viernes, 29 de junio de 2007

Apariencias

Hay hombres que más que esposa necesitan una madre sustituta que los mime, los organice, les ponga límites, cierre los ojos, los escuche sin quejarse y tenga siempre lista la comida, la ropa planchada y la casa en orden. Si además cumple a la perfección el rol de prostituta en la cama, mucho mejor. Aunque con tantísimo trabajo no siempre es fácil mostrarse complaciente. Entonces el macho elige y como le sobra tiempo libre porque no se ocupa de los chicos, la mucama, la casa, la ropa ni la comida puede darse el lujo de meter en su cama a la primera que se le cruza, llámese gato, fato, amante o amiguita.
A cambio de las trampas el marido (si tiene con qué) suele ofrecer una cierta estabilidad económica, procura mantener la discreción en todo momento a fin de no herir los sentimientos de las personas que paradójicamente “lo quieren” de manera incondicional, sabe ser padre ejemplar y un esposo suficientemente atento a pesar de las circunstancias. Porque en definitiva a todos conviene que el mar esté en calma.
Son muchas las esposas que hacen la vista gorda. Saber y callar. Por muchos motivos. Y algunas también encuentran el momento, el lugar y el candidato y saben muy bien cómo guardar las apariencias mientras disfrutan de su añorada libertad. Porque hasta el marido más atorrante puede ser vilmente engañado con total impunidad y eso no quita que llegue de trabajar y la esposa-madre adorada lo espere con su comidita preferida, velas, champán y ganas de un buen polvo antes de dormir.
Como siempre en esta vida… hay para todos los gustos. Lo importante es la fachada.

miércoles, 27 de junio de 2007

Yo me mudo, tú te mudas

Adoro las mudanzas. Me revitalizan. No sufro el stress del cambio, lo disfruto. Será por eso que todos depositan en mí absoluta confianza para hacer y deshacer, limpiar, embalar, seleccionar, acomodar y descartar sin siquiera interrumpirme con comentarios del estilo “¿Querés que te ayude?”. No... qué va. Si a esta altura lo único que me falta es un plumero en el orto y soy la mujer perfecta. De H no puedo decir nada porque sin él esto sería realmente un pandemonium. Se ocupó de las cosas pesadas y fundamentales pero no quiere saber nada con el chiquitaje (que no es tal) y por eso heme aquí rodeada de sellos, montañas de papeles inservibles, publicaciones obsoletas y un sin fin de cajones que parecen no tener fondo. Hasta encontré dos paquetes de galletas de arroz atrás de los biblioratos de impuestos. Esas son las cosas que me sublevan. Y escuchar a lo lejos la risa de la secretaria que asegura ser la dueña legítima de las galletas pero no mueve un dedo por venir a buscarlas. Se las metería en la boca una tras otra hasta que deje de respirar y por la nariz le salgan pedacitos como de telgopor.
El decorador va y viene con muestras de papeles y ganas de contarnos intimidades de su vida privada que a nadie interesan. La alfombra finalmente no será verde menta. Confabulados en mi contra han votado por unanimidad un tono rojizo que no está nada mal y combinará perfectamente con los muebles y el color de las paredes. Pero está escrito que esta vez me quedaré con las ganas. Aunque bien puedo darme otros gustos como renovar la vajilla, comprar un nuevo contestador, armar mi cajita de tés especiales y llenar el balcón de plantas. Mucho verde para compensar la alfombra.
Ayer mientras deambulaba por el súper en busca de lavandinas y plumeros, tu mensaje y una charla larga, cálida, que me transporta por unos instantes lejos de tanta rutina…
-Meri, acordate de comprar el secaplatos y llamar a la piba de las cortinas.
-Sí, mi amor.

martes, 26 de junio de 2007

"Usted es la culpable..."



Salí corriendo sin saber a ciencia cierta hacia dónde ir. Sola en la calle, apretando los puños nerviosa, previendo un mini ataque de pánico mientras maquinaba excusas en total desorden como si no supiera a estas alturas idear una coartada lo suficientemente sustentable para no levantar la perdiz. ¿Por qué no pasa un puto taxi por esta calle de mierda? Al fin… ahí viene uno. Pararlo y subir fue cosa de segundos.
-Buenasss noyesss, señoriiita.
Cagamos. ¿De dónde salió este tipo?
-Buenas. Voy hasta Belgrano y Tacuarí. Retome acá en la esquina y vamos derecho por Tacuarí.
El celular no para de sonar. Es H otra vez. “¿Dónde estás? Te espero.”
Qué manía de esperarme siempre. Se quejaba de mi falta de independencia porque desde que nos mudamos al country estoy que voy y vengo con él a todos lados y ahora que por fin me decidí a soltar la rienda y vivo trepada a la combi, insiste en esperarme, llevarme y traerme para que no viaje sola. No sé de qué tiene miedo. Y yo siento que con este nuevo avance proteccionista se evaporan mis últimos deseos de libertad.
-Ay, señoriiiita… Me passssé. Y ahora no puedo yetomarrrr. Hay que essssperar hasta la próxima yotonda.
-¿Me está cargando? Pero si le dije que doblara en la esquina.
-Disssculpe, usté.
De nuevo el celular. “Estoy subiendo al colectivo. En diez minutos estoy ahí.” Odio mentirle, me odio por no encontrar otra manera de hacer las cosas. “¿Qué colectivo tomaste?” Me pregunto si tal vez se le ocurrirá esperarme en la parada, pero no… no lo creo capaz.
-Ay, señoriiiiita… No me va a creer. ¡Me passsssé ocha vez! Ess que con tanto cháfico que hay…
Siento cómo me sube la tanada, mezcla de impotencia y ansiedad y no encuentro insultos verdaderamente apropiados para gritarle en la cara a este payuca negro del orto que me pasea como a una turista recién bajada del avión.
-Siga hasta 9 de Julio y me deja en la esquina.
-Pero así es muuuuucho para caminar... Doblo, yetomo y la dejo en Tacuarí.
-Déjeme en la esquina.
-Mejor doblo en la ocha cuadra…
-¡ME BAJO EN LA ESQUINA!
-Bueno, dissssculpe, usté.
Otra vez H que estará entrando en crisis. “Ya llegué. Estoy a dos cuadras, voy caminando.” Dos cuadras para bajar un cambio, respirar, contar las baldosas y ser otra vez yo.
-¿Cómo te fue, amor? No llamabas y me preocupé.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…

(Pero qué bien la pasé...)

lunes, 25 de junio de 2007

Once again


¿Por qué todo vuelve a empezar… siempre?

Cuando ya estaba prácticamente camino al archivo de las cosas que es mejor dejar pasar y olvidar cuanto antes, otra aparición en escena con pedidos de perdón “porque me equivoqué, tenés razón en enojarte, pero te necesito, me hace mucho bien estar con vos”. Y yo sigo sin poder “detenerlo” y “detenerme” y todo es tan intenso y lacerante que me quedo sin aire cada vez que escucho su voz en el teléfono.
Nada en mi vida parece tener punto final. Me sorprendo a mí misma riéndome de los muertos resucitados que aparecen cuando menos lo espero. Pero no, no es gracioso. No es como cuando te encontrás con un viejo conocido en la calle y le espetás el clásico “¡Estás igual!” y sabés que probablemente no lo vuelvas a ver y el recuerdo se borra rápido sin dejar marcas. Mis “muertos” son pesos pesados que vuelven para quedarse, hacen nido, se aferran con uñas y dientes y ahí se quedan y no puedo arrancarlos de mí.
Y ahora otra vez… No puedo creer que todo vuelva a cero. Me sabe completamente vulnerable a sus palabras, incapaz de decidir fríamente como cuando me gano el mango todos los días…
Voy para donde quiera llevarme. Y sabe cómo manejar la situación. Juega bien.

viernes, 22 de junio de 2007

El tamaño sí importa

Octubre, 1997.

Cenamos en casa con las chicas, pizzas varias que entraban y salían del microondas porque a fin de cuentas nadie tenía hambre. Sofía no terminaba de decidir su atuendo ultra sexy para el gran encuentro de la noche. Todas quisimos colaborar con algo y ahora el piso del dormitorio se veía tapizado de incontables prendas que la interesada descartaba con un mohín de disgusto luego de pasearse frente al espejo y medirse desde todos los ángulos y posiciones imaginables. “Esta remera me hace muy gorda, ¿no?. Mejor esta otra. No… el color no combina con nada. A ver esos zapatos… ¿Si voy de jean queda demasiado informal? También podría ser esa pollerita… ¡Ay, nada me queda bien!” Y la rutina de probador volvía a empezar una y otra vez. Imposible transitar y menos aún localizar el teléfono que sonaba sin parar bajo la montaña de ropa. Al fin logramos el diseño perfecto para nuestra Cenicienta y rozando la medianoche enfilamos hacia el lugar de los hechos, un coqueto boliche de zona norte tan apropiado para la ocasión.

Sofi : Chicas, ¿y si no viene?
Maga: Si dijo que venía es porque viene. Tomate algo fuerte y callate la boca.
Ceci : ¿Vendrá solo?
Yo: Cuando llegue nosotras desaparecemos, ¿no Sofi?

Menos mal que entre todas bancamos la espera del Elegido que se hacía desear como el As de Espadas… Sofi lo conoció un poco de casualidad a la salida de un teatro. La atracción fue mutua e instantánea, como tantas otras veces con tantos otros elegidos… Pero parece que éste tenía algo especial. Lo describió como una mezcla impensable de Baryshnikov y Gerardo Romano y con su siempre exacerbada imaginación lo pintaba increíblemente seductor, atractivo, simpático, caballero, divertido, maduro y hombre de mundo. Eso sobre todo fue lo que la impactó. Que el tipo en cuestión, como diría mi abuela, era “muy viajado”. Así que allí estábamos expectantes, aguardando la llegada del Príncipe Azul, meta vodka con naranja que ya nos hacía hablar incoherencias y Sofía que de tanto morderse las uñas casi pierde un dedo.

Sofi : No viene… Para mí que se arrepintió.
Yo: Querrá hacerte esperar un poco, onda que estés ansiosa.
Maga: ¿Qué podemos tomar?
Ceci: Maga, ya te tomaste hasta el agua de los floreros.
Yo: Yo quiero el trago color azul que trae ese tipo.
Sofi: ¿Cuál? ¡Chiiiicas! ¡Es él! ¡Es él!
Maga: ¿Dónde, boluda?
Sofi: Shhhh… El del trago azul, ¿lo ves?

Y sí… Atractivo era, sin duda. Sinceramente, el tipo de hombre que llama la atención. Un auténtico dandy, como el de la publicidad.
Sofía se levantó como si tuviera un resorte en el culo. Se saludaron, él muy seguro, ella toda embobada. Tras las presentaciones de rigor vimos a nuestra amiga alejarse de la mano del desconocido en estado de éxtasis contemplativo, como si nada más existiera en este mundo.
Con el sabor dulzón del último trago nos fuimos tambaleando un poco y, haciendo oídos sordos a todo tipo de propuestas indecentes, salimos a respirar aire puro.

Ceci: María, vamos a tu casa y nos hacés unos mates bien ricos, ¿dale?

A poco de comenzar la tertulia y ya casi despejada la borrachera, el timbre sonó con inusitada urgencia. En la puerta estaba Sofía deshaciéndose en lágrimas, al borde de la histeria, la remera puesta del revés y el pelo desastroso.

Yo: ¡¿Qué pasó?! ¿Qué te hizo?
Ceci: ¿Te pegó?
Maga: ¡Hablá, por Dios! ¿Qué te pasó?

Y entre balbuceos ininteligibles dijo al fin: “¡El hijo de re mil puta la tiene así!” Y con los dedos pulgar e índice marcaba unos insignificantes tres centímetros… Al principio no entendimos. El estado deplorable de Sofía inspiraba compasión y sólo atinamos a consolarla pensando que tal vez había perdido momentáneamente la razón. Pero ella seguía obsesionada con el gestito y ya empezaba a vociferar cuando al fin Maga no aguantó más y soltó tremenda carcajada.

Maga: ¡Juajuajuaaaaa! ¡No te puedo creer, boluda! ¡El hombre perfecto y resulta que tiene la pija del tamaño de un maní! ¡Juajuajuaaaaaaa!
Sofi: ¿De qué te reís, pelotuda? ¿Cómo me iba a imaginar algo así?
Ceci: Pero claro, tendría que haberte avisado… ¿Tan chiquita la tiene?
Maga: ¡Juajuajuaaaaaa!
Yo: ¿Y vos que hiciste?
Sofi: Pero ¿qué quieren que haga? ¡¿Quedarme a esperar un milagro y que le crezca de golpe?! ¡Me vestí y me fui a la mierda!

Pobre Sofi. Tanta ilusión barrida de un plumazo… El Elegido debió quedar pasmado, lo suficientemente avergonzado para desear que lo entierren vivo y que a Sofía la pise el primer colectivo a la vuelta de la esquina o le caiga un piano en la cabeza o se pierda para siempre en una boca de tormenta.

Ceci: Sofi, me parece que actuaste mal. Al menos por lástima te hubieras quedado un ratito. Podrías haber hecho algún intento…
Yo: La verdad… Así no se comporta una dama.
Maga: Mirá si “Pijacorta” se suicida por tu culpa…
Sofi: ¡Basta! ¡Están todas locas!

Y Colorín Colorado…
El tamaño realmente importa.
¿Vale la pena preguntar antes? ¿O tal vez tantear un poquitín?
A fin de cuentas, nadie es perfecto.
Anyway, como yo siempre digo… “Si te gusta el durazno, bancate la pelusa”.

miércoles, 20 de junio de 2007

QUIERO...



Quiero ser lampiña.
Quiero tener las lolas de Pamela Anderson.
Quiero bailar en el caño y que me pongan plata en la bombacha.
Quiero dormir toda una noche completa sin pastillas.
Quiero vivir sola otra vez.
Quiero comer sin límites y no engordar.
Quiero incendiar la casa de Gran Hermano y escupir a Nino Dolce.
Quiero ser una mantenida y no trabajar más.
Quiero manejar una Ferrari por la 9 de Julio vacía un lunes al mediodía.
Quiero vacaciones en Tahití.
Quiero la lámpara de Aladino y el anillo mágico para volverme invisible.
Quiero ser tapa de Gente.
Quiero no enfermar jamás.
Quiero cantar con Pavarotti.
Quiero ser la esposa de un político, narcotraficante o cirujano plástico.
Quiero coger sin culpas y ser más puta que Nazarena.
Quiero viajar en el tiempo.
Quiero ser Paris Hilton.
Quiero tener un "hado padrino" que se parezca a Brad Pitt.
Quiero ser hombre por un día.
Quiero almorzar con Mirtha Legrand.
Quiero caminar por la alfombra roja vestida por Dolce & Gabanna.
Quiero entrar al vestuario de Boca a festejar cuando salen campeones.
Quiero ir al casino y ganar, ganar, ganar.
Quiero ser la Mujer Maravilla.

martes, 19 de junio de 2007

Contratos y palabras



Cuántas negociaciones frustradas… Incluida la estafa moral del hijo de p… que planeaba alquilarnos la oficina del piso 15 pero se empacó en arreglarla a su gusto y más tarde descubrió que había invertido “demasiado” en los escasos y poco luminosos 45 metros cuadrados y entonces decidió sin previo aviso aumentar el costo del alquiler con requisitos extra que nos tomaron por sorpresa y obligaron a buscar la “pastilla de los nervios” para después darnos el gusto de mandarlo con total merecimiento a la reconcha de la lora a dos días de la firma del contrato… Tipos como éste, indecisos y mal nacidos, mejor perderlos que encontrarlos.
Ni hablar de los dueños de la actual oficina, a decir de muchos “gente bien”, herederos de una anciana multimillonaria que se arrancaban los ojos al pie del cajón pugnando por las migajas de una cuantiosa fortuna que nadie sabe a ciencia cierta a cuánto ascendía. En medio de innumerables propiedades, campos, cabezas de ganado, títulos y vaya uno a saber qué más… nuestra humilde pero coqueta oficina resultó ser un bien altamente codiciado, a punto tal de desatar cruentas batallas familiares que nos ponían en la mira de apoderados, sobrinos y nietos de…, que a toda costa amenazaban con desalojarnos para repartirse este bocato di cardinale. Menos mal que H se puso firme y espetó: “De acá no nos mueve nadie hasta que finalice el contrato”. Y les cerró la puerta en las narices. Habráse visto tamaño atrevimiento.
Pero como “no hay mal que por bien no venga”, después de tantas idas y vueltas, aquí estamos firmando el contrato de locación de la nueva oficina, esa que tiene balcón terraza y una privilegiada vista al río en pleno corazón de San Telmo. Claro que hay que hacer algunos “arreglitos” previos, algo así como alfombrar, pintar, empapelar y otras cosas menores. Nos va a salir más caro que un hijo bobo pero bue… Todo cuesta en esta vida. Lo que nos sorprendió fue la confianza del dueño que hace unos días, como buen hombre de campo, dijo sin rodeos: “¿De qué sirven los contratos si no se hace honor a la palabra?" Acto seguido, nos entregó la llave para hacer y deshacer a nuestro gusto. Y aquí estamos... firmando, evaluando presupuestos y eligiendo el color de alfombra que a mi gusto debe tener un matiz verde menta.
A ver si arrancamos la segunda mitad del año descorchando un champán en el balcón terraza. Y “¡que sea con salud!” como decía mi abuelo.

domingo, 17 de junio de 2007

Why it took so long...

Me gustan los secretos. Me gustan mucho los secretos.

Si te hace falta quien te trate con amor,
Si no tenés a quien brindar tu corazón,
Si todo vuelve cuando más lo precisás...
Nos veremos otra vez.

- Me había olvidado cómo era…
- ¿Qué cosa?
- Vos y yo… así.

viernes, 15 de junio de 2007

Todo en su lugar

Hoy estoy de buen humor.

Será porque salió el sol y no hay niebla. O tal vez porque la fuga final del Dixit Dominus que hace días me tiene a maltraer, por fin empieza a vislumbrarse clara y precisa. Quizás por la clase de tango de ayer, tangos viejos de bandoneón quejumbroso para bailar a ras del piso. O porque la casa está limpia y en el aire flota ese aroma a vainilla que me embriaga…

Poco a poco todo tiende a acomodarse.
Y sonrío, aunque estés tan lejos.

martes, 12 de junio de 2007

Recreos y chichones

En los colegios de señoritas también corre sangre. Si no, pregúntenle a Jorgelina cuando me vio estrellada contra una columna del patio, la frente partida al medio tiñéndose de rojo y ella, siempre tan valiente y superada, despatarrada en el piso con esa palidez espectral y la Hna. Salvación tratando de resucitarla. Todo ocurrió en segundos. Jugábamos a una mancha nueva, recién inventada, fresquita… y en el fragor de la carrera me estampé de lleno contra la columna sin verla ni presentirla. De golpe el mundo se volvió oscuro y perdí noción de tiempo y espacio. Llamaron una ambulancia y mis padres acudieron asustados previendo una desgracia mayor. A fin de cuentas no fue tan grave, sólo me desangré parcialmente y horas más tarde mi cara exhibía los moretones del caso. También se me partió el labio que después se hinchó del tamaño de una morcilla. Pero eso no fue lo peor. Al día siguiente tomábamos la Primera Comunión y yo estaba completamente desfigurada. Cuando se aseguró de que el accidente no me había dejado hemipléjica, ciega o tarada mental, mamá estalló de bronca, producto de la tensión y el susto, y dijo cosas horribles que nunca podré olvidar. “¡Me vas a matar de un disgusto!”, repetía sin cesar. Porque claro, no era esta la primera vez. El fotógrafo no encontraba ángulo que me favoreciera ni lograra atenuar los bultos violáceos de mi frente. Mamá se retorcía las manos de los nervios y yo me mordía el labio intentando no aparecer en las fotos como la reencarnación femenina de Gatica en décimo round.
Cuando el triste episodio pasó a la historia y ya algo más crecidas optamos por jugar al "quemado" en los recreos, ligué un pelotazo tal en la oreja que el aro se me incrustó como una lanza detrás de la mandíbula. El dolor me paralizó. Porque no puede decirse que Paula fuera precisamente una señorita y sus pelotazos eran bólidos de esos que conviene esquivar o resignarse y sufrir sin patalear. Alguien, no recuerdo bien, me amputó el aro con palabras tranquilizadoras que me devolvieron a la realidad. “No, no te perforó ninguna arteria. Vas a vivir”. Y al día siguiente volvía a la carga, con fuerzas renovadas, a retribuir pelotazos.
Rodar por las escaleras era otro de mis pasatiempos favoritos, con o sin mochila lo mismo daba. A Florencia le gustaba colgarse de los pasamanos del micro a ver quién aguantaba más y si la velocidad nos hacía volar al punto de estirarnos los brazos como si de un potro se tratara, tanto mejor, más emocionante aún. Destrezas tales que nos han puesto en peligro tantas veces… La de retos y castigos que me comí. Algunos ya venían de rebote pero siempre, de alguna manera, eran bien merecidos.

lunes, 11 de junio de 2007

Echoes

And no one sings me lullabies
And no one makes me close my eyes
And so I throw the windows wide
And call to you across the sky



Insomnio.
Desde niña. Desde muy niña…
Cuando pasaba horas mirando los rayitos de luz que se filtraban por las rendijas de la persiana dibujando diamantes sobre la pared. Contaba hasta cien y volvía a empezar, de atrás para adelante, de tres en tres y hasta quinientos ida y vuelta. Hasta que el cansancio me sumía dulcemente en esa nube tibia de sueños que muchas veces deseé fuera real. Sueños de hadas, princesas y conejos suavecitos.
Cuando el vértigo del juego invitaba a desafiar la orden perentoria “¡A dormir que es tarde!” y la hora de cerrar los ojos se dilataba más de la cuenta entre susurros nerviosos y risas contenidas.
Cuando lloraba en silencio las primeras penas de amor y todo era tan amargo y vacío y pensaba que “nunca más…”
Cuando fantaseaba bajo el roce de las sábanas, la piel desnuda y levemente húmeda, el pelo muy largo sobre la almohada, sedienta de caricias, que me besaras y mordieras y dormirme en tus brazos tan fuertes y posesivos. Fantasías de sexo impúdico, extremo. Y tu cuerpo sin rostro sobre el mío, cálido, demandante. Yo siempre necesitando más… y vos queriéndolo todo.
Es madrugada. Ya nada me ayudará a dormir.

viernes, 8 de junio de 2007

Mi castigo



Hoy es día de Contabilidad y cierre de mes. Me “hirrrve” la cabeza.
Para variar, la caja da negativo. Y… no cabe esperar milagros con H dilapidando el patrimonio neto en celulares con cámara, Ipods y fiestitas de cumpleaños para las hijas.
Menos mal que quien suscribe controla, administra y encanuta. Si no, nos comen los piojos.
Es en estos días cuando las palabras sabias de mi tío no me dejan dormir: “El ahorro es la base de la economía familiar…”
Sumo, resto, acá falta plata… Al final no sé qué es peor, descubrir que el balance no balancea o quemarse el cerebro intentando que el dibujo parezca creíble. Porque para los socios me convierto en Picasso. “Ojos que no ven…” Y aquí no ha pasado nada.
El contador… agradecido.

miércoles, 6 de junio de 2007

DE MI

Algo está sucediendo
Y tiene que ver conmigo

Trato de comprenderlo
Estoy comprometido.


Es lindo caminar sin rumbo, aspirando hondo para limpiar el alma.
Buenos Aires me sabe a café, pizza y humo de cigarrillo.
Tengo la cabeza vacía. Ni fantasías afloran hoy.

martes, 5 de junio de 2007

Contando moneditas

En una lata de duraznos reciclada con diseños de la Sirenita, herméticamente sellada a prueba de desfalcos, guarda la hija menor de mi marido las monedas de un peso que el padre le regala semanalmente a modo de ahorro forzado con el único objetivo de pagar la fiesta de cumpleaños en el salón que Daughter2 elige para la ocasión. A razón de un peso por día tenemos trescientos sesenta y cinco pesos al año, las eventuales contribuciones de la abuela sumarán otros cincuenta pesos y con los vueltos varios que logra acumular la afortunada, sin perjuicio de mensualidades y demás ingresos que pasan a engrosar su tesoro particular, el saldo total al momento de la ceremoniosa apertura suele rondar los quinientos pesos. El acuerdo es el siguiente: si el monto recaudado no alcanza para pagar el salón, papá pone lo que falta; pero si el ahorro supera el costo de la fiesta, la diferencia va a parar al bolsillo lleno de cocodrilos de la hermana mayor. De este modo H siempre termina pagando la fiestita cueste lo que cueste, al contado o en cómodas cuotas de siete monedas de un peso a la semana.
Sin embargo el año pasado, a último momento, la madre castigó a Daughter2 por las bajas notas en el boletín anunciando que no habría fiesta de cumpleaños, ni torta, ni regalos. La noticia fue dolorosa para H que no pudo más que plegarse a la voluntad de la ex reconociendo que era ésta la única manera de poner corte a los aires de duquesa de la hija que no toca un libro ni por equivocación pero anda de acá para allá con sus caprichos a la orden del día.
Este año, a pesar de que las notas siguen en picada, se ha decidido por decreto familiar dónde y cuándo tendrá lugar el evento impostergable. Como Daughter2 no se anda con chiquitas es probable que el contenido de la alcancía, que por lo que pude apreciar está prácticamente a tope, no resulte suficiente y deban acudir a las arcas paternas para solventar la diferencia. No me extrañaría…
Ya vi varias bolsas con regalos de la abuela y la tía que, pese a no haber sido invitadas a la fiestita, creen que Daughter2 se emocionará de dicha y desesperará por agradecer las atenciones. Pobres ilusas…
Lo que no vi todavía y me intriga por demás es el regalo de papá. Sin mencionar que la alcancía permanece aún herméticamente cerrada, pesada como collar de bulones, y para el evento faltan sólo cuatro días…

lunes, 4 de junio de 2007

Los candidatos

Cuando tenía más o menos nueve años me enamoré perdidamente de Roberto, el hermano menor de mi primer maestro de música. Mi hermana tomaba clases de piano con la mamá de Roberto, de modo que juntas íbamos a su casa dos o tres veces por semana, yo con mi guitarra y ella con sus polvorientos libros de técnica y digitación.
Roberto era unos meses mayor que yo. Rubio, flaquito, travieso. Me acuerdo como si fuera hoy de su campera azul con una franja roja y otra blanca en la espalda. En los ratos libres me enseñaba a jugar al ajedrez y a veces corríamos carreras en la vereda de enfrente. El corazón me latía a toda velocidad cuando escuchaba su voz: “¡Maaaa… me voy jugar a la pelotaaaa!” Se puede decir que crecimos juntos… o más bien nos vimos crecer. Yo soñaba escapadas románticas con mi “Tom Sawyer” de carne y hueso mientras él sólo pensaba en vagabundear con los amigos. Con Santiago especialmente, ese petiso insufrible que se interponía entre nosotros quebrantando la magia que en realidad sólo anidaba en mi cabeza. Hasta que un día fuimos adolescentes y empezamos a mirarnos con curiosidad. Roberto se volvió muy atractivo con los años, pero lo que ganó en apariencia lo perdió en inteligencia. Fue tan decepcionante... Como esa vez que quiso besarme a la fuerza en el club, tal vez para consolarme porque perdí jugando al tenis, y yo le encajé un cachetazo tal que la mano se me hinchó como una empanada. Nunca más volvimos a hablar. Y nadie más habló del asunto.

Más tarde apareció Leandro, el vecino del primer piso. Una amiga suya llamó a casa para preguntar “si yo quería salir con él”. Y como no supe qué decir, corté. Al rato llamó el interesado. Mamá escuchaba desde la cocina, aguzando el oído. Yo contestaba con monosílabos. No puedo recordar de qué manera quedó establecido que éramos novios. Lo curioso es que nunca pero nunca nos dimos un beso, ni siquiera nos rozamos. Lo nuestro era una relación telefónica. Leandro llamaba todos los días, de lunes a viernes a las tres de la tarde en punto. Yo corría a atender el teléfono y daba rienda suelta a mi ritual monosilábico durante escasos minutos mientras mamá intentaba dilucidar el intríngulis. La cosa duró poco más de un mes hasta que un día Leandro me dijo que no quería salir más conmigo. Me deprimí como si de un divorcio se tratara. Y fue peor cuando al día siguiente lo vi besándose descaradamente con una chica justo enfrente del edificio como si quisiera echarme en cara lo que conmigo no pudo hacer. Afortunadamente lo olvidé pronto.

Con Fernando tampoco funcionó. Era monaguillo y eso fomentó mi repentina vocación religiosa para sorpresa de mis padres que no alcanzaban a comprender esa imperiosa necesidad de ir a misa a cada rato. Pero su indiferencia de adolescente abúlico apagó rápidamente las tímidas fantasías que supe albergar.

Un poco tarde logré darme cuenta que Alejandro era sólo un tipo atractivo, mucho músculo y el cerebro del tamaño de un garbanzo. Pero sólo verlo me producía temblores incontrolables y la incapacidad de articular palabra. Le prestaba todos mis apuntes. Inclusive llegué a hacer exámenes completos por él sin obtener nada a cambio. Nada. Al fin me cayó la manzana en la cabeza y pude verlo tal como era: el rey de los pelotudos. Dios, cuánto tiempo perdido...

Federico era distinto. Profesional independiente, unos años mayor que yo, divertido, inteligente. Lástima que fuera tan indeciso. O tenía las cosas muy claras y no se animaba a decirlo o era un perfecto mamerto de la calidad de uno que yo sé y prefiero no volver a nombrar. Después de muchas idas y vueltas, algún beso a escondidas y promesas que quedarían en el olvido, dijo al pasar que “tenía novia”. Y adiós Pampa mía. Se desmoronó mi ilusión como un castillo de naipes.

Mariano barrió con todos los demás, de un saque. Y lo adoré por eso. Éramos inseparables, como pan con manteca. Pero su peor defecto era esa manía de desaparecer por períodos indeterminados y volver como si nada hubiera pasado, con sonrisa de oreja a oreja y a mí me daban ganas de sacudirlo y gritarle que me hacía sufrir. Una vez me dijo: “Sos mucho para mí”. Y entonces me quedé sola otra vez, con más dudas que antes y miedo de volver a empezar.

¿Cómo puede ser que a mí me toquen todos? ¿Ven que tengo un imán? ¿Ven..?
No… obviamente el problema soy YO.

domingo, 3 de junio de 2007

viernes, 1 de junio de 2007

"Super" placeres

H: ¿Por qué no comprás por Internet?
M:
Porque NECESITO estar en el lugar de los hechos. Es cuestión de ver, revolver, palpar, descubrir ofertas y cosas novedosas. Por eso.


Y sola… siempre sola cuando del hipermercado se trata, camino con mi sonrisa resplandeciente hacia la interminable hilera de carritos. Elijo el más veloz, el compañero silencioso que rodará con mis adquisiciones de aquí para allá y, silbando bajito, arremeto contra las puertas automáticas que me dan la bienvenida al mágico mundo de las góndolas. Respiro hondo y ¡allá voy! Ahhhh…
Como una exhalación atravieso la sección “bazar” refrenando las ganas de llevarme todas aquellas cosas bonitas que tanto me tientan y que probablemente quedarán dormidas en algún cajón esperando la ocasión de demostrar que para algo sirven. No debo, no puedo… distraerme. Primero las cosas importantes. A ver la lista…
Despacio pero con convicción de experta deambulo entre Coca Colas, aceites, fideos y dulces de fruta manoteando todo lo que encuentro al paso. Mi nivel de concentración se maximiza en la perfumería. Podría permanecer horas leyendo envases de cremas para peinar, hidratantes, sales de baño y demás maravillas de la cosmética. El carrito está a reventar pero siempre hay lugar para un nuevo limpiavidrios, unas velitas de noche o tal vez aquella coqueta cortina de baño. Dudo… podría dar una vuelta más, a ver si me olvidé de algo…

H: Meri… hace más de una hora que te estoy esperando. ¿¿Se puede saber dónde estás??
M: ¡Ya salgooo! Voy camino a la caja. Mirá qué rápido que voy, mirame... ¡iuuuuhuuuu!

Y mientras el santo de mi marido ayuda a embolsar la montaña de productos que oscila sobre la cinta, saco la tarjeta y horrorizada escucho el total de la compra… Pero ya está. No hay marcha atrás. Firmo, enrollo el ticket y me voy contenta y cansada con mi carrito cargado hasta la manija.

M: Esteeee, amor…. Mientras vos llevás todo a la camioneta voy un ratito a ver esas carteras tan lindas que hay ahí. Enseguida te alcanzo.
H: Grrrr...