martes, 29 de septiembre de 2009

El milagroso arte de curar

My beloved sister me regaló una preciosa cazuela de barro. Para mi sorpresa, traía instrucciones precisas para su correcta curación, a saber:

“En otro recipiente preparar un engrudo chirle, dejarlo entibiar y llenar la cazuela. Dejarla reposar con el engrudo unas horas, enjuagarla y estará lista para cocinar”.

Hice el engrudo. Fiel a mi torpeza acostumbrada “engrudé” toda la cocina, el piso y mi pelo, pero fue peor al día siguiente cuando intenté despegar el pasticcio y deshacerme de él. Casi tengo que pedir prestado un cortafierro para rascar los pegotes del fondo de la cazuela. A las cansadas, salió.

-Mirá que capaz no está bien curada…
-¿Cómo que no? Si hice todo al pié de la letra...
-No sé… Fijate en Internet mejor.
-¿Me estás cargando?
-Algunos la remojan en agua varias horas, otros la untan con cal…
-No puede ser… ¡Que lo remilparió!

Entonces, mirando la cazuela con desconfianza, busqué y rebusqué los consejos del experto y resultó peor el remedio que la enfermedad. Es como reza el dicho “En el país de los ciegos, el tuerto es rey” pues aquí todos quieren enseñar, todos saben, todos aconsejan,
todos son dueños de la verdad y la verdad es que ¡nadie sabe nada!

Al final le hice caso a Martiniano pero, si después de todo este candombe me explota la olla, haré un escrache público y se va a acordar de mí.

1) Unté el exterior de la cazuela (y la tapa) con ajo. El olor por poco me mata, es obvio que mi vampiro favorito no vendrá a visitarme hasta el próximo cambio de luna… puedo dormir tranquila.

2) Al día siguiente, con un broche de la ropa prendido a la nariz, pincelé clara batida sobre el ajo y la dejé secar. Es increíble cómo endurece la clara, sin mencionar que han quedado en la superficie unos globitos de aspecto salivoso que dan mucho que pensar…

3) Cuando secó la clara por completo, llené la cazuela con leche dispuesta a hervirla unos pocos minutos.

Con eso bastaría, sólo que, para calentar la olla sobre la hornalla, es necesario un “disco de amianto” si uno no quiere que la pieza se descuartice. No puede ser ¡no-puede-ser! Me pasan todas… ¿A dónde encuentro ahora un disco de amianto? Ya se me encresparon los pelos con tanto ajetreo. El ferretero no sabe de qué le hablo, la chica del cotillón me mira con ojos inexpresivos, no sé qué hacer…

Menos mal que el señor de la casa de pastas se solidarizó, o quizá sólo lo asustó mi cara de estoy-por-llorar cuando confesé mis desdichas entre montañas de ñoquis y capellettis que quedarían tan sabrosos en mi cazuela, si es que logro curarla como Dios manda.
Cuando estaba a punto de resignarme, volvió de la cocina con la nariz sucia de harina y un plato finito en las manos.

-Acá tenés el disco de amianto. Usalo y después me lo traés, mirá que no tengo otro ¿eh?

Casi me pongo a bailar de tanta felicidad y no lo abracé porque me lo impidió la altura del mostrador. Me fui corriendo con el disco apretado contra el pecho. Ahora sí que te voy a curar, cazuela del orto, y vas a ver los guisos que nos vamo’ a morfar.
Quedan todos formalmente invitados.

martes, 22 de septiembre de 2009

Epifanía

Creo que al fin encontré lo que buscaba.
Creo… todavía no estoy segura. Intento dilucidar las perspectivas, rehusando cualquier decisión apresurada, alerta y temblorosa como si se tratara de una cirugía a corazón abierto.
Llevo mucho tiempo esperando, debe ser eso.

“Todo empezó cuando…” Aunque suene gracioso y redundante, me remite a un comienzo lleno
de tropiezos, un proyecto varias veces frustrado y encajonado por años hasta vislumbrar un nuevo rapto de inspiración que, para variar, se esfuma entre las complicaciones que supone erigir una historia, una historia de verdad.
Idea, forma y personajes. No sé dónde situar al narrador, francamente no lo sé. Si hay crimen –siempre lo hay- no encuentro un móvil verdaderamente sustentable. Como es de suponer, la historia empieza a tambalear, los cimientos se resquebrajan y sólo queda la idea desnuda, desprovista de color y animación. Y entonces pierdo la fe (otra vez), entierro las evidencias y pienso que los demás lo hacen mejor, que no puedo conquistar a la inconquistable Musa, no soy capaz.

Pero esta vez fue diferente.
Tomaba un café en la esquina más famosa de Buenos Aires. Cada tanto echaba un vistazo al reloj, no del todo absorta en la novela negra de Ellroy, una edición barata que rescaté en la feria de usados.
Dos señores conversaban animadamente en la mesa contigua. No les presté atención hasta que mencionaron el “caso” y, aunque al principio no entendí de qué hablaban, logré hilvanar unas cuantas frases, un nombre que me sonaba familiar y… ¡Eureka! Allí estaba mi objeto de deseo servido en bandeja: la IDEA, la FORMA un tanto imprecisa pero ciertamente tangible y los PERSONAJES... Sexo, misterio, un crimen (¿pasional?), unos cuantos sospechosos y ningún culpable. “Un caso más de impunidad del que nadie quiere hablar”, eso dijeron.
Y creo que fue esto último lo que me instó a salir corriendo en busca de información, textos, testimonios fehacientes, debía encontrar las fuentes ¡rápido! antes que la dificultad de la tarea disipara el entusiasmo como una frágil nube de polvo.

En fin… aquí estoy, tratando de enfocar la historia como si supiera cómo se hace… Por
momentos, la realidad supera a la ficción y a mis propias ambiciones, no sé si podré llevarlo a cabo pero al menos lo estoy intentando.
Tengo un título… No sé, todavía, pero creo tiene fuerza.
¿El caso? No sé si puedo decirlo… Ella se llamaba Aurelia, pero le decían Oriel.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Papi… ¿O mami?

La doctora Danièle Flaumenbaum -ginecóla, psicoanalista y especialista en medicina china- escribió un libro sobre la mujer y la sexualidad.
Entre otras cosas dice que las féminas, pese a haber escalado posiciones en el campo social-laboral erradicando todo tipo de tabúes a lo largo de la historia, siguen considerando su vida sexual “insatisfactoria”. Y esto tiene que ver con la negación de las dificultades sexuales, no así con la prohibición sexual, lo cual no les permite vivir el placer con plenitud.
Dice Mme. Flaumenbaum que, en el vertiginoso tránsito histórico de la sociedad moderna, las abuelas y madres no han sabido transmitir el concepto de la función sexual de manera adecuada. Por ello, la dificultad de las mujeres a la hora de comprender, pues “para vivir esa sexualidad floreciente deben construir ellas mismas lo que hubieran tenido que recibir siendo niñas”. Es indudablemente un aprendizaje autodidacta.
Pero lo más curioso es que, según expone nuestra doctora, “cada historia de amor nos reconecta con la primera historia de amor que todos (hombres y mujeres) vivimos con nuestra madre”. Y esto la lleva a afirmar que la mujer ama a su pareja más allá del sexo (a veces, independientemente del sexo) puesto que el hombre amado toma en ella el lugar que ocupaba su madre.
La madre tiene la responsabilidad de asistir, alimentar y satisfacer todas las necesidades vitales. “Para la mujer, el hombre que ama adquiere el mismo carácter y por ello se vuelve totalmente dependiente de él”.
La doctora Flaumenbaum no hace más que complicar las cosas. Siempre creí que el hombre, sobre todo si es algo mayor que una, es una versión mejorada del “padre”, una suerte de “papá elegido", fuente de protección, amparo, sostén, amor. Aunque no se trate de una decisión conciente resulta inevitable volcar las implicancias de la relación padre-hija en la pareja.
Pero tal parece que no identificamos al hombre amado con el padre sino con la madre y es que el vínculo con la mamá es el primero de todos, sólido e indestructible, de dependencia total y absoluta. “Hasta que la muerte nos separe”.
Ahora empiezo a entender, como que se hizo la luz en algunos rincones.
Pero sigue resultando desconcertante, sobre todo considerando el enorme ascendiente que las madres tienen para el hombre, en general.
¡O sea que el padre está pintado! Porque si ellos buscan una madre en nosotras y nosotras vemos en ellos el reflejo de la nuestra… ¡el mundo es de las mujeres! ¡Un mundo de madres y suegras! No más “papi”, no más macho argentino. Ay, qué frustración…

(Me colé en la presentación del libro “Mujer deseada, mujer deseante” de Danièle Flaumenbaum. Vi muchas, pero muchas caras de consternación mal disimuladas por el aplauso vigoroso de las feministas de ocasión. Escapé minutos antes del final...)


martes, 15 de septiembre de 2009

Oh La La!

Un mediodía expectante en plena capital porteña.

-¡Vienen del sur!
-¿Dónde?
-¿Los ves? ¿Los ves?
-¡Están sobrevolando el Riachuelo!
-¿Dónde está el Riachuelo?
-¡Allá vienen!
-Aaaaaaaaahhhhhhh…


Y el raudo paso de los aviones desata el aplauso de grandes y chicos, una multitud que mira al cielo con hipnótica adoración, como si Jesucristo fuera francés y estuviera a punto de eyectarse sin paracaídas sobre el obelisco.
La Patrouille de France vino a festejar el Bicentenario pintando el firmamento patrio con sus colores y los nuestros, en ese orden. Y sólo eso. El noticiero anunciaba “una sorpresa” y la gente esperaba una linda exhibición de acrobacias aéreas, algo que no se ve todos los días.
Uno entre miles esbozó el deseo que la mayoría no se atreve a expresar… “Si siguen de largo y ven un edificio pintado de rosa chicle ¡que le metan caño!” y su gracia fue coreada por los concurrentes con risas y vivas y alguien más propuso impactar contra el Congreso y el Indec. Mientras tanto, la jungla de vendedores ambulantes organizaba la distribución de banderitas alusivas y discos de Charles Aznavour.
Demasiada expectativa por unas pocas rayitas de colores. Cuando llegó la hora de las acrobacias se quedaron sin combustible… y nosotros, sin sorpresa.
Pero fue lindo verlos volar tan cerca, parejitos detrás de los Pampa, entre las torres altas de Puerto Madero. Si hubieran sobrevolado Fuerte Apache los bajaban a tiros como al zeppelin de La Serenísima, pero acá en la zona cheta sólo cosecharon aplausos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Menta dispersa

A veces la vida se asemeja injustamente a un dibujito animado. El circuito caprichoso que se retroalimenta como una cinta sin fin. Previsible.
El Coyote cae aplastado bajo un yunque colosal que debería aniquilarlo pero, como cabe suponer, tan sólo lo plancha un poquito y en segundos enerva hasta el último pelo para reanudar la obsesiva persecución de su… ¿víctima?
Pobre Coyote. Sufre indeciblemente, paciente y tenaz, incansable en pos de su único objetivo, el trofeo, el bocado más sabroso… ¿el enemigo? ¿un sueño?
Quizá un día le toque ganar y, entonces, nada será igual. Es probable que, tras las mieles del éxito, beba gota a gota el vacío imposible del volver a empezar. Entonces habrá roto el círculo y será libre… ¿libre?

sábado, 12 de septiembre de 2009

Videoclub

-Estaba abierto cuando pasaste, ¿no viste que te hice señas?
-Decía “CERRADO”.
-No me entendiste. Para vos siempre está abierto.
-Psé…
-Bueno, alquilá lo que quieras y te llevás otra película gratis.
-¿Por qué?
-A modo de indemnización… Pero la elijo yo.


Suspenso… Terror… Me tienta Tarantino hasta que recuerdo que en las escenas cruciales siempre termino escondiéndome bajo las sábanas, aunque después espío un poquito y pongo cara de espanto. Sin ir más lejos, el “cirujano” de Hostel me persiguió en sueños varias noches seguidas…
Pero éste no es un videoclub cualquiera. En la trastienda guardan clásicos, rarezas, joyas del comic, cine de culto. Dan ganas de quedarse un rato largo a curiosear.
Descarto las comedias y los romances, “la Dalia” sigue donde la dejé y por un momento siento el impulso de volver a verla, pero entonces encuentro lo que necesito y ya no busco más. “La otra Bolena” promete una interesante incursión en los peligrosos amoríos del rey Enrique. Intriga, historia, traiciones y una pasión desbordante. Muy pero muy apropiado.
Contenta, me paré frente a la caja con la tarjetita de socio y el celular vibrando peligrosamente en el bolsillo del pantalón.

-Ésta te va a gustar. Espero haber elegido bien.
-Esteee… Ah, sí, gracias.

¿”Doctor Zhivago”? ¿Pero qué se creyó este tipo…?
El dueño del video tiene mal carácter o, al menos, siempre lo parece. O quizá es sólo que no sintonizamos. Me encajó la película nomás y no pude decir nada puesto que era un obsequio, pero hubiera preferido un muñequito de Aquaman de esos que guarda detrás del mostrador.

-Que disfrutes las películas.
-Gracias.

Me miró a los ojos, muy serio. Fue sólo un segundo, el tiempo necesario para que las cajas
cambiaran de mano, suficiente para establecer la conexión. Y no sé por qué me paralicé, si no había motivos… No entiendo por qué siempre me pasan estas cosas. Camino a casa ya tejí toda la historia, con escenas en cámara lenta y lágrimas y volcanes de chocolate. ¡No, no y no!
Al final soy un imán de atraer catástrofes…