viernes, 29 de enero de 2010

A vibrar, mi amor

Una disco española anuncia que regalará, a las primeras 400 chicas que compren su entrada para la fiesta de esta noche, el juguetito más vendido de las Uropas. Un premio de “consolación” color rosa chicle, de nombre Fever. Y a los chicos, para que no se sientan menos, les repartirán preservativos de variados colores y sabores.
La fiesta se llama
“Vas a vibrar”.

¿Pero por qué acá no pasan estas cosas? A mí nunca me regalaron uno de esos, ni siquiera uno chiquitito con luz para emplear como linterna hoy, por ejemplo, que se cortó la luz en toda la cuadra.

La sociedad no se da cuenta cuántos males podrían evitarse si cada mujer tuviera su propio vibrador, incluso habría que obligar a actualizarlo cada tanto como el pasaporte o el celular para evitar caer en el aburrimiento. No por nada el médico británico Joseph Mortimer Granville se tomó el trabajo de diseñar el primer vibrador electromecánico con forma fálica, allá por 1880, deseoso de acabar con la “epidemia” de histeria femenina, una verdadera plaga.

Granville era un adelantado, no Colón ni Magallanes ni el Cabeza de Vaca ése. Granville y el que inventó los tampones… Ah, el mundo no sería el mismo sin ellos.

Claro que aquel histórico vibrador no resultaba fácil de meter en la cartera, pero con el tiempo vinieron nuevos modelos y hoy los hay para todos los gustos, para él y para ella, con accesorios, algunos hasta tienen musiquita y quizá conexión usb.

El mío se porta bien, hemos compartido momentos muy gratificantes y, como era de esperar,
una se termina encariñando. No será un Hitachi Magic Wand pero tiene lo suyo y tiene nombre también… CaPito.

Si yo fuera presidenta decretaría que todas las niñas, en su cumpleaños de quince, reciban un bonito vibrador a modo de terapia preventiva. Es que no hay nada mejor que las buenas vibraciones…

martes, 26 de enero de 2010

Duró lo que un suspiro

Ni hombre ni mujer, un triste esperpento de figura indecisa y veleidades de plumas y conchero que confunde el ridículo con un dudoso éxito mediático reservado para los giles de turno.

Permanece inmutable a las risas que salpican su rostro demacrado, el maquillaje barato y estridente no alcanza a disimular las marcas de una vida miserable desprovista de espesura, de algo que valga la pena contar. “Que rían, que hablen, no importa lo que digan mientras hablen de mí…” El susodicho persiste en su ambición, desvergonzado canta –si a eso se puede llamar “cantar”- y menea sus fláccidas caderas al son de una melodía berreta que algún vivo “le compuso” para llenarse los bolsillos a costa del travesti.

Al principio Zulma inspiraba compasión, pobre animal hambriento. El público condenó a los buitres que libaban morbosamente su lastimosa mediocridad, todos hablaban de él (¿ella?), de a poco Zulma se iba instalando en las vidas de cientos, miles, millones de idiotas que alguna vez sentimos vergüenza ajena por este aborto de mono con peluca.

Pero la fama es efímera y cruel con aquellos seres ignotos carentes de talento que un día gozan de su ansiado “cuarto de hora” y más temprano que tarde caen estrepitosamente en el lodo del olvido. Y nada hay peor que el olvido para ellos, los que nacen sin estrella, los estrellados.

Zulma amenazaba con triunfar en La Feliz.

Zulma quiso medir su insípida vulgaridad, si no con los grandes, al menos con los que han comprado su lugar con más viveza y esfuerzo.

Zulma escupió para arriba tan pero tan fuerte que casi se ahoga en su propio esputo.

Y como Dios es justo y su brazo es largo, ni Zulma escapó al castigo que bien
merecido tiene, por el solo hecho de haber escapado de las sombras para aterrizar en la pantalla del televisor y venir a cagarnos el almuerzo, la cena y las ganas de dormir.

¡Adefesio! ¡Mamarracho! Un fantoche cuya presencia ofende y avergüenza, que desaparezca y no vuelva nunca más. Este blog no le dará ninguna prensa, nos alegramos que haya caído de su oscilante pedestal y esperamos que el golpe le acomode de una vez las ideas.

Zulma… ¡volvé al nicho!

lunes, 25 de enero de 2010

Las cosas por su nombre

No soy, lo que se dice, “cariñosa”. No todo el tiempo. O quizá sí, pero me empeño en disimularlo, de hecho hago grandes esfuerzos para que no se note cuando algo (alguien) me importa demasiado.
La onda es no encariñarse y para eso hay que abstenerse de ponerle nombre a las cosas, título, apodo, lo que sea, nada de nombres, nada de bautizar, uno no puede andar por la vida forjando destinos ni creando lazos indestructibles así como así por muy grande que sea la tentación.
Hay hijos que reciben al nacer el nombre del padre o del abuelo. No los nombran… los “renombran” con nombre repetido como forma de perpetuar una esencia que se va perdiendo en el tiempo. En cambio, el nombre debe ser único y ha de corresponderse con quien lo recibe, dejarse adivinar a través de la mirada o la sonrisa, el nombre “es” la persona y la
persona “es” el nombre. “NOMEN EST NUMEN” (nombrar es conocer) y cuando uno NOMBRA consolida el afecto y “humaniza”, si acaso se tratara de un objeto.
Por eso mi perro se llama Tango y mi guitarra favorita, Medea. El aloe que atesoro en el balcón recibió el nombre de Berenice, mis diarios íntimos conforman la estirpe de Cronos I, Cronos II… y así. Tenía un llavero de acrílico, de esos para poner la foto carnet, que bauticé Gus en la época en que mo-rí-a por el rubio carilindo de Tremendo y una mascota virtual, la ovejita que correteaba incansable por la pantalla de la compu, que se llamó Maya.
Y así uno se encariña… Muñecas, plantas, diarios, mascotas virtuales y también hijos, mis hijos por gestar. No recuerdo cuándo pero supongo que desde siempre…
PALOMA. Antes de convertirme en mujer, mucho antes de imaginar al padre y la panza, muchísimo antes de ser proyecto. Curiosamente ninguna de mis muñecas se llamó así, probablemente porque se hubiera roto la magia y PALOMA habría dejado de ser SUEÑO para convertirse en otro nombre del montón. Es que todo lo demás es circunstancial, todo menos el nombre.

martes, 19 de enero de 2010

No viene al caso

- Leo demasiado.

- Me dan miedo los truenos, las arañas y los bebés recién nacidos.

- Tengo toda esa compulsión por lavar los platos in-me-dia-ta-men-te después de comer.

- Siempre me siento en el mismo lugar.

- Se me llenó la nariz de pecas.

- Quisiera tener no dos sino tres familias, de esas difíciles y largas de explicar, abuelos y tíos que se cuenten por docenas y gente postiza que va quedando en el medio y nos reclama y se ofende si no vamos, primos, muchos primos y sobrinos, música en las fiestas, regalos, excusas para estar juntos.

sábado, 16 de enero de 2010

Aplauso, medalla y beso

Es evidente que este bodrio gusta y disgusta por igual. El público es heterogéneo, predomina el bohemio que vegeta de teatro en teatro fagocitando otros bodrios de igual tenor, las jubiladas me-voy-de-rotatium y, de a ratos, algún “entendido”. A estos los tengo junados porque entran y salen con el ceño fruncido, sin excepción.

La obrita carece de azúcar, pimienta y sal. Los entusiastas se sumergen
en intrincados análisis tratando de dirimir qué quiso decir el director con tanta vuelta de oreja.
Todos estos días me senté sola en el fondo de la sala y, con disimulo, apenas subían el telón, encendía el Ipod para distraerme con los éxitos de los ochenta, a veces Maná, pero poco porque me pone triste. Al final aplaudía como loca y Pepo sonreía al escuchar su nombre. El director está que trina pues la niña tiene prohibido reírse en el escenario, pero es más fuerte que ella.

Organizaron una cena de despedida para el cierre de temporada. Invitaron a críticos, actores de otras compañías y un cantante de tangos que lo tengo visto de algún lado. Pepo se salió con la suya y, pese a me quejé y supliqué de rodillas, se puso las calzas de leopardo que sabe que detesto. Afortunadamente logré disuadirla de la remera con la mariposa de lentejuelas que brillaba como un sol en el fondo de la valijita, pero bajo ningún pretexto pude quitarle el pañuelo rosa que se ató en la cabeza.

-¡Ridícula!
-Soy una artista.
-¿Qué artista ni qué artista? Si vas así vestida ¡yo no voy!
-Quedate, voy sola.
-¡Vos no vas sola a ningún lado! ¡Le voy a contar a tu mamá!


Discutimos y, para variar, terminé cediendo. Que se vista como quiera, a fin de cuentas a mí nunca me importaron demasiado las apariencias.
Comimos, bailamos, canté a dúo con el tanguero y casi rompo los tacos a mitad de una milonga. Todos contentos, todos amigos, incluida Dora que milagrosamente volvió del hospital a tiempo para los festejos.

-Me parece que el director gusta de vos.
-Dejate de joder…
-¿A vos te gusta?
-Pero ¿de dónde sacás esas cosas?
-Te mira todo el tiempo…
-No es cierto y no me gusta.
-Juntos serían como… ¡la Bella y la Bestia!
-Por eso. Mejor no te metas en cosas de grandes.

Era de madrugada cuando cesaron los festejos. La criatura tomó champán a escondidas, la descubrimos luego de un breve interrogatorio lleno de incoherencias. En fin, deslices de una artista en ciernes…
Lo malo (o lo bueno) es que se ha terminado también mi etapa de madre adoptiva. Me costó despedirme… me costó mucho.

jueves, 14 de enero de 2010

Chocolates y momias

No nos habremos dado la gran panzada en Turín -la cuna del chocolate y la buena pastelería- pero la tía Marga nos regaló unos bombones que mamma mía…

-Pepo, pará con los chocolates…
¬-¡Uno más! Porfa… éste con papelito rojo…
-Ese tiene alcohol.
-¿Y qué? Ya me comí tres y no me hizo nada.
-…

Comimos chocolate hasta reventar… y garrapiñadas (me matan las garrapiñadas, en especial la de almendras), un banquete dulcísimo camino a La Plata en el auto nuevo de mi hermana, que anda chocha de la vida con su flamante adquisición. La acompañamos a buscar datos para una publicación en la que está trabajando, aunque Pepo al principio no estuvo muy de acuerdo.

El Museo de Ciencias Naturales es una mole imponente que maravilla al visitante y lo obliga a volver para terminar de recorrer la infinidad de salas que escapan al primer reconocimiento.
Pasamos de largo los insectos, las geodas y los mamíferos pampeanos. El objetivo eran unas aves de lo más estrafalarias que mi hermana quiere citar en su escrito y que, al parecer, son propiedad exclusiva del Museo y… La cosa es que la dejé absorta en la contemplación de los pequeños monstruitos y me llevé a Pepo a ver los fósiles. Uno nunca termina de asimilar la idea de que estos bichos fueron, alguna vez, los dueños del planeta.

-¿Cuál es más grande? ¿El Gigantosaurio o el Tiranosaurio?
-¿A ver…? Parece que el Gigantosaurio… y el más grande de todos es ese de ahí…
-El Ar-gen-ti-no-sau-rus. Qué nombre más boludo…
-Psé… Brasil será el país mais grande do mundo, pero el dinosaurio es argentino.
-Meri… si saco un huesito del esqueleto se cae todo ¿no?
-Ni se te ocurra…

Vimos las arañas gigantes (la Megaracne tiene el tamaño de un caniche…), esponjas, corales y un calamar enorme.

-¡Pepo! ¡Cuidado con la momia!
-¿Qué momia?
-¡La que está abajo de tus codos!

Un cadáver milenario (millonario) y ella, como si nada, recostada sobre el sarcófago con aire indolente, masticando chicle de banana en la cara del fósil.

-Son horribles estos floreros.
-No son “floreros”, son jarrones muy antiguos… ¡Cuidado!
-Uy… ¿Viste cómo lo atajé?

Pensar que me creía la reina de las torpes pero esta niña, con sus escasos 12 años, ya me saca
varias cabezas. Ella es así, desfachatada y perezosa pero de buen corazón, siempre dispuesta para la aventura, de respuesta ágil e ingeniosa… y sumamente torpe.
Recorrimos casi todas las salas, especialmente el Templo Aksha que fue abierto al público nuevamente. Pero cuando estaba de lo más atenta observando las maquetas un estruendo de alarmas me aceleró el pulso. No era un incendio ni había amenaza de bomba. El guardia de seguridad, con cara de pocos amigos, escoltaba a una niña regordeta de mejillas coloradas… La llevaba agarrada del brazo y ella sonreía toda inocente, venían derechito hacia mí.

-¡¿Qué hiciste?!
-Nada… Quería ir al baño pero me equivoqué de puerta.
-Dios mío… ¡Me vas a matar de un susto!
-¿Ya nos vamos?
-Y sí…