Un día a mamá se le ocurrió tomar clases de tejido. En realidad sabía tejer bastante bien pero no encontró mejor excusa para que yo la acompañara y aprendiera los secretitos de este arte milenario.Compramos muchos ovillos de una lana color amarillo patito para tejer un pullover en punto inglés. Y entonces supe que la relación profesora-alumna sería una guerra declarada:
P: No, "punto inglés", no. Te voy a enseñar el "falso americano".
M: Pero yo quiero en "punto inglés".
P: No, porque consume mucha lana y se estira.
M: A-mí-me-gus-ta-el-pun-to-in-glés.
P: Anotá cómo es el "falso americano". Queda muy parecido.
Miré a mamá en busca de apoyo moral pero ella estaba tan embobada con la profesora que le dio la razón. Y chau punto inglés.
Las clases de tejido reunían a una multitud de ancianas decrépitas que, para matizar sus tardes de ocio, se congregaban en torno a la profesora, una vieja autoritaria y malhumorada, parloteando sobre cuestiones trascendentales como la dentadura postiza que se despega y la fiesta de la amistad en el centro de jubilados. Y en medio de las cacatúas, la que suscribe con mis entonces flamantes 12 años.
Yo seguía fiel a mi pullover ahora en “punto falso americano”, asentando cada nueva instrucción en mi cuaderno de espiral. Éramos como perro y gato con la profesora. La odiaba. Un día me obligó a deshacer una manga entera porque decía que no había aprendido las disminuciones y me enojé tanto que metí el tejido en la bolsa sin ver que se doblaban las agujas y me fui dando un portazo. (Siempre doy portazos). Creo que le dije “Vieja de mierda” y me escuchó.
Al cabo de unas semanas, mamá me llevó de prepo a la clase. Otra vez. Y tuve que pedirle disculpas a regañadientes. Pero la profesora estaba anonadada con mi aptitud para con el arte de tejer. “Tiene talento”, dijo delante del clan de viejas parlanchinas. Y entonces cambió de actitud y yo también. Discutíamos pero no le dije más “Vieja de mierda”. Y descubrí que podía aprender mucho de ella.
El pullover patito quedó realmente bien pero lo gracioso es que jamás lo usé y terminé donándolo al Cottolengo.
Más tarde me empeñé en hacer un sweater de hilo en punto “nido de abeja”.
P: No, "nido de abeja" no porque no van a dar bien los aumentos.
M: Me gusta como queda el “nido de abeja”.
P: Te voy a enseñar el punto “gotita”.
M: “Gotita” no, “ni-do-de-a-be-ja”.
P: Anotá cómo se hace el punto “gotita”.
Y así, pelea va, pelea viene, me convertí en una tejedora tan productiva que mamá, por miedo a endeudarse ante el desmedido consumo de lana, decidió poner fin a las clases. Increíblemente, lloré al despedirme de la profesora. Y, pese a su acostumbrado semblante avinagrado, vi que tenía la mirada brillosa cuando me besó por primera y única vez.



