La noche del Samhain me sorprendió en plena ovulación, sola, sentada en el piso de mi nuevo dormitorio, la agenda Maitena sobre la falda, empeñándome
en transcribir los hechos con rigor histórico, obsesiva, porque no quiero olvidar los detalles, las palabras, el vértigo, el fin y el principio.
La gata, que aún no se recupera del fragor de la mudanza, recorre cada rincón descubriendo los olores del nuevo hogar. Está asustada, me mira con ojos agrandados por la sorpresa pero sabe que estoy ahí, confía en mí, de a poco se irá tranquilizando.
Es noche de brujas y no tengo miedo.
Dormiré con la ventana entreabierta mirando las estrellas mientras Aretha Franklin canta en mi oído… “Spirit In The Dark...”
Hace tiempo no río como hace tiempo,
Y eso que yo reía como un jilguero…
El camión llegó puntual.
Cebé mate para los muchachos, mate con medialunas, las últimas medialunas que compraré en la única panadería disponible en varios kilómetros a la redonda…
Llegó el día señalado.
No importa si no tengo a dónde ir porque el signor Pittore solicitó encarecidamente que no lo interrumpa ni lo estorbe, quiere estar a solas en mi recién adquirido departamento para lijar de arriba abajo las benditas paredes, pintarlas de blanco inmaculado como a mí me gusta y soplar para que sequen rápido…
No importa si mi perro del alma, que es como un hijo de sangre, va a parar al pensionado hasta que H por fin disponga de su “casaquinta con inmenso parque”... por unos días nada más, y a él le gusta porque juega con sus amiguitos, especialmente con Gregorio -el basset- que, como es un poco vago, se acuesta de espaldas y se hace el muerto mientras los demás saltan alrededor…
No importa el tremendo jaleo de ir y venir, contar, firmar, certificar, contar de nuevo, volver a firmar, saludarnos todos con besos y abrazos como si fuéramos íntimos, como si no hubiéramos peleado y ofendido, como si hubiera confianza, como si fuéramos gente de palabra, como si verdaderamente deseáramos lo que hacemos, como si tuviéramos opción…
No importa si la casa ha quedado vacía y el eco de mi voz resuena en cada habitación como queriendo quedarse…
No importa si en el último instante lloramos la tristeza de lo que debió ser, la ilusión perdida, el sueño que nos mantuvo unidos hasta descubrir que no era posible, que la vida abría nuevos caminos, cada cual por su lado, queriendo o sin querer, intentando no lastimarnos más…
Ya no importa nada.
Miré los árboles del fondo por última vez, aspiré el aroma reposado del campo cuando despunta el sol, escuché el canto de los pájaros y el llanto ahogado de H que aún no logra asimilar la realidad…
Palpar las paredes de la casa y descubrir que ya no es mi hogar, duele más de lo que esperaba y, sin embargo, no logro arrepentirme.
Es una despedida, nada más.
Si estuviera por irme de viaje consideraría muy seriamente llevar mi bolsito psicodélico, el de color naranja con flores turquesa que combina a la perfección con los anteojos XL que rescaté del free shop justo después de la trifulca aquella con la loca de Migraciones.
Como de costumbre, empezaré a armar la valija con demasiada anticipación, basándome en la
lista de cosas “imprescindibles” cuidadosamente elaborada días atrás y en todo aquello que se me ocurrirá a último momento, desatando una crisis de ansiedad tan innecesaria como inoportuna. Y, porque en estos casos siempre es mejor que sobre y no que falte, iré completando los espacios vacíos con pilas de remeras y bombachas extra, decenas de bombachas que se ventilarán por el mundo, sobrevolarán el Ecuador y retornarán impregnadas de sales oceánicas, oscilando al ritmo de un merengue muy tentador. No faltarán los ítems inservibles, ridículos, privativos de las vacaciones, el pareo animal print de la tía Coca, el sombrero de paja con margaritas de tela y las ojotas con luces intermitentes, esas que te das el gusto de exhibir en aquellos parajes lejanos donde todo está permitido y lo estrambótico es sinónimo de estilo.
Ahhhh… vacaciones…
Hago de cuenta que armo la valija mientras acomodo tazas, libros, sábanas y velas en los innumerables canastos que pueblan el patio de mi casa y parte del comedor.
“Mi” casa que dentro de poco ya no será mía.
Me invade una ola de desolación al mirar los estantes vacíos pero no hay vuelta atrás, no quiero volver atrás.
Subo el volumen de mi flamante Ipod lo suficiente para disipar cualquier rastro de tristeza y sigo, incansable, tachando ítems en la lista, explotando cada tanto las pelotitas del embalaje, pensando dónde colgaré el brasero de cobre de mi tatarabuela y los cuadros de Monet y el llavero con forma de ombú y… y…
Cuántas cosas… Y todas forman parte de mi historia, aún las no elegidas por mí. No sigo, me dan ganas de llorar y no sé dónde están los pañuelos…
Volver a casa apretujada en la combi, un viento de la hostia y encima llueve, al costado de la ruta un abismo de barro y cardos se torna intransitable, lo mismo da haberse olvidado el paraguas, no hay manera de evitar la mojadura que te sepultará bajo las sábanas con un catarro de los mil demonios.
Estás sola, sola y desamparada, el celular inservible en una mano, en la otra un centenar de bolsas empapadas, cara de frustración, de necesitar ayuda con urgencia y no querer admitirlo.
Te refugiás en el portal del country hasta que amaine el temporal considerando que de todos modos, aunque corras más rápido que el pensamiento sin temor al ridículo, tus pies de princesa se hundirán torpemente en todos los charcos hasta llegar a casa.
A nadie parece importar la desgracia ajena. Los vecinos macanudos van y vienen en sus relucientes autos importados, transgrediendo los límites de velocidad, te observan curiosos y siguen de largo, algunos salpican sin querer... "Pero la re p… @(/#&#$"#&@ !!!!"
Te resignás a acomodarte en el silloncito de la sala de espera, podrías pasar allí la noche y no sería tan grave. Sí, sería espantoso pero no querés dar el brazo a torcer.
Tarareás para tus adentros la fuga del Gloria, intentando calentar la garganta y acallar a voz de la conciencia, evitás mirar hacia fuera, mostrar debilidad es inaceptable, indigno.
Y entonces alguien grita con voz cascada: “¡Nena! ¡Queriiiiida! ¿Qué hacés ahí? Subí que te llevo. Te vas a resfriar con esta lluviecita…”
Menos mal que Mrs. Septuagenaria, pese a su miopía galopante, reparó en mi calvario y me rescató. Abrí con cierta dificultad la puerta
machucada del Ford inmenso que se empeña en conducir como cuando era una bella muchacha pletórica de juventud y buenos reflejos.
Afortunadamente era un viaje corto, estaba oscuro y nadie nos vio. Parecíamos Thelma y Louise rumbo a lo desconocido, dando tumbos sobre el asfalto mojado y ella tan feliz que me dio pena mostrar descontento.
La vieja es de lo que no hay. Sin duda, ha de sentirse sapo de otro pozo en este country emponzoñado, pero de seguro disfruta a lo grande riéndose en las narices de los simuladores, los ostentosos, los caraduras, los “buenos vecinos”, mientras pasea su digna vejez en un quejumbroso Ford de colección.
Esa manía inexplicable de las maestras de pensar que mamá, en su día, estaría requetecontenta de recibir una original y colorida artesanía en madera, enteramente lijada y barnizada por su hijita del alma, no importa si la pintura chorrea creando surcos surrealistas en un diseño que obliga a apartar la vista, o si la carpinterita desprovista de criterio desdeña la pizzera, la bandeja para el desayuno y el revistero y elige con un entusiasmo rayano en la demencia… ¡una huevera!
Sí, I do confess… No quiero recordar la cara que puso mamá cuando la vio.
-Ahhh… qué lindo… esteeee… el portamacetas…
-¡Mamá! ¡Es una huevera!
-Ah, sí, sí. ¡Justo lo que necesitaba!
La huevera en cuestión –que me costó un triunfo armar y adornar con figuritas de Sarah Kay espolvoreadas con brillantina- se convirtió finalmente en portamacetas.
Mamá siempre le encontraba destino a las cosas, aún a las más inverosímiles. Como cuando armó el disfraz de florcita para mi hermana y cosió cada pétalo al alambre del batidor de las tortas para que quedaran bien paraditos y al final no quedó otra que regalarle una batidora eléctrica para que los bizcochuelos se inflaran como es debido.
Equipamos la casa con los regalos del Día de la Madre… batidora, plancha, secarropas, freidora… Como si mamá no tuviera más aspiraciones que las de una simple ama de casa que cuida de los suyos, cocina, lava, plancha, mira las telenovelas y chusmea con las vecinas. Como si no tuviera derecho a algo lindo para disfrutar ella sola…
Una sola vez se quejó y dijo que no quería regalo, sólo que la lleváramos a comer a un restaurante. Pensamos con horror que no iba a cocinar más, una verdadera tragedia. Porque resulta inconcebible la idea de una madre que no cocine, aunque fuera Susana Giménez, por lo menos tiene que saber hacer un puré.
Pero, claro, tenía mucha razón. Siempre trabajando, noches sin dormir pegando lentejuelas a los tutús que ahora duermen el sueño de los justos en un placard lleno de naftalina, tomándonos lección la víspera de algún examen especialmente complicado, poniéndonos paños fríos en la frente cuando ardíamos de fiebre, organizando fiestas de cumpleaños, armando la mochila para el campamento… Mamá siempre estaba en todo, era la generosidad personificada. Y no hay regalo en el mundo con el que retribuir tamaño sacrificio, una vida entera dedicada a criarnos, a educarnos en el amor, a hacer de sus hijos personas de bien.
Mamá… Cuánta necesidad tengo de tus consejos sabios, daría cualquier cosa por tenerte a mi lado como antes, que me guíes, que me muestres el camino, que te enojes si hago todo mal, que me enseñes todo lo que una “señorita” debe aprender…
Quisiera algún día ser como vos.
Madame Julie
Música: Enrique Maciel
Letra: Francisco Baldana
Me dijeron que el muchacho
se llegó a la seccional
y entre cabrero y confuso
se lo contó al oficial...
Fui presentado esta mañana
a una dama en Leandro Alem,
de unos cuarenta, oxigenada,
y se llamaba Madame Julié.
Me habló de Grecia y de California
y que era oriunda del gran París,
llevaba encima tapao de armiño
y se hospedaba en el City Brill.
En tren de confidencia, la francesita
me habló de mucha guita para entregar
a un pariente que la fulana
dijo tenía en La Paternal.
Y como se ausentaba urgentemente
a la vecina orilla del Uruguay
no tenía tiempo ya disponible
para llegarse hasta aquel lugar.
No se preocupe, madám, por eso,
yo le suplico; confié en mí.
Ella me dijo : ¿Sin garantía ?
Yo le daría un cinco mil.
Corriendo a casa fui a buscarlos
y muy contento yo se los di,
entonces ella me dio un paquete
que contenía cuarenta mil.
Ya con el paco en mano corrí a mi pieza
y con mucho cuidado lo desaté
pa' qué contarle lo que había adentro,
sólo recortes de diario hallé.
Y una cartita corta muy emotiva
en la que me decía Madám Julié :
que encienda a tiempo los farolitos
cuando la vea por el trocén.