jueves, 30 de diciembre de 2010

Un año feliz

No consigo la agenda que me gusta, ésa en la que anidarán todos los secretos del nuevo año. Tampoco consigo la pollera de mis sueños y, si acaso la encontrara, no me atrevería a comprarla antes de bajar las redondeces que me han regalado mis pan dulces caseros. Los pan dulces, el vitel toné, la pavita y los turrones. Y el champán. No puedo resistirme al burbujeo del champán que se sube rápido a la cabeza y me hace delirar fantasías inconfesables mientras río a carcajadas bajo el cielo teñido de luces y colores.

Brindo por un año feliz, por las cosas buenas que vendrán y las no tan buenas que tendremos que evitar, para que no nos roben el auto otra vez, para no perder mis botitas Pampero en la próxima mudanza, para cantar mucho y estudiar menos, para ser más generosa, para tener más paciencia.

Mi príncipe de las estepas está lejos, como siempre en esta época, sitiado en el país donde hasta los grillos duermen la siesta. Incomunicados. No sé si me extraña como yo a él, no puedo hacerle masajitos en la espalda y disipar como humo las preocupaciones que lo agobian, de lejos no se puede. Brindo por él, por este año que nos ha reencontrado al fin, por todos los deseos que compartimos, para que la vida nos de felicidad.

¡Un gran año para todos!

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Compro mi violín

Este sera un post inusual. Es que en medio de la vorágine de correos que suelo descartar relojeando apenas el asunto, llegó esto a mi cuenta. Y no puedo evitar indignarme más que un poco y ponerme en la piel de este pobre muchacho que ha sido despojado de lo que para muchos es "casi un hijo". Aquí va... textual.

COMPRO MI VIOLIN

Nota al tipo quien robo mi violin

No nos conocemos y supongo que no importa, cada uno hace lo que puede para vivir o sobrevivir. Trataré de hacerlo corto pero para empezar no es un violin sino una viola, es un poquito mas grande y el sonido es un poco mas bajo.

Queria simplemente informarte que robandomela, me robaste la mitad de mi vida, de mi voz, de mi alma, puesto que ella y yo estamos ligados desde su nacimiento. Sin irme hasta ahi, es igualmente mi instrumento de trabajo : soy musico o trato de serlo. Supongo que vas a tratar de vender mi viola, cosa poco facil, y queria informarte que estoy dispuesto a comprartela. No soy rico, pero lo soy todavia menos sin mi viola que sin plata. No quiero robarte, solo me importa mi instrumento. Por mala suerte, no tengo mas que mi palabra para convencerte. Espero sinceramente que te sea suficiente.

Si por casualidad la encuentran en la calle, como nunca se sabe, ella se llama Fleur d’Eol (Flor de Viento), y pasea generalmente adentro de un estuche marron cerrado por una cuerda de color clara. Fleur es de color marron claro, casi anaranjado y tiene una caja de 42,5 cms, lo que la hace dificil para tocar por la mayor parte de la gente.. Adentro de la caja se puede leer:

Horst Seewald, 2002.

Si no vuelve a mi , por favor cuidenla, y no la dejen callarse.

Gracias por haberme leido.

Awami

martes, 30 de noviembre de 2010

La Flor

Hay una esquina en mi barrio que es distinta a todas las demás. No tanto por su pasado, tampoco por su futuro. No es la fachada, no son sus anécdotas. La diferencia, aquí, la marca su gente.

Hace más de cien años, en la ochava de Suárez y Arcamendia, nacía un bar que, tras varios nombres y dueños, terminó llamándose “La Flor”. Y, como cada rincón lleno de historia, perfiló la vida de los habitantes de la zona. Los vecinos bien saben que, al morir los últimos propietarios, el edificio permaneció cerrado a la espera de la venta que lo convirtiera en un lavadero, un videoclub o una torre de departamentos. Corrió serio riesgo de demolición pero la gente se opuso, protestó, pataleó y entonces se apagaron los proyectos apenas esbozados.

Habrá memoriosos que recuerdan mil y una anécdotas de La Flor. Costumbres, visitantes ilustres, avatares políticos, historias de amor, discusiones deportivas, vermuts con los amigos… Y es que la historia de La Flor se sigue escribiendo desde que su reapertura atrajo a un público renovado que se remonta a lo largo del siglo para contar la leyenda. Una historia que comienza el día en que doña Victoria y sus hijos salvaron a la Flor de su desaparición y le devolvieron la alegría y el amor de la buena cocina.

Es que La Flor es un lugar ecléctico. A su mesa se sienta el cartonero que pasa por la esquina, la misma mesa que otrora ocupara Bartolomé Mitre. Conviven jóvenes y viejos, no hay distinción de clases ni de credos. La comida tiene el sabor de lo casero y lo abundante, como las milanesas de la abuela y el arroz con leche con aroma a canela.

En La Flor, uno se siente en familia.

domingo, 28 de noviembre de 2010

La bruja mala del cuento

Rosemary me odia.

No se trata de un sentimiento pasajero ni de un simple escozor. Y no es sólo por mi exceso de juventud y mi apabullante sex appeal. Tampoco porque me reí la vez aquella que dio de bruces contra el piso en medio de un revoleo de partituras y pañuelitos de papel, exponiendo a la vista de todos su lado menos agraciado.

Al principio lo atribuí a los celos que despertaban las miradas incendiarias del maestro S. Es un secreto a voces que Rosemary arde de pasión por nuestro querido director, un amor no correspondido, claro. Pues, aunque el maestro S ha visitado la cama de cuanta fémina cruzóse en su camino, por algún motivo ha esquivado desde siempre los encantos de Rosemary. Sospecho que el rechazo reiterado ha terminado por agriar su carácter y volverla finalmente en mi contra.

Algo de mí aviva toda su envidia reconcentrada, algo que perdió o que nunca tuvo. Una cuestión de piel, la ausencia total de afinidad, lo que comúnmente se llama “química”. Es un odio acendrado y con olor a podrido que me convierte en el blanco de sus comentarios más ponzoñosos. Si acaso se me da por esbozar una idea innovadora, la desaprueba entre carcajadas insolentes. Se ríe de mí y de quienes agradecen el esfuerzo, se ríe de todos, se cree superior y teme contagiarse entre la chusma. Para peor de males, el maestro S la endulza con palabras zalameras, le da la razón como a los locos y luego simplemente la ignora.

Es que Rosemary es la tesorera del coro, la que maneja la tarasca como si fuera su propio bolsillo el que soporta los muchos gastos que la buena música demanda. Por eso, ni siquiera él se atreve a contradecirla. Él no pero yo, sí.

El otro día, a minutos de comenzar el gran concierto de la temporada, la escuché quejarse del calor y de la incomodidad de cantar de pié sin ver de cerca la batuta. Habló pestes de los músicos que pretendían un aumento en el ínfimo cachet y escupió con rabia:

-Que alguien me explique cómo es que a Martita la sentaron en primera fila si no canta nada, se la pasa haciéndole sonrisitas al maestro.

Entonces, como quien no quiere la cosa, me acerqué bamboleando las caderas y me di el gusto de decirle al oído:

-¿Cómo? ¿No sabías…? Qué raro, vos que estás en todas… Hace meses que el dire y Martita son n-o-v-i-o-s. ¿Viste qué linda pareja hacen? Se los ve muy enamorados… ¿Decís que ella no canta? ¡Sí que canta! Desde que está con el maestro, canta mucho mejor. Le dará clases bajo las sábanas… No sé, digo yo.

Y fue como hacerle morder la manzana envenenada que de buena gana me hubiera hecho tragar sin ningún remordimiento. Se me quedó mirando incrédula, con esa expresión de tótem momificado, y es seguro que, de haber estallado una granada en sus zapatos, no se habría percatado.

-Ah… qué lindo tenerla a Lola en el concierto. Toca tan bien… ¡es un ángel! Suerte que los de El Colón nos la prestaron. Bueno, “prestado” no. Debe cobrar caro ¿no? Che… ¿te alcanza para pagarle? A ver si pasamos papelones… Qué linda que te queda la tintura, Rose. Lo tuyo es el platinado, la verdad que sí.

viernes, 29 de octubre de 2010

Placeres queseros

Mi paraíso terrenal lleva el pomposo nombre de Le Charcutier.

Lo encontré a dos cuadras de casa, un pequeño almacén atestado de cosas sabrosas y atendido por sus dueños, tres generaciones de expertos cortadores de fiambre que montan guardia tras el mostrador luciendo delantal y gorro de un blanco impecable. Se comenta que el abuelo es un gran maestro quesero, pero esto no puedo asegurarlo a menos que me haga probar ese Roquefort lleno de hongos apetitosos que guarda para los clientes selectos.

Patas de jamón cuelgan pesadamente de los tirantes del techo; los tarros de aceitunas forman una barricada contra la avidez del público que babea frente a los salamines; las especias, los encurtidos, el pan casero y los vinos… uno no sabe por dónde empezar.

-¿Qué le doy, señorita?
-…
-Señorita…
-Ah, sí… Queso. Éste y éste y aquel otro. Y el de allá, también.

Siempre pierdo la conciencia buceando en los agujeros del Gruyere. ¡Por Dios! Que nada me turbe mientras contemplo un esponjoso Brie… Los quesos me pueden, podría vivir a queso y no extrañaría ni el sexo. Pan y queso, queso de cualquier tipo y factor, pero cuanto más francés, más mejor. Hubiera sido una Heidi perfecta corriendo descalza por la pradera con el morral repleto de pancitos calientes y queso casero.

Es que no hay placer completo sin queso, por eso los chinos son como son, porque comen esa cosa llamada “TOFU” que parece queso pero no es, no tiene gusto, no tiene encanto… ¡ni fú, ni fá!

Acá en Le Charcutier me entienden, me miman, me dan lo que pido y más también. Es que el abuelo quesero al fin me ha echado el ojo y sospecho que en breve estaré degustando las delicias de su olla. Dicen que ha ganado premios y hay un queso especiado que lleva su nombre.

Equivoqué el rumbo, indudablemente. Tendría que haber sido almacenera y así engordaría sin culpa entre embutidos carnosos, me llamaría Filomena o Pascualina o quizá Adelaida y tendría los cachetes colorados y sonrisa de panza llena y feliz.

C'est la vie… C’est charcuterie.

martes, 26 de octubre de 2010

Mensajero de la Paz

Ahora que mi vida depende por completo de las mensajerías es crucial cronometrar hasta los estornudos. Y desafiar los imprevistos, que no es poca cosa. No importa lo bien planeado que esté, es seguro que el pibe de la moto se colgará del timbre en el preciso instante en que pongo los pies en la bañera. No tengo paz… Mis días transcurren ingratos entre sobres que van y vienen, me prometen celeridad y no cumplen. Así, envejezco en la triste espera de la moto que no llega.

Después de cantarle las cuarenta a la infeliz de la operadora que “nada puede hacer”, pedir a gritos por el “responsable” y revolearle la papeleta en la cara al pobre analfabeto que, montado en una bici enclenque, rumbea las calles del centro porteño como bola sin manija… después de despotricar como una vieja antipática sin obtener solución, decidí que lo mejor era acudir a la competencia. Pero el problema con la competencia es que, a la larga, son todos iguales.

Hojeé la revista barrial y el ta-te-ti escogió a MENSAJERO DE LA PAZ. El aviso mostraba un lema prometedor: “Pocas palabras… mucha acción”

-Buen día. ¿Con quién hablo?
-Mi nombre es Jesús.
-Ejem… Bueno, yo soy María (la Virgen no, claro, tampoco la Magdalena)
-¿En qué puedo servirla?

No le dije todo lo que necesito, todo lo que me haría feliz, no quería agotarlo con una lista interminable de deseos insatisfechos, sólo pedí lo inmediato, una moto, una sola y que venga rápido. Milagrosamente llegó puntual, cumplió las órdenes al dedillo y volvió en menos de lo que tardo en plancharme el pelo. ¡Merveilleux!

A todos les conté del Mensajero, de Jesús y de sus milagros sobre ruedas. Buen servicio, buen precio, buen trato… tan bueno que parece una jodita.

-Hola, habla María… ¿Jesús?
-No, María. Soy Juan Bautista. Jesús está por venir…
-…

Pensé… pero no, no creo en las coincidencias. Y, por la seriedad con que atienden mis pedidos, es evidente que los muchachos no están bromeando. Mejor así, estoy en buenas manos.

Jesús y el Bautista… Ojalá a estos les vaya mejor que a los otros dos.