viernes, 29 de febrero de 2008

Sem açúcar

Promediando la madrugada despachamos las valijas, saludamos al empleado de la línea aérea, un morenazo feísimo dueño de la cabeza mais grande do mundo, y tomamos el último café mientras decidíamos qué regalarle al vecino de enfrente que se ocupó pacientemente de alimentar a la gata toda la semana. Optamos por una botella de la mejor Cachaca y de paso sucumbí ante el deseo irresistible de unas crocantes castañas de cajú “para comer en el viaje”.
Dormí en el avión, de a ratos y cabeceando, pero dormí. Bajamos en Sao Paulo. Era temprano y había poca gente y, no sé por qué, me da mala espina cuando todo marcha tan sospechosamente bien.
Subimos, bajamos, volvimos a subir y me saqué todo el oropel de encima para pasar por la máquina de rayos X rumbo a la tierra prometida de los perfumes caros.

-Senhora, eu tenho que checar sua bolsa.

La gorda anteojuda de Migraciones quiere ver qué llevo en la cartera. Y también pidió ver la mochila de H y mi bolso de mano, el Farmacity ambulante donde llevo TODO, absolutamente todo aquello de lo que no puedo prescindir, desde la crema para el “lacio increíble” hasta el ablandador de cutícula.
De repente el cielo se nubló y cayó sobre mi cabeza. La gorda empezó a desarmar el bolsito urgando entre bronceadores y toallitas femeninas, repitiendo sin cesar que no podíamos embarcar nada de lo que llevábamos porque estaba “prohibido”. ¿Prohibido qué? ¿Por quién? ¿Ahora me lo decís, después que vengo acarreando el bolso por medio continente? ¿Será que el gel del pelo puede explotar? Y fue entonces cuando, sin siquiera escucharnos, metió su asqueroso dedo grasiento en mi hidratante Estee Lauder, esa que me costó un huevo y medio y era mi tesoro, mi objeto de deseo, mi maravillosa crema mágica.
Mis gritos alertaron a toda la fila de pasajeros. H intentaba calmarme y explicar pero yo no entendía de argumentos ni reglamentaciones ni nada. Legislación mal interpretada, abuso de poder... ¡No lo puedo tolerar!
La marimacho impresentable, resentida, malcogida, había puesto sus sucias manos en mi crema y ahora rompía el celofán de los perfumes sin miramientos de ningún tipo. Se los arranqué de un tirón y metí todo dentro del bolso. Vino personal de seguridad y una supervisora que, con amabilidad que supe apreciar, dijo que podíamos despachar todo junto con las valijas pero no era posible transportar el bolso y la Cachaca en la cabina.
Hecha una furia, puteando fuerte contra Lula y los macacos de Migraciones, corrí al mostrador de la aerolínea y me abrí paso entre cientos de pasajeros con problemas. H se ocupó de cerrar el bolsito con candado e identificarlo, el empleado nos ayudó a armar un envoltorio más o menos seguro y así lo vimos desaparecer en la cinta de los equipajes.

Subimos al avión casi sin aliento, como “Mi pobre angelito”. Las valijas llegaron bien pero el bolso y la botella parecían haberse esfumado. Esperamos el siguiente vuelo y el otro, pero ni rastro... Hice el reclamo y en vano espero que aparezca.
Conchuda del orto... Vas a ver... Ya empecé a clavar los alfileres. Sólo espero que no puedas despegarte de la máquina de rayos en lo que te queda de vida. Y que te sigan puteando por infeliz. Por los siglos de los siglos. Amén.

Vou deixar pra amanhã

Um pequenino grão de areia
Que era um eterno sonhador
Olhando o céu viu uma estrela
Imaginou coisas de amor
Passaram anos, muitos anos
Ela no céu, ele no mar
Dizem que nunca o pobrezinho
Pode com ela se encontrar
Se houve ou se não houve

Alguma coisa entre eles dois
Ninguém soube até hoje explicar
O que há de verdade
É que depois, muito depois
Apareceu a estrela do mar

Es el último día.
Bailé axé, caminé sobre la arena blanda y húmeda, comí toneladas de abacaxí, nadé en los corales, Iemanyá aceptó mi obsequio y mi piel tiene el color que me encanta. ¿Qué más puedo pedir?
Hubiera sido perfecto con vos. Quizá algún día... amanhá.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Paseo pola praia

La marea baja alrededor de las diez de la mañana.
Durante casi dos horas se puede ver una extensión de arena que se adentra en el mar a modo de sendero, uniendo la costa con la barrera de corales, allá cerca del horizonte.
Los lugareños organizan excursiones en Boogie, más o menos dos horas de paseo por las playas más hermosas de la región y la visita obligada a las piscinas naturales, donde los corales encabezan la vida de un ecosistema pacífico y colorido, el perfecto hábitat de Nemo.

-Vamos en el Boogie rosa.
-Ni en pedo. En el azul... si no, caminando.
-En el rosa.
-No.

Fuimos en el azul con un morocho simpático, de nombre “Masculino”, que me dejó manejar unos diez segundos con el corazón en la boca pensando que le hundía el Boogie en el mar.
Nadamos con los pececitos, juntamos corales y caracoles de vistosos colores y... ¡cangrejos! H muere por los cangrejos, lo intrigan, lo seducen... Se le pianta un lagrimón cuando evoca el recuerdo de Ladislao, el cangrejo asesino que habita nuestra pequeña pecera y tal parece que quisiera encontarle un amigo... o amiga.

Sobre la playa habían dejado abandonada una red de pesca. Estaba rota en varios lugares y cangrejos de tamaño respetable habían quedado enganchados sin remedio, intentando seguramente robar el producto de la pesca nocturna.
H los desprendió cuidadosamente. Estaban muertos.
Más adelante vimos nuevos ejemplares que escapaban con velocidad insospechada hacia las cuevas que ellos mismos cavan en la arena. Los perseguimos, sin querer los asustamos y H se dio el gusto de agarrarlos con la mano. No sé por qué hace estas cosas...
De regreso, el Boogie rosa pasó veloz delante de mis narices. Le hicimos señas, Masculino atronó el aire con la bocina y el conductor frenó. No pude pasear por la playa de mis sueños en el Boogie rosa de Penélope Glamour, pero al menos lo voy a dejar documentado. Le pese a quien le pese.

lunes, 25 de febrero de 2008

Só pra te mostrar

Peor que la apariencia tenebrosa del hotel que a esta altura ya me inspira un cariño maternal, es que con el correr de los días se ha ido poblando de los especímenes que uno quisiera mantener a distancia considerable, especialmente si se trata de descansar y disfrutar unas cortas pero felices vacaciones.
Hundir los talones en la arena dorada, caipirinha en mano, mientras el sol del atardecer acaricia la piel, es lo que yo llamo “tocar el cielo con las manos”. Excepto si como música de fondo escuchás la perorata recalcitrante de un grupo de cordobeses amantes del cuarteto y los chistes pedorros que se han empeñado en destruír la paz y dejan que sus críos corran de un lado a otro, tirándose “bomba” a la pileta y mojando a todo el mundo, gritando (con acento cordobés, claro), tirando restos de comida en el jardín y amedrentando al pobre gato que ya no quiere ni asomar la nariz.
Lleno de argentinos... ¡Y mayoría de cordobeses! Es evidente que no puede ocurrirme nada peor, sólo espero que se vayan pronto.
El show de los personajes es infinito, se renueva con la llegada de nuevos turistas, es variado, colorido, gracioso aunque poco edificante.
La rubia alta con anteojos oscuros enormes es un calco de la “madre de Rodrigo”. Habla como lorito con las amigas sin siquiera reparar en que su hijo adolescente, un mocoso desgarbado de piel blancuzca, pelirrojo, la mirada torva que obliga a desconfiar, ¡se está masturbando en la pileta! Sí, a la vista de todos y no le importa.
Le mira el culo al clon de Marixa Balli, una cuarentona bastante devaluada que se pasea en diminuto colaless haciendo bailar sus pompas gelatinosas como si fuera la reina del Bikini Open. Atrae todas las miradas porque es llamativa. La mira el barman, el viejo del tatuaje, las mujeres envidiosas y las que permanentemente buscan comparación...

Pero el que más la miraba era el “pastor Giménez”. Un polizón, pero de los buenos.
Llegó caminando por la orilla del mar, cada tanto se detenía a intercambiar un saludo, un comentario con algún turista desprevenido. Al final terminaba reconociendo que no era “de acá”, ni siquiera se hospedaba en el hotel, pero tras media hora de discurso apocalíptico y muchos “¡Aleluya, gloria a Dios!” se metía en la pileta y quedaba literalmente adherido a la barra desabasteciendo las bodegas. Al anochecer lo veíamos alejarse despacio, inclinado hacia un lado, tarareando algún cántico religioso. Al final los cordobeses lo bardearon mal y el tipo no volvió nunca más. Era un loco lindo.
Lo mejor eran las clases de gimnasia acuática con el personal trainer a quien bautizamos “Nelson”, por su increíble parecido con el enano de Susana. Y después de la clase, el show de Cuestión de Peso al ritmo del axé.
Para todos los gustos.

domingo, 24 de febrero de 2008

Iemanyá

Era la noche de las ofrendas a Iemanyá.
Aunque no sea la fecha en que se celebra a la divinidad, el último sábado de cada mes un grupo de fieles organiza una pequeña ceremonia con objeto de interesar a los turistas y hacerlos partícipes de este rito milenario.
Me vestí de blanco y bailé axé haciendo tintinear mi collar de cuentas de colores, como indica la tradición. Hacia la medianoche salimos en procesión, al ritmo retumbante del batá, algunas mujeres cantaban en un idioma extraño de dulce sonoridad.
Prendimos velas en la playa, muchas, muchísimas velas. Y entramos al mar portando mensajes, flores y presentes. Después nos retiramos
respetuosamente.
Dicen que el mar se lleva consigo las flores y regalos que agradan a la diosa que, a cambio, cumple los deseos de nuestro corazón. Pero si a la mañana siguiente, sobre la arena mojada, aparecen los obsequios quiere decir que éstos no han agradado a Iemanyá y el mar los arroja de sí.
Me levanté temprano, al despuntar el sol. La playa estaba regada de tesoros... brazaletes, flores, collares... Busqué y rebusqué a lo largo de un kilómetro pero ni rastro de mi collar de cuentas. ¿Será que a Iemanyá le gustó y se lo quedó? Entonces habrá visto mi mensaje... ¿Cómo estar segura? ¿Y si el mensaje se perdió? No, no es posible...
Sólo resta esperar. Tal vez algún día deba volver provista de velas y flores para agradecer a Iemanyá...
Ojalá.

viernes, 22 de febrero de 2008

Salve a Natureza

En las playas del norte, el sol sale a las cuatro de la mañana.
Es maravilloso despertar respirando la brisa del mar, el viento suave oscilando entre las ramas de las palmeras... Hasta la habitación del horror se veía casi acogedora.
Café da amanhá con tostadas crujientes, dulce de mango, suco de abacaxí y un omelette lleno de colesterol que jamás comería en circunstancias normales. Todo se ve mejor con el estómago feliz.
Y si después bajás a la playa y ves el color turquesa de un mar impecable, calmo, amplio, el paisaje soñado, perfecto...

Ahhhhh... Entonces no importa si el hotel es viejo y está sucio, si la habitación es pequeña y tenés que contorsionarte en la ducha y te golpeás una y mil veces la rodilla con la mesita de luz...
Nada puede opacar la felicidad de pisar con los pies descalzos la arena blanca y húmeda del paraíso.

jueves, 21 de febrero de 2008

Que sejam bem-vindos

La primera impresión fue nefasta. Por un momento pensé en huir con las valijas e improvisar una toldería en la orilla del mar, a la sombra de los cocoteros y dormir arrullada por el viento, a la intemperie.
Es como si te hubieran vendido una suite del Hyatt y de pronto bajás de la combi, tras casi dos horas de traqueteo por un laberinto de curvas peligrosas, atravesando morros y poblados que dejan pálida a nuestra bendita Ciudad Oculta... y entonces te enfrentás a la cruda realidad. No es el Hyatt, no es ni la sombra de las brillantes y coloridas fotos que la vendedora de la agencia expuso ante tus ojos con almibarada pulcritud. No, señor. ¡Es la casa de los locos Addams!
El hotel es viejo, se nota la falta de limpieza, los muebles pasados de moda, la madera oscura... Un gato gris se pasea por los jardines atestados de helechos y flores rojas, persiguiendo lagartijas. En el aire flota un aroma a bronceador y fritura de pescado que es como un golpe de puño cerrado en el estómago.
El trámite de costumbre, reglas, horarios, llaves... Un tipo alto, feo, de ojos saltones, muy pero muy flaco... ¿Largo? Sí... En fin, “Largo” se hizo cargo de las valijas esbozando un saludo gutural y emprendió una carrera desenfrenada hacia la habitación.
De no ser por los cuadros de colores estrambóticos con motivos marinos que colgaban de las paredes, hubiera pensado que revivía la escena del pasillo de “The Shining” y hasta temí ver a las gemelas y el hacha y todo eso.
Si el hotel pecaba de feo y anticuado, la habitación era sencillamente una cámara de tortura... en miniatura. Había que andarse con cuidado para no tropezar con el borde la cama, la puerta del placard y el aparador, todo dispuesto en un intrincado orden de rompecabezas. Y el baño... Nunca vi un baño tan feo y pequeño. Ni siquiera había lugar suficiente para agacharse en la ducha a buscar el jabón. Y detrás del inodoro unas hormigas grandes que parecían... ¿termitas?
Cuando H intentó colgar la hamaca paraguaya en el balcón y vimos que arrastraba por el piso por falta de espacio, estallé. Hubo gritos, reproches mutuos “porque vos quisiste venir acá...” “yo te dije que era barato, ahora no te quejes...” “pero esto no es un hotel, ¡es un antro!” y así seguimos un buen rato hasta que el sueño nos venció y dormimos peleados, en la única cama, el lado de él con vista al mar.

martes, 19 de febrero de 2008

Buenas y malas

Uno que yo sé anda preocupado. Se le hace una marquita en el entrecejo, como cada vez que surge una contrariedad, un imprevisto… hasta que finalmente encuentra la solución y se hace la luz y las cosas vuelven a su cauce. Es un hombre de recursos que no se ahoga en un vaso de agua ni se deja intimidar. Sólo que esta vez las cosas se han complicado por demás. Y la solución tarda en llegar. Pero llegará, le tengo fe. Y si no… ¡la compramos! O la fabricamos a medida, o hacemos borrón y cuenta nueva y nos vamos por ahí con doña Felicidad que en algún lugar nos estará esperando.
Quiero borrar todas sus preocupaciones, devolverle la calma y la alegría. Sólo que esta vez no encuentro la manera… Seguiré intentando.

lunes, 18 de febrero de 2008

¡Feliz domingo!

Qué domingo maravilloso, ni una nube en el cielo... Y este calor... Ah, no hay mejor momento para un buen relax, broncearse al sol como una iguana reluciente y despreocupada y nadar SOLA en mi pileta de agua fresquita, música brasilera para ponerse en clima y una Coca bien helada... o mejor dos.

H: Viene Fabiana con la familia a pasar el día. Ya arreglé todo.

WHAAAAT ?????? ¿Qué es lo que arregló? Era mi día perfecto y lo hizo trizas en menos de lo que tardo en decir “Mejor hoy no”. Porque Fabiana es mi amiga muy querida y adoro a sus hijas que son como dos luceritos en la noche, y también a su hermana Karina que es tan macanuda y a los cuatro hijos de Karina y a los maridos de ambas que de alguna manera se las arreglan para no hacer un joraca pero desbordan buena onda... pero hoy, precisamente hoy, hubiera preferido que me consultaran.
H prendió el fuego cuando Fabiana dio la voz de aura.

- Estamos en el súper pero no hay un puto chorizo. ¿Si hacemos hamburguesas? ¿Tenés ketchup? Bueno, yo compro. Kari lleva sandía y los Danoninos de los chicos.
- No te preocupes, lo que falta lo compramos después.

Llegaron, tiraron los bolsos en el patio, el marido de Fabiana se desmoronó en la hamaca paraguaya y los chicos se arrojaron en masa a la pileta, algunos sin siquiera quitarse la ropa. Se acabó la paz.

- Meri ¿me das una cacerola para el puré de la beba?
- ¡Maaaaa! ¡Quiero Coooocaaaaa!
- Fabi, hacete unos mates...
- Che, Meri... ¡Tengo una muestra de la Creme de la Mer!
- ¡No jodas! ¿A ver? ¡H, andá poniendo las hamburguesas!
- Guaaaaaaaaa!!!!!! ¡Giuli me empujooooó!

Armamos la mesa grande en el fondo, debajo del roble. Era un ir y venir de platos, el perro atento al menor descuido que le permitiera robar un bocado sin ser visto y cada tanto un Serenito de chocolate derramándose “sin querer” sobre la reposera de tela y todos corriendo a buscar el quitamanchas.
Como éramos pocos, se sumó el perrito de al lado que se moría de ganas de partiticpar de la festichola. Pobre, pasa día y noche en soledad atado a un árbol, nadie lo acaricia ni juega con él y me dan tanta pena sus ojos redondos y tristes que le pedí a H que lo trajera con nosotros. A regañadientes fue a buscarlo y el pobre perrito no daba crédito a tanta felicidad junta. Sin duda fue éste el día más emocionante de su corta vida. Correr libre sobre el pasto esponjoso, jugar con mi perro que es grande y fuerte y le gusta demostrar que es él quien manda, recibir las caricias de los niños y alguna que otra golosina sustraída del banquete... ah, más tarde pensará que fue sólo un sueño, pero al menos por un rato fue feliz.

- ¿Quién quiere sandía? ¡Cuidado, Thiago! ¡No la tires a la pileta!
- ¿Me sacás las semillitas?
- ¡Maaaaa! ¡Poneme la plaaaaaay!
- Meri ¿me das mi Danonino?


Jugamos voley en la pileta y festejamos cada tanto haciendo la vertical bajo el agua y aplaudiendo con los pies. El marido de Fabi dormía la mona debajo del sauce.
A la tarde, mate con facturas y palmeritas y un tendal de anécdotas graciosas que nos hicieron saltar lágrimas de risa. Se hizo de noche y los chicos no querían salir de la pileta. Giuli tenía los ojos hinchados porque no quiso cerrarlos para nadar bajo el agua ni usar antiparras, aún así andaba a las zambullidas limpias, pataleando como una Esther Williams en miniatura.
Es lindo divertirse con los amigos aunque la casa quede patas para arriba, llena de moscas, restos de comida en el piso y el sillón adornado con huellas de piecitos sucios.

- Meri, otro día venimos más temprano así disfrutan la pileta.
- Dale, y hacemos un rico asado... ¿Vinieron todos en un solo auto?
- Sí, en el mío ¿viste? Pero entramos lo más bien. ¡A ver si se acomodan y me pasan a la beba! No, Franco, no podés tomar Coca en el auto...
- Chau, H. Como siempre... ¡espectacular! La próxima traigo el lechón, lo estoy engordando.
- Psé... Ya lo venís prometiendo hace rato. Debe estar que explota el pobre.

Y se fueron armando barullo como auténticos Campanelli, apretados, sonrientes, los más chiquitos prometiendo dormirse a medio camino. Y yo, escoba en mano... a limpiar el desastre. ¡Feliz domingo para todos!

sábado, 16 de febrero de 2008

Quando você não está aqui

Tengo los pasajes frente a mis narices. Brasil.
Fue una decisión de último momento y ahora ya está todo cocinado. En breve partimos hacia el paraíso de arena y coral, lejos, bien al norte, donde el agua es calentita y el sol no quema, acaricia. Pero no es como otras veces. No transpiro desesperación ni me desvivo planeando, imaginando, lamentando anticipadamente el regreso cuando ni siquiera saqué la valija del ropero.
Quiero Brasil, siempre quiero Brasil… pero con él. Así no es lo mismo.


Quando você não está aqui, é sempre noite sem luar,
Quando você não está aqui, nem as estrelas ão brilhar pra mim

jueves, 14 de febrero de 2008

miércoles, 13 de febrero de 2008

Cocinerito

Mi hermanito del alma, el Benjamín de la familia, el consentido, aquel que no sabía ni pelar una naranja y se reía de mis fracasos culinarios, de mis muchos intentos frustrados por lograr que la tortilla de papas despegara del sartén por voluntad propia sin tener que rasquetear el fondo con un tenedor maldiciendo a la abuela, al que inventó el teflón y al libro gordo de Petrona que yace en la mesada bajo una espesa capa de harina, cáscaras de huevo y malos pensamientos... mi hermanito muy querido anda engolosinado con las recetas caseras, dándoselas de chef sibarita, secreteando, como si de conjuras cabalísticas se tratara, los trucos que una aprendió a los porrazos… Porque en la cocina no hay más remedio que quemarse los dedos, morder el polvo (de hornear) y ya sabemos que no hay nada peor que la “receta fácil”, esa que termina complicándose más allá de nuestros peores augurios, al extremo de tener que salir de raje a la rotisería para no pasar vergüenza, previa limpieza exhaustiva de la cocina que ha quedado convertida en un campo de batalla.
En fin, mi hermano está dando sus primeros pasos en el arte de cocinar. Aunque debo reconocer que le va bastante bien a juzgar por el pan lacteado que con orgullo sacó del horno la otra noche, declarando ante la atónita concurrencia: “Lo hice yo.” Un pan esponjoso, doradito, el aroma inconfundible… Y nadie, nadie, nadie daba crédito a sus palabras hasta que caímos en la cuenta de que sabía lo que hacía y hablaba de cantidades, cucharadas y tiempos de cocción con la misma naturalidad con que relataría alguna de sus historias favoritas de la Tierra Media.
Claro que es dueño de un estilo particular, poco ortodoxo diría yo... Por las dudas, acá está la receta que he copiado textualmente. Otra que Blanca Cotta…

Un pan que se las trae:

- Harina 500 gr
- Sal 10 gr
- Azucar 50 gr
- Leche en polvo 50 gr
- Manteca 50 gr
- Extracto de malta una cucharadita (si no tenés no importa)
- Levadura seca (la receta posta dice húmeda pero fuck) 10 gr (o el equivalente a 50 gr de húmeda)
- Agua 250 ml

Disolvé la levadura en un cachito de agua y metele un toque de azúcar (menos de una cucharita) y batilo bien, después dejalo por ahí. Batí bien todos ingredientes secos en un bowl. Cuando la levadura haga espuma tirala en el bowl y mete la manteca también, después agregá el agua (tené en cuenta que si le mandas mucha agua a la levadura le tenés que poner menos agua a la masa, tirale de a poco y anda tanteando, no tiene que quedar ni muy mojada que se pegoteen los dedos ni seca mal tipo piedra pómez). Amasala bien hasta que quede uniforme, dejala en el bowl tapada 30' para que leve, tiene que duplicar el volumen maso. Sacala y amasala más, la onda es sacarle el aire. Después ponela en un molde tipo budinera y a la lona, dejala levar otros 30' y al horno a 180° (medio/bajo) entre 20' y 30', a los 25' dale una ojeada para ver como va, si está muy tostado te pasaste con el horno, si está muy blanco subilo un cachito y dejala fluir. Si querés podés hacer “la gran palillo”, lo pinchas con un palillo y si sale seco esta ok, dejalo un poco más para que tome color y ya está. Cuando lo pongas a levar tené una hornalla prendida o algo así para que levante porque necesita calorcito. Si te va, antes de meterlo al horno, mandale una pincelada con yema de huevo y unas semillas de amapola o lo que tengas (lino es rebizarro). Queda bueno. Si no, no le pongas nada, queda bien igual.

viernes, 8 de febrero de 2008

Chino explotador

No es mi costumbre utilizar este espacio para realizar denuncias públicas pero esto supera con creces el límite de la tolerancia.
Ayer, contra mi voluntad, venciendo toda resistencia, respiré hondo, fruncí la nariz y me adentré en el supermercado chino de la otra cuadra para comprar gaseosas y un limpiavidrios. Había poca gente, una chica rubia muy alta con aspecto de turista bobalicona, una señora mayor que se calzó los lentes para ver mejor los precios y una mujer de pelo negro largo, ojos de Cleopatra y un look muy “Viuda e Hijas”, que hablaba con la china de la caja.
Entre pilas de jabón en polvo y papel higiénico asomaba la cabeza de un chinito, fuertemente atado al andador, que manoteaba lo que tenía al alcance intentando procurarse un juguete improvisado. Cada tanto lloraba y, para calmar el berrinche, la china de la caja le daba una galletita.
Hechas las observaciones del caso proseguí mi camino rumbo al objetivo, rápido y preciso. Claro que no pude evitar echar un vistazo a los yogures para comprobar las fechas de vencimiento, pero todo parecía estar en orden.
Esperé mi turno en la caja. Cleopatra seguía con su perorata y la china escuchaba con paciencia, a veces negando con la cabeza.

-Decile que no podés trabajar así, tantas horas… ¡Es inhumano!
-Oh… io está bien. Poquito maleada…
-¡Pero si estás embarazada! ¡Decile!


La china tenía los ojos llorosos pero seguía embolsando CocaColas con la cabeza gacha y las manos temblorosas. Muy joven y, si no linda, era poseedora de encanto inusual, una delicadeza tan llamativa que daban ganas de besarla y acariciarla y sacarla de una vez por todas de ese supermercado inmundo.
La señora de los lentes se unió a la proclama con un elocuente “Qué barbaridad…”. Para ese entonces, las lágrimas de la china resbalaban sobre sus pálidas mejillas.
Y no pude más. Giré sobre mis talones, inflada como un gallo de riña, y empecé a gritarle barbaridades al zángano que pispeaba la escena desde la fiambrería, un infeliz flacucho y descolorido, las manos en los bolsillos de un pantalón deforme, el pelo grasiento y un cigarrillo colgando de la boca. ¡Chino de mierda, explotador! ¡Que ganas me dan de revolearte un mendicrim por la cabeza!
La china dejó de llorar cuando vio a las mujeres unidas luchando por su causa. Porque a mis gritos se unieron más fuertes los de Cleopatra y al rato vino la verdulera de al lado, una boliviana gordita y bonachona que, al conocer la causa de tanto alboroto, empezó a vociferar esgrimiendo los puños y amenazando con llamar al Cholo, su marido. El chino, como si nada. Nos miraba con esa cara de fantasma amarillento, la sonrisa ladeada, sobrándonos, riendo para sus adentros pero sin atreverse a hacernos frente.
Y de a poco fue cayendo gente al baile. Niños, ancianos, el mecánico de enfrente, un cartonero y la policía. Al chino se le borró la sonrisa de la cara. El bebé miraba la escena boquiabierto y la china iba recuperando de a poco el color.
Hubo insinuaciones de clausura e inspecciones sanitarias, aunque seguramente se trataba de maniobras intimidatorias. Sólo espero que el susto le sirva de escarmiento a este chino malvado que vende barato a costa de la pobre embarazada a la que obliga a trabajar de sol a sol por un sueldo insignificante. Una esclava, eso es lo que es. ¡Miserable! Pobre de vos, si la veo llorar otra vez. No imaginás de lo que soy capaz.

jueves, 7 de febrero de 2008

Objetos de deseo

Yo quiero...
Él quiere...
Nosotros queremos…
Y no podemos.
Es el cuento de nunca acabar.

Sueño con un paraíso ideal y cursi, sin horarios ni preocupaciones, ni esposas ni maridos ni empleados ni entrometidos…
Un eterno viaje a la Isla de la Fantasía, o tal vez el Crucero del Amor si pasan música de Maná y podemos nadar con los delfines y hacer el amor a cualquier hora del día y de la noche sin mirar el reloj ni una vez.
Cada tanto, cuando no queda otra, volver a la realidad en un jet privado piloteado por MacGyver y escapar lo más pronto posible.
Viajar en el tiempo es otra opción que me resulta cada vez más atractiva. Y eso me recuerda que… ¡Ahí está! Cuando el hombre de mis desvelos declare una vez más que las mujeres sólo sueñan con un marido millonario que les ponga la coronita hasta el fin de sus días, le diré que mi sueño es conseguir los objetos que harán nuestra felicidad por los siglos de los siglos, porque así lo dicen los cuentos de hadas. A saber:

El anillo para volverse invisible.
La lámpara de Aladino… con el genio, claro.
La brújula mágica para transportarse al pasado.
La poción de la eterna juventud.

Y entonces, mal que le pese a muchos, tendremos nuestro paraíso ideal… extremadamente cursi.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Las tijeras en contra

Mi pelo era un escobillón dado vuelta.
La venía piloteando con planchita, hebillas psicodélicas y cremas mágicas de esas para hacer rulos que se desarman en minutos y al final es peor el remedio que la enfermedad, porque no es como
la publicidad donde la minita se pasea con unas ondas envidiables tipo resortito, que las estirás y vuelven a su lugar. ¡Mentira! La realidad es otra y bien triste.
La cosa es que había que cortar por lo sano, de una vez y para siempre. No del todo decidida, me senté en el sillón de Amílcar que me esperaba sonriente, tijera en mano. “Sólo las puntas… Y dale un poco de movimiento, así está como achatado.” Y dijo haberme comprendido perfectamente.
Confío en él, por eso ni miro lo que hace, me gusta escucharlo y dejar que me mime con su voz suave y sus modales afeminados el tiempo necesario para transformarme en otra, en la mujer de la foto, la de la cabellera perfecta, luminosa, resplandeciente. Hasta que estornudé y sin querer miré el piso y vi todo ese pelo oscuro… cuánto pelo… ¡pero si es mío! Entonces me vi en el espejo y sí, era otra, efectivamente. ¡Me podaron! Pero si eran las puntas nada más…
No digo que no me guste, pero esta vez Amílcar exageró la nota. Estoy como desplumada, la cabeza livianita… No vacía, claro que no, pero siento que pesa menos, mucho menos. ¿Me pasará como a Sansón que perdió las fuerzas? Hay algunas cosas que me gustaría perder… aunque seguro pierdo las que no quiero, para variar.
Por lo pronto, me miro obsesivamente en todos los espejos intentando tomarle cariño a la imagen de esta desconocida que se parece tanto a mí…
No, no voy a poner fotos. No way.

lunes, 4 de febrero de 2008

Había una vez una paloma

Son esas cosas que se le graban a uno de una vez y para siempre, como con un hierro al rojo vivo, y nos dejan vulnerables, el costado débil temblando a la intemperie, sabemos que hay “algo” que nos puede, nos paraliza, un “hasta aquí llegué”, y que aunque presumimos de valientes, aguerridos e intrépidos ese algo nos sigue mirando desde el fondo del inconciente y aparece en el momento más inverosímil para refregarnos en las narices que “no somos nada”.
Como esa vez en el cumpleaños de Pamela, cuando gané la carrera del huevo y la cuchara y me premiaron con el dominó de los Picapiedras y yo estaba chocha, rechocha de la vida… y entonces alguien chistó, se apagaron las luces, nos obligaron a sentarnos rápido en el piso y de la puerta del dormitorio emergió como una sombra… ¡el mago!
Era la primera vez que veía un mago en vivo y en directo, los imaginaba muy altos y con barba puntiaguda. Nada de eso. Este era gordito, petiso, con un bigotito ralo que lo hacía parecer un viejo degenerado. Para cada truco buscaba un ayudante entre el público infantil. A Benjamín le tocó desenrollar una soga sin fin, Merceditas jugó con unos aros metálicos muy grandes y Pío intentó adivinar dónde estaba el as de diamantes. Pero cuando de la galera asomó temeroso el conejo rechonchito, blanco como la nieve, moviendo el hocico con curiosidad, todos pedíamos a gritos que nos eligiera para participar. Y lo eligió a Juan.
Me quedé quietita en un rincón, observando con envidia hasta que el truco terminó y el conejo desapareció dentro de la galera entre los aplausos de chicos y grandes. Fue entonces cuando el mago me llamó. El principio del fin...
Me señaló con el dedo y yo no quería. La vista clavada en el piso, los cachetes colorados, resistiendo a más no poder mientras “mis amiguitos” me empujaban hacia delante. El mago me tomó de un brazo con cierta rudeza y me colocó en el centro del improvisado escenario, de espaldas a él, con una venda en los ojos. Me dio unos golpecitos en la frente con la punta de la varita, dijo no sé qué sandeces y ¡zas! tenía "algo" en mi cabeza tirándome del pelo horriblemente, algo que se movía y me pinchaba, algo… Cuando me quitó la venda ya estaba llorando, de indignación lloraba y porque la cosa esa me hacía doler. Hasta que sentí como que se me quemaba el cerebro y algo cremoso y maloliente me resbalaba por la sien… Caca de paloma… ¡Caca de la paloma que el imbécil pelotudo del mago hizo aparecer de la nada sobre mi cabeza! Y ahora todos se reían y yo lloraba cada vez más fuerte. Los espasmos asustaron a la paloma que voló al borde de la galera y ahí se quedó como si nada. No había consuelo posible, me limpiaron la cabeza con una servilleta pero el olor era insoportable, tanto que nadie quería acercarse a mí. Fue el cumpleaños más espantoso de mi vida. Y sólo tenía cinco años…
Cómo son las cosas. No puedo ver una paloma ni de lejos, me impresionan, les temo, me produce escalofríos verlas cruzarse en mi camino. Y si hacen ese ruidito gu-gu-gu… ¡me muero! Literalmente me da un ataque de nervios y caigo fulminada en medio de la calle. Soy capaz de hacer un rodeo de quince cuadras para no pisar la plaza del Congreso. ¡ODIO A LAS PALOMAS! Y también a los magos con bigotito de degenerado que torturan a los niños con vendas en los ojos y cosas que tiran del pelo y no miden las consecuencias, no entienden que ahora estoy estigmatizada para el resto de mi vida ¡por una paloma que me cagó la cabeza!

sábado, 2 de febrero de 2008

Bendita tu luz


Benditos ojos que me esquivaban,
simulaban desdén que me ignoraba
y de repente sostienes la mirada.
Bendito Dios por encontrarnos
en el camino y de quitarme
esta soledad de mi destino.