Esta mañana, pegándole a la bolsa, hizo un descubrimiento fundamental. Se dio cuenta por qué, algunas veces, llora un poco después de hacer el amor. Creía, al principio de esta historia, que era la respuesta adecuada a un posible fracaso pues nadie tiene el futuro asegurado y mucho menos el amor. Sin embargo, es algo diferente, más profundo... radical. Revelaciones del punching ball.
Esta cosa está viva y crece en mi balcón. De sus hojas carnosas se desprenden semillitas y donde caen florece un brote nuevo. La planta del horror ha invadido las macetas cercanas y planea extenderse más allá de lo que permitido. Es seguro que me observa y estudia todos mis movimientos. Por si acaso, no le hablo y la riego poco.
Sentada en la reposera azul bajo el tórrido sol de la tarde, mate en mano, leo a Dumas. Siempre vuelvo a Dumas y es que no conozco remedio más efectivo contra mis fantasmas. El ruido de la bombilla me devuelve un poco a la realidad. Una gota de sudor moja la página del libro. El calor agobia. La gata se acerca melosa en busca de caricias, se refriega contra la reposera pero sólo por un segundo. Ha encontrado algo que ocupa toda su atención, algún insecto, una hoja seca... Con horror la descubro jugando con un manojo de semillas que antes no estaban ahí. La aparto con asco y vuelco el agua del termo sobre las semillas. Me mira con sus ojos de reproche amarillos y se va sin entender el miedo que me produce esta extraña planta y la sospecha de que H la ha puesto allí para espiarme.
Cierro el libro y me hundo en la frescura de mi habitación. Cambio a Dumas por un rompecabezas y el mate por vino helado. Adoro los rompecabezas. No tanto como el queso de rallar, pero casi. Me gusta que las cosas terminen encajando como corresponde. Mañana me desharé de ella.
Hay un paraguayo colgado en el hueco del contrafrente. Es el pintor “de exteriores”, así se autodenomina, y desde hace días sube y baja en la silleta con ruido de latas y pinceles. Me asusté la vez que apareció de la nada asomando medio cuerpo adentro de la cocina, entonando un sapucai a modo de saludo mañanero. La incredulidad cedió paso al enojo y se lo hice entender. La cocina es mi templo y no se entra así como así, ni que se le zafe la silleta. Con el correr de los días nos hemos hecho amigos, le sirvo agua fresca cada vez que lo veo sudar la gota gorda y charlamos de la vida y de los marcos de las ventanas. En breve le sonsacaré el secreto del tereré y entonces seremos casi familia.
El otro, el pintor “de balcones”, es algo muy distinto. Nos cruzamos ayer en el ascensor. Tan alto y tan bonito y los ojos tan azules.. un Brad Pitt paraguayo. Lo espero de un momento a otro, tarde o temprano será el turno de mi balcón y vendrá, sé que vendrá.
Breve ensayo sobre la coda de la canción de Manuelita (la tortuga, claro)
Si no fuera por la señora Walsh (siempre viva en el recuerdo) nadie sabría nada sobre Manuelita. El arte no recrea la realidad, la crea. Aún así, no me gusta el final de la canción que es muy grave y tétrico. Manuelita es una obra larga, con saltos frecuentes, calderones, cortes y quebradas y unos cambios de tonalidad en cada retome popurritezco que, si le pifiás, no encuentran ni el cadáver de la tortuga.
La pista: Si Manuelita no sabe a dónde va... ¿por qué debería saberlo el coro o su público?
Hipótesis: Manuelita no sabe a dónde va porque no encuentra la tonalidad en la cual resolver su existencia.
Solución alternativa: debería escribirse un final donde hasta el penúltimo acorde no se sospechara la tonalidad de la resolución, ni siquiera de la ruta que conduce a ella, pero que, al igual que los axiomas, nadie dudara de su validez, como si fuera una cuestión de fe.
Llevo cavilando en esto 4 horas, desde que esa periodista desgraciada dijo: "Un año sin María Elena..." No me soporto más, siempre molestándome. Al final no logro nada más que un inmenso cansancio y el dolor de terminar donando mi ego a las musas. Gasto demasiado ego, por suerte siempre queda un restito.
Volviendo al asunto... Como la resolución no debiera durar más de 4 compases, no hay tiempo de hacer ostentosas modulaciones ni excesivas y maliciosas disonancias sin que se enchastre el encuadre ni la comprensión del exiguo texto. Al fin y al cabo, lo que necesita Manuelita es un cirujano plástico, no una conducción razonable de la lógica afinativa.
Ustedes dirán que estoy loca o -por el contrario- que teniendo las cosas tan claras he podido resolver el enigma. Lamento comunicar que NO, para nada. Cuando lo logre, serán los primeros en saber. Y no importa que no hayan entendido la mayor parte... lo importante es el cariño.
La única diferencia ente un loco y yo, es que yo sólo lo parezco.