domingo, 13 de septiembre de 2009

Menta dispersa

A veces la vida se asemeja injustamente a un dibujito animado. El circuito caprichoso que se retroalimenta como una cinta sin fin. Previsible.
El Coyote cae aplastado bajo un yunque colosal que debería aniquilarlo pero, como cabe suponer, tan sólo lo plancha un poquito y en segundos enerva hasta el último pelo para reanudar la obsesiva persecución de su… ¿víctima?
Pobre Coyote. Sufre indeciblemente, paciente y tenaz, incansable en pos de su único objetivo, el trofeo, el bocado más sabroso… ¿el enemigo? ¿un sueño?
Quizá un día le toque ganar y, entonces, nada será igual. Es probable que, tras las mieles del éxito, beba gota a gota el vacío imposible del volver a empezar. Entonces habrá roto el círculo y será libre… ¿libre?

sábado, 12 de septiembre de 2009

Videoclub

-Estaba abierto cuando pasaste, ¿no viste que te hice señas?
-Decía “CERRADO”.
-No me entendiste. Para vos siempre está abierto.
-Psé…
-Bueno, alquilá lo que quieras y te llevás otra película gratis.
-¿Por qué?
-A modo de indemnización… Pero la elijo yo.


Suspenso… Terror… Me tienta Tarantino hasta que recuerdo que en las escenas cruciales siempre termino escondiéndome bajo las sábanas, aunque después espío un poquito y pongo cara de espanto. Sin ir más lejos, el “cirujano” de Hostel me persiguió en sueños varias noches seguidas…
Pero éste no es un videoclub cualquiera. En la trastienda guardan clásicos, rarezas, joyas del comic, cine de culto. Dan ganas de quedarse un rato largo a curiosear.
Descarto las comedias y los romances, “la Dalia” sigue donde la dejé y por un momento siento el impulso de volver a verla, pero entonces encuentro lo que necesito y ya no busco más. “La otra Bolena” promete una interesante incursión en los peligrosos amoríos del rey Enrique. Intriga, historia, traiciones y una pasión desbordante. Muy pero muy apropiado.
Contenta, me paré frente a la caja con la tarjetita de socio y el celular vibrando peligrosamente en el bolsillo del pantalón.

-Ésta te va a gustar. Espero haber elegido bien.
-Esteee… Ah, sí, gracias.

¿”Doctor Zhivago”? ¿Pero qué se creyó este tipo…?
El dueño del video tiene mal carácter o, al menos, siempre lo parece. O quizá es sólo que no sintonizamos. Me encajó la película nomás y no pude decir nada puesto que era un obsequio, pero hubiera preferido un muñequito de Aquaman de esos que guarda detrás del mostrador.

-Que disfrutes las películas.
-Gracias.

Me miró a los ojos, muy serio. Fue sólo un segundo, el tiempo necesario para que las cajas
cambiaran de mano, suficiente para establecer la conexión. Y no sé por qué me paralicé, si no había motivos… No entiendo por qué siempre me pasan estas cosas. Camino a casa ya tejí toda la historia, con escenas en cámara lenta y lágrimas y volcanes de chocolate. ¡No, no y no!
Al final soy un imán de atraer catástrofes…

jueves, 10 de septiembre de 2009

Selección de dichos populares

A los tirones como negra peinando al hijo.

Aburrido como choque de tortugas.

A los saltos como rengo en tiroteo.

Áspero como talón de linyera.

Cortito como patada de chancho.

Desubicado como chupete en el culo.

Firme como rulo de estatua.

Flojo como culo de vieja.

Largo como eructo de jirafa.

Más empujones que mostrador de boliche.

Más hambriento que piojo de peluca.

Más enredado que pelea de pulpos.

Más inútil que teta de monja.

Más ordinario que diente de madera.

Más pesado que collar de sandias.

Más pesado que político en campaña.

Más pesado que sopa de chancho.

Más rápido que escupida de músico.

Más resbaloso que mate de carnicero.

Más seco que lengua de trapo.

Menos gracia que torta sin Royal.

Molesto como mosca de velorio.

Ordinario como canapé de mondongo.

Peligroso como cirujano con hipo.

Perdido como turco en la neblina.

Rellena como alpargata de gordo.

Seguidor como perro de sulky.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Malas compañías

Ayer a la noche un mosquito zumbaba cerca de mi oído, volaba en espiral hasta el techo y se desplomaba en picada una y otra vez. Di tumbos en la cama manoteando el aire, incapaz de atraparlo. Por su culpa, casi me pierdo el glorioso regreso de Micky Vainilla.
Encendí el velador. Nada, como si se lo hubiera tragado la tierra. Era cuestión de apagar la luz y el desgraciado arrancaba a volar incansable de acá para allá, si hasta se le dio por posarse en la pantalla del televisor justo sobre la nariz de Pachano cuando despachaba su célebre frase “No me gustó”.
Harta de provocaciones corrí en busca del Selton, dispuesta a “vaciar el cargador” como si me atacara un ejército de cucarachas acorazadas.
Volví armada y furiosa pero el mosquito había desaparecido. Lo busqué por los rincones, detrás de la cortina, en el techo, en el placard… Ni la sombra.
Volví a la cama con el Selton en la mano. Al cabo de varios minutos, el susodicho seguía sin dar señales de vida. Guardé el insecticida, comprobé por enésima vez que la llave de gas estuviera cerrada y me fui a acostar, no sin antes saborear una buena cucharada de dulce de leche.
Hice zapping hasta pasada la medianoche, maratoneando entre recetas inutilísimas y documentales morbosos sobre la criatura de Metepec, considerando las probabilidades de recurrir a la pastilla puesto que el alcohol sólo me provoca risa y dolor de cabeza.
Hay un espejo frente a la cama. Me gustan los espejos, en ese sentido soy estrictamente narcisista, aunque los amantes del Feng Shui proclamen que es mejor tenerlos lejos pues los espejos en el dormitorio absorben toda la energía sexual. Psé…
Pero cuando miré de cerca el puntito negro en el espejo, resultó que no era un punto sino el mosquito de mis pesadillas. Quietecito en un rincón, no hacía ni mu. Esperé un rato y nada, parecía haber captado el mensaje o tal vez aguardaba el momento del sueño para drenarme sin culpa.
Media hora de vigilia y seguíamos allí. Y me empezó a dar lástima el pobre… Comprendí que al liquidarlo me quedaría sola como indio malo, comprendió que si me atacaba lo hacía boleta. Ambos comprendimos, afortunadamente.
Cuando desperté a la mañana, el mosquito estaba en el mismo lugar. Abrí la ventana y con suaves golpes de viento lo obligué a salir.

-Pero ¿le miraste las patas?
-¿Qué patas?
-¡Nena! El Aedes tiene rayas blancas en las patas.
-¿El qué…?
-¿Pero en qué país vivís? ¡El mosquito del dengue!
-Ufa, qué sé yo… tampoco exageres.
-Sos boluda.

(Esto último es el extracto de la conversación sostenida con mi hermana “la bióloga” que, en circunstancias más felices, hubiera criado una colonia entera de neumococos sólo para presumir de familia numerosa… ¡Celosa! )

viernes, 4 de septiembre de 2009

Mariposa de primavera

Hace rato que lo tengo guardado.
Pensé estrenarlo en primavera y ella estuvo de acuerdo… “Cuando vos quieras”, dijo. No sé si no le gustó el anterior (debo admitir que a mí tampoco) o quizá sólo quería inspirarme la alegría que entonces era incapaz de sentir.
De cualquier modo, aquí está coronando mi bello mundo como una suave y tibia brisa, ni temprano ni tarde, en el momento justo para disfrutarlo como se merece.
¡Encantador! Me gusta porque es fresco, irradia personalidad y color, y lo más importante de todo:
Mariposa lo hizo para mí, pensando en mí, un regalo desinteresado y, por ello, infinitamente más valioso.
Ahora no sé cómo rayos retribuir, lo cual me coloca en un serio aprieto. Habrá que pensar algo… Por lo pronto, aquí estoy mirando embobada la nueva cara joven de QUIEROMENTA. Mejor que un lifting ¡mucho mejor!

Un especial agradecimiento a Mariel que, con su enorme ternura, hace más liviano el peso de mis días grises.

martes, 1 de septiembre de 2009

Superhéroe

Cuando paró de llover ya casi era tarde.
Bajé corriendo. Las llaves que desaparecen en el fondo de la cartera y esta humedad que me va a dejar el pelo como un nido de resortes… Podría ser peor, siempre puede ser peor.
El portero me detiene con una sonrisa de oreja a oreja y ese deseo inoportuno de convertirse en confidente… que cómo estoy, que si las cosas van mejor, que si me quedo o si me voy, y la pregunta elocuente, la misma de siempre… “¿Todo bien?” Pero ¿qué es “todo bien”? ¡¡¿qué carajo es “todo bien”?!!
Este portero me recuerda a otro portero, a todos los porteros, pero en especial a ése que, desafiando las fronteras del caradurismo total, se le daba por acotar a modo de despedida: “¿Listo?” ¡¡¡¿Listo qué, infeliz?!!! ¡La pucha, que raza prescindible estos tipos!
Pisar la vereda me cambia la cara, me despeja, pero sólo por un instante. Enfrente, el saloncito de fiestas infantiles rebalsa de niños ruidosos, globos de colores, cientos de globos, y una canción espantosa que no logro identificar.

Los padres depositan a los pequeños monstruos en esa horrible jaula estereotipada a cambio dos o tres horas de paz, un espejismo de paz más parecido a una tregua, y ya no es como antes cuando los amiguitos venían a casa y jugábamos al baile de las sillas, al huevo podrido o a las carreras de embolsados y mamá hacía la torta con voladitos de papel crepé y mirábamos cortos de Disney en el Superocho de Kiyoshi, el tintorero del barrio (para los vecinos, Adolfo) y, algunas veces, venía el payaso Carlitos con sus piruetas y trucos de magia… Sigo sosteniendo que todo tiempo pasado fue mejor. Definitivamente.
La lluvia dejó la vereda pantanosa, llena de hojas amarillas y charcos de agua sucia. Cuántas hojas… ¿pero es que todavía es otoño en esta cuadra?
¡Aaaaayyyyyyyyyy! Fue el castigo divino, ese que decía mamá… $>@&%)=(@%# que lo remilparió!!!
Las hojas mojadas se deslizan como manteca sobre el pan caliente, una trampa mortal para el desatento que pisa sin mirar… O sea, yo.
Fue una caída en cámara lenta, bochornosa, completamente evitable. En segundos yacía despatarrada en la vereda tratando de determinar el cómo y el por qué, sabiéndome el foco de atención de niños, padres y portero.
Y en eso (lo juro por Dios), como una aparición extraterrenal, pegando unos saltitos de lo más cómicos, salió del estacionamiento de al lado ÉL, mi salvador… ¡el Hombre Araña! Sí, sí, sí. El auténtico. O por lo menos, bastante bien disfrazado aunque algo escaso de musculatura y petiso.
Corrió (saltó) hacia mí que seguía sentada en el piso con la boca abierta, restregándome los ojos sin dar crédito a la escena más bizarra que protagonicé en esta vida. Me ayudó a pararme en medio del griterío infernal de los mocosos que alentaban a su héroe.
Al fin de pié, me sacudí las hojas de la campera y saludé a la concurrencia para dar un poco de credibilidad a todo el asunto. Spiderman dijo algo a través de la máscara. No le entendí pero el acento cordobés me hizo retroceder espantada.

“Gracias, flaco. Menos mal que me salvaste. Ahora andá, que te están esperando”.

Y se fue a la fiestita.
Huí sin volver la vista atrás, ni siquiera le pregunté el truquito de la telaraña ni le arranqué la máscara para espiar. En ese momento pensaba “si lo cuento, no me creen… ¡es de fábula!”. Y sí, a veces creo que mi vida la escribe un loco y yo no soy más que un pobre personaje esclavo de sus caprichos.