sábado, 29 de marzo de 2008

Tutti

A juzgar por el besuqueo del que fui objeto, se ve que me extrañaron. Incluído el maestro S que me sonrió desde lejos y esbozó su gutural “¡Salute!”, que a esta altura aprendí a interpretar con cariño y ya no me suena a toque de queda mafioso.
Este año el objetivo es desempolvar el magnífico “Dioclesiano” de Purcell y
lucirnos con la brillantez acostumbrada en una deslumbrante puesta en escena que, por ahora, viene cobrando forma en la intrincada mente de nuestro genial director. El “Diocle” entre otras cosas… Porque el coro mormón que siempre nos acompaña declinó la propuesta de cantar junto a nosotros nada menos que “Salomón” (digamos que con soltura y elegancia nos mandaron al carajo…) y ello desestabilizó los planes del maestro S hasta casi hacerle perder los estribos y el pelo. Pero como somos un coro patotero y aguerrido vamos por más y esta temporada promete dar que hablar.
A la hora señalada comenzó el ensayo. Estamos todos… o casi. Las sopranos perforando los tímpanos y los tenores “missing in action”, para variar. Hebe se me pegó como estampilla, fiel a su costumbre de olvidar la partitura y leer de prestado. Víktor me saludó con complicidad, sabiendo guardar el secreto. Mónica “voz de trueno”, encabezando la tropa de contraltos, salivaba con pasión la cara del director que, imperturbable, continuaba marcando “pianissimo”.
Todo sigue igual, afortunadamente.
Y yo con estas ganas de cantar… ¡desesperadamente!

martes, 25 de marzo de 2008

Be careful with my heart

Hoy se me dio por leer para atrás. Nunca lo hago, prefiero no hacerlo porque a veces recordar es ingrato, más aún si estás en esos días nublados en que todos los engranajes giran en el sentido contrario y cualquier cosa puede ser mal interpretada, las palabras suenan hirientes, se clavan como dardos envenenados y sólo deseás poner reversa y volver el tiempo atrás.
Será que fue éste el fin de semana más tedioso de mi vida, que comí demasiados huevos de chocolate o que simplemente equivoco el camino… Será que mi deseo se hundió entre los corales y no debo esperar más… Será que tengo tanto miedo del futuro que no logro avanzar... Será que estoy sola, a la deriva otra vez.

lunes, 24 de marzo de 2008

De obsesiones y manías

El otro día hablaba con mi cable a tierra de esas conductas obsesivas que nos dominan y nos muestran a los ojos de los demás (las personas “normales”) como auténticos alienados, candidatos al Borda. Aunque algunas manías parezcan cómicas, como la aversión desmedida a los tobillos anchos o a las mujeres de pelo corto o a la sopa de caracoles, todas encierran cierto grado de locura y no hay que restarles importancia.
Yo siento una pasión descontrolada por los hipermercados. Me gusta pasearme entre las góndolas, mirar los productos, comparar precios, hacer las cuentas para ver si las ofertas son lo que parecen. Y si no… tengo preparada la birome para escrachar los cartelitos con mi frase célebre “ESTA OFERTA ES
MENTIRA” para que compradores ingenuos, apurados, distraídos o simplemente apáticos no caigan en la burda trampa mercantil y se lleven una botella de aceite de 3 litros que parece más barata que dos de 1,5 y que en realidad no lo es.
Ni hablar de los supermercados chinos a los cuales rara vez entro. Me da escalofríos comprobar que las fechas del yogur y el queso crema están vencidas. Y pese a las protestas de mi marido que lo único que quiere es comprar rápido y salir a fumar un pucho tranquilo, junto en el carrito todos los lácteos que soy capaz de cargar y los deposito con sonrisa triunfadora en la caja. “Todo esto está vencido. Te hice el favor de sacarlo de la góndola, ahora tiralo”. Ya sé que lo vuelven a poner donde estaba pero no me importa. El día que aparezca degollada en una zanja con un cartón de leche chorreando en mi cabeza, sabrán que fui víctima de la mafia china.
Mi hermana hace honor al lema “No te vayas sin pedir tu factura” y es obsesiva de los locales de ropa coreanos del Once que no facturan ni en pedo. Revuelve todas las prendas, amontona perchas en el mostrador y, cuando llega el momento de pagar, pide el ticket. Luego de la típica discusión acalorada mitad español, mitad coreano ininteligible y algún que otro improperio de significado universal, pone cara de reina ofendida y se va sin comprar nada dejando atónitos a los orientales que gesticulan amenazadores en medio del montón de ropa.
Recuerdo a una profesora de literatura del colegio que sentía fatal repugnancia por las faltas de ortografía y no dudaba en sacar el lápiz de labios rojo sangre y remarcar grotescamente carteles y avisos en la vía pública si consideraba que la falta insultaba su inteligencia.
Una obsesión común a la mayoría de las mujeres es la depilación. No quiero echar más leña al fuego porque veo que infinidad de blogs tocan este tema a diario y al final todas estamos de acuerdo en lo mismo: BASTA DE PELOS!!!!
Mi tía tiene colgados de la pared infinidad de platos y platitos decorativos. Cada tanto agrega uno nuevo. Y necesita verlos brillar permanentemente, es su desvelo. Por eso cada mañana, después de desayunar, agarra la franela y dale que dale platito por platito, una especie de ceremonial.
Mirar veinte veces si la llave del gas está cerrada es una conducta obsesiva bastante típica. Como llevar dos libros en la cartera por si justo se termina el que estás leyendo y te quedás sin lectura para el viaje. Pero ir a un hotel y llevar tus propias sábanas o a las tres de la mañana antojarse de un baño de fango del Mar Muerto o usar lentes a prueba de balas o tomarse la temperatura cada dos horas… Bueno, ahí ya estás “tocame el vals”…

(Escrito y publicado para Se Termino la Joda, marzo de 2007)

domingo, 23 de marzo de 2008

Cabaret

From cradle to tomb
Isn't that long a stay.
Life is a Cabaret, old chum,
Come to the Cabaret.

Es noche cerrada. La calle Corrientes estalla de luz y un rugido ensordecedor anuncia la hora del show.
Come to the Cabaret…

Por un instante quisiera dejar atrás las penas, olvidar los prejuicios y bailar sin sensatez ni sentimientos al son cadencioso del jazz… Portaligas, los labios pintados de carmín, un sombrero negro y el humo del cigarrillo sobre mi piel. Sentir que nada más importa, que ¡la vida es divina!
Come to the Cabaret…

Sexo, glamour, fama y dinero… Quiero, por una noche, ser una chica del Kit-Kat-Klub, despojarme de toda emoción y bailar desenfrenada hasta enloquecer.
Come to the Cabaret…

sábado, 22 de marzo de 2008

Dumas, un café y el Actor

Convencida, ansiosa, el paso rápido y un hilo de baba deslizándose por la comisura de los labios… Entré a la librería, no me detuve como otras veces a curiosear las páginas vetustas de cientos de libros que duermen aplastados bajo el polvo sin orden ni consideración. No podía esperar. Mi tesoro estaba allí, sólo restaba cerrar el precio y la colección completa de Dumas (en francés) pasaría a mis manos. Y así fue. Uno por uno, fui embolsando los tomos antiquísimos, ojeando con pasión las páginas amarillentas con olor a moho, la letra tan pequeña y extremadamente rica, esa prosa que es mi éxtasis y me embriaga hasta perderme en los intrincados laberintos de un pasado más feliz.
Seguí mi camino arrastrando la mochila pesadísima, radiante, la sonrisa más ancha del mundo, pisando todas las baldosas flojas de mi San Telmo viejo y querido. Tenía tiempo y pintaba un cafecito en el bar de la esquina, el de las mesas garabateadas, la voz de Nat King Cole escapando por la ventana como un arrullo sereno y nostálgico me invitaba desde lejos… “Unforgettable in every way…”
Me senté en una mesa apartada, lejos de cualquier interferencia, bien dispuesta para la lectura, deseando Dumas, necesitando Dumas…

-¿Me puedo sentar con Ud… “MARIA BONITA”?

Clik… Por un segundo me desconecté, no podía pensar con claridad y entonces… el recuerdo a cañonazos, él seguía parado frente a mí, su pelo negro y las cejas tan espesas, igual después de tanto tiempo… El Actor. Nos reímos, fue una risa cómplice, espontánea y al instante estábamos charlando como viejos amigos.
Y hablamos mucho, un poco reticentes a recordar el pasado que nos cruzó sin querer en un romance fugaz, apasionado, secreto, y nos abandonó luego a la deriva, sin consecuencias ni reclamos ni tristeza. Lo que pasó, pasó. Podría decir que fue mi cuarto de hora con la fama, pero ni siquiera...
Lo recuerdo bien. Nos conocimos en un bar cercano a mi antiguo departamento, cada domingo desayunábamos a la misma hora, leyendo el mismo diario, en mesas distantes, cruzando alguna mirada y un “Hola” ocasional. Yo sabía quién era, lo había visto en televisión y en el cine, pero no podía recordar en qué película y papel.
Un día se sentó a mi mesa.

-¿Cómo te llamás?
-María.
-Para mí serás “MARIA BONITA”.


Y ese fue el comienzo de la historia. Después no volvimos a vernos, hasta hoy.
Compartimos un café, una hermosa charla y nos despedimos con un fuerte abrazo, sin quedar en nada, sin volver la mirada. Tal vez algún día, dentro de otros diez años, volvamos a encontrarnos “de casualidad”. Quién sabe… La pregunta es cómo nos encontrará la vida entonces...

miércoles, 19 de marzo de 2008

El olor del recuerdo

Últimamente me pasa seguido… eso del recuerdo involuntario, inquietante, como una ola que viene y se va, tan fugaz que no terminás de definir la línea que separa la memoria de la imaginación. Un olor a la vuelta de la esquina y ese olor trae a marejadas el recuerdo de una época entera y los hechos se encadenan entre sí sin que puedas evitarlo, y un maravilloso día de sol puede transformarse mágicamente en la peor de las pesadillas (difícilmente al revés).
La noche me sorprendió haciendo la cola en la pescadería, tratando de decidir entre el pollo de mar y un gatuzo que me miraba con esa cara de Pantriste... Tengo una curiosidad morbosa con los pescados, me hipnotizan los ojos vidriosos, los dientitos como agujas, esa actitud sospechosamente pasiva, como si de pronto fueran a girar la cabeza y arremeter a coletazos contra el pescadero y su caterva de doñas Rosas.

P: ¿No quiere lenguado, señora?
Yo: No, no… Lo que tenga fileteado, sin espinas.

A punto estuve de agregar “sin ojos ni escamas” pero entonces TODOS sabrán de mi aversión a las cosas muertas que duermen el sueño eterno en una heladera y miran sin ver y son tan reales y huelen tan raro…
Traté de evitarlo y no pude. Visualicé… fue como una ráfaga. Esa vez que fuimos con la tía al
Mercado de Pescado a verlo a Don Salvador, el marido de Lidia, porque la tía tenía que darle no sé qué cosa a Lidia y en vez de ir a la casa se le ocurrió que era mejor acortar camino y mandárselo a través de Salvador.
El olor nos atajó a unas tres cuadras, nauseabundo, pegajoso… Caminamos por las calles desoladas atisbando de reojo cualquier movimiento extraño, aunque era de día y en aquel entonces no había por qué temer. La desolación se debía al olor y a que el Mercado estaba siendo desmantelado paulatinamente.
Don Salvador tenía su puesto desde hacía añares. Había sido marino pero “desde el accidente” vendía pescado.
Nos saludó con sus maneras hoscas y se acercó rengueando. Entonces me pregunté si tal vez habría luchado con un tiburón y ahora tenía pata de palo, no podía dejar de mirar sus pies e imaginar garfios de piratas y dientes monstruosos.
Y los pescados me miraban desde el mostrador…
La tía hablaba sin parar pero yo no la escuchaba. De pronto Salvador pasó veloz por mi lado,
agarró el pescado más grande y más bocón, con los ojos como de gelatina, y empezó a sacudirlo delante de mi cara como si fuera una marioneta. Ay, no… ¡¡¡¿POR QUÉ ME PASAN ESTAS COSAS?!!! Emitía sonidos cavernosos y chapoteantes y yo estaba como paralizada mirando al pescado que bailoteaba en espasmos antinaturales… Salvador reía a carcajadas y yo sentía un frío oceánico que me subía por las costillas. Gracias a Dios, la tía se interpuso y lo obligó a detener la pantomima, pero para ese entonces yo temblaba de arriba abajo, aterrada.
A modo de consuelo, aunque probablemente sin entender por qué no me hizo gracia la broma, Salvador me regaló un kilo de cornalitos y unos talonarios de remitos “para dibujar”, eso dijo. Y nos fuimos rápido y en silencio, con el pelo y la ropa oliendo a arenque podrido.
Cómo son las cosas… Un episodio que no dura más de diez minutos y el recuerdo se queda pegado a la nariz toda una vida.

P: Señora… ¡Señora! ¿Algo más?
Yo: … ¿Eh? Ah, perdón… ¿A usted también lo mordió un tiburón?