Era la noche de las ofrendas a Iemanyá.
Aunque no sea la fecha en que se celebra a la divinidad, el último sábado de cada mes un grupo de fieles organiza una pequeña ceremonia con objeto de interesar a los turistas y hacerlos partícipes de este rito milenario.
Me vestí de blanco y bailé axé haciendo tintinear mi collar de cuentas de colores, como indica la tradición. Hacia la medianoche salimos en procesión, al ritmo retumbante del batá, algunas mujeres cantaban en un idioma extraño de dulce sonoridad.
Prendimos velas en la playa, muchas, muchísimas velas. Y entramos al mar portando mensajes, flores y presentes. Después nos retiramos respetuosamente.
Dicen que el mar se lleva consigo las flores y regalos que agradan a la diosa que, a cambio, cumple los deseos de nuestro corazón. Pero si a la mañana siguiente, sobre la arena mojada, aparecen los obsequios quiere decir que éstos no han agradado a Iemanyá y el mar los arroja de sí.
Me levanté temprano, al despuntar el sol. La playa estaba regada de tesoros... brazaletes, flores, collares... Busqué y rebusqué a lo largo de un kilómetro pero ni rastro de mi collar de cuentas. ¿Será que a Iemanyá le gustó y se lo quedó? Entonces habrá visto mi mensaje... ¿Cómo estar segura? ¿Y si el mensaje se perdió? No, no es posible...
Sólo resta esperar. Tal vez algún día deba volver provista de velas y flores para agradecer a Iemanyá... Ojalá.
Aunque no sea la fecha en que se celebra a la divinidad, el último sábado de cada mes un grupo de fieles organiza una pequeña ceremonia con objeto de interesar a los turistas y hacerlos partícipes de este rito milenario.
Me vestí de blanco y bailé axé haciendo tintinear mi collar de cuentas de colores, como indica la tradición. Hacia la medianoche salimos en procesión, al ritmo retumbante del batá, algunas mujeres cantaban en un idioma extraño de dulce sonoridad.

Prendimos velas en la playa, muchas, muchísimas velas. Y entramos al mar portando mensajes, flores y presentes. Después nos retiramos respetuosamente.
Dicen que el mar se lleva consigo las flores y regalos que agradan a la diosa que, a cambio, cumple los deseos de nuestro corazón. Pero si a la mañana siguiente, sobre la arena mojada, aparecen los obsequios quiere decir que éstos no han agradado a Iemanyá y el mar los arroja de sí.
Me levanté temprano, al despuntar el sol. La playa estaba regada de tesoros... brazaletes, flores, collares... Busqué y rebusqué a lo largo de un kilómetro pero ni rastro de mi collar de cuentas. ¿Será que a Iemanyá le gustó y se lo quedó? Entonces habrá visto mi mensaje... ¿Cómo estar segura? ¿Y si el mensaje se perdió? No, no es posible...
Sólo resta esperar. Tal vez algún día deba volver provista de velas y flores para agradecer a Iemanyá... Ojalá.