domingo, 30 de septiembre de 2007

Algo en tu mirada

Cuando me miras así
perdida estoy.
Cuando me miras así­
contigo voy.
¿Que puedo hacer?
Tus ojos son
el imán de mi corazón.


Correr por la avenida confundida entre la gente, el pelo al viento, un desorden de bolsitas y papeles que se me escapan de las manos, el celular atestado de mensajes, pensando que es tarde y no alcanzará el tiempo… Te espero. Siempre te espero. “¿Dónde estás…?”
Pero nada es eterno, ni siquiera las ausencias… y ya estás conmigo otra vez, mirándome con esa sonrisa que me cautiva.
Fue como un rayo de sol. Refugiarme en tus brazos y saber que me extrañaste casi tanto como yo… Eso es felicidad.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Borderline

Raúl era alumno de Ralph.
Cierto que no hablé mucho de Ralph aún… Mi amigo talentoso que alguna vez quiso más, lo propuso y no acepté, lo cual no impide que cada tanto vuelva a la carga: “Algún día vos y yo vamos a estar juntos…” O cuando le espetó a H en la cara: “Ella es mi amor imposible”. Pero mi amor por Ralph pasa por otro lado. Y lo sabe.
Tenía diecinueve años cuando conocí a Raúl. Era pianista y Ralph le daba clas
es de órgano aunque siempre dijo que no tenía condiciones para la música seria. Nos veíamos regularmente los sábados a la noche en la Iglesia, durante las bodas. Yo gozaba de Liszt, Bach y Cesar Franck, y él venía “a saludar a Ralph”. Nos hicimos amigos, prácticamente inseparables. Mamá empezó a desconfiar cuando se me escapó su nombre en una reunión familiar.
A Raúl le gustaba el cine y el rock nacional, en ese orden. Tanto insistió que un día le dije “Elegí la película que te guste y vamos”. Pero justo me enfermé. Era pleno invierno y yo estaba en cama con fiebre, mocos y una tos desesperante. No tenía fuerzas ni para levantar el teléfono y Raúl empezaba a pesar como plomo.
Finalmente logré recuperar el color y los ánimos y una tarde brumosa de agosto salí de casa con mi campera más abrigada, bufanda, guantes, pullover gordo de lana peluda y camisetas varias. Esas fueron las condiciones de mamá que siempre tenía la última palabra.
Habíamos quedado en encontrarnos en un bar del centro.
No sé por qué extraña razón, la presencia de Raúl empezaba a incomodarme. Sólo entonces comprendí el significado de eso que el común de la gente denomina genéricamente “cuestión de piel” y que para mí es lisa y llanamente “QUIMICA”. Esa es la verdad de la milanesa: con Raúl no había “química”. Con Raúl y con muchos otros no la hubo. Yo quería un AMIGO y hasta ahí todo funcionaba a la perfección. Hasta que el rumbo se torcía y decepcionada ponía el stop.
¿Histérica yo? No. Debe ser que vivo buscando al elegido que sepa interpretarme y percibirme, y viceversa. Con ese sí habrá química, lo doy por sentado.
La cuestión es que Raúl estaba ahí esperándome. Tomamos un café mientras conversábamos, como tantas otras veces, de cosas triviales.
El cine estaba atestado de gente. Los horarios de las películas no ayudaban y ninguna se veía potable. Eso motivó nuestra extraña elección, un poco al azar, más bien basada en el prestigio de la protagonista. “Ah, porque si trabaja Catherine Deneuve tiene que ser buena…” Lo mismo dijeron de Jack Nicholson y sus “Marcianos al ataque” y ya sabemos cómo terminó la historia…
Al rato estábamos embolados viendo nada más y nada menos que “Indochina”. Más de tres horas sin saber ya cómo sentarme, sudando a mares debajo de las camisetas varias no tanto por la calefacción sino por la fiebre que empezaba a subir otra vez. Catherine Deneuve está genial pero si me preguntan de qué trata la película, no tengo la más remota idea…
Salí del cine con una agobiante sensación de fastidio, agravada por las demostraciones de cariño de Raúl que de pronto parecía haberse convertido en un fauno seductor. Me acompañó todo el trayecto de vuelta a casa. Y en el umbral, bajo la triste luz de emergencia enemiga de toda intimidad, se despachó con la frase célebre: “Estoy loco por vos” (sic).
Pese a la fiebre y la nariz tapada que me impedía respirar, tuve la lucidez suficiente para explicarle con amabilidad y altura que muy lejos estaba de sentir lo mismo. No le gustó nada. Insistió pero yo seguía firme en mi negativa. Hasta que lo entendió. Y tanto entendió que no volvió a hablarme nunca más. Tampoco a Ralph.
Por un largo tiempo estuvo desaparecido. Al cabo de un año lo crucé en la calle y me saludó sin detenerse. Otras veces noté que se hacía el distraído y fingía no verme, pero al final siempre lo sorprendía mirándome desde lejos como si, pese al tiempo transcurrido, no hubiera podido superar el rechazo.
Como la última vez, cuando nos cruzamos de casualidad en el Easy. Mientras yo discutía acaloradamente con H el color de la sombrilla para la mesa de jardín, él se escondía detrás de la góndola como un nene mal educado, cuando hubiera sido tan fácil decir “Hola, ¿qué tal? Tanto tiempo…” y yo le hubiera contestado con mi sonrisa de oreja a oreja: “¡Estás iguaaaaal!”

miércoles, 26 de septiembre de 2007

¡Que se vayan todos!

La última Asamblea General tenía como objetivo pedir la renuncia a los “honorables” miembros del Directorio de mi estimadísimo Sorete Country Club. La nutrida concurrencia, bebés llorones y mascotas incluidos, se levantó en masa al grito unísono de “¡QUE SE VAYAN TODOS!”. Y ya tenían la lista de nuevos candidatos.
Que sí, que no… El único contento de retirarse era el presidente, pobre… La autoridad máxima que ni siquiera vive en el barrio, un nombre y una firma al final de un documento, el que responde por todo y por todos pero que no tiene voz ni voto en este manicomio donde unos pocos se comen el queso mientras los demás hacen la vista gorda.
Aceptada la renuncia al presidente por mayoría absoluta.
Y aquí empezó el bolonqui. Los mismos de siempre que se niegan a abandonar sus fueros pese a haber defraudado la confianza de los propios vecinos que hoy quieren caras nuevas y ganas de trabajar en bien de la comunidad, los mismos… siempre los mismos, desde hace ya seis años. No hay caso. Siguen ahí empacados con el traste pegado a la silla y no hay fuerza capaz de removerlos de su sitial de privilegio.
Pero esta vez la cosa se puso negra. Y los nuevos candidatos estaban dispuestos a pasarles por encima con la topadora, de ser necesario. Grito va, grito viene… y la decisión salomónica: “Se acepta la renuncia de la mitad de los miembros del Directorio y la incorporación de los nuevos candidatos votados por los vecinos…” Y la promesa de darle una patada en el culo a los que quedan con la sola misión de transferir en breve plazo las tareas y funciones que, según dicen, son “muuuuuy comprometidas”.
Comprometidas, no sé… Pero redituables… parece que sí. Porque Don V, uno de los flamantes directores en ejercicio que es además el vecino platudo del barrio, descubrió que cada presupuesto de obras, arreglos o compras varias traía aparejado… “un regalito”. Regalito de tres, cuatro y hasta cinco cifras. Aunque resulte difícil comprobar los chanchullos, la sospecha ya está instalada y de acá en más habrá que hacer buena letra.
Qué vergüenza me dan, vergüenza ajena, estos viejos chotos que se creen los dueños del barrio, con derecho a hacer y deshacer y son los reyes de la “cometa”. Por eso no quieren irse. ¡Se van a quedar hasta el final a pelear por la mortaja!
Todo esto ha generado un clima extraño. El aire se corta con un cuchillo.
Pero no sólo por la remoción parcial del Directorio. Hace tiempo se descubrió que un vecino es poseedor de dos camionetas mellizas, una de las cuales está escondida detrás del quincho bajo una pila de ramas secas, y se teme atraiga la atención de la autoridad competente y vaya a saber qué misterio salga a la luz. Y cuidado… que cuando se revuelve la mierda, se salpican unos cuantos.
Y el gran problema gran: ahora que se acerca el verano empieza la guerra del bañero. El carilindo, caliente porque no le renovaron el contrato, nos plantó una demanda y se fue con los bolsillos llenos. El vejete del año pasado no supo despertar el aprecio de la gente y dudo que vuelvan a llamarlo. Pero la temporada de pileta no puede hacerse esperar. Y la población femenina sufre la intriga de no saber quién será el nuevo jeque que amenizará las largas tardes de calor.
Por lo pronto, yo voy a armando las valijas. No quiero quedarme a ver los despojos de esto que otrora fuera un verdadero paraíso y hoy se ha convertido en un loquero.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Le Mime

"El silencio no tiene límites para mí. Los límites los pone la palabra."
Marcel Marceau

domingo, 23 de septiembre de 2007

Las olas y el viento

Mañana soleada frente al mar.
Camino por la arena con la mente en blanco mientras mi perro adorado corre de un lado a otro ladrándole a las olas porque aunque no quiera admitirlo… les teme.
Hay viento pero no me importa. Quiero caminar y caminar hasta perderme tras los médanos y dejar que el alma vuele alto y libre.
En la bolsa de plástico guardo los caracoles que el agua arroja sobre la playa. Cada tanto descubro algún espécimen nuevo. Siento un irrefrenable deseo, una verdadera adicción, por los caracoles. Dicen que traen mala suerte. No sé, no estoy segura. Por el tamaño de los que vinieron conmigo desde Aruba y Colombia ya debería haberme caído un piano de cola en la cabeza… Claro que en la costa argentina es difícil encontrar variedad. Los caracolitos son casi todos iguales, en realidad la mayoría son valvas de almeja. Prefiero las de color violeta que se verán perfectas en mis velas blancas.
Hace rato que no hago velas. Tuve una época de gran productividad y hasta pensé en una interesante red de comercialización que comprometería a todos los miembros de mi honorable familia. Pero no pasó de buenas intenciones… Ahora disfruto del perfume de mis velas artesanales cada vez que se corta la luz.
Me gusta la soledad del mar cuando sopla el viento y el aire se siente un poco frío.
Soledad… mar…
No quiero regresar. Todavía no.

viernes, 21 de septiembre de 2007

PRIMAVERA



Hoy no es un día cualquiera. Y no lo digo por las preciosas rosas color té que H depositó en mi cama esta mañana ni porque al fin brilla el sol sobre la Reina del Plata ni porque falta poco, poquísimo, para bailar otra vez al son de Música Ligera.
El 21 de setiembre de 1992, hace exactamente 15 años, hice el amor por primera vez. Por eso hoy es un día especial, MI día especial.
No vale la pena recordar (hoy no) la experiencia que me dejó traumatizada por largo tiempo, tal vez porque di con la persona equivocada o por ser demasiado joven e ingenua. Lo importante es que ese día mi vida dio un vuelco, muchas cosas cobraron sentido y otras tantas quedaron en el tintero para siempre. Ese día fue MI PRIMAVERA.
Y se me ocurren muchas maneras de festejarlo.

¡Feliz día para todos!

jueves, 20 de septiembre de 2007

Mejor contar ovejitas

Ayer me dormí con esa sensación extraña, mezcla de cansancio y bronca que queda después de una jornada de hiperactividad llena de complicaciones. Y dormí mal. Soñé cosas entreveradas como un Narciso Ibáñez Menta no tan decrépito bailando merengue con la Ritó bajo la mirada extraviada de Lafauci que preguntaba “dónde está El Hombre que volvió de la muerte”. “Soy yo”, decía Narciso. “No, vos no. El narigón. ¡Vos sos el Pulpo Negro!”.
Por supuesto, esto es producto de la batidora que es mi cabeza después de un día en el que hasta la vieja bruja del delivery se ha aprovechado de mi buena fe. Todo porque estaba antojada de sorrentinos a la bolognesa y me había ilusionado con mojar el pancito… ¡y la malvada me mandó grisines! ¿Cómo se te ocurre que alguien puede comer pastas con grisines? ¡Mala! ¡Vieja del orto! ¡Turra!
Pero por si fuera poco, después de siete horas de sacarle brillo con papel de diario y limpiavidrios a todas las ventanas de la casa, cuando ya el brazo se me movía solo como en la propaganda de Coca Cola, se me ocurrió preguntarle a H si había dejado las cortinas en el lavadero. Hete aquí que la casa sin cortinas es una perfecta vidriera y no da pasearme en bolas ante la mirada siempre atenta del jardinero, el vecino de enfrente y los muchachos de la obra que, cuando no están cocinando el asadito, andan por ahí echándole el ojo a todo. Por eso “lavar las cortinas” era prioridad número uno. Y sí… las dejó en el lavadero pero olvidó mencionar que era sólo para “lavarlas”. Terminamos pagando el servicio completo de tintorería de 18 cortinas que nos costó un huevo y medio. Pero H es así… ¿Conclusión? Pelea conyugal: me quedo despotricando sola mientras él se va a dormir al altillo.
Sí, ya sé… Todos tenemos problemas. Como las “estrellas” de Bailando que ahora se les da por llorar a lágrima viva cuando no les gusta el veredicto del jurado. O Pampita que empezó a ventilar los trapos sucios de su matrimonio… “Me decía gorda grasa…”
Hay días nefastos en que los astros se confabulan en mi contra. Ahora ni siquiera tengo quien me masajee los huesitos de la columna (Atlas… Axis… primera dorsal… quinta lumbar… Sacro… Coxis…) con movimientos suaves y relajantes que me llenan de paz. Y el simple hecho de dormir se convierte en toda una aventura. Mejor empiezo a contar ovejitas.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

A la vejez, viruela

A fines de la gloriosa década del noventa viajamos con H a Disney, bien gasoleros pero dispuestos a cumplir el sueño del pibe. Gasoleros al punto de tomar un vuelo carreta sin saber hasta último minuto si el avión descolorido de Avianca iba a despegar perdiendo un ala en la pista. Pero no fue tan grave. Tras incontables horas de mirar el océano por la ventanilla empañada, el traste chato y esa sensación de repugnancia que producen las bandejitas de comida cuando ya lo hemos probado todo y todo sabe exactamente igual… por fin aterrizamos en la ciudad de la mafia cubana y los coches descapotables.
Para variar, no teníamos hotel. Deambulamos al tun-tun con nuestro flamante autito todavía oliendo a nuevo por los alrededores de Kissimmee, descartando aquellos moteles con reminiscencias de Psicosis. Cansados de tanto traqueteo nos decidimos por un “… Inn” (allá todo es “Inn”) y sin siquiera pispear la habitación nos derrumbam
os sobre la cama fantaseando con que la ropa saliera mágicamente de la valija y se colgara solita en el placard. Entonces H, por alguna extraña asociación de ideas, pensó en la caja fuerte. Estaba trabada. Llamó para que alguien viniera a abrirla y en menos de cinco minutos teníamos al técnico luchando con la cerradura automática. Un tipo raro, como la mayoría de los americanos. Se reía raro, nos miraba raro y hablaba un inglés gutural del que sólo llegué a pescar varias repeticiones del típico “Oh, shit!” Después de intentarlo todo y ya al borde de una crisis de frustración… ¡click! Se abrió la caja de Pandora y hete aquí que había algo adentro…
H me arrancó de un tirón y casi me estampa de nariz contra la puerta en su afán de alejarme y protegerme. Lo que encontramos, si bien inofensivo, bien pudo ser una linda bomba escondida dentro de “¡una muñeca de plástico que gritaba MOMMY cuando le apretaban la panza!” El técnico nos miraba con esa sonrisa bobalicona sosteniendo la muñeca entre sus manos, sin dejar de apretarla para escuchar su estúpida vocecita. Y se reía… Idiot! ¿Quién carajo nos mandó a este hotel de locos?

Cuando nos aseguramos que no había ninguna bomba adentro del placard ni debajo de la cama ni atrás del inodoro, logramos apaciguarnos y empezar a pensar en nuestras lindas vacaciones en el país de las maravillas.
Teníamos dos semanas para recorrer los parques y conocer la península, sin perjuicio de incursionar en todos los shoppings que me salieran al paso.
No sé quién fue el mamerto descerebrado que nos ofreció entradas gratis para el Universal Studios a cambio de participar en una reunión de ventas de ¡Tiempo Compartido! Y lo peor de todo es que aceptamos y nos comimos dos horas y media de perorata con auténticos vendedores yanquis, esos que tienen la sonrisa de plástico dibujada y gritan y gesticulan como alienados. “Mirá, flaco, nosotros no vamos a comprar nada. Vinimos por las entradas así que cortala y metete el tiempo compartido donde ya sabés. ¡No me rompás más las bolas!” Y media hora más tarde atravesábamos los molinetes rumbo al Túnel del Tiempo, Terminator en 3D, King Kong y Twister. ¡Maravilloso! ¡Increíble! Casi me infarto en la Terror Tower pero valió la pena, aunque en la puta vida volveré a subir. Indiana Jones no me impactó lo suficiente pero deliré con los Blues Brothers y amé volar con ET. Del Castillo no me acuerdo mucho. Sé que peleamos porque H no quería sacarme fotos con el genio de Aladino. Pero me desquité posando con mi ídolo peludo de Star Wars: Chewbacca.
Cuando al cabo de una semana las innumerables atracciones colmaron nuestros apetitos infantiles (incluído el Alien que se escapa en la oscuridad y te escupe la oreja y Tiburón saltando sobre el bote con las fauces abiertas de par en par) nos dedicamos a pasear por la Florida. Y conocimos muchos moteles… too many. Como aquel de la pileta climatizada llena de viejitos simpáticos onda Cocoon, aunque al menos tenía vista al mar.
El problema era la comida. Porque al principio lo novedoso tienta y está bueno desayunar huevos fritos, panceta y salchichitas en dudosa salsa picante. Pero en un par de días los waffles te salen por las orejas y pedís a gritos un mate con Criollitas… Almuerzo en Burger’s y cena en
Domino’s Pizza y todo tiene el mismo gusto a comida chatarra. ¡Un bife, por favor!
Pero finalmente las vacaciones en Yanquilandia llegaron a término. Ya era hora.
El último día lo dedicamos a gastar los dólares que quedaban en el Sawgrass Mills de Fort Lauderdale. H caminó kilómetros de un piso al otro buscando los rollers que le encargara Daugther1. Mientras tanto yo corría detrás de los “50% OFF” y rebuscaba en los percheros los “talle Petit” que me recomendó Andrea B. Vaya si encontré… Al atardecer volvíamos al hotel cansados y sonrientes, munidos de bolsas y paquetes de todos los tamaños y colores.
La última puesta de sol fue en el muelle dándole de comer a los pelícanos y esa noche comimos italian food.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Domingo

Por la ventana entreabierta asoma un retazo de cielo plomizo. Gotas pesadas golpean el cristal. Qué lindo ver llover desde la camita… Remoloneo un poco más hasta que H, con el quinto empujoncito, da señales de que no será el primero en levantarse. Refunfuñando con resignación, me despego de las sábanas.
Desayuno en la cama, como a mí me gusta. Café, tostadas, dulce casero de frutilla… Diario para él y crucigramas para mí. Y después un largo baño espumoso con olor a salvia.
Pinta un domingo silencioso, relajante, para disfrutar en soledad. Una rica comida casera, tal vez una peli y por lo menos dos horas de siesta.

Lluvia, café y un amigo

Me pregunto cuándo cesará esta llovizna que nos cala los huesos…
Caminar por las calles húmedas de una Buenos Aires gris y opaca resulta poco gratificante, más aún si es sábado a la tarde y el maestro S amenaza con retomar la fuga fatal del Dixit que otra vez empieza a obsesionarme. Y por si fuera poco, dormí tres horas y arrastro el cansancio de la aburrida fiesta de quince que me dejó los pies doloridos y los oídos retumbando al son de una cumbia monótona y estruendosa.
Es tarde. El encuentro tan esperado se demoró más de lo previsto y aquí estamos ahora de gran charla, café calentito y tarta de manzanas de por medio... los tres. Qué dichosa soy al descubrir que no sólo te rodean gatos y hombres de la noche. Al fin conozco a un amigo auténtico, de esos que saben brindar el consejo apropiado en el momento preciso, que cuando hace falta ponen el hombro y te bancan, alguien culto, inteligente y simpático con quien da verdadero gusto conversar. Y que además adora a Chopin y ha rogado ser invitado al próximo concerto grosso del prestigioso coro al cual pertenezco. Un deseo que será cumplido.
Ah… pero el tiempo es tirano. Nos vamos corriendo, emponchados bajo esta llovizna persistente, a disfrutar de otro momento juntos. Y es tan lindo todo que ni me acuerdo del mate, mi ritual sagrado que ahora compartimos.

-¿En qué estás pensando?
-En nada…
-Dale, quiero saber.
-Pensaba que, en realidad, lo nuestro no es complemento de nada. Que el complemento es lo otro…

viernes, 14 de septiembre de 2007

Un encuentro agitado

-Dejé la llave en portería. Pedila y subí. Ya estoy llegando.

Mientras se cierra la puerta del ascensor me pregunto qué cruzará por la cabeza del portero cuando me mira con esa sonrisa ladeada. Como si me conociera bien… Lo que pasa es que acá las paredes oyen. Bah, es como si no existieran. Si yo escucho a la vecina de al lado cuando lava los platos como no me van a escuchar a mí… No quiero pensar en eso. Pero siento que camino y me señalan con el dedo.
La mucama todavía no terminó de limpiar. Ya vi que en el piso del baño está esa mancha oscura bastante antigua que sigue incólume pese a los bufidos de la chica que dice haber refregado con pasión toda la mañana. By the way, el balcón está pidiendo a gritos una buena baldeada. Está bien… para la próxima.

-¿No bajas a hacerme compañía mientras encuentro lugar para estacionar?
-No, te espero acá mejor. Compré empanadas.
-¡Qué rico! Me muero de hambre…
-Bueno, apurate.


Y como en todo ansiado reencuentro, hubo besos y mimos y algún que otro reclamo de esos que suman y no restan. Pero como todo en esta vida tiene un precio y tarde o temprano hay que pagarlo, pasó lo que tenía que pasar. Alguien confundió las instrucciones (después de todo un error lo comete cualquiera), información equivocada para la persona equivocada. “Todo tiene arreglo”, pensamos, y ya estaba en curso la coartada perfecta. Pero se ve que era un mal día… Y un segundo error, más grave, nos dejó atónitos y sin respuesta. Había que zarpar inmediatamente.
Ni nuestra música preferida logró apaciguar los ánimos esta vez. Aunque nos sigue emocionando.

Cuestión de limpieza

“Ni el tiempo ni la distancia son elementos suficientes para separar a las personas…”
Eso dijo y me quedó grabado a fuego. Y ahora quiero que se le grabe igual. Porque es exactamente así. Más cuando Sra. Tecnología está de nuestro lado y nos hace sentir tan cerca.
Las separaciones, aunque cortas, siempre traen aparejadas todo tipo de complicaciones. Porque a uno le cambia el humor, la rutina, las ganas de hacer y deshacer… Ya tenía planeado aprovechar la ausencia para poner patas para arriba el bulín que, por más lujo y confort que me quieran vender, era una auténtica roña. Me tenía mal eso. No me dejaba conciliar el sueño. Uno que yo sé diría “Mentita, estás toc…” Y sí. Por eso pasé revista a los escasos artículos de limpieza que encontré, a saber: una escoba que ya no barre, diez centímetros cúbicos de mi debilidad “Cif multiuso”, una franela con pelotitas como la ropa vieja, trapos varios… y pará de contar. Todo tan precario… De modo que tomando al toro por las astas, hice una lista mental de las cosas por comprar e ideé paso por paso una estrategia de limpieza exhaustiva.
Pero vaya si la vida da sorpresas…
Después de reclamar sin éxito por “una mucama que venga aunque sea una vez por semana” y escuchar todo tipo de excusas poco convincentes, cansada de matar las hormiguitas que corrían detrás de las migas de un alfajor que nadie se molestó en recoger y viendo la bañadera revestirse de una sospechosa película de mugre y sarro, tomé la decisión.

-Está bien, lo voy a limpiar yo. No te preocupes. Esto va a brillar.
-Yo te ayudo. Limpiamos juntos…
-Si pensás ayudar, sí. Si vas a estorbar, olvidate.

Era ya un desafío personal. Pero cuando creí que
todo estaba listo, conversado y planeado y ya estaba haciendo acopio de limpia-inodoros, lavandina y desodorizantes concentrados… “Contraté una mucama. Viene mañana. ¡Por fin vamos a tener el departamento limpio!” Glup… Manifesté una alegría que no siento, por darle el gusto nomás. Porque me había ilusionado con hacerlo yo. Ahora iba a venir una desconocida a limpiar “por donde mira la suegra”, una mercenaria que no pondría ningún afecto en la labor ni haría brillar los pisos como yo. Guaaaaa!!!! ¡¿Por qué me hiciste esto?!
Porque a fin de cuentas todos tenemos un cable a tierra, algo que adoramos hacer, que nos pone bien, nos libera del stress y la mala onda. Para algunos será pasear el perro, cortar la manzana con Sofovich, resolver algoritmos, revolear panqueques, jugar al dominó o bailar en el caño… Lo mío es ¡la limpieza! Y lo sabés. Esta vez no puedo perdonarte. Es más serio de lo que creés.
He dicho.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Gym y chusmerío


El gimnasio del country se está cayendo a cachos. Y no es sólo por la alfombra mugrosa que ya se ha convertido en un verdadero ecosistema de hormigas coloradas, ciempiés, y unos escarabajitos de color dudoso que se pegan en la ropa y parecen caquita de mosca.
Está el misterio de las colchonetas… Antes las había de todos los colores y tamaños. Ahora quedan dos medio destripadas, con la goma espuma asomando en un extremo. Y nadie quiere hablar del tema.
De las tres cintas funciona una cuando quiere, siempre y cuando a ningún peso pesado se le ocurra trotar para bajar la busarda.
Y todo así… Nadie cuida nada. Eso pasa porque la mayoría prefiere ir al gimnasio del spa, no tanto por el equipamiento de última generación y la diversidad de actividades que incluyen fitball, tae-bo, pilates y aerosorete… sino porque se codean con la creme de la creme. Ah sí, hay que decir las cosas como son. Van al spa a putañear, a exhibirse, a hacer teléfono roto con los chismes del barrio, a ver qué auto se compró el marido de Fulanita, y “la viste a Menganita, con las tetas nuevas parece una muñeca de goma”.
Pero lo más importante, lo que nutre el espíritu maligno de estas pitucas estrafalarias es quién engaña a quién y con quién. Por eso van al spa. Y mientras los pobres infelices elegimos un perfil bajo y preferimos la alfombra invadida de insectos de un gimnasio carente de tecnología, las “ladies de country”, en lugar de rebotar y transpirar que buena falta les hace, se la pasan tejiendo la telaraña, arruinando vidas ajenas, por el sólo hecho de querer “enterarse”. Total después se levantan el culo con los hilos mágicos y el marido les paga la lipo, onda “prefiero garpar a ciegas que dar explicaciones” porque él también hace de las suyas lejos del country, lejos del área de influencia de estas desperate housewives malcogidas.
Un círculo vicioso. Apestoso.
Por eso con mi vecino de enfrente seguimos fieles al minúsculo gimnasio del barrio. Nada de chusmerío insano. Y así estamos, contentos y fibrosos, ajenos al barullo de esta manga de tilingas fláccidas recauchutadas que son el principal exponente de la fauna local.

lunes, 10 de septiembre de 2007

De nuevo "quince"

Este es el año de los cumpleaños de quince.
Y había perdido el ritmo porque a cierta edad ya dejan de invitarte… Onda que ahora vas a título de “pariente” y te sientan en la mesa con los tíos, abuelos y algún que otro primo crecidito.
Para colmo las chicuelas están más que revoltosas últimamente. Se maquillan los ojos como Cleopatra y usan tacos altíiiiiiiisimos que mamá no me hubiera permitido ni en mis más osadas fantasías. En el fondo no son grandes ni chicas. Los quince son esa edad indefinida en que las niñas no han resignado aún sus juegos y ya pugnan por entrar en el mundo adulto creyendo que se las saben todas.
La sobrina de H cumple quince esta semana y espera con ansias ser la protagonista de la noche. Todo se esconde en el más absoluto secreto: los souvenirs, el vestido, el video… Sólo sé que las sandalias son doradas y que la animación incluye un show de capoeira y axe que, según dicen, va a dar que hablar.
Para variar, no sé qué ponerme. Y no tengo ánimos para salir de shopping a gastar millonadas en cosas que no voy a volver a usar. Me nefrega. Pensar que las pendex van rotando entre ellas los vestiditos que usan en todas las fiestas. Así da la impresión de que siempre tienen un modelito nuevo que estrenar. Y mi placard está cada vez más devastado… Ahí es donde se nota cómo cambia el estilo de vida con la edad. Si no ¡que me expliquen cómo pasé de los tailleurs a las babuchas de algodón, sin escalas!
Me gustaría volver a tener quince años… Pero ahora, en plena era tecnológica con celulares y videos interactivos y photoshop, no como a fines de los ochenta que parecíamos calcadas con esos vestidos horrorosos con voladitos en la cadera y el “jopo” (¡¿se acuerdan del jopo?!) bien batidito y endurecido con spray… cuando soñábamos con bailar un lento abrazadas al chico lindo de la fiesta y no había desayuno con pizza y cerveza a las siete de la mañana. Ahora todo es “bombón asesino” y las chicas mueren por el backstage de una producción fotográfica de bajo presupuesto.
Cómo cambian los tiempos…
A pesar de todo, creo que entonces éramos más felices.

Banquete musical

Alejandro Magno tuvo al fin su opíparo banquete con despliegue de pancartas, penachos multicolores, trompetas y estruendosos redoblantes, una excentricidad que nuestro maestro S ha querido permitirse para la ocasión. Baco y sus secuaces se tomaron hasta el agua de los floreros desatando las risas de un público numeroso que ovacionó de pié durante más de diez minutos.
Hubo nervios y corridas y algunas puntadas de último momento para ajustar la túnica de Thais a quien no se le ocurrió mejor cosa que adelgazar justo el día del concierto. Pero la perdonamos por deleitarnos con su voz melodiosa y angelical.
De los contratiempos, prefiero no hablar… Sólo diré que podrían habernos prestado una habitación decente, con cerradura o al menos cortinas para que desde la calle no se detuvieran los transeúntes a pispear los cambios de vestuario y sorprendieran a Clarita en trusa reductora luchando a brazo partido con el cierre de la pollera. Y el baño… El problema de las multitudes es siempre “el baño”. No hay nada que hacer. Todos nos quejamos, a todos nos da asco, todos somos limpitos y cuidadosos pero siempre hay uno que mea afuera o tira el papel donde no debe o traba el botón del inodoro y todo se convierte en un infierno oloroso y antihigiénico. Y a fin de cuentas, descubrimos que es mejor aguantarse.
Pero salvando los pequeños inconvenientes que son en definitiva el condimento necesario, todo salió a pedir de boca. Nadie se dio cuenta que el tenor, con su voz espléndida y bien timbrada, le pifió al primer número y hubo que soplarle la letra hasta que se recuperó de la amnesia temporal y volvió a sus cabales… No se notó y la prueba está en que desató aplausos a raudales.
Realmente sorprendió la regie. Auténticas máscaras venecianas aparecieron sin previo aviso ocultando el rostro de los “fantasmas griegos” mezclados entre las huestes de Alejandro. Y hubo ramos de rosas rojas para la soprano y las vestuaristas (el que sobraba se lo endosaron al maestro S) y aplaudimos extasiados, con lágrimas de emoción, sofocados por este calor inaudito que nos hizo transpirar de felicidad.
Y sí… Tengo la garganta reventada pero Alejandro Magno bien puede darse por satisfecho.

domingo, 9 de septiembre de 2007

De autos

Las cosas más importantes de mi vida las he resuelto adentro de un auto. Negocios, penas, salud, amor...
No es cuestión de tiempo ni lugar. Es tan simple como suena, así de natural y en absoluto premeditado.
Porque no importa cuántas cosas pueda compartir con alguien una hermosa tarde calurosa pre-primaveral, ni cuántas veces hagamos el amor, ni si comimos para el campeonato y nos contamos cosas graciosas y todo es tan maravillosamente armonioso... La sensación de necesidad, de tener que decir y hacer algo, de no poder posponerlo más... me agarra adentro del auto, aún cuando me hayan sobrado oportunidades y momentos y no sólo esa tarde, muchas tardes... No puedo evitarlo. Es así.
Es el momento obligado de reflexión donde todo gira en mi cabeza y guarrrrda si me bajo del auto sin resolverlo. No way. Vuelvo a subir, tomo coraje y lo digo. O hago. O lo que sea. Pero no puedo irme con el "que hubiera pasado si..."
Ni hablar si el auto desborda de música, esa música que me encanta y me llega al alma y me hace llorar. Las cosas se desencadenan más rápido y me siento vulnerable y un poco triste. Pero la tristeza es pasajera. No hay motivos para llorar si por fin encontré ese pedacito de felicidad que añoré durante tanto tiempo. Y ahora que lo tengo no quiero dejarlo escapar. Lo entendí adentro del auto. Y lo dije. Ya era hora.
Y estoy feliz de haberlo hecho. Aunque nunca más pueda pisar esa vereda sin recordar el momento, la música, vos y tus palabras. Y el auto, claro.
Pero para ser feliz no necesito autos importados, ni viajes costosos, ni mansiones espectaculares, ni fiestas de cumpleaños con 180 invitados para presentar en sociedad a la nueva novia del millonario del country de enfrente. Yo sé bien lo que necesito. Y creo que lo encontré.

viernes, 7 de septiembre de 2007

La cigüeña

Diciembre de 1988.
Fin de curso.
Liquidé segundo año con bombos y platillos. Y eso que promediábamos la edad del pavo y fue la época de los curitas nuevos que se parecían a Richard Chamberlain y por donde arrastraban la sotana dejaban un tendal de corazones rotos suspirando de amor y misticismo. Época de cosas pavotas como tomar sol en el patio durante los escasos diez minutos de recreo, con la camisa arremangada y el cuello abierto “hasta donde se pueda” sin cuidarse de las marcas ni de la ausencia de bronceador ni del chivo que te perseguía todo el día. Otra cosa pavota era salir del colegio a las tres de la tarde, famélicas y excitadas, con el jumper apenas tapando la bombacha y los libros en la mano (ese año la moda era llevar todo en la mano, nada de mochilas obsoletas) y dar un rodeo de veinte cuadras sólo para pasar por delante de la escuela de los varones buscando la oportunidad de intimar con el sexo opuesto. Pero los muchachos habían volado hacía rato y siempre quedaban los menos potables. Igual seguíamos insistiendo porque no hay persona más testaruda, comprometida y abnegada en estos menesteres que una quinceañera en celo.
Con el último tañido de la campana (en el colegio no había timbre pero dominábamos a la perfección el código morse) nos deseamos felices vacaciones y hubo lágrimas y festejos. Hasta la Hna. Hermelinda lloró de emoción… ¿o tenía conjuntivitis? Sí, debió ser eso porque ni picando cebolla se le caía una lágrima.
Me esperaba un mes arduo de estudio y trabajo ayudando a Natalia C y Patricia P con sus exámenes recuperatorios. Todavía no sé cómo me arrancaron la promesa… A fin de cuentas era cuestión de honor y no daba echarme atrás. Aunque las infradotadas se hubieran llevado una decena de materias cada una. Porque siempre hay de esas que se llevan hasta el recreo y después andan llorando por los rincones y rezándole a San Expedito para no repetir el año.
Una soleada tarde de verano, cuarenta y dos grados a la sombra y un vientito pesado y húmedo que anunciaba tormenta, salí rumbo a la casa de Natalia C provista de mis codiciados apuntes de Química Inorgánica y una rosca de Reyes con crema pastelera que mi mamá compró especialmente para alimentar el estudio.
Estudiamos, claro que sí. Y me sentí maestra ciruela por un buen rato. Pero esa tarde se percibía en el aire el tufillo de una noticia jugosa, reciente, de sospecha queriendo ser confirmada y de nada servía seguir dándole a Avogadro y su numerito maléfico, había que sacar la cosa afuera, desembuchar.

N: ¿Hablaste con Alejandra D?
M: Mmm… No… La iba a llamar hoy.
N: Ah…
M: ¿Es cierto lo que dicen?
N: ¿Vos cuánto sabés?
M: Que está embarazada… Es cierto ¿no?


Claro que era cierto. Se lo dijimos una y mil veces pero no hizo caso. No le importó. “A mí no me va a pasar.” ¡Pero te pasó, tarada! ¿Cómo creés que se hacen los bebés? Ingenua, boba. Y el novio, un imbécil que se las daba de baterista y lo único que tocaba era la bocina del camión de reparto de Crush, huyó despavorido al enterarse. Una historia como tantas otras y siempre el mismo final. Pensar que te las dabas de mujer experimentada cogiendo en cuanto telo barato encontrabas a tu paso y nosotras, las infelices, las mojigatas, escuchándote con los ojos desorbitados, creyendo que la tenías clara. Y ahora te iban a echar del colegio. Porque las monjas son así, estas cosas no las perdonan. Tras siglos de intolerancia van corriendo a tirarle piedras a la pobre Magdalena.
¡Tonta, retonta!
Pero lo hecho ya no tenía remedio. Y durante nueve meses sufrimos, reímos, lloramos, retuvimos líquidos, tejimos batitas y escarpines y el día que el niño vio la luz se encontró rodeado de una docena de tías orgullosas y babosas que peleaban por hacerle upa.
Fueron momentos difíciles. Elegir por la vida…
Aunque ahora resulte bochornoso recaer en la consabida frase “pensar que te tuve en brazos” cuando la criatura debe contar ya la edad que teníamos cuando nació. Diosss... Cómo pasa el tiempo. Quién lo hubiera imaginado…

(Me leo y no lo puedo creer… Estoy parafraseando a mi tía Clotilde, la de las caderas con forma de pera).

martes, 4 de septiembre de 2007

Cuidado con el perro

Otra vez se escapó el perro endemoniado del vecino. ¿Y a dónde se le ocurrió buscar refugio? En mi casa, of course. Pero no viene limpito ni se porta bien. Al principio se peleaba con mi perro, peleas territoriales de esas que terminan en gruñidos, alguna que otra mordida más o menos grave y olorosos charcos de pis. Y yo siempre quedaba en el medio como William Boo intentando separar a las bestias peludas y me llevaba la peor parte.
Contra to
dos los pronósticos se hicieron amigos y ahora juegan juntos, a lo bruto pero calladitos… Tan calladitos que anoche nadie escuchó ni vio nada… No hubo testigos. Y cómo me iba a imaginar el desastre que encontré esta mañana, las paredes recién pintadas chorreando barro, en la galería del fondo un acusatorio caminito de huellas frescas de ya sabemos quién, mi palmera exótica completamente desgarrada y los despojos en el piso… Y lo peor de todo, my little dog moviendo la cola con entusiasmo como si tal cosa, esperando con ansias ¡el desayuno!
“Ah, no, queridito. ¡Estás castigado! ¡Comete la palmera si tenés hambre!”
Como no es ningún tonto, se hace el compungido y me mira con cara de Tristonio, apelando a mi lado compasivo para desligarse de toda responsabilidad. Pero esta vez, no. La jodita nocturna ha llegado demasiado lejos.
Vamos a ver qué explicación nos da ahora el vecino que viene coleccionando multas y denuncias por las escapaditas del rope que ya se cargó más de un jardincito en lo que va del año. Porque los destrozos son su especialidad. Es común verlo deambular con la boca llena de violetas de los Alpes arrancadas de vaya a saber qué cantero y una sonrisa de oreja a oreja que demuestra hasta qué punto es capaz de gozar la vida sin culpa ni remordimientos. Y es tan caradura que se tira de cabeza en la primera pileta que encuentra, no contento con eso se revuelca en el barro y sale a corretear por el barrio alegremente buscando siempre un compañero de aventuras. Dicen las malas lenguas que vive alzado y ya se empomó a unas cuantas infelices. Del perro, hablo. Claro está… Lo único que falta es que en un arrebato de pasión le quiera “dar” a mi can y entonces ¡agarrate, Catalina! porque se la corto, te juro que se la corrrrrto y la cocino en la parrilla.
Pero "la culpa no es del chancho sino del que le da de comer". Y a mi vecino le importa tres pepinos lo que haga el perro en terreno ajeno. Pero hoy me vas a mandar a tu mucama a limpiar el desastre y me vas a pagar el baño de espuma de mi perro que estaba impecable hasta que el tuyo vino a alterar el orden. Esto no va a quedar así. Al final soy la imbécil que se calla la boca y se aguanta el estropicio mientras tu mascotita se da la gran vida paseando libre de acá para allá. ¡Si se escapa, atalo! ¡Metelo adentro y que te tire la casa abajo! ¡Pero a mí no me vas a joder, gilipollas!
La próxima vez, te lo juro por esssta, unto a mi perro con dulce de leche y que se refriegue en la puerta de tu casa hasta quedar pegado. Estás avisado.

sábado, 1 de septiembre de 2007

El rally

De Rosario a Capital, sin prisa pero sin pausa. Salimos temprano, con la última medialuna a medio deglutir y el mate listo para el camino. El sol espléndido de la mañana se escondió repentinamente bajo la pesadez de una neblina opaca que avanzaba desde el río.
Pasaban diez minutos de la una de la tarde cuando franqueé la puerta de la Iglesia, helada y oscura, y me invadió el sonido atronador de violines y cornos en pleno proceso de afinación. Corrí a ocupar mi lugar bajo la mirada siempre atenta del maestro S que afortunadamente no hizo ningún comentario. Sin siquiera recuperar el aliento abrí la partitura en el “Número 22 Grande, da capo” y ahí estaba cantando a pleno pulmón.
Falta sólo un ensayo general, la prueba de acústica y et voilá! El momento esperado: el primer concierto del año con una puesta en escena que va a dar que hablar. Porque entre nos, el imponente tocado de Alejandro Magno resalta por el rojo del penacho que me suena a escobillón viejo recauchutado pero de lejos se ve sumamente realista, aunque el más lucido será Baco con su racimo de uvas chinche en la cabeza, con hojas de parra y todo.

Quería que él viniera a escucharme pero no pudo ser.

-¿Por qué no venís vos?
-No quiero, no da… Estás trabajando.
-Estoy solo. Dale, vení. Después nos vamos juntos a algún lado.
-Pero…
-Dale. Tengo ganas de verte.


Lindo routing me esperaba… San Cristóbal, Constitución, Palermo, Puerto Madero, San Telmo… y cambiar el horario de la combi que me depositaría tarde pero seguro en el country de mis sueños. Un auténtico city tour.
¿Y por qué no? Si tengo ganas yo también ¡qué me importa tanto jaleo! Si por primera vez, después de tanto tiempo, disfruto vivir al límite cada momento que estamos juntos. Aunque todavía no me anime a responder la pregunta del millón... Aunque me asuste un poco tanta espontaneidad y me sigan tomando por sorpresa esas propuestas para nada indecentes que llegan a lo más profundo de mí.

A Rosario por Geretto

Viernes, once de la mañana.
Las mascotas observaban con preocupación el inusitado traslado de bolsos y bolsitas, la canasta del mate y la caña de pescar. Nos miraron con ojos grandes y llorosos cuando H encendió el motor de la camioneta, intuyendo una breve separación. Porque siempre volvemos y lo saben. Pero temen las despedidas. Especialmente cuando los abrazo y beso cientos de veces y les hago infinitas recomendaciones como una madre cariñosa a sus hijitos del alma.
Al fin partimos. El vecino de enfrente, agitando la mano en franco saludo de despedida, gritó a los cuatro vientos “¡Vayan a comer a Don Feeeerro!” y no le erró porque el lugar es sencillamente maravilloso y el asado de tira merece especial consideración.
Primera vez en Rosario.
El viaje fue ameno y más corto de lo que esperaba. Apenas una ronda de mate al llegar a Campana, un rico almuerzo pasando San Pedro y ya estábamos dando vueltas al Parque de la Independencia.

H: Te saco una foto en el monumento a la Bandera.
M: No me gustan las fotos con monumentos.
H: Daaale…. ¿Cómo nos vamos a ir de Rosario sin la foto del monumento?
M: Grrr…

Y me sacó la foto nomás. Justo debajo del Río Paraná, ese coloso de piedra que está acostado en terlipes y se tapa “las partes” con pescaditos. Como la foto con el David de Miguel Ángel donde uno siempre sale con sonrisa de turista y las bolas de la estatua de sombrero. No son las fotos más apropiadas para exhibir en un portarretratos o mostrarle a la tía abuela por más genial e insuperable que fuera el artista.


Paseamos bajo el sol de una tarde calurosa descubriendo de a poco el corazón de Rosario, su arquitectura, su gente, sus olores… Más fotos, caminata y licuado de frutilla a la vera del río. Hasta la puesta de sol. Hasta que se hizo la hora de buscar hotel y las entradas del teatro para la penúltima función de la temporada.
Y sí… Toda esta movida sólo para caer rendidos a los pies de Geretto y su abanico de personajes estereotipados, llorando lágrimas de risa, enternecidos por su sensibilidad tan característica, ese conocimiento del alma, del dolor, del placer… ese instinto natural para hacer reír que es la definición del gran cómico. Y se mostró tal como es: una muñeca asexuada que se viste y se desviste dando a luz personajes entrañables que conmueven y emocionan desde su sencillez.
Hacía rato que no reía tanto y con tantas ganas. Valió la pena.
Gracias, Geretto, por esta noche mágica e inolvidable.