: estoy, me gusta cuando peleamos por cosas tontas
P: a mi tambien
P: a mi no me hiciste ningun post primero, segundo, y claro… el que confia es el que puede ser estafado pero el que no confia nunca conoce la verdad de las cosas
Yo: te hice un post especial cuando me regalaste el .com.ar y era mas lindo que este
P: si ya se, te lo digo porque me da celos
Yo: no lo hago para darte celos, no hablemos mas de él y listo
P: bueno, a la mierda estas con el corazon con agujeritos, hablemos de orgias
Yo: si
P: de orgias ? si o el lo del cuore, si ?
Yo: todo
P: tenés tobillos finos , GRACIAS A DIOS, lo acabo de notar, que alivio
Yo: que te importan mis tobillos?
P: por que siempre te salta esa ondita de bardera ?
Yo: por que bardera?
P: con eso de "que te impoortan mis tobillos"
Yo: yo tengo una fijacion con los pelos y vos con los tobillos, eso parece
P: si totalmente
P: si vos y yo (ejercicio mental) estamos juntos en el futuro yo no te voy a seguir porque se
Yo: me gusto lo de ejercicio mental
P: que en algun momento jugaste in black, eso es lo que pido y lo que doy
Yo: si yo algun dia estoy con alguien distinto de mi marido, va a ser alguien que me de vuelta de verdad
P: ese es el negocio
Yo: y no necesite trampas ni nada por el estilo
P: claro de eso estamos hablando, alcoyana alcoyana
martes, 22 de mayo de 2007
Amor que desapareces

Something is wrong, baby
Is the feelin' gone, baby
Maybe I need to refresh your mind
Think about the love we shared
Think back to the time we cared
Maybe you can find a reason to be here
Esos hombres confundidos que lo quieren todo a cambio de nada son los mismos que nos tildan de histéricas y a la larga o a la corta nos desechan como un trapo viejo.
Esos que al principio se comportan como acosadores insaciables, insistentes hasta la angustia. Esos que, como si de una cacería se tratara, logran desplegar infinidad de estrategias a cual más entreverada para hacerte caer en… “la trampa”.
Y una se desvive ilusionada como una adolescente, planea un futuro lleno de hijos, porque curiosamente él siempre da el perfil de “padre de tus hijos” y en el medio hay mudanzas, viajes, polvos espectaculares y te autoconvencés de que por fin encontraste al hombre de tu vida.
El juego es atractivo, no neguemos la evidencia. Hasta que dejás de disfrutarlo. Cuando ya te involucraste lo suficiente para darte cuenta que él ni siquiera tiene claro qué está haciendo con su vida mientras destruye poco a poco lo que queda de la tuya. No hay sueños ni proyectos porque en realidad él sólo quería pasarla bien y vos solita inflaste una burbuja gigantesca que ahora te está ahogando. Y entonces empiezan los reclamos, las desapariciones, el “te llamo” y “no me llama”, alguna que otra mentira y la ansiedad… siempre esa ansiedad de querer saber qué pasó, en qué te equivocaste, por qué las cosas no son cómo antes…
Otra vez es demasiado tarde para darte cuenta que has sido víctima voluntaria de un juego perverso, con plena conciencia de riesgos y consecuencias. Y no hay vuelta atrás.
Me pregunto cuál es la hormona que nos hace tan irracionalmente vulnerables a estos hijos de puta que pasan por la vida matando ilusiones sin hacerse cargo de nada. ¿Qué nos pasa a las mujeres que no podemos poner el freno a tiempo? Porque en el fondo una “siempre” sabe con qué bueyes ara… No es cuestión de hacerse la mojigata y “no sé, me engañó, no me di cuenta, pensé que era distinto…”
No hay nada peor que dejarse usar y lastimar sabiendo de antemano cuál es el final de la historia. Alguna vez me gustaría ser hombre sólo para comprender mejor.
Esos que al principio se comportan como acosadores insaciables, insistentes hasta la angustia. Esos que, como si de una cacería se tratara, logran desplegar infinidad de estrategias a cual más entreverada para hacerte caer en… “la trampa”.
Y una se desvive ilusionada como una adolescente, planea un futuro lleno de hijos, porque curiosamente él siempre da el perfil de “padre de tus hijos” y en el medio hay mudanzas, viajes, polvos espectaculares y te autoconvencés de que por fin encontraste al hombre de tu vida.
El juego es atractivo, no neguemos la evidencia. Hasta que dejás de disfrutarlo. Cuando ya te involucraste lo suficiente para darte cuenta que él ni siquiera tiene claro qué está haciendo con su vida mientras destruye poco a poco lo que queda de la tuya. No hay sueños ni proyectos porque en realidad él sólo quería pasarla bien y vos solita inflaste una burbuja gigantesca que ahora te está ahogando. Y entonces empiezan los reclamos, las desapariciones, el “te llamo” y “no me llama”, alguna que otra mentira y la ansiedad… siempre esa ansiedad de querer saber qué pasó, en qué te equivocaste, por qué las cosas no son cómo antes…
Otra vez es demasiado tarde para darte cuenta que has sido víctima voluntaria de un juego perverso, con plena conciencia de riesgos y consecuencias. Y no hay vuelta atrás.
Me pregunto cuál es la hormona que nos hace tan irracionalmente vulnerables a estos hijos de puta que pasan por la vida matando ilusiones sin hacerse cargo de nada. ¿Qué nos pasa a las mujeres que no podemos poner el freno a tiempo? Porque en el fondo una “siempre” sabe con qué bueyes ara… No es cuestión de hacerse la mojigata y “no sé, me engañó, no me di cuenta, pensé que era distinto…”
No hay nada peor que dejarse usar y lastimar sabiendo de antemano cuál es el final de la historia. Alguna vez me gustaría ser hombre sólo para comprender mejor.
jueves, 17 de mayo de 2007
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